Hay que atravesar pruebas de fuego en todas las familias. Incendios de variados destellos nos colocan frente a decisiones fundamentales: ¿repetir la historia del linaje o superarla?
En un escenario de fuego descontrolado, vientos desfavorables y sequía persistente el daño causado por un incendio forestal de las magnitudes que estamos viendo en estos días de finales de julio en la Comunidad de Madrid, Ávila, Toledo, Girona, Burdeos, es un evento tan estresante en sí mismo como por sus consecuencias.
Lo sabemos, los árboles con cortezas más gruesa son más resistentes al fuego, y los más jóvenes, que carecen de la capa protectora no pueden retrasan el efecto de las llamas directas del fuego. Pero la clave no está solamente en la edad de los grandes guardianes de montes y bosques, sino en una piel delgada llamada “cambium”, un tejido vegetal en permanente actividad. El cambium es donde tiene lugar el crecimiento de los árboles. Sólo si esta capa se daña severamente, el árbol no sobrevivirá.
Memoria ecológica y memoria familiar
Conocer y cambiar lo que ya no aplica. Parece una fórmula sencilla, pero hay que entrenarse para escapar de falsas lealtades al clan, superar “el destino” adverso y animarse a dar nuevos pasos ante hechos trágicos.
¿Y si viéramos a los frondosos árboles como a los abuelos de una especie vegetal, esos que guardan la memoria (la infancia) en sus ramas, hojas y flores, que con el paso del tiempo lograron adaptarse, crecer, reproducirse y dar frutos? ¿Podemos metaforizar y ver en las extensas tierras arrasadas por el fuego que devora bosques completos un símbolo de las familias arrastradas por las tragedias en sus árboles familiares?
Las ramas y troncos parcialmente calcinados tienen un nombre que humaniza al mundo forestal, se denominan “creadores de viudas”, o "widowmakers". A diferencia de un árbol entero que cruje al caer, las ramas carbonizadas, débiles y ya sin sostén al tronco principal, se desprenden en completo silencio, sin dar tiempo a reaccionar.
Por eso, la expresión se usa para referirse a árboles o ramas que pueden caer sin aviso, con consecuencias fatales. El nombre se originó entre los leñadores y trabajadores forestales del siglo XIX, quienes acuñaron el término debido a la alta tasa de accidentes mortales que dejaban viudas a sus esposas. Derrumbes literales y familias quebradas.
Si los incendios son topadoras contra esos seres majestuosos, hábitat de insectos y pequeños animales, generadores de oxígeno, nidos de pájaros y todo un rico ecosistema que no apreciamos a simple vista, tal vez nos ocurra lo mismo con los bosques de familia.
Los traumas, guerras, actos xenófobos, desplazamientos, terremotos y sequías son los “fuegos humanos” que nos dejan la memoria en cenizas… Una generación tras otra persisten en quemar la vida, sumergiéndose en dramas ocurridos hace más de 30, o 50 años atrás. Y no sólo se pierde el presente, en los escombros queda la memoria ardida, ciega, destructora.
Un reservorio para todos
La Sociedad Genealógica de Utah, fundada el 1 de noviembre de 1894 con la misión de identificar a sus antepasados fue creciendo en volumen de archivos y documentos como un bosque ordenado, pero que con los años, y la acumulación de archivos, colapsó los bordes fijados.
En 1963, la colección ya había crecido tanto que fue necesario perforar una montaña para guardar toda la información recolectada. Y en 1999 con esa base, se lanzó FamilySearch.org, la plataforma pública al alcance de todos por internet que hoy cuenta con un “árbol familiar mundial”. Por eso es el gran bosque humano, la organización genealógica más grande del mundo.
Se puede acceder directamente a la base de datos a través de la plataforma oficial y gratuita FamilySearch creando una cuenta gratuita: requisito obligatorio para visualizar las imágenes de los documentos históricos.
Y en la búsqueda entrar a "Registros". Allí se introducen los nombres y apellidos de tus antepasados, fechas o datos que se conserven, acotando país, región, o cualquier otro elemento que sirva para recortar las opciones de resultados.
Los estudios del transgeneracional procuran analizar las dimensiones de los vínculos entre el pasado y el presente para ofrecer modos de vida más conscientes, coherentes y saludables. La Psicogenealogía no es un juego de curiosidad por los tíos o bisabuelos, por anécdotas banales o búsquedas de fortunas perdidas. Es una herramienta potente para el reconocimiento del origen, las propias condiciones de acción y las posibilidades para aprender de los eventos atravesados por nuestros ancestros. Una gran aventura del autoconocimiento.
