El actor, que murió a los 82 años, atravesó pérdidas devastadoras desde su infancia. La trágica muerte de Lucas, el hijo que tuvo con Leonor Manso, marcó su vida para siempre. Sin embargo, encontró fuerzas para seguir adelante en la actuación, el amor por sus hijas Luciana y Antonia y la alegría de sus cuatro nietas. Su historia es un testimonio de dolor, resiliencia y amor por la vida.
Detrás de los personajes inolvidables, de aquella mirada intensa y de una voz que acompañó a generaciones de argentinos, Antonio Grimau escondía una historia personal atravesada por pérdidas que marcaron profundamente su existencia. Sin embargo, lejos de dejarse vencer por el dolor, el actor había encontrado una manera de seguir adelante: aferrarse a la vida, al amor y a su vocación.

Su muerte, ocurrida este martes 20 de octubre a los 82 años, invita a recorrer no solamente su extraordinaria trayectoria artística, sino también la historia de Antonio Rebolini, el hombre detrás del nombre artístico. Un niño que quedó huérfano demasiado pronto, un padre que tuvo que enfrentar la muerte de su hijo y un abuelo que disfrutaba hablando con orgullo de sus cuatro nietas.
En una de sus entrevistas más profundas, concedida a Héctor Maugeri para +Caras en octubre de 2025, Grimau dejó una reflexión que hoy adquiere un significado especialmente conmovedor: "De eso se trata: de no quedarse quieto en ningún aspecto, de no bajar nunca la guardia y de apostar a la vida. A la vida, al amor, a la gente".
Una infancia marcada por la tragedia: perdió a su familia cuando tenía apenas 12 años
Antonio Grimau tenía una infancia feliz en Remedios de Escalada. Su padre era carnicero, su madre ama de casa y los domingos eran sinónimo de reuniones familiares, pastas y una mesa numerosa.
Pero aquella felicidad se quebró abruptamente.
En una entrevista con Maugeri, el actor recordó uno de los períodos más dolorosos de su vida: "Yo tenía doce años, y en siete meses pasó todo. Tremendo".
Su hermana mayor murió de cáncer, su padre de cirrosis y su madre por una enfermedad cardíaca. Él siempre relacionó aquella última pérdida con el sufrimiento que había atravesado su mamá.
"De ser parte de una familia que éramos como Los Campanelli, los domingos, la pasta, la mesa llena, pasé a la desolación más absoluta", recordó con una tristeza que, a pesar del paso del tiempo, seguía presente.
De repente, aquel chico tuvo que crecer. Su hermano mayor, Rolando, se hizo cargo de él y Antonio comenzó a trabajar desde muy joven.
Fue vendedor de bazar, trabajó en fábricas de pastas y zapatos, fue peón de obra y pintor. Oficios que le permitieron ganarse la vida mientras intentaba encontrar su lugar en el mundo.

Durante mucho tiempo le costó hablar de aquellas pérdidas. Era un adolescente introvertido, que prefería guardar su dolor en silencio.
Hasta que apareció el teatro.
La actuación se convirtió en mucho más que una profesión: fue el espacio donde pudo expresar lo que no lograba poner en palabras.
"Yo creo que fue un instinto aferrarse a la vida", había reflexionado en una entrevista con Clarín.
Y esa capacidad de volver a empezar lo acompañaría durante toda su existencia.
La muerte de Lucas, el hijo que tuvo con Leonor Manso: el dolor más profundo de Antonio Grimau
Si la infancia había puesto a prueba su fortaleza, la vida volvería a enfrentarlo con una de las experiencias más dolorosas que puede atravesar un padre.
En febrero de 2010 murió Lucas Rebolini Manso, el hijo de 36 años que Antonio había tenido con la actriz Leonor Manso.
La historia conmocionó al país. Después de una búsqueda desesperada, la familia descubrió que Lucas había fallecido el 10 de febrero en el Hospital Fernández, a causa de una afección pulmonar, y que su cuerpo había permanecido sin identificar durante 34 días en la Morgue Judicial.
Durante años, Grimau evitó hablar públicamente de aquel dolor. Sin embargo, con el tiempo comenzó a abrir su corazón.
"Él no soportó muchas cosas de este mundo y la salida fue la peor, pero bueno tal vez fue el único camino que pudo encontrar", expresó conmovido.
También recordó la personalidad de su hijo: "Era una persona alegre y contenta y me costó entender, pero creo que él ya no era de este mundo, su personalidad hipersensible no tenía nada que ver con este mundo tan cruel".
Sus palabras reflejaban la dificultad de encontrar respuestas frente a una ausencia que lo acompañaría para siempre.
Durante aquella conversación también habló del trabajo terapéutico que había realizado para atravesar el duelo.
"Haciendo terapia un terapeuta me dijo ‘la pérdida de una madre es irreparable y no hay manera de repararlo’ y de algún modo pasa con los hijos, es tremendamente doloroso y hay que arrastrarlo de la mejor manera".
