Hay dolores que cambian el rumbo de una vida. Para Aldana Di Costanzo, ese momento llegó cuando apenas tenía seis años y recibió una noticia que jamás olvidó: su papá había muerto de manera repentina.
Años más tarde también perdería a su padrastro. Sin embargo, lejos de quedar atrapada en esas ausencias, convirtió esas experiencias en el motor de un proyecto que hoy acompaña a miles de familias.
Psicóloga especializada en duelo y fundadora de Fundación Aiken, la primera organización sin fines de lucro de Argentina y Latinoamérica dedicada al acompañamiento de niños, adolescentes y familias que atraviesan la muerte de un ser querido, Aldana habla desde un lugar muy especial: el de quien conoce el dolor desde adentro, pero también el de quien descubrió que es posible transformarlo.
En esta entrevista con Para Ti, reflexiona sobre la infancia, la pérdida, el poder de la comunidad y el verdadero significado de sanar.
"Lo que más recuerdo es pensar que era una pesadilla"
Aldana tenía apenas seis años cuando su mamá le comunicó la muerte de su padre. Aunque pasaron más de tres décadas, ese instante permanece intacto en su memoria.
- ¿Qué recordás hoy de esa nena de seis años que recibió la noticia de la muerte de su papá?
- Lo que más recuerdo de esa nena de seis años es la sensación física de ese momento. Estaba sentada en la falda de mi mamá; mi hermano en una de sus piernas y yo en la otra. Ella nos dijo que mi papá había muerto y yo solo podía pensar que tenía que ser una pesadilla. Le repetía una y otra vez: "Mamá, decime que esto es una pesadilla".

Hoy sé que esa reacción tiene que ver con la incredulidad propia del duelo, con esa imposibilidad de aceptar lo que está pasando. Pero en ese momento, siendo tan chiquita, simplemente no podía creerlo.
Además, unas horas antes había dormido la siesta sobre él. Yo era muy pequeña y él era enorme; me acostaba arriba suyo, como una ranita. Dormimos juntos hasta las cuatro de la tarde y, dos horas después, murió de manera repentina. Por eso, para mí era imposible entender que alguien que acababa de abrazarme ya no estuviera.
El dolor que terminó convirtiéndose en una misión
- ¿Cuándo sentiste, por primera vez, que ese dolor podía transformarse en algo más?
- Creo que el primer cambio empezó a gestarse cuando tenía 18 años y comencé a estudiar Psicología. En ese momento todavía no tenía claridad sobre lo que iba a hacer, pero sí sentía que algo se estaba moviendo dentro mío. Desde muy chica tuve una gran sensibilidad hacia el otro y empecé a intuir que mi historia podía tener un propósito, aunque todavía no sabía cuál.
La verdadera certeza llegó a los 23 años, cuando empecé a pensar en la creación de Aiken. Ahí entendí que tenía que hacer algo con mi propio dolor, transformarlo en una herramienta para acompañar a otras personas que atravesaban un duelo.

Fue en ese momento cuando comprendí que podía ayudar a otros mientras yo también seguía transformándome. Mirando hacia atrás, creo que a los 18 comenzó el proceso, pero fue a los 23 cuando encontré el verdadero sentido de todo lo que había vivido.
El duelo también necesita una comunidad que acompañe
- ¿Qué fue lo más difícil de atravesar dos duelos tan fuertes en etapas tan distintas de tu vida?
- Fueron dos duelos muy diferentes, tanto por el momento de la vida en el que ocurrieron como por el vínculo que tenía con cada uno. A mi padrastro lo quise muchísimo y fue una persona muy importante para mí, pero el lugar que ocupa mi papá es único y sigue siéndolo hasta hoy. De alguna manera, siento que mi vínculo con él continúa.
Lo más difícil cuando era niña no fue solamente la ausencia de mi papá, sino el entorno. Sentía que muchas personas no sabían cómo acompañarme ni cómo tratarme. Sin querer, me dejaban afuera y eso hacía que me sintiera todavía más sola. Esa experiencia fue una de las grandes razones que me impulsaron, años después, a crear Aiken y a trabajar en la psicoeducación de la comunidad. No alcanza con formar profesionales: también necesitamos que quienes rodean a una persona en duelo sepan acompañar, respetar sus tiempos y estar presentes.

