“Se hizo justicia. Falta mucho. Es un proceso que viene hace mucho tiempo. Viene siendo muy desgastante”.
Con esas palabras, Enerina habló en DDM, el programa de Mariana Fabbiani, después de que se conociera la condena a siete años de prisión para siete acusados por el abuso sexual grupal que sufrió cuando tenía 17 años, en una casaquinta de Médanos, cerca de Bahía Blanca.
La Justicia consideró a los acusados responsables del delito de abuso sexual con acceso carnal, aunque no irán presos hasta que la sentencia quede firme. Además, el proceso judicial todavía no terminó: queda pendiente otro juicio contra tres imputados que eran menores de edad al momento del hecho.
Pero detrás del dato judicial hay una historia humana que duele. La de una adolescente que tuvo que atravesar el silencio, la culpa, los síntomas en el cuerpo, el señalamiento social y la soledad de vivir en un pueblo donde muchos eligieron no creerle.
“Eran amigos míos”
Enerina tenía 17 años cuando ocurrió el abuso. Conocía a quienes denunció. No eran desconocidos. Eran parte de su entorno, de su grupo, de su vida cotidiana.
“Eran amigos míos”, dijo en la entrevista con Mariana Fabbiani. También contó que, después del hecho, ellos mismos le decían que no hablara. Que nadie le iba a creer. Y durante un tiempo, como les ocurre a muchas víctimas de violencia sexual, ella cargó con una culpa que nunca le perteneció.

“Durante un año yo me responsabilicé de lo que me habían hecho. Empecé a tener problemas de salud. Me convertí en una persona autodestructiva”, relató.
La denuncia pública de Thelma Fardin, en 2018, fue un punto de inflexión para ella. Enerina contó que ese caso la ayudó a pensar que tal vez podía ser escuchada. “Dije: es posible que me crean”, recordó.
Recién en 2021 pudo formalizar la denuncia. Para entonces, ya habían pasado años de angustia, de consecuencias emocionales y de una vida marcada por aquello que le habían hecho.
El peso de denunciar en un pueblo
“Imaginen denunciar a 10 personas en un pueblo de 10 mil habitantes”, dijo Enerina. La frase alcanza para dimensionar otra parte del calvario. Porque no solo tuvo que enfrentar un proceso judicial. También tuvo que sobrevivir a las miradas, los comentarios, las presiones y el pacto de silencio.
Durante la entrevista, contó que en estos años sintió que en el pueblo reinó la impunidad. Que si iba a un lugar podía cruzarse con ellos. Que si hablaba, la hostigaban. Que muchas veces le pedían que no denunciara.
“Ahora estoy en el campo porque no es posible estar en el pueblo con tanto contacto con ellos”, expresó.
También recordó una frase brutal que escuchó durante estos años: “La puta esa algo habrá hecho”.
Esa frase resume una violencia que muchas víctimas conocen demasiado bien: la sospecha puesta sobre ellas, el juicio moral, la pregunta equivocada. Como si la víctima tuviera que explicar por qué le hicieron daño. Como si sobrevivir no fuera ya demasiado.
La amiga que intentó ayudarla
En el juicio fue clave el testimonio de una amiga de Enerina que estaba con ella esa noche. Según contó, la joven intentó ingresar a la habitación, golpeó la puerta y pidió que la abrieran.
Ese testimonio fue fundamental porque permitió reconstruir parte de lo ocurrido y acompañó el relato de Enerina, que durante años tuvo que repetir una y otra vez aquello que más le dolía.
En DDM, Enerina contó que su declaración duró dos horas y que ahora pide que ese testimonio pueda ser utilizado en el próximo proceso, el del Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil, para no tener que volver a declarar.
“Declaré cuatro veces, me peritaron cuatro horas”, dijo. Y pidió algo básico, pero imprescindible: protección hacia su persona, perspectiva de género y que el sistema judicial no la obligue a revivir una y otra vez lo ocurrido.
Porque también hay una forma de violencia en tener que contar todo de nuevo. En volver a poner el cuerpo. En volver a explicar. En volver a demostrar.
“Nadie se disculpó”
Una de las frases más dolorosas de su testimonio fue cuando habló de la ausencia de reparación por parte de los acusados.
“Nadie se disculpó”, dijo. También contó que, durante estos años, las personas del pueblo que la acompañaron y le creyeron se cuentan “con los dedos de la mano”.
Para Enerina y su familia, el fallo judicial tiene un valor enorme. No borra lo vivido. No devuelve el tiempo. No repara todo. Pero dice algo que ella necesitaba escuchar de una institución: esto ocurrió, no fue tu culpa y los responsables deben responder.
Qué significa reparar
En un momento de la entrevista, Mariana Fabbiani le preguntó por la reparación. Y Enerina respondió con una imagen profundamente conmovedora, tomada de la escritora Belén López Peiró: “Se puede reparar un cuerpo como una taza rota”.
Para Enerina, reparar no es volver a ser la misma. No es olvidar. No es que una sentencia alcance para cerrar una herida. Reparar es poder hablar. Es que su sobrina crezca en una familia donde estos temas no se silencien. Es que se sepa que en los pueblos también hay violadores. Es que quienes dañan se hagan responsables.
“Fui yo la que tuvo que hacer la vida en otro lado. Fui cuestionada por estudiar Abogacía, por tener una pareja y por vivir. Porque estoy viva”, dijo.
Esa frase resume la dimensión de su lucha. Para ella, incluso seguir viviendo, estudiar, amar, proyectar y contar su historia se convirtieron en actos de resistencia.
“Soy una sobreviviente”
Enerina se definió así: sobreviviente. “Una sobrevive a esto gracias a las redes, a la gente que nos cree, a los profesionales de la salud”, expresó.
También contó que muchas mujeres le escriben para agradecerle. Porque cada vez que una víctima habla, otra puede sentirse menos sola. Cada testimonio abre una puerta. Cada voz que se anima a nombrar lo ocurrido puede convertirse en refugio para alguien que todavía no pudo hacerlo.
Para Enerina, la condena fue una forma de reparación. No completa, no definitiva, pero sí necesaria. “Ayer reparación fue que un tribunal sentenció con perspectiva de género. Se celebra”, dijo.
Mientras Enerina hablaba, Mariana Fabbiani se emocionó. La escuchó conmovida, la felicitó por su valentía y cerró la entrevista diciéndole que era una inspiración.
Y lo es. Porque Enerina no solo habló de una causa judicial. Habló de lo que pasa cuando una víctima no es creída. De lo que significa denunciar en un pueblo chico. De cómo el cuerpo guarda el dolor. De cómo la culpa puede instalarse donde nunca debió estar. De cómo una red de afectos, profesionales y personas que creen puede sostener a alguien en los momentos más oscuros.
La condena marca un antes y un después, pero el camino todavía no terminó. La sentencia no está firme, los condenados apelaron y aún queda pendiente el proceso contra otros tres imputados que eran menores al momento del hecho.
Enerina lo sabe. Por eso habla de justicia, pero también de cansancio. De alivio, pero también de desgaste. De reparación, pero también de una deuda que sigue abierta.
Su historia deja una pregunta urgente para la sociedad: cuántas veces una víctima tiene que hablar para ser escuchada. Cuántas veces tiene que demostrar que dice la verdad. Cuántas veces tiene que sobrevivir para que, finalmente, alguien le crea.

