Niños sin sus padres, listas en las paredes y hospitales desbordados: el rostro más doloroso del terremoto en Venezuela - Revista Para Ti
 

Niños sin sus padres, listas en las paredes y hospitales desbordados: el rostro más doloroso del terremoto en Venezuela

Tras los potentes terremotos que golpearon a Venezuela, decenas de niños y adolescentes fueron rescatados de los escombros y trasladados solos a hospitales de Caracas. Algunos pudieron decir su nombre. Otros llegaron identificados apenas con una cinta en el brazo. Entre fracturas, listas escritas a mano y familias que buscan desesperadas, la tragedia dejó una imagen imposible de olvidar.
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A veces las tragedias se cuentan en números: muertos, heridos, desaparecidos, edificios derrumbados. Y hay otras que se entienden en una escena. Una ambulancia que llega a toda velocidad. Una camilla. Un chico sin nadie al lado. Un nombre escrito como se puede, en una cinta pegada al brazo.

Las redes sociales se llenaron de posteos en los que se ve a chicos magullados física y emocionalmente, con rastros de polvo, diciendo su nombre y buscando a sus familiares.

Imágenes de chicos pidiendo por sus padres y familiares se repiten en redes sociales.
Imágenes de chicos pidiendo por sus padres y familiares se repiten en redes sociales.

Después de los potentes terremotos que sacudieron a Venezuela, esa escena empezó a repetirse en Caracas. Decenas de niños y adolescentes rescatados de los escombros fueron trasladados al Hospital Domingo Luciani, en el este de la capital, muchos de ellos sin sus padres, sin hermanos, sin adultos que pudieran explicar quiénes eran, de dónde venían o a quién había que llamar.

Llegaban desde La Guaira, la zona costera más golpeada por los sismos. Llegaban con fracturas, traumatismos, heridas visibles y otras más difíciles de nombrar. Algunos podían decir su nombre. Otros no. A varios los identificaban con una cinta adhesiva en el brazo, como si en medio del derrumbe la identidad también hubiera tenido que ser rescatada de urgencia.

Entre esos chicos estaba Yenderlin Cabarza, de 13 años. Fue trasladada desde la zona del desastre con fracturas en ambos brazos. Su madre no sobrevivió. Tampoco su tío, que intentó protegerla con su propio cuerpo cuando todo se vino abajo.

La imagen de esa adolescente entrando sola al sistema de emergencia resume una de las caras más desgarradoras de la tragedia: la de los chicos que sobrevivieron, pero llegaron a los hospitales sin saber todavía qué había pasado con los suyos.

Según contó un allegado de la familia a la AFP, Yenderlin fue rescatada entre los escombros con sus brazos fracturados. Después la subieron a una ambulancia y la trasladaron a Caracas. Su padre llegó más tarde al hospital y pudo saber que había salido del quirófano. Afuera, los familiares sobrevivientes esperaban noticias, aferrados a esa forma mínima de alivio que aparece cuando alguien sigue vivo.

En el Hospital Domingo Luciani, las paredes se transformaron en una especie de mapa del dolor. Listas escritas a mano, pegadas una junto a otra, reunían nombres de heridos. Entre ellos figuraban chicos y adolescentes de entre 4 y 19 años. Familiares, vecinos y amigos se acercaban para leer, releer, fotografiar y compartir esas listas en redes sociales, con la esperanza de que un nombre apareciera, de que una foto circulara, de que alguien pudiera reconocer a alguien.

En la sala de espera, la desesperación tenía ritmo propio. Ambulancias entrando. Médicos corriendo. Personal del hospital pidiendo por megáfono que despejaran el área. Personas recién llegadas preguntando por madres, hijos, hermanas, vecinos. Otros, con el celular en la mano, ampliaban las fotos de los listados como quien busca una señal en medio del caos.

La tragedia no terminó cuando dejó de moverse la tierra. Para muchas familias, empezó después: cuando hubo que buscar entre hospitales, morgues, listas y rumores. Cuando hubo que recorrer centros de salud sin saber si la persona amada estaba viva, herida, atrapada o desaparecida.

Los médicos del Domingo Luciani describieron una situación límite. Los niños llegaban solos porque los rescatistas priorizaban sacarlos rápido de la zona del derrumbe y trasladarlos donde pudieran recibir atención. Los hospitales de La Guaira estaban saturados y muchos pacientes fueron derivados a Caracas. En emergencias, las lesiones más frecuentes eran fracturas, traumatismos faciales, torácicos y abdominales.

Pero detrás de cada diagnóstico había una historia interrumpida.

Un chico que salió de los escombros sin saber dónde estaba su madre. Una adolescente que llegó a quirófano sin poder cerrar todavía la escena de su casa cayéndose. Una familia que buscaba en una pared el nombre que no aparecía. Un padre que entraba a emergencias con miedo de escuchar lo peor y salía aferrado a una noticia: su hija estaba viva.

Hasta el momento, las autoridades reportaron al menos 589 muertos, más de 3000 heridos y miles de desaparecidos. La cifra, sin embargo, no alcanza para dimensionar lo ocurrido. Porque ninguna estadística puede explicar del todo lo que significa que un niño llegue solo a un hospital después de un terremoto.

En Venezuela, el desastre dejó edificios reducidos a polvo, calles cubiertas de escombros y familias partidas por la incertidumbre. Pero también dejó una postal que conmueve por su crudeza: chicos que fueron encontrados con vida, trasladados de urgencia y recibidos por médicos que muchas veces no sabían nada de ellos más que un nombre, una edad aproximada o una cinta pegada en el brazo.

En medio de la devastación, cada niño rescatado es una victoria. Pero también una pregunta abierta. ¿Quién lo espera? ¿A quién busca? ¿Quién va a estar cuando despierte? ¿Quién le va a contar lo que pasó?

Las respuestas, por ahora, se buscan en listas, en pasillos, en salas de espera y en la memoria de quienes pudieron salir de entre los escombros.

Porque el terremoto no solo derrumbó edificios. También rompió escenas familiares enteras. Y en los hospitales de Caracas, entre camillas, nombres escritos a mano y adultos que rezan en silencio, Venezuela intenta sostener a sus hijos más pequeños después de la noche más larga.

 
   

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