En esas palabras se percibía la dimensión de su sufrimiento, pero también su esfuerzo por continuar viviendo y encontrar momentos de felicidad sin dejar de amar ni recordar a Lucas.
Luciana y Antonia, las dos hijas que llenaban de orgullo a Antonio Grimau
A pesar de las tragedias que atravesó, Antonio Grimau siguió construyendo vínculos familiares y encontraba una enorme satisfacción en el crecimiento de sus dos hijas, Luciana y Antonia.
Luciana, que vive en la provincia de San Luis, es coach emocional y madre de cuatro mujeres. Antonia, la menor, reside en Buenos Aires y, según contó su padre en junio de 2026, estudiaba y trabajaba.
Grimau había compartido su deseo de poder trabajar alguna vez con sus hijas sobre un escenario.
"Un broche sería hacer teatro con mis hijas, Luciana y Antonia", había confesado en una entrevista con Clarín.
Era uno de esos sueños que hablaban de sus prioridades: después de tantos años de carrera, imaginaba la felicidad de unir su profesión con los afectos más cercanos.
También reconocía que sus hijas lo habían ayudado a revisar ideas, cuestionar prejuicios y seguir aprendiendo.
Para él, crecer no era solamente acumular años y experiencias, sino mantenerse abierto a nuevas miradas.
Sus cuatro nietas, la felicidad de sus últimos años
En junio de 2026, apenas cuatro meses antes de su muerte, Antonio Grimau habló con Pronto sobre una faceta especialmente tierna de su vida: la de abuelo.
Tenía cuatro nietas, todas hijas de Luciana, y le encantaba contar cómo crecían y cuáles eran sus intereses.
"Las chicas están muy bien. Tengo cuatro nietas mujeres. La mayor, Brisa, tiene 22 años, luego viene Valentina con 20, Zoe de 14 y Olivia, que acaba de cumplir 11 años. Son todas hermosas, deportistas y estudiantes", relató con orgullo.
Valentina, por ejemplo, era bailarina de danza contemporánea y directora de un ballet folclórico. A Grimau le emocionaba reconocer en ellas cierta sensibilidad artística.
"Ahí hay un legado artístico; seguramente es mi sangre", expresó.
Y aunque la distancia y los compromisos laborales hacían que no pudiera verlas tan seguido como deseaba, intentaba viajar a San Luis al menos una vez al año, a veces dos.
"Me encanta", respondió cuando le preguntaron qué sentía al ser abuelo.
Una respuesta breve, espontánea, que revelaba otra dimensión de aquel hombre que tantas veces había hablado sobre el dolor: también sabía reconocer y disfrutar las pequeñas felicidades que la vida le regalaba.
El teatro, su refugio para seguir viviendo
A lo largo de su vida, Grimau encontró en el trabajo una forma de sostenerse emocionalmente.
Cuando era un adolescente que había perdido a su familia, actuar le permitió salir de su introversión. Cuando murió Lucas, el escenario volvió a convertirse en un refugio.
En 2026, a los 82 años, seguía trabajando. Formó parte de Vamo' los pibes, en el Multiteatro, y luego compartió escenario con Betiana Blum en El diario de Adán y Eva, en el Teatro Regina.
Además de actuar, disfrutaba de la pintura, otra forma de expresión artística que había incorporado a su vida.
En sus últimos años también había aprendido a llevarse bien con la soledad. Cuando en una entrevista le preguntaron cómo se sentía viviendo solo, respondió con naturalidad: "Ah, muy bien, porque soy un tipo, como verás, muy ocupado. Entonces la soledad es relativa".
Su vida estaba atravesada por proyectos, amistades, trabajo y afectos.
Y quizás allí residía uno de los aprendizajes más profundos de su historia: el dolor no había desaparecido, pero tampoco había conseguido quitarle las ganas de vivir.
La reflexión de Antonio Grimau que hoy emociona: "Amo la vida"
En aquella entrevista de 2025 con Héctor Maugeri, el actor había dejado una frase que resume buena parte de su recorrido personal.
"Ese niño quería vivir. Y ese niño, ya hombre, quiso seguir viviendo pese a todo. Amo la vida".
Es difícil encontrar palabras que describan mejor la historia del hombre que murió este 20 de octubre.
Antonio Grimau conoció la pérdida desde una edad en la que todavía debería haber estado protegido por el abrazo de sus padres. Conoció también la experiencia devastadora de despedir a un hijo y tuvo que aprender a convivir con una ausencia irreparable.
Pero siguió adelante.
Amó, formó una familia, disfrutó de sus hijas, celebró el crecimiento de sus nietas, cultivó amistades y nunca dejó de subirse a un escenario.
Y aunque el público lo recordará por sus personajes, por sus interpretaciones en televisión y por el talento que desplegó durante más de seis décadas, su historia personal deja algo más profundo.
La de un hombre que no pudo elegir muchas de las cosas dolorosas que le sucedieron, pero que una y otra vez eligió seguir apostando por la vida.