Además del dolor por la pérdida, tuve que convivir con la tristeza de mi mamá, los problemas económicos que aparecieron después de la muerte de mi papá y una idea que construí desde muy chica: creer que podía sola con todo. Recién muchos años después, cuando empecé a crear Aiken, entendí que ese era un aprendizaje equivocado y que nadie debería atravesar el dolor en soledad. Uno de los mayores aprendizajes de mi vida fue descubrir que siempre necesitamos de los otros.
Por qué un grupo de duelo puede cambiar una vida
- ¿Cómo influyó tu historia personal en la creación de Fundación Aiken?
- Mi historia personal fue, sin dudas, el motor de la creación de Fundación Aiken. Fueron mis propios duelos, especialmente la muerte de mi papá, los que despertaron en mí la necesidad de hacer algo para que otros niños no tuvieran que atravesar ese camino en soledad.
Desde el comienzo quise que el acompañamiento fuera integral: no solo desde lo psicológico, sino también desde el entorno familiar y comunitario, porque entendí que el duelo no se transita en aislamiento.
Mi dolor fue el punto de partida y, de alguna manera, sigue siéndolo. La diferencia es que hoy ya no es un dolor que desborda, sino un dolor integrado, abrazado. Lo que hoy me impulsa es ver todo lo que podemos hacer por los niños y las familias que atraviesan una pérdida, y saber que ese acompañamiento puede cambiar profundamente la manera en que viven su duelo.
- ¿Qué necesitabas en ese momento que hoy buscás darle a otros chicos?
- Lo que más necesité cuando era chica fue el acompañamiento de la comunidad: del colegio, de mis compañeros, de otros adultos que supieran cómo acercarse a un niño que estaba atravesando un duelo. Esa fue la mayor ausencia que sentí.
Con mi mamá fue distinto. Ella estuvo siempre muy presente y, con recursos que no sé de dónde sacó, logró acompañarme con mucho amor y coherencia. Hoy sé que fui una afortunada por haber tenido ese sostén.

Sin embargo, también entendí que eso no siempre sucede. En muchas familias falta algo fundamental: adultos disponibles, capaces de expresar lo que sienten, de acompañar mientras transitan su propio dolor y de habilitar las preguntas de los chicos, sin miedo a hablar de la muerte.
Por eso trabajo tanto en la psicoeducación. Estoy convencida de que, cuando los adultos cuentan con herramientas para acompañar, el camino de un niño en duelo puede ser muy diferente.
Acompañar también a los adultos
Para Aldana, cuando un niño pierde a alguien importante casi siempre hay un adulto que también está atravesado por esa misma pérdida. Por eso, en Aiken trabajan con ambos.
- ¿Qué pasa en un grupo de duelo que no sucede en otros espacios más individuales?
- En los espacios grupales ocurre algo muy valioso: las personas se encuentran con otras que están atravesando una experiencia similar. Para los niños y adolescentes eso es especialmente transformador, porque muchas veces son los únicos de su curso o de su entorno que están viviendo un duelo y se sienten completamente solos.
Cuando llegan al grupo descubren que hay otros chicos que entienden exactamente lo que les pasa. Eso les da libertad para preguntar, compartir, reflexionar y poner en palabras un tema que suele estar muy silenciado. Dejan de sentirse "el diferente" y encuentran un espacio donde todos hablan el mismo lenguaje emocional.

Con los adultos sucede algo parecido. El grupo se convierte en un tiempo y un lugar especialmente dedicados al duelo, donde saben que pueden hablar de su pérdida sin sentirse incómodos ni juzgados.
En el caso de los niños, además, el trabajo incluye dinámicas, juegos y actividades especialmente pensadas para ayudarlos a elaborar el duelo, mantener el recuerdo del ser querido y fortalecer ese vínculo desde un lugar saludable. Ese tipo de abordaje no suele darse en espacios individuales, salvo cuando el profesional cuenta con una formación específica en duelo, que todavía es escasa.
- ¿Qué aprendiste del dolor acompañando a otras familias?
- Lo que más aprendí, y también lo que más me sigue asombrando, es la enorme capacidad que tenemos los seres humanos para seguir adelante. Incluso en las situaciones más dolorosas, existe una fuerza que nos permite continuar y encontrar un nuevo sentido cuando creemos que ya no lo hay.
A lo largo de estos años acompañé historias muy difíciles: duelos múltiples, la muerte repentina de hijos, suicidios y pérdidas profundamente traumáticas. Sin embargo, una y otra vez me conmueve ver la fortaleza con la que las personas logran reconstruir sus vidas.
Soy una persona naturalmente optimista y quizás por eso esa es la primera respuesta que me surge. Aprendí muchas cosas sobre el dolor, pero, por encima de todo, aprendí a confiar en la capacidad del ser humano para transformar el sufrimiento y seguir viviendo.
- ¿Cómo se acompaña a un niño cuando el adulto también está atravesado por la pérdida?
Esta es una pregunta fundamental, porque la mayoría de las veces, cuando hay un niño en duelo, también hay un adulto atravesando esa misma pérdida. Por eso, el acompañamiento nunca puede centrarse únicamente en el chico.
En Fundación Aiken trabajamos en binomio: por un lado se acompaña al adulto y, por otro, al niño. Luego se generan espacios compartidos para fortalecer ese vínculo. El objetivo es que el adulto pueda elaborar su propio dolor y, al mismo tiempo, adquirir herramientas para acompañar al niño en el día a día.

