Hay dolores que el tiempo no borra. Quizás porque tampoco se trata de borrarlos. Se aprende, de alguna manera, a caminar con ellos, a hacerles un espacio dentro de la vida, a convertir la ausencia en memoria y la memoria en una forma de seguir amando.
Cada 8 de septiembre, Benjamín Vicuña vuelve a Blanca. La recuerda, la nombra, habla de ella. Y este año eligió hacerlo a través de un texto de una sensibilidad enorme, en el que no escondió el dolor pero tampoco dejó que fuera lo único que definiera su homenaje.
“Acá estamos. Otro septiembre que espera la primavera”, comienza su publicación. Dos palabras —“acá estamos”— que atraviesan todo el mensaje. Porque hablan de sobrevivir a lo que alguna vez pareció imposible. De continuar. De levantarse, mirar alrededor y aceptar que la vida, aun después del dolor más profundo, sigue ocurriendo.

“Despierto y el cuerpo duele, dicen que es lo que nos alerta que estamos vivos, el dolor. Viví el dolor más profundo y acá estamos”, escribió.
Benjamín Vicuña y una reflexión sobre el infinito
El calendario vuelve a marcar 8 y Vicuña encuentra en ese número una imagen tan dolorosa como luminosa.
“Pienso, es 8 y se repite como un infinito trágico y bello. Bello porque estás ahí, en ese infinito y en el pensamiento”.
En esas palabras aparece una de las ideas más conmovedoras del posteo: la posibilidad de que alguien siga existiendo en la memoria de quienes lo aman.
Vicuña habla entonces directamente con su hija: “Blanca, mi niña que quería volar”. Y cuenta que decidió guardar algunas fotografías para hacerle lugar a las flores que llegarán con la primavera. A la vida que vuelve a brotar. “Magnolias crecen en mi jardín”, escribe.
La imagen no podría ser más simbólica: después de atravesar su propio invierno, hay flores que siguen naciendo.
El recuerdo de Blanca que vive entre sus hermanos
Pero quizás uno de los pasajes más íntimos del mensaje aparece cuando Benjamín cuenta qué sucede puertas adentro, con sus hijos.
“Hoy reúno a tus hermanos en tu nombre, preguntan de ti”, revela. Entonces vuelve a contarles quién era Blanca. Cómo miraba. Qué decía. Las palabras que usaba. Sus anécdotas. Esas pequeñas cosas que, con el paso de los años, terminan construyendo la memoria de una persona.
Y aunque algunas historias inevitablemente se repitan, para él nunca se agota la necesidad de contarlas.
Porque nombrarla también es hacerla presente.
Porque para los hermanos que pudieron conocerla y para aquellos que llegaron después, Blanca forma parte de la historia familiar. Y es Benjamín quien vuelve una y otra vez a unir esos hilos a través de los recuerdos.
“Por momentos siento que se repiten las anécdotas, pero no se acaban las ganas de recordarte y honrar tu legado”, escribió.
“Me enseñaste que la noche pasa y la vida sigue”
El mensaje de Vicuña habla del duelo, pero fundamentalmente habla de vida. De todo aquello que aprendió después de enfrentarse a una pérdida para la que ningún padre está preparado.
Dice que Blanca fue “un pequeño milagro”, que iluminó corazones y despertó conciencias. Y reconoce entre sus mayores aprendizajes haber comprendido que la ausencia también forma parte de la existencia.
Amar incluso cuando ya no se puede abrazar. Aceptar el silencio. Convivir con las preguntas que aparecen en medio de la noche y para las que quizás nunca haya respuestas.
Y después, cuando amanece, volver a elegir la vida. “Gozar la mañana, los pájaros, la risa y el café”, escribió.
Una enumeración sencilla, cotidiana, pero cargada de sentido. Porque después de conocer el dolor más profundo, quizás sean justamente esas pequeñas cosas las que vuelvan a recordarnos que estamos vivos.
Septiembre, Blanca y la primavera
Septiembre vuelve cada año. Y con él, inevitablemente, vuelve aquel día. Pero también vuelve la primavera.
Esa parece ser la imagen que Benjamín eligió esta vez para hablar de su hija: el dolor que convive con las flores, la ausencia que convive con la vida, el recuerdo que se transforma en legado.
“Acá estamos honrando la vida”, escribió hacia el final. Y después dejó una de esas frases destinadas a permanecer:
“Diciendo tu nombre una y mil veces como conjuros ante el olvido”.
Tal vez de eso se trate recordar. De seguir diciendo un nombre. De contar una historia una vez más, aunque ya la hayamos contado cientos de veces.
De permitir que una persona siga viviendo en las palabras, en los hermanos que preguntan, en una magnolia que florece en el jardín, en un padre que mira llegar septiembre y, aun con el dolor intacto en algún lugar de su cuerpo, puede decir: acá estamos.

