Hay una frase que se repite en el consultorio con una regularidad que ya no me sorprende, pero que nunca deja de interpelarme. La dicen mujeres de 32 años, de 36, de 38. La dicen con convicción, con cierta incomodidad por estar ahí, como si venir a hablar de fertilidad fuera admitir algo que todavía no están listas para admitir. La frase es simple: “Vine porque me pareció buena idea, pero supongo que todavía me falta mucho tiempo”.
Ese “todavía falta” es, quizás, el error más frecuente que veo en mi práctica diaria. Y lo digo sin alarmismo, porque el objetivo de esta columna no es asustar a nadie sino exactamente lo contrario: desdramatizar, informar y, sobre todo, devolver la sensación de control a quienes sienten que este tema les pertenece “en algún momento futuro”.
El tiempo biológico y el tiempo emocional no se mueven igual
Una de las cosas que más me llama la atención es la distancia entre cómo percibimos el paso del tiempo en nuestra vida personal y cómo ocurre en nuestra biología reproductiva. A los 35, muchas mujeres se sienten —y están— en plena vitalidad. Hacen ejercicio, trabajan, viajan, se ven bien. Todo indica que están en un momento de plenitud. Y es verdad. Pero la reserva ovárica, que es la cantidad y calidad de los óvulos disponibles, sigue su propio calendario, silencioso e independiente de cómo nos sentimos.
Lo que la ciencia muestra con claridad es que la fertilidad femenina comienza a declinar de manera gradual a partir de los 32 años y de forma más marcada después de los 35. Esto no significa que embarazarse sea imposible o difícil después de esa edad —millones de mujeres lo hacen—, sino que el margen para tomar decisiones informadas se va achicando sin que lo notemos.
El mito de “si no tengo problemas, no tengo nada que consultar”
Existe una creencia muy arraigada de que la consulta ginecológica o reproductiva está reservada para quienes ya tienen dificultades para concebir. Como si venir “sin problemas” fuera una excentricidad o una señal de ansiedad. Nada más alejado de la realidad.
La consulta de fertilidad más valiosa no es la que se hace cuando algo falló. Es la que se hace antes, cuando todavía hay tiempo de evaluar, de conocer el propio estado ovárico, de tomar decisiones con calma. Un análisis de hormona antimüleriana —el marcador principal de la reserva ovárica— tarda minutos en pedirse y puede dar información que ninguna app de bienestar va a poder ofrecerte.
Pienso, por ejemplo, en una paciente que vino a los 34 años “solo para ver cómo estaba”. El estudio reveló una reserva ovárica baja para su edad, sin ningún síntoma previo que lo sugiriera. Esa información le permitió tomar decisiones reproductivas con tiempo: no bajo presión, no en una urgencia. Ese es el valor real de la consulta temprana.
¿Qué significa consultar a tiempo?
No se trata de apurarse a tener hijos ni de ceder ante ningún mandato. Se trata de conocerse. De saber qué está pasando en tu cuerpo antes de que la biología tome las decisiones por vos.
Consultar a tiempo puede significar muchas cosas distintas según cada historia: puede ser simplemente un chequeo y volver tranquila a tu vida. Puede ser preservar óvulos como una forma de ganar tiempo real —no imaginario— para las decisiones que vienen. Puede ser detectar una condición como el síndrome de ovario poliquístico, la endometriosis o alteraciones hormonales que afectan la fertilidad pero también el bienestar general, y que se manejan mucho mejor cuando se identifican temprano.
Junio es el Mes Internacional del Cuidado de la Fertilidad, y eso tiene un sentido preciso: no celebrar, sino generar conciencia. Recordar que ocuparse de la propia fertilidad no es un acto médico de urgencia, sino una decisión informada que se toma —o se debería tomar— mucho antes de que haya algo que resolver.
Antes de que sea una urgencia
La medicina reproductiva avanzó enormemente en las últimas décadas. Hoy existen herramientas que permiten preservar la fertilidad, diagnosticar condiciones silenciosas y acompañar cada historia de manera personalizada. Pero todas esas herramientas funcionan mejor —son más efectivas, generan menos angustia, abren más opciones— cuando se usan con tiempo.
La pregunta no es si vas a querer ser madre o cuándo. La pregunta es si querés tener información real sobre tu propio cuerpo para tomar esa decisión con libertad.
Eso, en definitiva, es lo que una consulta temprana puede darte: no una respuesta sobre lo que vas a elegir, sino la certeza de que, cuando llegue el momento de elegir, lo vas a hacer sabiendo lo que necesitás saber.
El mejor momento para consultar no es cuando algo duele o cuando algo falla. Es ahora, que todavía no urge. Ese “todavía” que suena a margen es, en realidad, el recurso más valioso que tenés.
Fuente: el Dr. Diego Gnocchi es Especialista en Medicina Reproductiva y Ginecología. Matrícula Profesional [86328 MN]. Médico con más de dos décadas de experiencia en diagnóstico y tratamiento de la infertilidad, preservación de la fertilidad y reproducción asistida de alta complejidad.

