"Lo que aprendiste, dalo": Matilda Blanco y Margarita Gómez, la maestra de sastrería que pone en valor los oficios detrás de la moda - Revista Para Ti
 

"Lo que aprendiste, dalo": Matilda Blanco y Margarita Gómez, la maestra de sastrería que pone en valor los oficios detrás de la moda

En el marco de Latencia, el concepto que atraviesa la Gala Para Ti 2026, Matilda Blanco visitó Cosiendo Redes en el CMD y conversó con Margarita, profesora de sastrería y dueña durante 30 años de su propio taller. Una charla sobre aquello que no siempre se ve cuando miramos una prenda terminada: las manos, el tiempo, la paciencia, los errores y la transmisión de un oficio de generación en generación.
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Antes de un saco impecable existe un molde. Antes del molde, alguien que aprendió a observar un cuerpo. Hay una tela que debe ser elegida, una entretela que le dará estructura, puntadas, hilvanes, pruebas, errores y muchas veces la decisión de descoser para volver a empezar.

Todo eso también es moda. Aunque casi nunca llegue a verse.

Y precisamente allí aparece Latencia, el concepto que elegimos para la Gala Para Ti 2026: poner la mirada sobre todo aquello que existe antes de que una creación llegue finalmente a nuestros ojos. Los saberes, los oficios, la memoria, el tiempo y las manos que hacen posible una prenda.

En ese recorrido, Matilda Blanco llegó al CMD para conocer de cerca el trabajo de Cosiendo Redes, programa liderado por Liliana Crigna: es iniciativa social que capacita en oficios textiles a personas en situación de vulnerabilidad para facilitar su inserción laboral. Allí Matilda llegó para conversar con Margarita Gómez, su profesora de sastrería.

Margarita y Matilda
Margarita y Matilda

Su historia parece escrita alrededor de un hilo. Su mamá era modista fina; su suegro, un sastre italiano; y ella tuvo durante 30 años su propio taller. Hasta que un día su hijo le dijo una frase que terminaría cambiando el rumbo de su vida: “Mamá, no seas egoísta. Lo que aprendiste, dalo”.

Y eso hizo. Dejó su taller para dedicarse a enseñar y hoy transmite a sus alumnos mucho más que la técnica necesaria para construir un saco. Les enseña paciencia, responsabilidad, trabajo en equipo y una palabra que repite como un mantra: prolijidad.

En tiempos atravesados por la velocidad y la producción en serie, entrar en una clase de sastrería significa encontrarse con otra temporalidad. Una en la que una puntada mal hecha se descose; una pieza puede volver a empezar y un error no necesariamente se esconde: se conserva para poder compararlo con aquello que después se aprendió a hacer bien.

Porque detrás de cada prenda existe una historia que permanece en latencia hasta que alguien decide contarla. Porque detrás de una prenda impecable hay algo que la velocidad de estos tiempos muchas veces intenta borrar: horas de trabajo, errores, puntadas que se deshacen para volver a empezar y un conocimiento que pasa de una generación a otra.

Matilda Blanco conversó con ella sobre ese universo y sobre el valor de preservar los oficios. Y Margarita contó además una historia que sintetiza el verdadero alcance de enseñar: la de una mujer en situación de calle que llegó a uno de sus cursos, aprendió a coser, compró su primera máquina y terminó construyendo su propio taller y una empresa.

“Creo que empecé desde la panza de mi mamá”

Matilda Blanco: Margarita, sos docente de sastrería de Cosiendo Redes. ¿Cuántos años llevás en esta profesión?

Margarita: Creo que desde la panza de mi mamá. Mi mamá era modista fina. Después me casé y mi suegro era sastre, así que seguí. Tuve mi taller durante 30 años y después lo dejé para venir acá a enseñar.

Matilda: O sea que era tu destino.

Margarita: Mi destino.

Matilda: ¿Tu suegro era italiano?

Margarita: Sí, italiano. Me quedaron algunas palabras y también esa cosa dura del sastre italiano. Pero, sobre todo, algo muy bueno: trabajar y trabajar con responsabilidad. Él siempre me decía: “Coser, cosemos todos. Pero la prolijidad…”.

