José María Muscari está atravesando un momento particularmente especial de su vida. A los 49 años, con 30 años de trayectoria como director teatral y a punto de cumplir 50 en noviembre, se prepara para estrenar su obra número 70. Se llama Lucio y yo y, por primera vez, el director llevará al escenario una historia profundamente personal: el vínculo que construyó con su hijo, a quien adoptó hace casi tres años, cuando tenía 15.
El estreno será el 7 de agosto en el Centro Cultural de la Cooperación y representa para Muscari mucho más que un nuevo proyecto profesional. “Es muy loco, pero aun habiendo hecho 70 obras estreno algo que nunca hice, una obra sobre algo personal, sobre el vínculo con mi hijo”, cuenta en diálogo con Priscila Crivocapich para Para Ti.

Y hay algo que para él resulta todavía más significativo: la sensación que le genera este proyecto no está relacionada con el éxito de taquilla. “Creo que eso me da esta sensación como de felicidad, de plenitud, que no tiene que ver con la boletería”, explica. “Es poder soñar proyectos, hacerlos y que me guste comprometerme con eso que soñé y ahora lo concreto”.
Lucio y yo, su obra más emocional
Muscari está acostumbrado a trabajar con materiales que llevan su sello: lo transgresor, lo vanguardista, lo diferente, lo rupturista y también temas que pueden resultar incómodos o tabú. Pero esta vez eligió otro camino.
“Me surgió poner ‘mi obra más emocional’ y es verdad”, reconoce.
La llegada de Lucio a su vida, explica, despertó una zona de su personalidad que durante mucho tiempo había mantenido más escondida. “Siento que toca una fibra muy sensible, quizás un costado de la sensibilidad, de la emoción al que durante mucho tiempo no sé, o lo evité o no tenía tanto que ver con mi personalidad o con lo que yo mostraba para el afuera”.

“Creo que la llegada de mi hijo a mi vida despertó ese costado más sensible, más vulnerable, más humano”, agrega.
Por eso, a casi 50 años y después de siete décadas de obras, decidió probar un registro completamente diferente. Lucio y yo será su primera obra con un componente autobiográfico tan marcado, aunque aclara que no se trata exclusivamente de contar su propia historia ni la de Lucio.
“Es la primera vez que hago una obra, entre comillas, casi biopic, no de mi hijo ni de mí, sino de nuestra relación”, define.
El vínculo con los adolescentes también ocupa un lugar central en la propuesta. Muscari considera que la historia puede generar identificación y, al mismo tiempo, ayudar a correr prejuicios y miedos alrededor de la adopción de chicos más grandes.

La historia de Lucio y el video que cambió todo
Cuando Muscari conoció la historia de Lucio, el adolescente tenía 14 años. Lo terminó adoptando a los 15.
La historia de Lucio había tomado una enorme dimensión pública porque una jueza correntina, Carolina Macarraín, tomó una decisión fuera de lo habitual: hacer un video en primera persona en el que el propio adolescente pudiera contar su historia y expresar su deseo de tener una familia.
“Es el primer niño de la historia de la adopción en la Argentina que una jueza, por fuera del protocolo, decidió hacer un video en primera persona con él, es decir, él hablando a cámara y contando su historia”, explica Muscari.

Lucio había pasado casi nueve años de su vida en hogares, desde muy pequeño. La jueza consideró que, aunque un adolescente de esa edad tenía pocas posibilidades de encontrar una familia a través del sistema tradicional, mostrar su historia podía cambiar las cosas.
Y su intuición funcionó: el video se volvió viral y 150 familias se anotaron para adoptarlo. Entre ellas estaba Muscari.
“Cuando vi el video de mi hijo, sentí en el cuerpo: lo tengo que adoptar”
La edad de Lucio podía representar un prejuicio incluso para el propio Muscari. Él mismo reconoce que alguna vez había imaginado la paternidad de otra manera.
Había averiguado sobre adopción y se había anotado mucho tiempo antes, aunque después no continuó con los trámites. Durante un período pensó que, si algún día era padre, quería que fuera de un bebé para criarlo desde pequeño.