La posibilidad del cambium y de reaccionar
La Psicogenealogía nos ayuda a comprender cómo actuar frente a las adversidades de trauma familiar, las pérdidas colectivas y la resiliencia necesaria para recuperar la memoria y aprender de los eventos vividos en el pasado.
Muchas familias recorren lo que llamo “la ecología del fuego”, esos acontecimientos heredados que regresan y se repiten porque sobreviven unas brasas sin extinguir del todo y resurgen años después. ¿Cómo ocurre?
Un secreto deja la superficie del grupo familiar sobre cenizas que queman a cada paso. Son los efectos del silencio que siembra tabúes, oculta las raíces y dificulta la palabra que nombre lo ocurrido, por más vergonzante o terrible que haya sido. Son los “olvidos”, los excluidos, los no-dichos donde debió haber agua que lave y refresque las heridas. El secreto actúa como la capa de ceniza que cubre el suelo, ocultando las raíces y dificultando que se hable del pasado y se camine con confianza, a paso firme.
¿Están algunas familias signadas por la tragedia? Un fraude, una migración forzada, unos hijos sin reconocer o las muertes trágicas que se reiteran a lo largo de varias generaciones, regresarán si quedan ardiendo fuegos bajo tierra…
Desde los estudios del transgeneracional decimos que cuando un evento doloroso no se gestiona, cuando se persigue mantener a cualquier costo la lealtad a ese miembro de la familia que ha sufrido (y por fidelidad amorosa no se sale del bucle de dolor) se están creando las condiciones para un nuevo “incendio”.
Entonces, otros, los descendientes más jóvenes padecerán las mismas situaciones traumáticas para que la memoria del antepasado permanezca “viva”. ¿Se advierte la contradicción? Pues en muchas familias funciona así: un amor mal entendido que impide soltar y aprender para no repetir.
A veces, la pérdida de un miembro del clan o la ruptura de un vínculo por exilio, o un divorcio, o disputas fraternas, suprimen repentinamente el lazo amoroso, borra una parte significativa de la historia compartida, se amputan los recuerdos y se interrumpe el flujo comunicacional. ¿Cómo harán las nuevas generaciones para remendar ese agujero en la trama?
Lo que el fuego no destruye
Los árboles genealógicos conservan joyas que a veces no descubrimos por el afán de sostener una imagen idealizada, ocultar información (criminal o delictiva), o negar las realidades de carencia y enfermedad vividas por los antepasados.
No es en la desmentida, sino en la verdad donde se halla la paz. Mirar de frente el fuego y no encandilarse. Mirar y actuar: reconocer los logros que hubo, desterrar las malezas que intoxican, aceptar los sufrimientos y valorar las soluciones ganadoras que una generación lega a la siguiente, constituyen el bosque en el cual habitamos como tribu.
Ningún incendio arrasa todo: no desaparece lo esencial. Los ancestros aguardan siempre la oportunidad de ser rescatados porque acercarse a sus historias ofrece infinitas experiencias que pueden ayudarnos a elegir lo más saludable en el presente.
El sistema familiar reclama ser visto de forma completa para activar su capacidad resiliente, levantarse de la adversidad y reconocer la potencia que guardan debajo del fuego devastador.
Las raíces sobreviven a la intemperie que quedó en la superficie incendiada. Hay que poder activar el “cambium”, esa capa protectora que nos devuelve la confianza en los vínculos, que prometen una red de sanación de los traumas y sueñan rebrotes más fuertes y sanos.
Vocaciones, actitudes, vínculos renovados. Y reconstruir los espacios: cuando las viejas estructuras ceden lugar a los más jóvenes, se pueden capitalizar aprendizajes favorablemente. Salir del victimismo, acuñar nuevas ramas y cuidar de forma diferente los posibles riesgos. Integrar el dolor, aceptarlo, pero no permanecer en la tragedia que paraliza. Transformar las heridas en nuevos ecosistemas vinculares, con mayor conciencia afectiva, gratitud y reconocimiento a nuestros mayores.
La idea es contar con más recursos para sobrevivir y crear nuevos bosques, frescos, saludables, adaptados y memoriosos.
Cada uno de nosotros somos una infinitesimal parte –valiosa y singular- que constituye el repositorio de la memoria humana, los árboles contra el olvido.
Fuente: Diana Paris es psicoanalista, psicogenealogista. Autora de Mandatos familiares, Secretos familiares. Mujeres sin hijos. Tu voz que florece (2026, en co-autoría con Ondi Paris), editorial Del Nuevo Extremo.