El largo camino detrás de un saco perfecto

Matilda: Ser sastre, cortar una pieza y llevarla hasta el final no es algo que se aprenda de un día para otro.

Margarita: No, son años.

Matilda: ¿Por dónde empezás con tus alumnos?

Margarita: Empezamos por las primeras puntadas. Un alumno que está en sastrería tiene que saber moldería. Nosotros comenzamos con un saco y con todas sus primeras puntadas: la puntada invisible, el hilván…

Matilda
"Mi abuelo era sastre"

Matilda: Yo tengo que contar algo: mi abuelo era sastre. Así que empecé un poco en la moda reconociendo las telas de hombre. Me hacía hilvanar, apoyar el molde, hacer el tizado. Conocía el punto flojo, el ojal… Toda esa prolijidad y esa caída que tiene la sastrería. Cuando ves un saco impecable terminado, ¿qué hay detrás? Contame el proceso.

Margarita: Primero está la moldería y después la elección de la tela. No todas las percalinas y las fliselinas sirven para todos los tipos de tela.

Matilda: La percalina y la fiselina son lo que va adentro y le da cuerpo a la prenda.

Margarita: Exactamente. Le dan cuerpo y caída, porque no es lo mismo trabajar con una tela pesada que con una liviana. Eso lo tienen que aprender a reconocer y forma parte de las primeras clases.

Matilda: ¿Y cómo sigue el proceso?

Margarita: Después vienen todos los tipos de puntadas, el armado, la percalina, el picado, el plastrón… Todo lo que va adentro del saco.

Matilda: ¿Y la forrería?

Margarita: La forrería viene después. Primero se hace todo ese proceso y la forrería sería una segunda instancia.

Matilda: ¿También aprenden las diferencias entre un saco italiano, uno americano y los distintos estilos?

Margarita: Eso depende del diseño. Según el diseño, se trabaja.

Del muestrario a la primera prenda

Matilda: ¿En qué momento les das libertad para crear? Porque imagino que muchos llegan queriendo hacer inmediatamente su propia prenda.

Margarita: Primero hacen todas las puntadas en muestras. Todo queda en un muestrario. Después de hacer ese muestrario arrancamos con la prenda. Acá tenemos todos los insumos y les damos las telas, así que no tienen que traer nada.

Primero tenemos que estudiar el cuerpo de cada uno. A veces tenemos un hombro más arriba que el otro, diferencias en la cadera… Es fundamental reconocer los cuerpos.
"Primero tenemos que estudiar el cuerpo de cada uno. A veces tenemos un hombro más arriba que el otro, diferencias en la cadera… Es fundamental reconocer los cuerpos".

Matilda: Ellos eligen la tela.

Margarita: Sí. Eligen su tela, la cortan, confeccionan la prenda a su talle y después se la llevan terminada. Pero antes está todo ese paso previo de las muestras. Cuando llegan al saco, ya saben hacerlo.

Matilda: ¿Y la moldería?

Margarita: La parte de moldería se hace aparte. En el caso del curso de sastrería, los chicos ya vienen con conocimientos de moldería.

Qué puede enseñar la sastrería en un mundo que quiere todo rápido

Matilda: Vivimos una época en la que todo parece tener que hacerse rápido. ¿Qué enseña la sastrería frente a eso? Porque acá todo tiene su tiempo. Las cosas no pueden apurarse, hay que hacerlas bien.

Margarita: Sí, aunque ahora con la nueva tecnología tenemos muchas herramientas que nos ayudan a trabajar prolijo y también a agilizar algunos procesos.

Matilda: ¿Por ejemplo?

Margarita: Para hacer un ribeteado ahora tenemos una máquina ribeteadora. Antes no la teníamos y había que hacerlo todo a mano, doblar todo a mano. Hoy hay ciertas máquinas que ayudan en el proceso y acá tenemos todo para que puedan practicar.

La diferencia entre comprar un saco y hacerlo a medida

Matilda: No es lo mismo ir a una tienda, encontrarte con veinte trajes en un perchero y después tener que arreglar la manga, subir algo, acomodar el hombro… Todos los cuerpos son diferentes. Acá se aprende el oficio del sastre, que es quien hace las cosas a medida. ¿Cómo se aprende a reconocer el cuerpo de una persona?

