A diez años de haber recibido el diagnóstico, la periodista habló sobre el miedo, el tratamiento, los cambios en su cuerpo y la maternidad que llegó después. Su testimonio deja un mensaje claro: conocer el propio cuerpo y consultar a tiempo.
Cada 19 de octubre, el Día Mundial de Lucha contra el Cáncer de Mama invita a crear conciencia, promover los controles y escuchar las historias de quienes atravesaron la enfermedad. Entre esos testimonios está el de Vicky Braier, más conocida como Juariu, quien en 2016 recibió un diagnóstico que cambió su vida.
Periodista de espectáculos e influencer, Juariu alcanzó popularidad en las redes sociales por su particular manera de investigar la vida de los famosos. Luego llegó a la televisión, participó de distintos programas de espectáculos y entretenimiento y fue concursante de MasterChef Celebrity.
Sin embargo, detrás de esa personalidad atenta, divertida y curiosa también existe una historia atravesada por el miedo, la incertidumbre y un largo tratamiento. En esta entrevista, Juariu reconstruye aquel proceso con la distancia que le dieron los años y cuenta cómo la acompañaron su marido, su mamá y los profesionales que la atendieron.
También habla de los cambios físicos que vivió, de los controles que todavía le generan temor y de la maternidad de Manuel, su hijo, que llegó a fines de 2024 después de años de tratamiento.
El momento en el que pudo nombrar la enfermedad
— ¿Cómo recordás el momento del diagnóstico?
— Recuerdo mucha confusión porque nunca fue un diagnóstico directo de “tenés cáncer”. Fue como: “Es malo”, y yo no entendía mucho qué estaba pasando. Me acuerdo de que me dijeron: “Es malo y hay que hacer rayos”. Cuando ya te dicen que es malo, te vas abstrayendo de la conversación.
Cuando me dijeron que era malo, todavía no le daba el peso que tenía. Volví caminando a mi casa con mi marido, que es médico, y le pregunté: “¿Eso quiere decir que es cáncer?”. Él me dijo que sí. Creo que ese fue el momento más oscuro. Fueron muchos micromiedos porque fue un proceso bastante lento.

— Antes de atravesarlo, ¿qué representaba para vos el cáncer de mama?
— Era algo muy lejano. En mi familia nunca hubo antecedentes: no tuve ninguna amiga, ningún familiar ni nadie cercano con cáncer de mama. Para mí, hasta ese momento, cáncer era muerte.
Sobre todo en personas jóvenes. Siempre se habló del cáncer, pero en jóvenes era como algo terrible. Para mí era sinónimo de que tenías poco tiempo, una fecha de vencimiento próxima.

A partir del diagnóstico, creo que entré en una nube o en un remolino. Recién ahora, a la distancia, después de bastantes años, voy tratando de reconstruir un poco todo lo que pasó.
Trataba de no pensar demasiado, algo que es imposible porque pensás mucho y, al mismo tiempo, no pensás nada concreto. El médico me dijo: “No pienses, actuá”. Entonces fui como un soldadito: había que hacer esto, lo hacía; había que hacer aquello, también.

El miedo que aparecía antes de cada control
— ¿Cuáles fueron los momentos más difíciles?
— Los peores momentos para mí fueron los controles. Pasaban seis meses y, un mes antes, ya empezaba a pensar. Como mi vida había cambiado en un minuto, en un segundo, pensaba: “¿Por qué no podría volver a pasar?”.
Primero te preguntás: “¿Por qué a mí?”. Yo no tenía antecedentes y creía que no me iba a pasar porque lo veía como algo lejano. Después la cabeza cambia y pensás: “¿Por qué no?”. Ahí sentís que todo puede pasar.
En ese momento lo viví como un remolino: mucho ruido, muchas sensaciones, mucha angustia y mucho esfuerzo por tratar de hacer cosas y fingir un poco. Ahora que, gracias a Dios, estoy bien, empiezo a reconstruir y a recordar quién era en ese momento.

También empecé a preguntarle a mi mamá cómo lo había vivido y a pensar en mi marido, que me acompañó en todo. Uno se concentra en lo que le está pasando, en cómo está, y después piensa: “Mi mamá estaba en Tucumán, yo estaba acá y mi marido me acompañó durante todo el proceso”. Recién ahora voy tratando de procesarlo de una manera diferente.

Cómo reaccionaron su familia y sus afectos
— ¿Qué respuestas o reacciones recordás de tu marido, tu mamá y tus amigos?

— Todo era: “Va a estar bien”. Siempre fueron positivos y nadie se mostró vulnerable.
Me decían: “Hay que hacerlo, no pasa nada, va a estar todo bien”. Tampoco estuvieron demasiado encima mío. En ese momento, lo que me mostraron fue cierta naturalidad: esto era lo que me había pasado y ahora había que hacer algo al respecto. Que todo iba a estar bien era lo que más escuchaba.
— Durante ese proceso, ¿te refugiaste en la fe, la meditación o algún recurso espiritual?
— Siempre tuve un costado espiritual y creo mucho en Dios. Pero en ese momento me costaba pensar y encontrar calma. O tenía muchos pensamientos o fingía demencia, como si no hubiera pasado nada, y trataba de hacer lo que tenía que hacer.

