Vivimos en una cultura que premia la productividad, la rapidez y la idea de estar bien todo el tiempo. En ese contexto, el dolor suele convertirse en algo que intentamos evitar o silenciar. Sin embargo, para Cecilia Puppo, licenciada en Psicología (M.N. 44072) especializada en salud integrativa, el dolor también puede ser una señal valiosa que nos invita a detenernos y prestar atención a aquello que necesita ser cuidado.
En diálogo con Para Ti, la especialista reflexiona sobre por qué nos cuesta escuchar lo que sentimos, qué consecuencias puede tener ignorar el malestar emocional y cuáles son las herramientas que ayudan a atravesar los momentos difíciles sin quedar atrapadas en ellos.
"El dolor cumple una función adaptativa: es una señal de que algo necesita atención"
—¿Por qué solemos intentar evitar el dolor en lugar de escucharlo? ¿Qué nos está diciendo cuando aparece en nuestra vida?
—Solemos evitar el dolor porque, desde un punto de vista biológico y psicológico, estamos naturalmente orientados a alejarnos de aquello que amenaza nuestro bienestar o genera sufrimiento. A esto se suma un contexto cultural que privilegia la rapidez, el rendimiento y la idea de “estar bien” todo el tiempo, dejando poco espacio para atravesar el malestar.
Sin embargo, el dolor cumple una función adaptativa: es una señal de que algo necesita atención. Puede advertir una lesión física, una pérdida emocional, un agotamiento psíquico o una crisis existencial.
Muchas veces, el dolor aparece como un indicador de que algo necesita ser comprendido, cuidado o acompañado. Escucharlo no significa romantizarlo ni quedarse atrapado en él, sino preguntarnos qué aspecto de nuestra vida requiere atención.
El dolor es inevitable; el sufrimiento muchas veces se intensifica cuando no encontramos recursos suficientes para comprender, expresar o acompañar lo que estamos viviendo.

"El dolor atravesado en vínculo suele ser más tolerable"
—¿Cuál es la diferencia entre sufrir un dolor y vincularnos de manera saludable con él?
—Existe una diferencia importante entre sentir dolor y quedar atrapados en el sufrimiento. Todos nos relacionamos con el dolor de algún modo: evitándolo, resistiéndolo, minimizándolo o intentando resolverlo rápidamente. Esto tiene una explicación biológica: estamos naturalmente orientados a alejarnos de aquello que amenaza nuestro bienestar.
Sin embargo, la experiencia humana también nos invita a algo más profundo: aprender a atravesar el dolor cuando inevitablemente aparece.
Vincularnos saludablemente con el dolor implica reconocer lo que nos pasa, comprender que el dolor puede funcionar como una señal y desarrollar recursos para atravesarlo sin quedar definidos por esa experiencia.
Desde una perspectiva clínica, el dolor forma parte de la vida; el sufrimiento, en cambio, muchas veces se intensifica cuando no encontramos recursos suficientes para comprender, expresar o acompañar lo que estamos viviendo.
Como profesionales de la salud, también tenemos la responsabilidad de enseñar que aceptar el dolor no significa resignarse ni rendirse, sino dejar de pelear permanentemente contra algo que ya está ocurriendo para poder comprender qué necesita atención, cuidado o elaboración emocional.
Sabemos además que el dolor atravesado en vínculo suele ser más tolerable que el dolor vivido en soledad.
La evidencia muestra que, cuando una experiencia dolorosa puede ser acompañada y elaborada, muchas personas desarrollan nuevas fortalezas, mayor autoconocimiento y una manera más consciente de habitar la vida. No porque el dolor sea deseable, sino porque aprender a atravesarlo de forma saludable puede abrir posibilidades de crecimiento, adaptación y mayor calidad de vida.
"El riesgo de minimizar el propio dolor es terminar naturalizando el malestar"
—Las mujeres suelen sostener múltiples responsabilidades y muchas veces postergan lo que sienten. ¿Qué consecuencias puede tener ignorar o minimizar el propio dolor emocional?
