Hay una escena que muchas mujeres conocen: un estudio pendiente, una molestia que aparece, una pregunta que cuesta hacer. Antes de entrar al consultorio, a veces el miedo ya está ahí. Miedo a recibir un diagnóstico, a no comprender lo que sucede o a sentir que el cuerpo dejó de ser un lugar seguro.
Matelda Lisdero conoce esa sensación desde los dos lados del escritorio. Médica y ginecóloga, cuenta que su elección profesional estuvo atravesada por la hipocondría y por la esperanza de que conocer las enfermedades le permitiera anticiparse a ellas. “Elegí la medicina por hipocondría, no por vocación heroica”, reconoce.
Después de tres décadas de consultorio, aquella búsqueda personal encontró un lugar en Ginecología sin miedo, el libro en el que comparte su recorrido y su manera de pensar el cuidado de la salud. “Quería escribir el libro que me hubiera gustado leer cuando tenía veinte años y sentía que mi cuerpo era una amenaza”, explica.
En el mes de concientización sobre el cáncer de mama, sus reflexiones invitan a conversar sobre una dimensión que también necesita espacio: qué sentimos cuando nos enfermamos, cómo atravesamos la incertidumbre y qué necesitamos para participar de las decisiones sobre nuestra salud. Poder preguntar, recibir explicaciones claras y contar con acompañamiento son temas que atraviesan esta entrevista.
Lisdero se presenta, además, como formadora en el modelo de las llamadas 5 Leyes Biológicas, desde el cual interpreta relaciones entre experiencias emocionales y síntomas.
El miedo a enfermar y la historia detrás de su libro
— Tu libro "Ginecología sin miedo". ¿Qué miedos escuchás con más frecuencia en el consultorio y por qué quisiste empezar por ahí?
-El miedo más frecuente es el miedo al diagnóstico. Muchas mujeres evitan hacerse controles porque temen lo que pueden encontrar. Y paradójicamente, ese mismo miedo es el que más daño hace: paraliza, impide preguntar, impide escuchar, impide tomar decisiones. El segundo miedo muy frecuente es el miedo al propio cuerpo — sentir que el cuerpo es un enemigo impredecible que puede fallar en cualquier momento.

Empecé por ahí porque yo misma fui esa mujer. Elegí la medicina por hipocondría, no por vocación heroica. Y después de treinta años de consultorio, entendí que el miedo no protege: distorsiona. Quería escribir el libro que me hubiera gustado leer cuando tenía veinte años y sentía que mi cuerpo era una amenaza.
— Contás que tu propio miedo a enfermar influyó en tu elección de la medicina. ¿Cómo cambió tu relación con ese miedo después de tres décadas acompañando a otras mujeres?
-Cambió completamente, pero no de golpe. Durante años, la medicina me dio una ilusión de control: si sabía todo sobre las enfermedades, podía anticiparlas. Pero el miedo seguía ahí porque el modelo que aprendí no explicaba el origen de nada — solo cómo tratar lo que ya había pasado.
El encuentro con las 5 Leyes Biológicas fue lo que realmente transformó mi relación con el miedo. No porque me diera certezas, sino porque me dio comprensión. Entender que los síntomas tienen un sentido, que el cuerpo no se equivoca, que la enfermedad no es un accidente ni una traición — eso sí calma. No el control, sino el entendimiento.
— ¿Qué experiencia te llevó a revisar tu manera de ejercer la ginecología y qué sentiste que necesitabas compartir en este libro?
-Fue un proceso más que un momento. Después de casi veinte años en el servicio de ginecología del Hospital Italiano, me encontraba con mujeres que habían cumplido todas las indicaciones, habían tomado todos los antibióticos, habían hecho todas las dietas — y los síntomas volvían. Y yo no tenía una respuesta honesta para darles.
Cuando empecé a estudiar las 5 Leyes Biológicas entendí que me había faltado siempre la misma pregunta: por qué. No cómo funciona el síntoma, sino qué lo originó. Eso cambió mi consultorio. Y sentí que esa información no podía quedarse solo ahí — que las mujeres merecen tenerla para poder ser protagonistas de su propia salud.
