Carta abierta sobre la eutanasia: el emotivo relato de un hijo al despedir a su mamá
 

Carta abierta de un hijo que acompaña a su mamá durante su eutanasia

Carta abierta sobre la eutanasia el emotivo relato de un hijo al despedir a su mamá DESTACADA
El posteo desgarrador de un joven colombiano que recuerda el día en que despidió a su mamá, enferma terminal de cáncer, tras solicitar la eutanasia. Un testimonio íntimo sobre la decisión de dejar ir por amor y el aprendizaje de vivir con esa ausencia.
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Cada 17 de agosto, Juan David transforma el dolor en palabras. Lo que comenzó como un ejercicio de catarsis personal tras la muerte de su mamá, Patricia, se convirtió este año en un desgarrador y luminoso relato sobre el momento que cambió su vida para siempre: el día en el que la acompañó en su proceso de eutanasia tras una dura batalla contra el cáncer.

A través de sus redes sociales, el joven colombiano reflexiona sobre lo que significó abrazar una decisión difícil, que parece imposible y que muchas veces se juzga desde afuera. "Yo nunca dudé de la suya. Lo difícil no fue entenderla, sino aceptar lo que respetarla significaba para mí: perderla. Querer desesperadamente que se quedara y, al mismo tiempo, amarla lo suficiente para dejarla ir", expresó. Con esa premisa, el diseñador y director de arte que se expresa en redes sociales mediante la cuenta

juandamj decidió compartir el texto íntegro en el que reconstruye minuto a minuto aquel miércoles 17 de agosto de 2022 en Bogotá, revelando la intimidad de un adiós atravesado por la ternura, el miedo y un amor indestructible.

Carta abierta sobre la eutanasia el emotivo relato de un hijo al despedir a su mamá

El relato en primera persona: el día de la despedida

Suena la alarma. Es miércoles, 17 de agosto de 2022. Juan David abre los ojos en la oscuridad de una Bogotá indiferente, fría, y sabe exactamente qué es lo que tiene que hacer: levantarse, bañarse, vestirse e ir al hospital a ver morir a su mamá...

Casi nadie tiene la amarga certeza de conocer con antelación el último día de la persona que más ama.

Juan lo sabe. Y Patricia también...

Bajo el agua de la ducha permanece inmóvil. Fuera de esa ventana empieza un miércoles ordinario para millones de personas; un día de tráfico, de quejas triviales.

Pero frente al clóset, envuelto en un silencio denso, Juan se hace una pregunta para la que nadie lo preparó:

¿Qué se pone uno para ver morir a su mamá?...

Escoge una camisa y una gabardina. Es la única armadura que tiene a la mano. Quiere parecer entero. Necesita entrar a esa clínica y que Patricia lo mire y vea a una persona capaz de soportar la vida que le queda por delante sin ella. Aunque ninguno de los dos lo crea.

Conoce el camino al último piso de memoria. La clínica Oncológica tiene ese frío de siempre. Pero ese miércoles, cada paso por el pasillo se siente distinto, definitivo. Al abrir la puerta, Patricia está desayunando.

—Hola, hijo.

Lo pronuncia con la misma ternura de siempre. Como si el tiempo no se estuviera acabando. Como si el universo fuera un lugar justo donde esa frase pudiera repetirse mañana. Juan se sienta a su lado y toma sus manos. En ese instante, intenta hacer lo imposible: memorizarla para siempre. Quiere archivar en su mente el timbre exacto de su voz, la textura de esas manos que representan la fuerza que lo crió, las mismas manos que literalmente lo cargaron al nacer, y que ahora reposan, frágiles y rendidas, entre las suyas. Llegan sus tíos y familiares; apenas los suficientes para poblar un silencio que amenaza con tragárselos a todos.

Patricia le pide a su hijo una última canción. Juan canta Amor de mis amores. «Que respiro el aire que respiras tú...». Y mientras canta, cerrando los ojos, se aferra a la fantasía desesperada de que, si no deja de cantar, el tiempo se detendrá. Pero al entreabrirlos, la ve llorar con una tristeza y un dolor desgarrador. Canta como si la música pudiera mantenerla suspendida, a salvo.

Pero el silencio siempre regresa, y con él, el dolor real, su dolor físico, el cáncer que sigue quitándole la vida —No quiero más. No puedo más —dice Patricia, con un dolor profundo.

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El instante del adiós y la revelación del amor

Cuando los médicos entran, la habitación se vuelve más fría y extremadamente pesada. Juan aprieta la mano de su madre con una urgencia feroz. Un instinto le grita que se abalance sobre los doctores, que la arranque de esa cama y la proteja de todo, como ella lo hizo siempre. Y entonces, lo golpea la revelación más dolorosa de su vida. ¿Cómo se concilia amar a alguien con tanta fuerza que quieres retenerla, y amarla con tanta fuerza que tienes que dejarla ir? Protegerla, esta vez, significa exactamente eso: soltarla.

Patricia reúne la poca energía que le queda. Le pide que viva, que disfrute de la vida. Y luego, en un último acto de maternidad, preparándolo para lo que viene, le advierte:

—Voy a cerrar los ojos y no los voy a volver a abrir. Y lo hace.

