Sadako Sasaki, la niña de Hiroshima que plegó grullas hasta el final y convirtió su último deseo en un símbolo de paz - Revista Para Ti
 

Sadako Sasaki, la niña de Hiroshima que plegó grullas hasta el final y convirtió su último deseo en un símbolo de paz

Tenía apenas dos años cuando la bomba atómica cayó sobre Hiroshima. Sobrevivió sin heridas visibles, pero una década después la radiación regresó en forma de leucemia. Desde la cama de un hospital, Sadako Sasaki comenzó a plegar grullas de papel con un deseo: vivir. Su historia terminó convirtiéndose en una plegaria universal contra la guerra.
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El 6 de agosto de 1945, Sadako Sasaki tenía apenas dos años. Todavía era una niña pequeña, de pasos inseguros, cuando una luz blanca atravesó Hiroshima y cambió para siempre la historia de la humanidad.

A las 8.15 de la mañana, la bomba atómica explotó sobre la ciudad japonesa. Sadako se encontraba con su familia a poco más de un kilómetro y medio del hipocentro. La fuerza de la explosión destruyó viviendas, levantó cuerpos y convirtió las calles en un paisaje irreconocible.

Su madre logró encontrarla con vida. Sadako no tenía heridas visibles. En medio de una ciudad arrasada, aquella niña parecía haber escapado milagrosamente de la muerte.

Sadako antes de que le diagnosticaran la enfermedad.
Sadako cuando le diagnosticaron la enfermedad.

Pero la bomba no había terminado con ella. Solo había dejado su amenaza escondida.

La lluvia negra que cayó sobre Hiroshima

Después de la explosión comenzaron los incendios. Quienes podían caminar intentaban alejarse entre ruinas, cuerpos y llamas. Entonces cayó del cielo una lluvia oscura, espesa y contaminada por material radiactivo.

Sadako, su madre y su hermano consiguieron escapar. Su abuela, en cambio, regresó a buscar algunas pertenencias familiares y nunca volvió a ser vista.

Durante mucho tiempo, nadie comprendió por completo qué significaba aquella lluvia negra ni qué consecuencias podía provocar en quienes habían quedado expuestos.

La familia Sasaki regresó después a Hiroshima e intentó reconstruir su vida. Como tantos sobrevivientes, atravesó enfermedades, pérdidas, escasez de alimentos y dificultades económicas.

Sadako creció. Fue a la escuela, hizo amigos y se convirtió en una niña alegre, activa y especialmente rápida para correr. Su energía parecía confirmar que el horror había quedado atrás.

Hasta que su cuerpo comenzó a enviar señales.

“La enfermedad de la bomba atómica”

A fines de 1954, cuando tenía once años, Sadako empezó a sentirse débil. Se le hinchó el cuello y aparecieron bultos detrás de sus orejas.

Poco después, los médicos confirmaron el diagnóstico: leucemia.

La enfermedad era conocida por muchas familias de Hiroshima como “la enfermedad de la bomba atómica”. Durante los años posteriores al ataque, numerosos sobrevivientes —incluidos muchos niños— desarrollaron distintos tipos de cáncer asociados con la exposición a la radiación.

Sadako fue internada en febrero de 1955. Los médicos estimaron que podía quedarle menos de un año de vida. Tenía doce años.

Hasta entonces había sido una corredora veloz. De pronto, su mundo quedó reducido a una cama de hospital.

La leyenda de las mil grullas

En Japón, la grulla representa la longevidad, la buena fortuna, la lealtad y la esperanza.

Una antigua tradición sostiene que quien pliega mil grullas de papel —un senbazuru— puede ver cumplido su deseo más profundo.

En el hospital, Sadako conoció esa historia y encontró en ella un propósito.

Quería vivir.

Comenzó a doblar papeles con paciencia. Primero utilizó hojas de colores. Después, cuando el material empezó a faltar, recurrió a envoltorios, etiquetas y prospectos de medicamentos.

Las grullas y el símbolo de la paz.
Las grullas y el símbolo de la paz.