“Después el tiempo pasó y yo dije: ‘Ay, ya no estoy para un bebé o una bebé, no me imagino cambiando pañales’”, cuenta.
Su carrera también ocupaba gran parte de su energía. La paternidad quedó desplazada por su actividad profesional y por el momento de éxito que atravesaba.
Hasta que vio a Lucio.
“Cuando yo vi el video de mi hijo, yo sentí en el cuerpo ‘lo tengo que adoptar, es mi hijo’ y además sentí ‘me lo van a dar’. Fue como una convicción”, recuerda.

En ese momento estaba de viaje con quien hoy es el padrino de Lucio. La historia del adolescente hizo que todo aquello que había pensado anteriormente sobre la paternidad encontrara un nuevo sentido.
“Cuando vi el video de Lucio, todo eso se acomodó. Como que dije: ‘No, es él, lo tengo que adoptar, es reorgánico, tiene 15 años, yo tengo 47’. O sea, podría haber sido su padre biológico cuando lo hubiera gestado. Hay algo acá que funciona”.
Y esa intuición se convirtió en una familia: “Me dio un poco por esa intuición, esa convicción, funcionó y ahí estamos, somos una familia refeliz”.
“Yo sentí que es mi hijo desde el primer momento que lo vi”
Para Muscari, no hubo un instante específico en el que sintió que Lucio era su hijo. La conexión apareció incluso antes de conocerse personalmente.
“Yo sentí que es mi hijo desde el primer momento que lo vi. Desde antes de verlo yo ya estaba conectado con él”, asegura.
Durante el proceso previo a la adopción había conocido parte de su historia a través de las entrevistas y los test psicológicos. La empatía había comenzado antes del primer encuentro.
Cuando finalmente se vieron, pasaron casi 12 horas juntos. Lucio lo llevó a la costanera de Corrientes, jugaron al bowling, fueron al cine y merendaron.

Pero al final de ese día ocurrió algo que Muscari recuerda especialmente. Cuando tuvo que llevarlo nuevamente al hogar, sintió un vacío profundo.
“Cuando lo devolví a la noche al hogar, yo sentí como un vacío existencial. Como digo: ‘No, no. O sea, ya está, ya me tiene a mí, ¿por qué tiene que volver al hogar?’”.
La adaptación fue progresiva. Había que conocerse, construir rutinas y comenzar a vincularse. A Muscari le costaba especialmente dejarlo en el hogar.
“Agradezco que existan porque si no estaría en la calle, pero creo que todos los niños merecen estar con una familia”, reflexiona.
No recuerda un momento puntual en el que haya pensado “ahora es mi hijo”. “Como que me habitó”, sintetiza.

Y hubo también una palabra que marcó ese vínculo. Lucio no suele llamarlo “papá” directamente. Habla de él como su papá, su padre o su “pa”, pero a él le dice “viejo”, una forma de llamarlo que Muscari incluso considera amorosa porque él tampoco llamaba “papá” a su propio padre.
“Un día lo dijo y lo sentí re natural, tipo se me aceleró el corazón y dije: ‘Ah, bueno, ya está’”.
“Ninguno de los dos nos dejamos habitar por los miedos”
Muscari y Lucio llevan casi tres años como familia. De hecho, ambos tienen tatuada la fecha que marca el comienzo de su vida juntos en Buenos Aires.
Fue idea de Lucio. Cuando cumplieron dos años como familia, le propuso a Muscari que se tatuaran la fecha: el primer día que llegó a vivir con él.
Aunque por la historia de Lucio podrían haber aparecido miedos vinculados al abandono o a la dificultad para construir un vínculo, Muscari asegura que nunca hablaron de eso desde ese lugar.
“Nunca hablamos de miedos. Creo que ninguno de los dos nos dejamos habitar por los miedos”, sostiene.

