El título puede sonar provocador, incluso inquietante. Sin embargo, no hace más que señalar aquello que nuestra sociedad suele transmitir de manera silenciosa: la belleza no se vive únicamente como una cualidad estética, sino como una suerte de pasaporte simbólico al éxito. Ajustarse a ciertos ideales corporales parece garantizar reconocimiento social, felicidad, salud, aceptación.
Estas ideas no surgen de manera espontánea: son construcciones sociales que se reproducen con fuerza en los medios, la publicidad y, especialmente hoy, en las redes sociales.
Basta con recorrer unos minutos plataformas como Instagram o TikTok para encontrarnos con cuerpos editados mediante filtros, aplicaciones que afinan la silueta, pieles sin marcas y estándares físicos que se presentan como alcanzables, aunque muchas veces no lo sean.
A esto se suman influencers del mundo fitness que promueven rutinas, dietas o estilos de vida muchas veces rígidos, y algoritmos que refuerzan constantemente estas imágenes, mostrándonos una y otra vez el mismo tipo de cuerpo idealizado.
Los estereotipos de belleza funcionan como modelos hegemónicos que privilegian cuerpos delgados, jóvenes y activos. Se presentan como el estándar deseable y legítimo, mientras que todo aquello que queda por fuera de ese molde es empujado hacia la desvalorización, la estigmatización o la invisibilización.
La distancia entre lo que somos y lo que “deberíamos ser” no es abstracta: se vuelve cotidiana. Aparece cuando alguien evita subir una foto sin filtros, cuando se comparan cuerpos en redes, cuando se recibe un comentario sobre el peso propio o ajeno o cuando aplicaciones de conteo calórico transforman la alimentación en una práctica de control constante. Estas situaciones, frecuentes y naturalizadas, impactan en cómo nos miramos, cómo nos vinculamos y cómo tomamos decisiones sobre nuestra salud.
La alta proporción de adolescentes y adultos jóvenes que experimenta insatisfacción corporal, incluso cuando sus cuerpos se encuentran dentro de parámetros considerados saludables, dan cuenta de su vinculación con la presión estética y la exposición constante a ideales corporales poco realistas, siendo un factor de riesgo para el desarrollo de trastornos de la conducta alimentaria.
A nivel mundial, se estima que alrededor del 9% de la población —más de 70 millones de personas— atraviesa algún trastorno de la conducta alimentaria, según datos de la Organización Mundial de la Salud y la Global Burden of Disease Study, lo que refleja una problemática de gran magnitud y en crecimiento.
En Argentina, el Ministerio de Salud de la Nación Argentina y la Secretaría de Gobierno de Salud advierten que estas problemáticas afectan especialmente a adolescentes y jóvenes, con prevalencias estimadas entre el 12% y el 15% para conductas alimentarias de riesgo en este grupo etario, lo que representa a cientos de miles de personas.
Fuente: Lic. Erica M. Solignac, docente de la Licenciatura en Nutrición de UADE.