Creo que me sostuvo mucho mi familia. No me dejaron sentirme vulnerable en ningún momento. También tengo una personalidad con la que siempre siento que soy la fuerte, que puedo. Había algo en mí que no quería mostrarle a mi familia cuánto me pasaba, porque sentía que ellos ya estaban sufriendo.
Tengo esa personalidad de tratar de bancármela un poco sola. También recurrí mucho a la terapia, que me hizo muy bien, y traté de confiar en que eso era lo que me estaba pasando y no podía modificarlo.

La confianza en los profesionales durante el tratamiento
— ¿Cómo fue el acompañamiento del equipo médico?
— Me asesoraron muy bien. Siento que me tocaron profesionales que me acompañaron bien porque no me hablaron tanto del tema, pero sí me explicaron.

Cuando me dieron el resultado de que era un cáncer maligno, el médico me abrazó y me recibió como si fuera a darme una buena noticia. Entonces pensé: “No tengo nada”. Pero me dijo: “No es el peor de todos”. Yo preguntaba: “¿Pero es malo?”.
Me fueron diciendo lo que tenía que hacer y traté de no buscar información por mi cuenta. Creo que, cuando estás en la duda o no sabés qué pasa, googleás y buscás. No lo recomiendo. Cuando ya tenés un diagnóstico y tenés que confiar en un profesional, creo que puede ser peor seguir viendo cosas.
Decidí confiar y me entregué absolutamente a los profesionales. Hacía lo que me indicaban.

— Dijiste que hubo un momento especialmente oscuro. ¿Por qué lo sentiste así?
— Fue el momento más oscuro porque pude poner en palabras la palabra cáncer. Me enteré de que tenía algo que no estaba bien en diciembre y recién pude nombrarlo como cáncer en febrero.
No había pasado mucho tiempo, pero fueron meses preguntándome qué sería y si podía ser algo bueno o malo. Creo que los médicos y mi marido ya sabían que era algo malo. Incluso la profesional que me hizo la ecografía me dijo: “Buscate un mastólogo”. Pero yo todavía no le ponía esas palabras.

Fue oscuro porque, para mí, la palabra cáncer estaba asociada a pensar: “Ahora me voy a quedar pelada, la voy a pasar mal, voy a estar todo el tiempo en el hospital hasta que me muera”. Fue difícil procesarlo y entender que no era así.

El aprendizaje y el peso de tener que estar siempre bien
— Al mirarlo en retrospectiva, ¿sentís que la enfermedad vino a decirte o enseñarte algo?
— Sí, un montón. Estaba atravesando un momento laboral difícil y complejo. Había venido de Tucumán, no encontraba un trabajo que me gustara y vivía medio amargada, quejándome. Para mí, el cáncer fue un cable a tierra.

Hoy, a la distancia y con todo lo que me pasó después, no sé si decir que fue algo positivo porque fue horrible. Pero siento que fue un cachetazo de realidad.
También existe ese mensaje de: “Tuviste cáncer de mama, tenés que estar siempre contenta, alegre de la vida porque te curaste y estás bien”. Como si necesariamente tuviera que haberte enseñado eso. Y no. En la vida una también se enoja por pavadas y sigue siendo frívola. Es un peso muy grande pensar: “Ahora tengo que ser feliz”.
Pero cuando tengo un mal día o estoy envuelta en esa locura, voy a bañarme, veo la cicatriz y me genera una sonrisa. Pienso: “Esto es lo que importa, está bien”. Me saca un poco de ese lugar y de lo cotidiano. Por eso, hoy y a la distancia, puedo verlo como algo positivo.

Los cambios físicos y cuatro años de menopausia
— La cicatriz también puede ser vista como la marca de todo lo que atravesaste. ¿Cómo viviste los cambios en tu cuerpo?
— Fue complejo porque estaba entrando a los 30 años y nunca me había planteado si quería ser madre o no. Era una chica de 30.
Estuve en menopausia durante cuatro años y eso me trajo cambios físicos. Tampoco colaboré demasiado. Hoy te dicen que tenés que hacer gimnasia y un montón de cosas, pero una hace lo que puede en el momento.
Tuve calores y cambios en el pelo y la cara. Durante la menopausia me sentía vieja y fea. Sentía que había subido de peso y me costaba mucho bajar.

Era como pensar: “Esto me está angustiando”, pero, al mismo tiempo, compararlo con el cáncer y decir: “Bueno, pero tengo panza y me molesta”. El cuerpo me cambió. Trato de que tampoco me importe tanto y de amigarme con esa situación.
Siento que todo puede ser reversible si una se cuida, pero fue un cambio grande, tanto internamente por la menopausia como físicamente.

