Poner en palabras lo que sentimos no siempre es fácil. A veces, una experiencia dolorosa queda dando vueltas en la cabeza y se mezcla con pensamientos, imágenes, sensaciones físicas, miedo, bronca o culpa. En ese contexto, hablar puede ser un primer paso para ordenar aquello que nos pasa y empezar a comprenderlo de otra manera.
Sin embargo, expresar una emoción no significa que el problema desaparezca automáticamente. La clave está en lo que podemos hacer con aquello que logramos identificar y comunicar.
“Ponerla en palabras te lleva a darle cierta forma. Para contar lo que sentimos tenemos que identificarlo y encontrar una manera de nombrarlo. En ese proceso cambia la forma en la que nos relacionamos con eso que estamos viviendo”, explica el Dr. Flavio Calvo (MN 66869), doctor en Psicología, docente, autor y conferencista.

Poner en palabras las emociones ayuda a entender qué nos pasa
Muchas veces, el malestar aparece como una sensación generalizada: sentimos que estamos mal, pero no sabemos con claridad qué nos ocurre. Al detenernos a explorar esa experiencia, podemos descubrir que detrás de esa sensación hay emociones diferentes que necesitan ser reconocidas.
“Una persona llega al consultorio diciendo ‘estoy mal’ y descubre que ese malestar tenía muchas cosas distintas: había enojo por algo que pasó, miedo por lo que podría pasar después”, señala el especialista.
Cuando esas emociones permanecen mezcladas, pueden sentirse como un bloque difícil de manejar. En cambio, diferenciarlas permite reconocer qué nos afecta, qué estamos pensando y qué necesitamos en ese momento.
Nombrar lo que sentimos también puede ayudarnos a tomar cierta distancia de la emoción. Esto no significa dejar de sentirla, sino poder observarla sin quedar completamente atrapados en ella.
“Puedo sentir angustia y, al mismo tiempo, observar qué la activa, qué pienso y qué hago cuando aparece”, explica Calvo.
Esa posibilidad de reconocer lo que nos pasa puede abrir un espacio para revisar nuestras reacciones y encontrar otras maneras de responder ante una situación que nos genera malestar.
Qué pasa cuando guardamos lo que sentimos
No siempre podemos hablar de inmediato sobre una experiencia dolorosa. A veces necesitamos tiempo para entenderla, encontrar las palabras adecuadas o sentirnos preparados para compartirla. El problema aparece cuando callar se convierte en la única manera de manejar aquello que nos duele.
“Hacer un esfuerzo constante para que ciertos pensamientos, recuerdos o emociones no aparezcan puede mantenernos en alerta”, advierte el psicólogo.
Aunque una persona no hable de lo que le pasa, el malestar puede manifestarse de otras maneras. La irritabilidad, el aislamiento, las dificultades para dormir, la tensión corporal o las reacciones intensas pueden ser algunas de sus expresiones.
Por eso, no se trata de obligarnos a contar todo ni de creer que tenemos que hablar antes de estar preparados. Se trata de reconocer cuándo el silencio deja de ser una elección momentánea y se transforma en la única estrategia disponible para afrontar lo que sentimos.

Hablar de lo que nos pasa no siempre alcanza
Expresar las emociones puede ser valioso, pero no cualquier forma de hablar ayuda a procesar una experiencia. Repetir una y otra vez una situación dolorosa sin poder salir del mismo recorrido puede aumentar el malestar en lugar de aliviarlo.
“Repetir durante horas una situación, sin poder salir del mismo recorrido, puede convertirse en rumiación y aumentar el malestar”, explica Calvo.
La diferencia está en que hablar permita organizar lo vivido, revisar las interpretaciones y empezar a pensar otras respuestas. No alcanza con volver sobre lo que pasó: también es importante poder reconocer qué nos genera, qué significado le damos y cómo influye en nuestra manera de actuar.
En ese sentido, el trabajo terapéutico no consiste solamente en escuchar un relato. También implica observar cómo una persona cuenta su historia, qué situaciones repite, qué temas evita y qué lugar ocupa frente a los demás.
La diferencia entre hablar con un amigo y hacerlo en terapia
Conversar con una persona de confianza puede brindar contención y ayudarnos a sentirnos acompañados. Sin embargo, hablar con un amigo y trabajar una experiencia en terapia son procesos diferentes.
“Un amigo nos contiene y muchas veces nos da su opinión desde la parcialidad del vínculo que tiene con nosotros”, explica el especialista.
El espacio terapéutico, en cambio, tiene un encuadre profesional. El psicólogo escucha sin estar involucrado personalmente en el conflicto y cuenta con herramientas para hacer preguntas, señalar patrones y trabajar sobre las emociones que aparecen.
Además, la terapia ofrece un ámbito de confidencialidad en el que se puede explorar aquello que cuesta compartir en otros espacios. Esto no significa que hablar con amigos no sirva, sino que ambas experiencias pueden cumplir funciones distintas.
Escribir también puede ayudar a procesar lo que sentimos
Poner en palabras una experiencia no implica necesariamente hablar en voz alta. La escritura también puede convertirse en una herramienta para explorar emociones que todavía resultan difíciles de expresar.
En terapia, por ejemplo, una persona puede escribir una carta que nunca enviará, registrar qué sucede antes de una reacción o poner por escrito algo que aún no se anima a decir.
La escritura puede servir para expresar enojo, despedirse de alguien, ordenar una conversación pendiente o elaborar aquello que quedó sin decir. Su valor no depende de que otra persona lea esas palabras, sino de lo que permiten reconocer y trabajar.
También existen recursos terapéuticos que proponen reconstruir una conversación o ensayar una respuesta diferente. Una de estas herramientas consiste en imaginar un diálogo con otra persona sentándose frente a una silla vacía, para explorar lo que quedó pendiente y las emociones asociadas a ese vínculo.
En algunos casos, comprender lo que nos pasa es un primer paso; después hace falta experimentar nuevas respuestas dentro del espacio terapéutico para poder llevarlas a la vida cotidiana.
¿Hablar cura? Qué puede cambiar cuando expresamos el dolor
La idea de que hablar cura puede resultar limitada si se interpreta como una promesa de que contar lo que nos sucede hará desaparecer el sufrimiento. Hay experiencias que siguen doliendo incluso después de haber podido ponerlas en palabras.
Lo que puede cambiar es la relación que construimos con aquello que vivimos: una experiencia que antes parecía confusa puede empezar a ser comprendida, y una emoción que nos desbordaba puede volverse más fácil de reconocer y trabajar.
Poner en palabras lo que sentimos no resuelve todo por sí solo, pero puede ayudarnos a identificar nuestras necesidades, revisar interpretaciones y encontrar otras formas de actuar.
Como plantea el Dr. Flavio Calvo, hay dolores que no desaparecen al contarlos. Lo que puede transformarse es “la manera en que los llevamos y lo que hacemos con ellos después de haber podido nombrarlos”.
Dr. Flavio Calvo (MN: 66869). Dr. en psicología, docente, autor y conferencista, @calvoflavio