Eso no significa que la responsabilidad adulta no haya estado presente. Desde el comienzo, Muscari supo que su rol implicaba acompañarlo, guiarlo y poner límites.
“Independientemente de cualquier tipo de fricción o conflicto o lo que fuera, mi trabajo como padre y como adulto responsable era poder ponerle límites, poder guiarlo, poder explicarle, inculcarle valores”.
Y había una certeza que buscaba transmitirle por encima de cualquier dificultad: “Pero flaco, mirá que esta es tu casa y acá te quedás para siempre”.
“La gran adaptación y el gran esfuerzo lo hizo mi hijo”
Muscari reconoce que Lucio hizo que el proceso fuera más sencillo de lo que podría haber imaginado. Lo define como una persona “súper resiliente”, sensible y muy conectada con quienes lo rodean.
Una situación reciente volvió a demostrarle esa capacidad de conexión.
Mientras Muscari estaba atravesando días de ensayos y trabajo, Lucio le escribió para preguntarle cómo estaba. Al principio, el director creyó que necesitaba algo.
Pero no.
“Me escribe: ‘No, porque me doy cuenta que nunca te pregunto cómo estás. ¿Cómo estás vos?’ Tiene 18 años, ¿entendés? O sea, como un nivel de conexión”.

Muscari también recuerda otro episodio que lo conmovió. En la única entrevista que hicieron juntos, le preguntaron a Lucio qué le gustaría agradecerle a su padre.
La respuesta fue el tiempo dedicado.
“Él agradeció, lo que me sorprendió mucho porque dijo que quería agradecer el tiempo dedicado, que para él el tiempo es sagrado y que el tiempo que yo le dedicaba me lo quería agradecer mucho, que yo siempre estoy para él y que siempre que pasa algo estoy”.
Para Muscari, ese reconocimiento también modificó la manera de mirar la propia historia.
“Entiendo más lo que me cambió la vida él a mí, que también está buenísimo”.

Porque, según explica, muchas veces la mirada sobre la adopción queda puesta en el adulto que adopta como si fuera quien “salva” al niño.
“Siempre estamos viendo como una cosa de tipo ‘ay, el salvador’. Y en realidad es mutuo. Es mutuo”.
Por eso insiste en una idea: si alguien pregunta cómo cambió su vida desde que se convirtió en padre, la respuesta no debería centrarse únicamente en él.
“Sí, cambió. Pero la vida que cambió es la de él, flaca”.
Lucio pasó de vivir en Corrientes, tener allí a sus amigos y asistir a una escuela en esa ciudad a mudarse a Buenos Aires, comenzar una nueva escuela en cuarto año del secundario y formar parte de una familia completamente nueva.
“Yo lo adopté, lo traje a Buenos Aires, a una nueva escuela en cuarto año del secundario con una familia que es divina, que abraza, porque somos un quilombo de italianos, gritones. O sea, es todo muy amoroso, pero la gran adaptación y el gran esfuerzo lo hizo mi hijo”.

Hoy, esa adaptación parece haber quedado atrás. Lucio mantiene el vínculo con sus amigos de Corrientes y actualmente algunos de ellos incluso están pasando las vacaciones en la casa familiar de Buenos Aires.
La muerte de Ernestina Pais y el dolor de sostener un elenco
En medio de esta conversación sobre los vínculos, la paternidad y el presente de Muscari, aparece inevitablemente la muerte de Ernestina Pais, quien formaba parte del elenco de El divorcio del año, obra dirigida por él.
Muscari asegura que intenta quedarse con el recuerdo más luminoso de la actriz.
“Trato de tener el recuerdo más luminoso, más feliz de Ernestina frente a la tragedia y a la decepción y lo aterrador de lo sucedido”.
La recuerda por su risa, su empatía y sus ganas de vivir. También destaca que durante el trabajo de la obra se encontraba atravesando un buen momento en relación con su tratamiento y con su vínculo con el alcohol.
“Con Ernestina nosotros ensayamos la obra tres meses, cinco horas por día. Después la obra arrancó en enero y desde ahí estábamos juntos”, cuenta.