Sus manos se volvieron cada vez más expertas.

Plegaba grullas grandes y pequeñas. Algunas eran diminutas, casi del tamaño de un grano de arroz.

Cada doblez era una forma de resistir.

Cada pájaro de papel contenía el mismo deseo.

Volver a casa. Volver a correr. Seguir viviendo.

¿Sadako llegó a completar las mil grullas?

Durante décadas circularon dos versiones sobre la cantidad de grullas que logró hacer.

La historia más difundida afirma que Sadako llegó a plegar 644 y que, después de su muerte, sus compañeros completaron las restantes hasta alcanzar las mil.

Esa versión fue inmortalizada en libros infantiles y se transmitió en escuelas de todo el mundo.

Sin embargo, los testimonios de su familia y distintas investigaciones históricas sostienen que Sadako superó las mil grullas. Algunos registros indican que llegó a realizar alrededor de 1.300 y que continuó plegándolas incluso después de alcanzar la cifra de la leyenda.

Ya no pedía solamente por su recuperación.

También habría plegado grullas por las necesidades de su familia y por un mundo en paz.

Más allá de la cantidad exacta, lo verdaderamente imborrable fue el gesto: una niña gravemente enferma convirtió trozos de papel en una forma de esperanza.

El último día de Sadako

La salud de Sadako se deterioró rápidamente durante octubre de 1955. Su familia permaneció junto a ella. La habitación estaba llena de grullas de distintos tamaños, suspendidas sobre su cama y apoyadas a su alrededor.

Sadako murió el 25 de octubre de 1955. Tenía doce años.

No consiguió el deseo que había impulsado sus manos durante meses. Pero aquellas grullas sobrevivieron a su cuerpo y comenzaron a volar mucho más lejos de lo que ella pudo imaginar.

Sus compañeros se negaron a que fuera olvidada

Después de su muerte, sus amigos y compañeros de escuela iniciaron una campaña para construir un monumento en memoria de Sadako y de todos los niños que habían muerto como consecuencia de la bomba atómica.

Reunieron cartas, organizaron colectas y consiguieron donaciones de distintas partes de Japón. El 5 de mayo de 1958 se inauguró el Monumento de la Paz de los Niños en el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima.

El monumento que recuerda a Sadako con la grulla sobre la cabeza
El monumento que recuerda a Sadako con la grulla sobre la cabeza

En lo alto de la escultura aparece la figura de Sadako sosteniendo una gran grulla de papel sobre su cabeza. En la base puede leerse una frase que resume el legado de toda una generación marcada por el horror: “Este es nuestro grito. Esta es nuestra plegaria: paz en el mundo”.

Millones de grullas siguen llegando a Hiroshima

La historia de Sadako atravesó fronteras, lenguas y generaciones.

Cada año, niños y adultos de distintos países pliegan grullas y las envían al Monumento de la Paz de los Niños. Cerca de diez millones de figuras de papel llegan anualmente a Hiroshima como homenaje y como pedido colectivo de paz.

Las grullas se cuelgan en largas tiras de colores alrededor del monumento. Algunas llevan nombres. Otras, mensajes escritos a mano.

Todas conservan la misma intención: recordar lo que ocurrió para que nunca vuelva a suceder.

La niña que convirtió el papel en memoria

Sadako no fue la única víctima infantil de Hiroshima. Su historia representa a miles de niños cuyos nombres, sueños y proyectos quedaron sepultados bajo la destrucción y las consecuencias de la radiación.

No eligió convertirse en símbolo. Solo era una niña que quería curarse.

Sin embargo, en una habitación de hospital, mientras su cuerpo perdía fuerzas, sus manos siguieron creando vida con pequeños cuadrados de papel.

Más de ocho décadas después de la bomba, sus grullas continúan volando. Ya no llevan únicamente el deseo de Sadako.

Llevan el de millones de personas que, frente al horror de la guerra, todavía se atreven a pedir lo mismo: paz en el mundo.

 
   

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