"Solo estaban ensayando el futuro": la historia de los adolescentes atrapados por el terremoto en Venezuela - Revista Para Ti
 

"Solo estaban ensayando el futuro": la historia de los adolescentes atrapados por el terremoto en Venezuela

Iban a preparar una coreografía para despedir el colegio. Había trajes, lentejuelas, ilusión y una fiesta esperada. Pero el 24 de junio, los terremotos que devastaron Venezuela convirtieron ese ensayo en una escena de dolor: sus padres todavía los buscan entre los escombros.
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Algunos detalles en medio de una tragedia duelen más que cualquier cifra. Un traje con lentejuelas. Unos guantes. Una coreografía de fin de curso. Un adolescente de 16 años que quería interpretar a Michael Jackson y que, por primera vez, decidió llevarse escondida la ropa que su mamá le había mandado a hacer para el acto.

Ese gesto mínimo, casi travieso, hoy se volvió una de las imágenes más desgarradoras de los terremotos que sacudieron Venezuela el 24 de junio: chicos que estaban ensayando su baile de despedida escolar cuando todo se vino abajo.

Gonzalo, de 16 años, estaba preparando junto a un grupo de compañeras su presentación de fin de curso. Su mamá, María Lourdes Pérez, le había mandado a confeccionar un traje especial: chaqueta brillante, lentejuelas y guantes, al estilo Michael Jackson. Como solía pasar en cada baile escolar, ella le pedía que no se lo probara antes para que no se dañara ni se ensuciara.

Pero ese día, a pocos días del acto, Gonzalo hizo algo distinto: se llevó el traje escondido.

Lo que para cualquier familia podía ser una anécdota simpática —un hijo ansioso por probarse su look, por bailar, por sorprender— terminó convertido en una escena imposible de procesar. Porque ese ensayo, pensado como la previa de una celebración, quedó atrapado bajo los escombros.

Un baile que iba a ser una fiesta

Gonzalo era el hijo menor de María Lourdes. Tenía 16 años y, según contó su mamá, era “muy amiguero”. Quería estar en todas. Su hermano mayor, Santiago, de 21, era su mano derecha, ese hijo que ayudaba en todo y acompañaba en silencio.

Terremoto Venezuela
María Lourdes perdió a sus dos hijos, Santiago y Gonzalo

La familia tenía una vida marcada por rutinas simples, esas que después de una tragedia se vuelven inmensas: los ensayos escolares, los trajes guardados hasta último momento, los preparativos de una presentación, la ilusión de ver a un hijo sobre el escenario.

El 24 de junio, como la escuela estaba cerrada por ser feriado en Venezuela, el grupo decidió reunirse a practicar en un edificio ubicado en Tanaguarena, en el estado de La Guaira. El ensayo se hacía en un área entre el salón de fiestas y la piscina. Allí, los adolescentes preparaban la coreografía con la que querían despedir una etapa.

Querían impactar. Querían que saliera perfecto. Querían bailar. Entonces tembló.

La ilusión quedó bajo los escombros

Los terremotos del 24 de junio golpearon con fuerza el norte de Venezuela. De acuerdo con el Servicio Geológico de Estados Unidos, se trató de dos movimientos de magnitud 7,2 y 7,5 ocurridos con apenas 39 segundos de diferencia, al oeste de Caracas. La zona de La Guaira fue una de las más afectadas.

Desde entonces, miles de familias quedaron atravesadas por la misma pregunta: dónde están sus hijos, sus madres, sus parejas, sus hermanos. Reuters informó que, hasta el 6 de julio, la cifra de muertos ascendía a 3.535, con más de 16.700 heridos y cerca de 18.000 personas sin hogar.

Pero detrás de cada número hay una historia. Y la de estos adolescentes tiene una crueldad particular: estaban ensayando un baile de fin de curso. Estaban en ese momento de la vida en el que todo parece por empezar. La despedida del colegio, los amigos, las fotos, los nervios, la música, el futuro.

La tragedia los encontró en pleno ensayo, cuando todavía no habían llegado al escenario.

Padres que buscan casi sin ayuda

En las zonas más devastadas, muchos familiares denuncian que la búsqueda se volvió desesperada y, en muchos casos, sostenida por ellos mismos, vecinos y voluntarios. Distintos reportes internacionales describieron una respuesta inicial lenta y escenas de civiles removiendo escombros para encontrar a sus seres queridos.

María Lourdes Pérez es una de esas madres. En las imágenes difundidas por BBC Mundo, aparece parada frente a una montaña de restos: piedras, ladrillos, partes de una construcción que ya no se parece a nada. Allí, donde antes había vida cotidiana, ahora hay silencio, polvo y espera.

Busca a sus hijos. Busca respuestas. Busca señales.

Y en esa búsqueda, el traje de Michael Jackson deja de ser un detalle para convertirse en símbolo. Era el traje de una fiesta que no llegó. El traje que debía salir a escena unos días después. El traje que una madre había cuidado para que su hijo pudiera brillar.

El dolor de una madre frente a lo inconcebible

Hay dolores que no tienen idioma. El de una madre que busca a su hijo entre los escombros es uno de ellos.

María Lourdes había vuelto a ser madre a los 41 años porque lo deseaba profundamente. Primero llegó Santiago. Cinco años después, Gonzalo. Uno era su apoyo. El otro, la alegría inquieta que quería estar en todos lados.

Por eso su historia conmueve tanto. Porque no habla solo de una tragedia natural. Habla de una escena familiar reconocible: una madre organizando un traje, un hijo que no aguanta la emoción y se lo lleva a escondidas, un grupo de adolescentes ensayando para una fiesta escolar.

La vida, justo antes de quebrarse.

Una generación golpeada en plena ilusión

El fin de curso suele ser uno de esos momentos que marcan la adolescencia. Es despedida y comienzo. Es la promesa de que algo nuevo está por venir. Para estos chicos, esa promesa quedó suspendida bajo toneladas de concreto.

Sus padres no buscan solamente cuerpos o respuestas. Buscan también la última imagen de sus hijos antes del derrumbe. Buscan entender cómo una tarde de ensayo pudo transformarse en una espera interminable. Buscan sostener la esperanza en un lugar donde cada minuto pesa.

En Venezuela, la tragedia sigue dejando historias que parten el alma. Pero esta tiene una dimensión especialmente dolorosa: adolescentes que no estaban huyendo, no estaban en peligro, no estaban haciendo nada extraordinario. Solo estaban bailando.

Solo estaban ensayando el futuro.

 
   

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