Un chico necesita un adulto que le dé lugar para expresar lo que siente, que habilite las preguntas, que pueda hablar de sus propias emociones y le muestre, con el ejemplo, que poner en palabras el dolor también forma parte del proceso de sanar.
En algunos casos, incluso, alcanza con orientar al adulto. Si cuenta con los recursos necesarios para acompañar a su hijo, el niño puede no necesitar un espacio terapéutico individual. Lo importante es que siempre haya un adulto disponible, emocionalmente presente y con las herramientas suficientes para sostener ese proceso.
"Necesitamos hablar más de la muerte"
- ¿Qué creés que todavía falta como sociedad en relación al duelo y la muerte?
- Como sociedad todavía nos falta integrar la muerte como parte de la vida cotidiana. Si bien hemos avanzado, sigue siendo un tema que evitamos porque nos enfrenta a la incertidumbre, al miedo y a la angustia. Preferimos correrlo de escena, cuando en realidad forma parte de la experiencia humana.
Estoy convencida de que, si pudiéramos hablar de la muerte con mayor naturalidad, no sentiríamos menos dolor ni menos tristeza cuando ocurre una pérdida, pero sí podríamos evitar mucho sufrimiento innecesario.
Para mí, incorporar la idea de la muerte en nuestra vida nos permite vivir de otra manera. Cuando uno es consciente de que la vida tiene un final, empieza a mirarla con más gratitud, más presencia y más amor. La frase "la vida es un regalo" deja de ser una expresión hecha y se convierte en una realidad.
En mi trabajo acompaño a personas que pierden a un ser querido de un momento a otro. Eso me recuerda todos los días que cualquiera de nosotros podría atravesar una situación así. Y esa conciencia, lejos de paralizarme, me invita a valorar profundamente el hecho de estar vivos.
Qué significa sanar después de una pérdida
- Hoy, mirando todo tu recorrido, ¿qué significa para vos la palabra “sanar”?
- Para mí, sanar es poder integrar el dolor. Es darle un lugar dentro de la propia historia y aprender a convivir con él.
Sanar no significa olvidar ni dejar de sentir, sino poder seguir caminando en la vida: sosteniendo proyectos, vínculos, trabajo y una mirada hacia el futuro, aun con ese dolor presente, que con el tiempo va cambiando de forma.
Eso, para mí, es sanar: poder seguir viviendo con el dolor integrado, y no en contra de la vida.
Fundación Aiken: el espacio que nació del dolor para que ningún niño atraviese un duelo en soledad
Lo que comenzó como una experiencia profundamente personal hoy se transformó en una organización que cambió la forma de acompañar el duelo en Argentina y Latinoamérica.
Fundación Aiken nació en 2008 de la mano de Aldana Di Costanzo y se convirtió en la primera ONG de la región dedicada exclusivamente al acompañamiento psicológico de niños, niñas y adolescentes que atraviesan la muerte de un ser querido.

Su nombre, de origen tehuelche y mapuche, significa "vida" o "vivir", un concepto que resume la esencia de su trabajo: ayudar a resignificar la vida después de una pérdida.
Desde su creación, la fundación acompañó a más de 3.486 niños, adolescentes y sus familias, mientras que capacitó a más de 17.000 docentes, profesionales de la salud, padres e instituciones, alcanzando de manera directa a casi 139 mil personas. Actualmente, más de 320 pacientes reciben acompañamiento psicológico de un equipo interdisciplinario integrado por más de 40 profesionales.
Además de brindar asistencia terapéutica, Aiken impulsa programas de formación para escuelas, hospitales, empresas y organizaciones, con el objetivo de que el duelo deje de ser un tema silenciado y pueda abordarse de manera más humana, natural e integral.
En los últimos años, la fundación también dio un paso más al promover proyectos de ley vinculados al duelo, la salud mental y la educación, buscando generar políticas públicas que permitan que cada vez más personas tengan acceso a herramientas de acompañamiento.
Su lema resume el espíritu con el que trabajan desde hace casi dos décadas: "Siempre puede salir el sol". Una frase que nació de la propia historia de Aldana y que hoy acompaña a miles de familias que buscan volver a encontrar esperanza después de una pérdida.


