Podría ser el argumento de una película: una mujer mayor que vive sola en un departamento de Caballito, dos testamentos firmados con pocos meses de diferencia, varias propiedades, una caja de seguridad y un grupo de personas enfrentadas por su herencia.
Pero en el centro de esta historia no hay un personaje de ficción. Había una mujer real llamada Iris Alba Bianchi, a quien conocían como “Mimí”, que atravesaba un profundo dolor después de la muerte de su hermana y que, en octubre de 2021, tomó la decisión de quitarse la vida.
Cinco años después, la Justicia cerró la causa que había enfrentado a quienes fueron designados como beneficiarios de sus bienes. Sin embargo, detrás del expediente, los testimonios y las acusaciones cruzadas, quedó una frase imposible de ignorar: “Estoy muy sola”.
Una mujer sin hijos y una pérdida que cambió todo
Iris era divorciada, no tenía hijos y vivía en un edificio de la avenida Díaz Vélez, en el barrio porteño de Caballito. Su hermana Lidia era uno de sus vínculos más cercanos y su muerte habría marcado un antes y un después en su estado emocional.
En ese contexto, durante 2020, Iris firmó un primer testamento en el que nombró como beneficiarios al encargado del edificio y a su esposa. Según declararía luego el portero, entre ellos se había construido una relación de amistad: conversaban con frecuencia y él la ayudaba con distintas cuestiones de la vida cotidiana.
Sin embargo, aquel documento fue revocado al año siguiente.
En 2021 apareció un segundo testamento. Esta vez, Iris decidió que sus bienes fueran heredados por su psiquiatra y por el hombre que paseaba a su perro.
La herencia incluía el departamento en el que vivía sobre la avenida Díaz Vélez, otra propiedad ubicada en la calle Honorio Pueyrredón y el contenido de una caja de seguridad del Banco Ciudad.
Después de su muerte, los dos documentos se convirtieron en el eje de una compleja batalla judicial.
La guerra por la herencia de Iris
El abogado del encargado inició la sucesión ante el Juzgado Civil N.º 67. Al mismo tiempo, los representantes del portero denunciaron penalmente al psiquiatra, al paseador de perros y a los testigos del segundo testamento.
La acusación sostenía que habrían aprovechado el estado de vulnerabilidad emocional de Iris para conseguir que los nombrara herederos. La investigación se abrió bajo la figura de defraudación a un incapaz.
A partir de ese momento, comenzaron a reconstruirse los últimos meses de la vida de la jubilada. Declararon cuidadores, personas cercanas y profesionales. También se analizaron mensajes, audios, documentos médicos y los dos testamentos.
Una junta de especialistas, en la que intervino el Cuerpo Médico Forense, evaluó el estado de Iris al momento de firmar los documentos. La conclusión fue que no existían elementos suficientes para afirmar que no comprendía sus decisiones.
En noviembre de 2025, los acusados fueron sobreseídos en primera instancia. En septiembre de 2026, la Cámara Nacional de Casación confirmó esa resolución.
El expediente penal quedó así cerrado, sin culpables ni condenados. El abogado del psiquiatra pidió entonces que se reanudara el proceso sucesorio.
La carta que Iris dejó antes de morir
Entre todos los documentos incorporados al expediente hubo uno especialmente doloroso: la carta manuscrita que Iris dejó antes de su muerte.
En esas líneas pidió expresamente que no se responsabilizara a su psiquiatra. Contó que el profesional había querido internarla, que había intentado convocar a otro especialista para que la evaluara y que le había indicado un tratamiento domiciliario con acompañamiento permanente.
Iris admitió que había rechazado esas alternativas.
Pero en la misma carta también habló del encargado del edificio. Aseguró que su actitud le había provocado un profundo dolor y sostuvo que, apenas dos días después de la muerte de su hermana, la había llevado a firmar el primer testamento.
También relató que, el día en que escribió su despedida, el hombre le había devuelto las llaves de su casa y le había dicho que bloquearía su teléfono para que ella no volviera a pedirle ayuda.
Entonces escribió la frase que terminó revelando el verdadero drama detrás de la disputa patrimonial:
“Yo no culpo a nadie. Soy yo que está mal y muy sola”.
Horas más tarde, una de sus cuidadoras la encontró sin vida.
Versiones enfrentadas sobre sus últimos días
Los testimonios presentados ante la Justicia ofrecieron imágenes diferentes de lo ocurrido.
El encargado afirmó que mantenía una amistad con Iris y que había intentado conseguirle asistencia médica cuando advirtió el deterioro de su estado emocional. También sostuvo que ella le había comunicado por WhatsApp su decisión de convertirlo en heredero.
Una de las cuidadoras, en cambio, declaró que Iris estaba angustiada porque el encargado y su esposa la habían llevado a firmar aquel primer testamento. Según su relato, la jubilada se había arrepentido y encontró alivio cuando supo que podía revocarlo.
Otra testigo contó que Iris deseaba dejar sus bienes porque vivía sola y no tenía familiares directos a quienes heredarlos.
En medio de esas contradicciones, la Justicia no encontró pruebas suficientes para determinar que hubiera existido un delito en torno al segundo testamento.
La verdadera historia detrás de la herencia
La disputa judicial tuvo todos los elementos de un thriller: propiedades, documentos revocados, acusaciones de manipulación, audios, peritajes y personas enfrentadas por el patrimonio de una mujer que ya no podía contar su propia versión.
Pero reducir el caso a una guerra por una herencia sería perder de vista su dimensión más dolorosa.
Antes que propietaria de dos departamentos o titular de una caja de seguridad, Iris era una mujer atravesada por el duelo y la soledad. Alguien que necesitaba ayuda y que dependía de vínculos construidos fuera de una familia tradicional: el encargado de su edificio, un médico, un paseador de perros y sus cuidadoras.
Su última carta no resolvió todas las preguntas del expediente. Tampoco permitió conocer con certeza qué motivó cada una de sus decisiones patrimoniales. Pero sí dejó una advertencia que excede su historia personal.
¿Cuántas personas mayores viven hoy una soledad parecida? ¿Cuántas dependen por completo de quienes las asisten ocasionalmente? ¿Y cuántas atraviesan sus pérdidas, sus enfermedades y sus miedos sin una red afectiva que pueda sostenerlas?
Cinco años después de la muerte de Iris, la Justicia cerró una parte del caso. La sucesión podrá continuar y, finalmente, sus bienes tendrán un destino.
La frase que dejó escrita, en cambio, sigue abierta: “Estoy muy sola”.
Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis emocional o tiene pensamientos suicidas, puede comunicarse con el Centro de Asistencia al Suicida al 135 —desde CABA y Gran Buenos Aires—, al (011) 5275-1135 o al 0800-345-1435 desde cualquier lugar del país. La atención es personal, confidencial y anónima. Ante un peligro inmediato, llamar al 107 o al 911.