—Muchas mujeres han aprendido culturalmente a sostener, cuidar, resolver y priorizar las necesidades de otros, muchas veces a costa de sí mismas. En ese proceso, postergar lo que sienten puede convertirse casi en un modo de funcionamiento: seguir, cumplir, responder, aun estando agotadas o emocionalmente sobrecargadas. Sin embargo, seguir funcionando no siempre significa estar bien.
El dolor emocional que no encuentra espacio para ser reconocido no desaparece; suele desplazarse o expresarse de otras maneras. Puede manifestarse como ansiedad, irritabilidad, agotamiento crónico, insomnio, dificultades vinculares, sensación de vacío, desconexión del propio cuerpo o incluso síntomas físicos sin una causa médica clara.
Desde una mirada integrativa, el cuerpo muchas veces comienza a expresar aquello que la persona no pudo registrar, nombrar o procesar emocionalmente.
En clínica vemos con frecuencia mujeres que continúan funcionando hacia afuera mientras internamente están profundamente sobrecargadas, desconectadas o solas con lo que sienten.
El riesgo de minimizar el propio dolor es terminar naturalizando el malestar y perdiendo progresivamente el vínculo con una misma. Escuchar el propio dolor no es un acto de fragilidad ni egoísmo; es una forma de salud, autocuidado y prevención.

"Atravesar el dolor implica darnos permiso para sentir, comprender y elaborar lo que estamos viviendo"
—¿Existen herramientas o hábitos concretos que nos ayuden a atravesar momentos dolorosos sin quedar atrapadas en ellos?
—Sí, existen herramientas concretas que pueden ayudarnos a atravesar momentos dolorosos sin quedar atrapadas en ellos. Lo primero es no negar ni minimizar lo que sentimos: reconocer el dolor ya es una forma de empezar a procesarlo.
También sabemos que el cuerpo cumple un rol central en la regulación del sistema nervioso y emocional; por eso, hábitos como el descanso, el movimiento, la respiración consciente o pequeñas pausas pueden ayudar a disminuir la sobrecarga emocional.
A nivel psicológico, poner en palabras lo que nos pasa, escribir o conversar con alguien de confianza son recursos valiosos para no quedar aisladas en el sufrimiento.
El acompañamiento profesional también es una herramienta de salud. Pedir ayuda no significa ser débil o vulnerable; significa reconocer que hay momentos en los que necesitamos un espacio seguro para comprender lo que nos pasa, organizar emocionalmente la experiencia y desarrollar recursos para atravesarla.
Muchas veces, el dolor sostenido en vínculo deja de sentirse tan amenazante y puede comenzar a transformarse.
Cuando hablo de “dolor sostenido en vínculo” refiero al vínculo terapéutico como un espacio seguro donde la persona puede sentirse escuchada, comprendida y emocionalmente acompañada mientras atraviesa una experiencia dolorosa.
Para que una persona pueda elaborar el dolor y los conflictos de su mundo interno, el vínculo terapéutico necesita ofrecer algo fundamental: seguridad emocional. Un paciente difícilmente pueda profundizar en aquello que le duele si se siente juzgado, invalidado, apresurado o emocionalmente solo.
Atravesar el dolor implica darnos permiso para sentir, comprender y elaborar lo que estamos viviendo, sin quedar detenidas allí. No se trata de apurarnos a estar bien ni de evitar lo que duele, sino de desarrollar recursos para sostener esa experiencia de una manera más saludable.
El dolor necesita tiempo, cuidado y vínculo; y cuando puede ser acompañado, también puede convertirse en una experiencia de aprendizaje, mayor autoconocimiento y crecimiento personal.
Cecilia Puppo. Lic. en Psicología M.N. 44072 Salud integrativa. @cecilia_puppo