Margarita: Primero tenemos que estudiar el cuerpo de cada uno. A veces tenemos un hombro más arriba que el otro, diferencias en la cadera… Es fundamental reconocer los cuerpos.

Matilda: ¿Y cómo transmitís eso?

Margarita: Primero les doy fichas para que miren, observen y comparen. Después se paran uno al lado del otro y se comparan entre ellos. Tenemos quienes tenemos pancita, quienes no, quienes tenemos más cola, quienes no…

Matilda: Porque más allá de las siluetas y las proporciones que vemos de frente, después están los volúmenes, que aparecen cuando miramos el cuerpo de costado. Ahí es donde nos hacemos diferentes.

Margarita: Exactamente.

Matilda: Por eso, aunque hoy esté todo más industrializado y podamos comprar un saco hecho, nada se compara con algo realizado a medida.

Margarita: No, no tiene nada que ver.

Matilda: También son otros costos.

Margarita: Sí.

Matilda: ¿Creés que la gente puede querer volver a eso?

Margarita: Sí, mucho. Porque compramos algo y después tenemos que arreglar la manga, el ruedo, el hombro hace arrugas o la manga no está bien. No somos todos iguales.

“Se descose y se hace de nuevo”

Matilda: ¿Qué sentís cuando ves una prenda terminada por uno de tus alumnos?

Margarita: No te puedo explicar la satisfacción. Yo amo esta profesión desde chiquita. Entonces, cuando lo veo, es como decir: “Wow, lo pude lograr y lo pudieron lograr ellos”. Eso es lo fundamental: que se llevan un aprendizaje y que ese aprendizaje quizás después puede involucrar a otra persona. Esa es la satisfacción.

Matilda: Y también debe ser increíble ver la cara del alumno.

Margarita: La alegría, sí. Porque cuando empiezan con las puntadas dicen: “Uy, esta puntada”, “el picado, ¿para qué?”. Y cuando después ven el resultado dicen: “Vale, vale la pena”.

Matilda: ¿Sos brava como profesora?

Margarita: Sí.

Matilda: Me parecía…

Margarita: Se descose. Si no está bien, se descose.

Matilda: ¿Con una sonrisa?

Margarita: Con una sonrisa. Se descose y se hace de nuevo.

Aprender también del error

Matilda: ¿Cómo manejás la frustración de un alumno cuando algo no salió bien y tiene que empezar de cero?

Margarita: Acá se trabaja mucho en equipo y tenemos mucha libertad para trabajar. Entonces le decimos: “Mirá, no importa. Lo hacemos, te ayudo”. Y así lo logramos. Cuando ve la diferencia entre lo que estaba mal y lo nuevo, yo le digo: “No descosas ese. Dejalo así y compará cómo pudiste lograrlo”. Esa es la satisfacción de ellos.

Matilda: O sea que te valés del error para sacar adelante lo bueno.

Margarita: Sí. Yo no se los arreglo. Lo dejan y hacen otro. Después comparan y ahí pueden ver su propio avance.

Matilda: Que quede grabado el error.

Margarita: Sí. Ahí se puede ver el avance.

El legado: responsabilidad, prolijidad y excelencia

Matilda: ¿Cuál es el legado que te gustaría dejarles a tus alumnos? Yo, por ejemplo, puedo reconocer a algunos de mis alumnos de asesoría de imagen o producción de moda cuando los veo trabajando, porque uno les deja un pequeño sello, una firma. ¿Cuál querés que sea tu sello?

Margarita: Trabajar con responsabilidad y prolijidad. Siempre les digo que acá, en la Argentina, tenemos una gran herramienta que quizás no estamos usando: trabajar con prolijidad. Porque si hacemos un trabajo con una puntada grande que después se descose, eso lo podemos comprar en cualquier lado. Trabajar prolijo cuesta. Tuve mi taller durante 30 años y te puedo decir que cuesta.

Matilda: Entonces tu legado tiene que ver con la excelencia. Hacer las cosas bien.

Margarita: Sí, porque cuando se aprende, no se olvida.