La maternidad después del cáncer de mama
— Después de esa etapa llegó otra muy diferente: la maternidad. ¿Cómo la viviste luego de todo lo anterior?
— Para mí fue una locura porque no sabía si iba a poder ser madre. Estaba en medio del tratamiento. Me habían dicho que duraría diez años y ya estábamos en el séptimo, casi terminando y entrando en el octavo.
Me planteé la posibilidad y aparecieron todos los miedos que eso implicaba. Hablé con los médicos y, con el aval de todos, incluido el oncólogo, me dijeron: “Dejá la medicación. Hacemos tres meses sin medicación, una ecografía y vemos cómo está todo”.

Antes de comenzar el tratamiento había congelado óvulos. Me explicaron que podía intentar ser mamá y que, si no quedaba embarazada naturalmente, podíamos recurrir a esos óvulos. La idea era que la búsqueda durara lo menos posible y después continuar con el tratamiento.
Quedé embarazada en el primer intento. Fue una locura porque, internamente, sentía que se había hecho esperar y, al mismo tiempo, llegó rápido. Fue lindo e inesperado. Era buscado, pero sucedió muy rápido. Siempre lo sentí como un premio.
Después apareció otra pregunta: “¿Voy a poder darle la teta?”. Del lado en el que me habían operado me decían que probablemente no podría. Todo parecía improbable, pero había quedado embarazada. Pensaba: “A ver, ¿podré?”.

Pude alimentarlo durante casi un año con una sola teta. Durante ocho meses fue exclusivamente así porque no quería mamadera. Todo me pareció muy sanador: una teta me había traído aquello y la otra alimentaba. La cicatriz, además, me conecta con la realidad. Trato de verlo desde ese lugar porque mi realidad también me lo permite.
El miedo que cambió después de convertirse en mamá
— Después de todo lo vivido, ¿qué representa hoy el cáncer de mama para vos?
— Lo primero que pienso todavía es miedo. Una vez que atravesaste algo así y tu vida cambió en un segundo, cada control es un terror.
Creo que, si antes tenía miedo, ahora tengo terror porque tengo un hijo. Antes estaba mi familia, pero ahora la sensación es totalmente distinta. Es un pánico diferente.
Por momentos miro al cáncer con cierto cariño por lo que atravesé, por lo que me enseñó, porque me hizo fuerte y me conecta con muchas cosas. Pero, al mismo tiempo, siento pánico. Es como decirle: “Te quiero lejos, muy lejos”.
— ¿Alguna vez le hablaste al cáncer?
— No, no tenemos comunicación. Solo le digo: “No vuelvas”. Lo que más quiero en este mundo es que no vuelva.
Hablo mucho con chicas que me escriben por las redes. Algunas están atravesándolo y otras tienen familiares que lo están viviendo. También hay casos en los que vuelve.
Creo que hoy existe una mirada mucho más esperanzadora: se puede tratar, se puede curar y no significa necesariamente muerte. Se puede salir y se puede estar bien.

La misión de contar que también se puede estar bien
— ¿Sentís que esta experiencia te dejó una misión?
— Un poco sí. Cuando tuve cáncer no conocía a nadie de mi edad que lo hubiera atravesado. Había muchas cosas que no podía hablar con mis amigas: cómo me sentía, los miedos de estar en menopausia y todo lo demás. No tenía a nadie cercano.
Siento que me hace bien contarlo y hablar con chicas que lo atravesaron. También siento que me hubiera gustado ver a una chica que había pasado por eso y estaba bien.
No todos los casos terminan mal. Se puede estar bien. Hay que atravesarlo, es duro y difícil, pero se puede estar bien.
El mensaje de Juariu en el mes de concientización
— En este Octubre Rosa, ¿cuál sentís que es el mensaje más valioso que podés compartir con quienes estén atravesando esta situación?
— Tocate. Tocate las tetas. Si sentís que hay algo que no está bien, andá al ginecólogo y pedí una ecografía. A mí nunca me habían pedido una.
Entiendo que quizá hoy tampoco sea algo habitual, pero me escriben mujeres que me dicen que nunca les pidieron una ecografía. Hay que pedirla y buscarla.
Tocate y, si notás algo distinto, no significa necesariamente que sea malo, pero andá al médico y no pierdas tiempo. Cuando yo me toqué, tuve miedo. Una amiga me dijo: “Puede ser un quiste, yo tengo quistes”. Pero hay que ir al médico.
Estar atenta y escuchar tu cuerpo. No tener miedo porque, si llegara a suceder, Dios quiera que no, vas a estar bien.

Fotos: Rocío Bustos @rrociobustos
Video: Cande Casares @visual.knd
Producción creativa: Roshi Solano @roshisolano
Estilismo: @paoreyesandaur
Looks: @somosgusman, @lommshoes y @lunagarzonaccesorios
Maquillaje y peinado: @ro_somoza para @sebastiancorreaestudio