El teatro genera, para Muscari, una intimidad particular entre quienes trabajan juntos. Los ensayos son jornadas extensas y el contacto termina siendo cotidiano.
“Estás a veces más en contacto que con tu propia familia”.
Ernestina, asegura, nunca faltó a una función. Nunca llegaron al teatro y notaron algo extraño. Nunca tuvieron que reemplazarla durante la temporada.
Por eso la tragedia resultó todavía más difícil de comprender para quienes la conocían.
La última conversación que tuvieron fue a través de mensajes de audio de WhatsApp, un día antes de su muerte. La gira de El divorcio del año venía funcionando muy bien, habían agregado fechas y Ernestina estaba entusiasmada con lo que vendría.

Además, estaba muy involucrada con el trasfondo de salud mental de la obra. Aunque se trataba de una comedia, la historia abordaba temas como la medicación, los ataques de pánico, las patologías, los consumos y aquello que sucede dentro de la cabeza.
El día anterior a su muerte, incluso, Ernestina le había enviado a Muscari una propuesta: vincular la obra con personas que estuvieran realizando tratamientos de salud mental para invitarlas a verla y luego organizar charlas-debate.
“Ahí te dabas cuenta las ganas, la luminosidad que ella tenía, que ya estaba pensando en la temporada de octubre”, recuerda.
Por eso, cuando habla de ella, elige una frase sencilla: “La quiero recordar con la alegría que ella me dejó”.

Después de su muerte, se evaluó la posibilidad de reemplazarla para continuar con El divorcio del año. Finalmente, Muscari y la producción decidieron no hacerlo.
“Hay algo espiritualmente que, al menos en este momento, yo no me siento para sobreponerme a eso para reemplazarla y seguir como si nada”.
Quizás en el futuro la obra pueda volver desde otro lugar, pero hoy siente que hay cosas que necesitan tiempo.
“Adoptar a una persona es una decisión trascendental, especialmente para la otra vida”
Después de hablar de Ernestina, la conversación vuelve a Lucio y a la adopción. Muscari tiene claro qué le diría a alguien que está dudando frente a la posibilidad de adoptar.
“Yo le diría que no está mal, que está bueno que dude, porque adoptar a una persona es una decisión trascendental, especialmente para la otra vida, para la vida que vas a adoptar, no para la tuya”.
Para él, la adopción no debería ser pensada como una herramienta para resolver el deseo de un adulto de convertirse en padre o madre.
“Los niños que están en estado de adoptabilidad no están en ese estado para resolver tu vida”.
La mirada, sostiene, debería estar puesta en la necesidad de esos chicos que se encuentran dentro de un sistema en el que los adultos les fallaron.
“Nosotros somos en realidad agentes portantes para resolver algo que es la necesidad de determinados niños que están en un sistema en donde los adultos le fallaron”.

Por eso considera saludable que quien está pensando en adoptar tenga dudas.
Y también cuestiona el prejuicio de que un adolescente adoptado necesariamente tendrá más problemas que un hijo biológico.
Muscari cuenta que, desde que Lucio llegó a su vida, se involucró profundamente en su mundo adolescente: fue a las reuniones de padres, lo acompañó a la escuela, lo llevó a fútbol y vóley, organizó viajes con sus amigos y se vinculó con los padres de otros chicos.
“De todos esos adolescentes que hay alrededor mío, el único adoptado es Lucio y te aseguro que es de los que menos quilombos tiene”.
“Mi primer Mundial con mi hijo”
Hay algo que Muscari considera particularmente interesante de adoptar a un chico más grande: quizás no se hayan vivido juntos algunas de las primeras veces que tradicionalmente se asocian a la paternidad, pero eso no significa que no haya primeras veces por delante.
“Si yo hubiera tenido un hijo de chico, hubiera pasado muchos Mundiales. Bueno, la magia es que ahora tengo mi primer Mundial con mi hijo y tengo muchos de acá en adelante para vivir”.
Para él, además, hay una diferencia fundamental: un adolescente que busca una familia también tiene un deseo propio.
“Lo que tiene muy a favor cuando vos adoptás un chico o una chica más grande de 14, de 13, de 12, de 8, es que si bien son niños que ya están formados, entre comillas, también tienen un verdadero deseo de tener una familia”.