— Una de tus frases es "A tu cuerpo le pasan cosas cuando te pasan cosas". ¿Cómo explicás esa relación y cómo distinguís la influencia del estrés de las causas de una enfermedad?
-La frase resume algo que la medicina oficial reconoce en parte pero raramente aplica en la consulta: que existe una conexión real entre lo que vivimos y lo que le pasa a nuestros tejidos. No es metáfora ni autoayuda — es biología. El cerebro procesa cada situación que vivimos y coordina la respuesta del organismo. Cuando algo nos impacta de cierta manera, ciertos tejidos cambian.
La diferencia con el "estrés" genérico es que las 5 Leyes nos permiten ser mucho más específicos: no es que "estar estresada te baja las defensas". Es que ciertos tipos de conflicto, vividos con ciertas características, afectan órganos y tejidos específicos y predecibles. Eso es lo que hace al modelo útil clínicamente — y lo que lo diferencia de una explicación vaga sobre el estrés.
— Las Cinco Leyes Biológicas son el eje de tu propuesta. ¿Qué plantean, qué evidencia científica publicada las respalda y cuáles son sus límites para explicar los síntomas ginecológicos?
-Las 5 Leyes Biológicas, desarrolladas por el médico alemán Dr. Ryke Geerd Hamer, proponen que los síntomas y las enfermedades tienen un origen específico en un evento de alto impacto emocional, y que el cuerpo responde de manera biológicamente coherente y predecible según el tipo de conflicto vivido.
En cuanto a evidencia científica publicada en revistas indexadas bajo ese nombre, es limitada — el modelo no ha sido evaluado en ensayos clínicos controlados con esa denominación. Lo que sí existe es una sólida base en psiconeuroinmunología y en estudios sobre el impacto del estrés en el desarrollo de enfermedades. Las 5 Leyes van un paso más allá: proponen una lógica específica sobre qué tipo de conflicto afecta qué tejido, y esa especificidad es lo que lo hace clínicamente útil.
Pero lo que más me interesa destacar es algo que ningún paper puede darte: este es un modelo que cada persona confirma con su propia experiencia. No necesitás que alguien te lo haga creer. Cuando empezás a mirar hacia atrás — qué me pasó antes de que apareciera este síntoma, qué estaba viviendo en ese momento — la relación aparece. Es precisa, es concreta, y la reconocés en vos misma y en las personas que te rodean. Esa verificación personal es, para mí, la evidencia más poderosa.
Sus límites son los de cualquier modelo: no reemplaza el diagnóstico médico, no niega la necesidad de tratamiento cuando es urgente, y no siempre es posible identificar el conflicto de origen. Lo uso como una lupa adicional, no como una verdad absoluta.
— En el libro hablás de pasar de ser una "paciente obediente" a una usuaria activa de la propia salud. ¿Qué preguntas debería poder hacer una mujer en el consultorio y cómo se construye una decisión informada junto con su médica?
-Las preguntas más importantes son las más simples: ¿por qué me pasa esto? ¿Qué pasa si no hago nada? ¿Cuáles son las alternativas? ¿Qué me recomienda y por qué? Una mujer que puede hacer esas preguntas y recibir respuestas claras está tomando decisiones, no obedeciendo.
La decisión informada se construye cuando hay tiempo, cuando hay explicación y cuando la mujer siente que su historia importa — no solo sus resultados de laboratorio. Para eso se necesitan médicas dispuestas a responder y mujeres dispuestas a preguntar. El libro intenta construir esa segunda parte.
"Un resultado positivo para HPV no es una condena"
— Un diagnóstico de HPV puede generar miedo, vergüenza y dudas sobre la pareja. ¿Qué le explicarías primero a una mujer que acaba de recibir un resultado positivo?
