El testimonio de Laurencio Adot conmueve por su crudeza, pero también por la transformación que implicó en su vida. A casi ocho años del ACV hemorrágico que sufrió en 2018, el diseñador repasó en A la tarde uno de los momentos más difíciles de su historia personal.
“Estuve muerto tres días”, dijo sin rodeos al recordar el coma farmacológico en el que permaneció tras el accidente cerebrovascular. Un episodio que no solo puso en riesgo su vida, sino que lo obligó a empezar de cero.
El 10 de agosto de ese año, Adot sufrió un cuadro severo que le provocó la pérdida del habla y de la movilidad en el lado derecho del cuerpo. Durante esos días críticos, vivió una experiencia que lo marcó profundamente: aseguró haber sentido la presencia de su madre fallecida, quien le transmitió que aún no era su momento.
La salida del coma no significó un alivio inmediato. Por el contrario, comenzó un proceso largo y exigente de recuperación. “Tuve que aprender a hablar, a comer, a caminar”, recordó sobre una etapa en la que cada pequeño avance implicaba un enorme esfuerzo.

En ese camino, hubo una figura clave: su pareja, Damián Romero. “Me salvó la vida dos veces”, afirmó, destacando el acompañamiento constante en los momentos más críticos.
El episodio también generó un fuerte impacto en su entorno. Desde figuras del espectáculo hasta dirigentes políticos —como Mauricio Macri y Juliana Awada— se comunicaron con él durante su internación. Sin embargo, esa experiencia le dejó una reflexión contundente: frente a la enfermedad, todo se vuelve relativo. “No hay más plata, no hay más fama”, expresó.

Lejos de idealizar lo ocurrido, Adot hizo una autocrítica fuerte sobre su estilo de vida previo. “Me creí Dios. Dejé las pastillas para la hipertensión. Y dije: ‘A mí no me va a pasar’”, confesó, señalando al estrés, el perfeccionismo y el descuido personal como factores clave.
Ese antes y después lo llevó a replantearse todo. Decidió bajar el ritmo, alejarse por un tiempo de la exigencia constante de la moda y buscar una vida más equilibrada. Incluso se instaló en Brasil por un período, en busca de mayor tranquilidad.
Con el tiempo, también reconstruyó vínculos y encontró un nuevo propósito: acompañar a personas que atraviesan situaciones similares. “Soy un bendecido porque sobreviví. Soy un milagro”, dijo, con una mirada que combina gratitud y conciencia.
Hoy, su historia no solo habla de superación, sino también de prevención. Porque, como él mismo advirtió, muchas veces el cuerpo pasa factura cuando las señales se ignoran. Y en su caso, ese llamado llegó de la manera más extrema.