En el caso de Lucio, nadie lo obligó a querer tener una familia ni a elegirlo a él.
Y Muscari tampoco sintió que alguien le estuviera imponiendo la decisión.
“A mí nadie me eligió, nadie vino y me dijo: ‘Che, Muscari, tenés que ser mejor persona, adoptá un hijo’. No, yo lo sentí, fui, lo adopté, me chupaba un huevo la edad, el prejuicio que haya, lo que alguien podía pensar”.
Pero la convicción inicial no alcanza por sí sola. Después hay que construir.
“Si vos tenés claro lo que querés hacer y el hijo, la hija del otro lado también lo tiene claro, después obvio hay que poner laburo”.
La paternidad cotidiana: estar, escuchar y poner límites
Muscari cree que una de las claves del vínculo con un adolescente está en el tiempo que el adulto decide dedicarle.
Desde que Lucio llegó a su vida, se propuso que todos los días hubiera un momento de conexión entre ellos.
“Si no es en el desayuno, bueno, hay que almorzar. Y cuando almorzamos deja el celular y mírame y te pregunto cómo estás y me lo tenés que contestar”.
Si algo no le queda claro, vuelve sobre el tema más tarde. Si alguna respuesta le genera una inquietud, la procesa y después abre nuevamente la conversación.
“No es solamente qué hizo en el día, sino también cómo está”.

Y hay una idea que considera fundamental para acompañar a un adolescente: que sepa que puede contar con su padre.
“La gran clave del vínculo con un adolescente es que el otro sepa que cuenta con vos”.
Eso no significa evitar los límites. De hecho, Muscari reconoce que esa es una de las cosas que más le cuestan.
“Es lo que más me cuesta, lo que creo que más nos cuesta a todos los padres, que es poner límites y que los límites también se entiendan con el amor que son”.
En su caso, dice que ponerlos le sale naturalmente porque es una persona ordenada, aunque su imagen pública pueda sugerir otra cosa.
Ahí aparece una diferencia que considera importante: no hay que confundir su obra con su manera de ser padre.
“Mi obra es rupturista, es vanguardista, es libre y yo como padre no soy así”.
“No soy amigo de mi hijo. Soy padre”
Muscari admite que antes de convertirse en padre imaginaba que sería más relajado, más “canchero”, más deconstruido y quizás más amigo de su hijo.
La realidad fue otra.
“Y no, no soy amigo de mi hijo. Soy padre”.
Eso no significa que haya temas prohibidos entre ellos. Todo lo contrario: busca que Lucio pueda hablar con él de alcohol, drogas, sexo y todo aquello que forma parte del universo adolescente sin sentir que existe un juicio previo.
“Soy muy cercano, trato de no tener ningún tipo de prejuicio, que pueda hablar de alcohol, de drogas, de sexo, de todo lo que circula alrededor de la adolescencia, pero no soy el amigo”.

También hay espacios diferentes. Hay planes de padre e hijo, y hay momentos en los que Lucio está con sus amigos.
“Cuando están los amigos, los planes son con los amigos”.
Muscari asegura que también tiene confianza en la capacidad de su hijo para tomar decisiones. Lo define como “muy capo”, con control y conciencia.
Considera que su propia historia de vida, además, le dio herramientas para reconocer determinadas situaciones y saber qué quiere y qué no.
“Felicidad en construcción”
Si tuviera que ponerle un título a esta etapa de su vida, Muscari no duda.
“Felicidad en construcción”.
“Porque siento que es una vida muy feliz, pero que aún la estoy construyendo y eso me gusta”.
No siente que haya llegado a un estado de completud. Tiene un trabajo que le permite soñar y concretar proyectos, un hijo con quien construyó un vínculo que considera maravilloso, amigos, una familia que disfruta y un departamento nuevo que le dio una independencia que buscaba para él y para Lucio.
Incluso habla de algo tan cotidiano como el espacio de su casa: hoy puede recibir a cuatro amigos de su hijo durante una semana y, al mismo tiempo, disfrutar de su propio lugar sin sentir que se invaden mutuamente.