La alumna que empezó cosiendo una bolsita y terminó creando su empresa

Matilda: Debés tener muchas historias después de tantos años enseñando.

Margarita: Tenemos muchas anécdotas de acá.

Matilda: Contanos una.

Margarita: Un día Lili (Liliana Crigna, lidera el programa Cosiendo Redes) me dijo: “Andá a un hogar y fijate a quién podés traer acá”. Yo fui y no sabía ni qué era un hogar. Entré y había tres señoras esperando. Pensé: “¿A cuál de las tres señoras? ¿Qué les enseño?”. Tenía que conquistarlas para que vinieran.

Matilda: ¿Y qué hiciste?

Margarita: Me traje a las tres.

Matilda: ¡A todas!

Margarita: Sí. Empezamos haciendo una bolsita. Siempre se empieza con una bolsita. Estaban felices porque podían meter cosas adentro. Todo a mano porque no teníamos máquinas.

Matilda: ¿Y qué pasó?

Margarita: A la semana siguiente teníamos siete alumnas. Al otro miércoles, once. Todas estaban en situación de calle. Lili me dijo: “Bueno, ya basta de traer, fijate a quién vas a traer”.

Matilda: ¿Y vos?

Margarita: Hacía mucho frío, era invierno. Yo pensaba: “Ay, no, me las llevo a todas porque hace mucho frío y se quedan en la calle”. Así que me las traje a todas. La que queda, queda.

Entre aquellas mujeres estaba Cristina.

Margarita: Cristina estaba en situación de calle. Había venido de Salta y tenía seis o siete chicos, no recuerdo exactamente. Ella siguió, trabajó y aprendió el oficio. Cuando le pagaron los tres meses, se compró una maquinita y puso su taller. Hoy sus hijos son todos profesionales, ella tiene su propio taller, tiene una empresa y tiene otra en Salta.

Matilda: Una historia que realmente debe llenarte de orgullo.

Margarita: Sí.

“Mamá, no seas egoísta: lo que aprendiste, dalo”

La conversación termina regresando al comienzo: al taller que Margarita tuvo durante tres décadas y a la decisión de dejarlo para enseñar.

Matilda: ¿Vos dejaste tu propio taller para venir acá?

Margarita: Sí. Tuve mi taller durante 30 años. Un día mi hijo me dijo: “Mamá, no seas egoísta. Lo que aprendiste, dalo”.

Matilda: Qué frase.

Margarita: Yo decía: “Estoy trabajando, no voy a enseñar”. Y Lili me decía: “Vení un día, aunque sea un día”. Bueno, fui un día. Después dos, tres, cinco… Hasta que llegó un momento en el que tenía que decidir entre el taller o esto.

Matilda: Y elegiste esto.

Margarita: Y me quedé con esto. Así que acá estoy.

Treinta años de taller convertidos en conocimiento compartido. Puntadas, moldes, errores, prendas que se descosen y vuelven a empezar. Pero, sobre todo, personas que aprenden un oficio capaz de convertirse en una herramienta para construir su propio futuro.

Tal vez allí esté el verdadero sentido de aquella frase que cambió la vida de Margarita: lo que se aprende durante toda una vida puede adquirir todavía más valor cuando se decide compartirlo.

Aquello que permanece

De conocimientos que permanecen durante años esperando ser transmitidos. De una madre modista, un suegro sastre italiano y una mujer que trabajó durante tres décadas en su taller antes de descubrir que su experiencia podía transformar la vida de otros.

También habla de una alumna que llegó en situación de calle, empezó aprendiendo a hacer una pequeña bolsa a mano, compró después su primera máquina y consiguió construir su propio proyecto.

Y habla de algo todavía más profundo: los oficios sobreviven cuando alguien decide enseñarlos y otro está dispuesto a aprenderlos.

Detrás de cada prenda que finalmente vemos terminada existe ese universo silencioso de manos, conocimientos, errores, paciencia y tiempo.

Eso que no aparece en una pasarela.

Eso que muchas veces no vemos cuando miramos una prenda.

Eso también es Latencia.

Producción: Elisabet Correa

Fotos y video: Ramiro Palais

 
   

Vínculo copiado al portapapeles.

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