-Lo primero que le diría es que respire. Que un resultado positivo para HPV no es una condena, no define su historia sexual y no prueba nada sobre su pareja. Entre el 80 y el 90% de la población tuvo contacto con el virus en algún momento de su vida — es uno de los hallazgos más frecuentes en ginecología.
Lo segundo es que los cambios en el cuello del útero asociados al HPV en la gran mayoría de los casos se resuelven solos. El cuerpo tiene mecanismos para hacerlo. Lo que importa es el seguimiento, entender qué está pasando y no tomar decisiones apresuradas desde el miedo.
— La relación entre la infección persistente por HPV y el cáncer de cuello uterino está establecida. ¿Cómo dialoga tu enfoque con esa evidencia y qué lugar les das a la vacunación, los controles y el tratamiento de las lesiones?
-La asociación entre el HPV y los cambios en el cuello del útero está documentada, y no la ignoro. Pero asociación no es causalidad — es uno de los principios más básicos de la epidemiología y vale la pena recordarlo. La teoría viral en general, la idea de que los virus son agentes externos que nos atacan y provocan enfermedades, ha sido cuestionada por científicos muy serios a lo largo de la historia. Que encontremos partículas virales en un tejido inflamado no prueba que sean la causa de esa inflamación — pueden ser consecuencia de los cambios en el tejido, no el origen.
Lo que sí podemos comprobar, y la propia medicina lo reconoce aunque lo explique de otra manera, es que el cuello del útero reacciona a situaciones de estrés en la vida sexual y de pareja. La medicina oficial asocia el HPV con la promiscuidad, con el inicio temprano de relaciones sexuales, con el cambio de pareja. Si por un momento dejamos de lado la teoría del contagio y miramos esos mismos datos con otros lentes, aparece otra lectura: el cuello del útero responde a cómo se viven esas relaciones, no a un virus que viaja de un cuerpo a otro.
Las 5 Leyes Biológicas explican con precisión lo que la medicina resuelve con palabras como "asintomático" o "HPV persistente". ¿Por qué una persona tiene el virus pero no desarrolla lesiones? ¿Por qué otra lo tuvo y se resolvió solo? ¿Por qué aparece en cierto momento de la vida y no en otro? Cuando miramos el conflicto que esa mujer estaba viviendo, esas preguntas encuentran respuesta.
Las recomendaciones del ACOG actualizadas en 2026 indican Pap cada 3 años entre los 21 y los 29 años, y entre los 30 y los 65 el método preferido es combinar Pap con test de HPV cada 5 años — aunque el Pap solo cada 3 años sigue siendo una opción válida. Personalmente, sigo prefiriendo la evaluación clínica directa — mirar las células con el Pap y el cuello con la colposcopía — por encima de los tests de detección viral solos, que pueden generar falsos positivos e instalar un diagnóstico y un miedo antes de que haya algo real que ver.
Sobre la vacunación, mi postura es que cada mujer debería leer el prospecto completo antes de decidir — algo que rara vez se hace. Es información a la que tienen derecho y que les pertenece. Vale la pena señalar que la propia medicina oficial está revisando sus posiciones: estudios recientes y mejor diseñados están cambiando las recomendaciones sobre el uso de la vacuna en el seguimiento y tratamiento de lesiones de alto grado. La ciencia se actualiza, y eso es bueno, pero también nos recuerda que lo que hoy se presenta como certeza puede revisarse mañana.
La misma medicina oficial reconoce que aun vacunada, una mujer puede tener contacto con el HPV. Entonces me pregunto: ¿qué prevención real estamos ofreciendo? Además, las vacunas contra el HPV tienen efectos adversos descriptos en su propio prospecto — algo que merece ser parte de la conversación antes de aplicarlas, especialmente porque se ofrecen a personas completamente sanas, muchas veces adolescentes. Existiendo maneras reales de prevención — entender el origen de los síntomas, cuidar la vida sexual, construir vínculos saludables — no encuentro el sentido de intervenir con una vacuna sobre un cuerpo sano.