Las voces a su alrededor se vuelven un murmullo de medicamentos: dosis, nombres, miligramos. Es el final de sesenta y dos años de historia —una vida entera, una niña, una hija, una hermana, su madre— se desvanecen entre jeringas y líquidos fríos.

Mientras Juan ve cómo la medicación entra lentamente en el cuerpo de su madre, sostiene sus manos y le repite: “Te amo para siempre”. Lo dice una, otra y otra vez, aterrorizado por el silencio, poniendo su cabeza entre sus manos y llorando desconsolado, “Te amo para siempre”, repite, una y otra vez. Queriendo asegurarse de que su voz sea el último sonido de la tierra que ella se lleve consigo. “Te amo para siempre”, “Te amo para siempre”...

Hasta que el corazón de Patricia se detiene.

Y, absurdamente, el de Juan no para de latir, su pecho sigue exigiendo oxígeno aunque sienta que no puede respirar, su sangre sigue circulando, aunque su cuerpo se sienta tan frío como nunca estuvo. Sostiene las manos de su madre y se da cuenta de que ya no hay nadie sosteniéndolo de vuelta. Al inicio de su existencia, esas manos lo sostuvieron a él; al final de la de ella, él tuvo el inmenso privilegio de sostenerlas. Por un instante de pura disociación, reza para que la persona que está sentada en esa habitación no sea él, que esto no esté pasando, que esto sea una pesadilla, que esa no sea su vida.

Pero no. Esa mano helada es la mía. La que está ahí era mi mamá. Juan soy yo. Y el horror no es que se haya ido, el horror es que yo soy el que ahora tiene que soltar su mano y salir de aquí.

Salgo de la habitación en el mismo cuerpo, pero petrificado. Atravieso las puertas del hospital apenas tratando de existir y descubro, con una profunda sensación de traición y rabia, que afuera sigue siendo miércoles. Que el mundo no se había detenido, pero el mío sí. Una colisión entre un mundo que avanza y el mío que se había paralizado por completo.

Carta abierta sobre la eutanasia el emotivo relato de un hijo al despedir a su mamá

La reconstrucción tras la pérdida y el mar como refugio

Durante mucho tiempo sentí que me había quedado huérfano de propósito, en un universo vacío y sin sentido.

Una madrugada llevé las cenizas de mi mamá frente al mar. Me quedé parado ante el agua, intentando hablarle, esperando de ese paisaje inmenso una respuesta que me calmara el nudo en el pecho. Me costó mucho volver a mirar el océano sin destrozarme; lloraba porque su inmensidad era un espejo brutal de todo lo que me habían arrebatado y que ya no podía recuperar.

Pero el tiempo te obliga a reinterpretar la resignación. No te deja otra opción.

Hoy miro el mar y ya no se siente tan vacío; lo miro como la inmensidad que fuiste y que eres, lo miro con admiración y entiendo que el amor se parece a eso: a algo demasiado inmenso, que aunque no se toque, que aunque no se vea, no se deja de sentir, no deja de pertenecerte...

Han pasado minutos, días y hoy, cuatro años...

Durante veintinueve años nunca tuve que preguntarme qué significaba ser tu hijo; bastaba con que respiraras para que yo supiera quién era.

Después de aquel miércoles, me stayed con la tarea de aprender a seguir siéndolo en tu ausencia. Y, sobre todo, me quedé con la pregunta de qué hacer con todo ese amor y dolor. Porque uno entierra el cuerpo, pero el amor y el dolor sobreviven al tiempo, como un sentimiento inmenso, terco, buscando un destinatario. Así que he tenido que inventar lugares donde ponerlos.

Sigo aquí, encontrándote donde puedo.

Te llamo cuando te necesito.

Te escucho, aunque no pueda oírte.

Te busco, y te veo a veces, donde ya no estás.

Aprender a seguir siendo hijo en la ausencia

Antes de cerrar los ojos me pediste que viviera, y eso he hecho. He reído, he amado, he construido cosas de las que estoy profundamente orgulloso y espero que puedas ver. También he tenido días en los que daría cualquier cosa, lo que fuera, por una sola de nuestras llamadas. Me tomó años entender que vivir después de perderte no significaba superarte, ni dejarte atrás. Significaba aprender a cargar con tu ausencia todos los días de mi vida sin que me aplaste.

Tú me sostuviste cuando llegué al mundo.

Yo te sostuve cuando te fuiste. Y hoy, tu recuerdo y el amor que dejaste en mí son los que me mantienen de pie.

Por eso, cada mañana, cuando la alarma vuelve a sonar, vuelvo a abrir los ojos. Vuelvo a pararme en ese momento, frente al clóset, y aunque ya no tengo que elegir qué ponerme para verte morir, elijo qué ponerme para salir a vivir, por ti. Sigo levantándome. Sigo extrañándote con la misma fuerza, y más. Sigo siendo tu hijo. Sigo amándote, mamá.

Recuerda:

Te amo para siempre.

Te amo para siempre.

Te amo para siempre.

Hasta el infinito y más allá.

El testimonio de Juan David pone en palabras la complejidad de un proceso desgarrador, pero también el impacto duradero del vínculo materno. Su carta abierta invita a reflexionar sobre el duelo, la empatía frente a las decisiones ajenas y la manera en que el amor transforma la pérdida en una razón para continuar.

 
   

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