En el plano sentimental, cuenta que actualmente no está enamorado, aunque no descarta que pueda volver a suceder.
“Pero siento que es un momento en construcción y personalmente y desde lo artístico, me siento muy desafiado, muy feliz y muy vulnerable de lo que significa el estreno de Lucio y yo”.
Porque esta vez hay algo que le da especial vértigo: siente que el público va a conocer una parte de él que nunca había mostrado de esa manera.
“Siento que es la primera vez que voy a estrenar algo en donde siento que el público va a conocer mi alma. Siento que no hice nunca algo así”.
Lucio y yo: una biopic teatral sobre el vínculo
Muscari siente que, en otros trabajos, también se expuso. Sex, por ejemplo, lleva siete años en cartel y allí pone en escena su propia mirada sobre la sexualidad. En El divorcio del año, en tanto, abordó cuestiones vinculadas con la salud mental.
Pero Lucio y yo es diferente.
“Creo que Lucio y yo, hacer una biopic del vínculo con mi hijo y de cómo esa extraña realidad de dos personas que son desconocidos de golpe pasan a ser padre e hijo, realmente es como mostrarte lo más íntimo de mi alma”.

Para llevar esa historia al escenario eligió a Esteban Pérez y Máximo Meyer, dos actores que interpretarán a Muscari y Lucio.
La elección tuvo una particularidad: no buscó que se parecieran físicamente a ellos.
“Todo el mundo me decía: ‘Bueno, ¿cómo van a ser? ¿Quiénes van a ser? Tenés que llamar a tal que se parece’. Yo decía: ‘No, quiero todo lo contrario. Quiero que los actores no se parezcan’”.
Esteban Pérez tiene la edad de Muscari, es padre y tiene una larga trayectoria teatral y televisiva, pero no se parece físicamente a él. Máximo Meyer, por su parte, es algunos años mayor que Lucio, de piel muy clara y sin acento correntino.
Muscari tampoco les pidió imitaciones.
“Nunca les pedí ni a Esteban que me imite a mí, ni que se rape, ni que juegue con lo gay, ni que imite mi tono de voz y a Máximo jamás le pediría que lo imite a Lucio”.
La intención es otra: que los actores cuenten la historia.
“No es una obra en donde el público va a ir a vernos a nosotros sino que es nuestra historia”.
Al mismo tiempo, Muscari y Lucio estarán muy presentes. La obra tendrá un fuerte componente documental y utilizará registros reales de distintos momentos de estos casi tres años: el primer encuentro, el video que volvió viral la historia de Lucio, las primeras reacciones y la evolución del vínculo.
“Hoy, en la era cibernética, entrás a tu celular o tus redes y decís: ‘Wow, tengo todo documentado’. Por lo cual hay algo ahí como de biopic teatral que para mí en el formato de Lucio y yo es fascinante”.
Muscari reconoce que está ansioso por lo que sucederá cuando finalmente la historia llegue al escenario.

Después de 70 obras, 30 años de dirección y una vida profesional marcada por la provocación y la búsqueda de nuevos lenguajes, esta vez el desafío es otro: contar una historia que no inventó, sino que le ocurrió.
La historia de un hombre de 47 años que un día vio un video y sintió que ese adolescente era su hijo. De un chico que tenía 15 años, nueve de ellos atravesados por hogares, y que también deseaba tener una familia. Y de un vínculo que se construyó desde entonces con límites, conversaciones, tiempo, convivencia, aprendizajes y amor.
El próximo 7 de agosto, Lucio y yo llevará esa historia al escenario del Centro Cultural de la Cooperación.
Y Muscari llega a ese estreno con una certeza que resume mucho más que una obra: “Felicidad en construcción”.
Mirá el video completo de la entrevista de Priscila Crivocapich a José María Muscari acá:
Créditos:
Estilismo: @alegarcia360
Fotos: @chrisbeliera
Videos: Ramiro Palais y Martina Cretella
Edición de video: Rocio Bustos
Maquillaje: @mauriciocamilomaquillador
Agradecemos a @atelierpuchertapaz y @oggizapatos