— Las molestias urinarias y la candidiasis recurrente pueden afectar mucho la vida cotidiana. ¿Qué habría que investigar cuando se repiten y cómo evitar tanto la automedicación como atribuirlas automáticamente a un conflicto emocional?
-Cuando algo se repite, la primera pregunta es cuándo empezó y qué estaba pasando en la vida de esa mujer en ese momento. Eso no reemplaza la consulta médica — ante síntomas agudos hay que evaluar, tratar si es necesario y descartar causas orgánicas. Pero si el síntoma se repite a pesar de los tratamientos, la respuesta no está en otro antibiótico.
Desde las 5 Leyes Biológicas, la cistitis recurrente está relacionada con la percepción de sentirse invadida — en el cuerpo, en la intimidad, en el territorio propio. No siempre es una invasión obvia: puede ser una relación sexual que no se quiere del todo, una situación donde los límites no están claros, o un vínculo donde la mujer no se siente segura. La vejiga marca territorio, igual que los animales. Y cuando ese territorio se siente amenazado, reacciona.
La candidiasis recurrente, en cambio, suele estar relacionada con estrés reproductivo — algo que amenaza o frustra el programa biológico de la especie — o con una percepción de rechazo hacia la pareja o hacia lo que está pasando en la vida sexual. Lo que en el libro resumo como "no tener relaciones bien": relaciones sin ganas, por obligación, con miedo, con asco, con miedo a embarazarse, o en un contexto que el animalito interno percibe como inapropiado. Esos síntomas son nuestra honestidad más brutal — el cuerpo diciendo lo que muchas veces la mente no se anima a decir en voz alta.
El riesgo de la automedicación es que tapa la señal sin escucharla. El riesgo de atribuirlo todo automáticamente a un conflicto emocional es el mismo: saltear el paso del diagnóstico diferencial. Los dos enfoques solos son incompletos. La consulta con una profesional que pueda integrar ambas miradas es el camino.
"Un útero que duele es un útero que sufre por los varones de la manada"
— Muchas mujeres crecen escuchando que el dolor menstrual es normal. ¿Cuándo deja de ser una molestia esperable y merece una evaluación por posibles causas como la endometriosis?
-El dolor que obliga a faltar al trabajo o a la escuela, que no cede con analgésicos comunes, que incapacita uno o más días por ciclo — ese dolor merece evaluación. No porque sea necesariamente endometriosis, sino porque ese nivel de dolor es una señal que merece ser escuchada, no tolerada.
Lo que sí quiero aclarar es que el diagnóstico de endometriosis fue cambiando con el tiempo. Antes se requería confirmación por laparoscopía — y tenía sentido, porque el tratamiento era agresivo: bloqueantes hormonales que ponían a la mujer en una menopausia artificial, con todos los riesgos que eso implicaba. Pero cuando los tratamientos fueron cambiando y hoy se indican básicamente los mismos anticonceptivos que se usan para anticoncepción, el umbral para diagnosticar bajó y los diagnósticos empezaron a hacerse por imágenes, sin confirmación quirúrgica. El tratamiento se volvió más liviano, pero el diagnóstico se volvió más laxo — y los casos "aumentaron". No porque haya más endometriosis en el mundo, sino porque a más mujeres se les pone esa etiqueta. Y el peso emocional de escuchar "probablemente tengas endometriosis" en un consultorio de diez minutos, sin confirmación, sigue siendo enorme.
Y hay algo que me gusta decir en el consultorio y que quedó en el libro: un útero que duele es un útero que sufre por los varones de la manada. Por el padre que no cumplió su rol, por la pareja que no trata bien, por el ambiente donde las mujeres cargan solas lo que los hombres no sostienen. Escuchar ese dolor con esa mirada cambia todo.
— Miomas y endometriosis son diagnósticos diferentes, pero ambos pueden despertar inquietudes sobre la fertilidad. ¿Qué te gustaría que las mujeres supieran para tomar decisiones sin miedo y sin postergar tratamientos necesarios?
-Que el diagnóstico no es el destino. Tanto los miomas como la endometriosis tienen una enorme variabilidad en cómo se presentan y en cómo afectan — o no afectan — la fertilidad. Muchas mujeres con ambos diagnósticos quedan embarazadas sin ningún tratamiento. Otras necesitan intervención. La decisión depende del caso particular, no del diagnóstico en abstracto.
Hay algo que me parece importante decir, aunque no siempre sea fácil de escuchar: la mayor fertilidad de la mujer está entre los 20 y los 30 años. Eso no cambia por más que la vida moderna lo ignore. Cuando postergamos la maternidad por razones comprensibles — carrera, pareja, condiciones económicas — el útero no lo sabe. Su programa biológico sigue activo, sigue esperando, sigue en tensión. Y esa tensión sostenida en el tiempo puede expresarse en síntomas. Los miomas, desde la mirada de las 5 Leyes Biológicas, tienen mucho que ver con ese estrés reproductivo acumulado: un útero que quiere y no puede, que espera y no llega.
No lo digo para generar culpa ni para decirle a ninguna mujer cuándo tiene que tener hijos. Lo digo porque creo que esa información merece estar sobre la mesa cuando se toman decisiones sobre la maternidad — junto con todas las demás.
Lo que siempre les pido es que no tomen decisiones desde el miedo y en soledad. Que busquen una segunda opinión si algo no les cierra. Que pregunten qué pasa si esperan. Que la urgencia muchas veces no es tan urgente como parece en el consultorio.
"Tu cuerpo no se equivoca"
— En el marco del mes de concientización sobre el cáncer de mama, ¿qué mitos te gustaría desarmar y qué deberían saber las lectoras sobre los cambios en las mamas y los controles según su edad y sus antecedentes?
-La mejor prevención es conocer nuestras mamas — su forma, su consistencia habitual — y consultar ante cualquier cambio: un bulto que no estaba, sangrado por el pezón, retracción del pezón, o una lastimadura que no sana. No hace falta una técnica de autoexamen perfecta: hace falta atención y confianza en la propia percepción.
En cuanto a los controles, la recomendación del Ministerio de Salud de Argentina es mamografía a partir de los 50 años, cada dos años, en mujeres sin antecedentes. Con antecedentes familiares de primer grado, hay que conversar con la médica de cabecera para definir cuándo y con qué frecuencia.
Y hay algo que me parece importante nombrar: así como bajó el umbral para diagnosticar endometriosis, algo similar pasó con la mama. Las técnicas para realizar biopsias se simplificaron enormemente, y eso aumentó su indicación — muchas veces con el argumento de "por las dudas, para que te quedes tranquila". Ese "por las dudas" tiene un costo real: más diagnósticos, más sobrediagnósticos, más intervenciones sobre hallazgos que nunca hubieran afectado la salud de esa mujer. La medicina preventiva bien entendida no es hacer todo lo que se puede hacer — es hacer lo que tiene sentido hacer, en el momento correcto, para esa mujer en particular. Y en ese sentido me gusta más hablar de diagnóstico oportuno que de diagnóstico precoz. Precoz implica cuanto antes mejor, sin importar el contexto. Oportuno implica en el momento adecuado, con la información necesaria, para que el tratamiento sea efectivo y tenga sentido. Esa diferencia no es semántica — define una manera completamente distinta de entender la medicina preventiva.
— Cuando vinculás síntomas con experiencias emocionales, ¿cómo evitás que una mujer con cáncer de mama sienta que provocó su enfermedad o que debería poder curarse resolviendo un conflicto? ¿Cómo acompañás ese proceso junto con el equipo oncológico?
-El modelo oficial describe el cáncer como un error del cuerpo — células que enloquecen, que se rebelan, que atacan. Desde esa mirada, es lógico que una mujer se pregunte qué hizo mal, qué debería haber evitado, cómo podría haberlo impedido. La culpa viene incluida en esa narrativa.
Pero la biología no se equivoca. Cualquier cambio en un órgano tiene un sentido, un por qué y un para qué. No es un error — es una respuesta. Y cuando empezamos a mirar desde ahí, la culpa se transforma en otra cosa: en curiosidad, en comprensión, en la posibilidad de entender qué le estaba pasando a ese cuerpo en ese momento de esa vida.
La culpa surge de seguir creyendo que la enfermedad viene a dañarnos. Pero el cuerpo tiene su propio lenguaje, y ese lenguaje son los síntomas. Cada síntoma es un mensaje. Aprender a leerlo con compasión y sin miedo — en lugar de combatirlo o ignorarlo — nos lleva a vivir mejor y con más conciencia de nosotras mismas.
Esto no cambia la realidad de un diagnóstico de cáncer. No reemplaza los tratamientos, que a veces son duros y que aunque en la mayoría de los casos son exitosos, a veces no lo son. No voy a romantizar eso. Pero sí creo que atravesar ese proceso entendiéndolo, sin culpa y sin la sensación de que el propio cuerpo es el enemigo, hace una diferencia real en cómo se vive — cualquiera sea el resultado.
— Menopausia, deseo y sequedad vaginal siguen siendo temas difíciles de conversar. ¿Qué herramientas y tratamientos pueden ayudar a vivir esta etapa con mayor bienestar y cómo se eligen en cada caso?
-La sequedad vaginal tiene soluciones muy efectivas y muy subutilizadas. Los estrógenos de acción local — cremas u óvulos vaginales — actúan directamente sobre la mucosa, la hidratan, mejoran su elasticidad y su lubricación, con una absorción sistémica mínima. Son seguros para la gran mayoría de las mujeres y hacen una diferencia enorme en la calidad de vida. Y lo digo desde la experiencia clínica de treinta años y desde mi propia experiencia como mujer menopáusica: son la mejor opción para esta etapa.
Porque el deseo es difícil que se mantenga cuando las relaciones duelen. Si cada encuentro está asociado al dolor o a la incomodidad, el cuerpo aprende a evitarlo. El círculo se retroalimenta: menos deseo, menos lubricación, más sequedad, más dolor, menos deseo todavía. Romper ese círculo a tiempo, con una herramienta sencilla y segura como el estrógeno local, es uno de los gestos más concretos de autocuidado que una mujer puede hacer en esta etapa.
La terapia hormonal de reemplazo sistémica tiene indicaciones más amplias — sofocos intensos, síntomas urinarios, protección ósea — y desde el cambio de la FDA a fines de 2025, que eliminó las advertencias más severas sobre riesgos cardiovasculares y de cáncer de mama para mujeres que inician el tratamiento dentro de los diez años de la menopausia, hay mucha más claridad sobre su perfil de beneficio-riesgo. Cada caso se evalúa individualmente con la médica de confianza.
Y siempre digo algo que puede sonar simple pero que importa mucho: tener relaciones sexuales que una genuinamente quiere tener, con presencia y con deseo, es en sí mismo protector para esa zona del cuerpo. La mucosa responde al uso, al deseo, al contacto que se elige.
— Si una lectora terminara el libro y pudiera llevarse una sola idea para cuidar su salud, ¿cuál te gustaría que fuera? ¿Y qué síntomas le dirías que nunca debería dejar pasar?
-La idea que me gustaría que se llevaran es esta: tu cuerpo no se equivoca. Cada síntoma es una señal, no un error. Cuando algo aparece, antes de asustarte, preguntate qué estaba pasando en tu vida en ese momento. Esa pregunta sola puede cambiar completamente la relación con tu propio cuerpo.
Y los síntomas que nunca deberían dejar pasar: cualquier sangrado fuera del ciclo habitual o después de la menopausia, un bulto en la mama que no estaba antes, dolor pélvico nuevo o que cambió de características, y cualquier síntoma que interfiera de manera significativa con la vida cotidiana. No para asustarse — sino para consultar a tiempo, con información y sin miedo.

