Antes de los libros de nutrición y de las consultas, hubo una mesa familiar. Una abuela italiana, Lala, que preparaba comida casera y reunía a todos los domingos. En esos encuentros, entre conversaciones y platos compartidos, Agustina Bonilla empezó a tomar forma una manera de entender la alimentación: comer también podía ser cuidar, acompañar y dar amor.
A los 14 años, la enfermedad de su mamá despertó nuevas preguntas. Buscando herramientas para acompañarla, se acercó a cursos de cocina y talleres de alimentación consciente. Aquella inquietud se convertiría, con el tiempo, en una elección profesional.

Hoy, como nutricionista y health coach, lleva esa historia al consultorio. Antes de proponer cambios, busca conocer a quien tiene enfrente: cómo vive, qué le pasa, cuánto descansa y qué necesita. Porque detrás de un plato también hay horarios, vínculos, emociones y posibilidades concretas.
En una conversación atravesada por los recuerdos de su abuela y los aprendizajes de los momentos difíciles, invita a revisar una exigencia que muchas mujeres conocen: sentir que siempre deberían comer mejor, pesar menos o tener más disciplina. Su propuesta empieza por una idea sencilla: cuidarse puede incluir el disfrute.
Una vocación que nació entre el cuidado y la mesa familiar
—¿Cómo y cuándo nació tu interés por la nutrición?
—Mi interés nació de una mezcla de muchas cosas. Siempre fui una persona muy abocada al otro. Me gustaba la idea de elegir un camino que tuviera que ver con comunicar, enseñar, acompañar y, sobre todo, ayudar. Es algo que genuinamente me hace bien.
Pero hubo un momento muy puntual que despertó mi interés por la alimentación. A mis 14 años, cuando mi mamá estaba atravesando una enfermedad, empecé a acercarme a este mundo desde otro lugar. Hice cursos de cocina y talleres de alimentación consciente vinculados también a personas que atravesaban enfermedades, buscando herramientas que pudieran ayudarla a transitar ese momento de la mejor manera posible.
Ahí empecé a preguntarme qué lugar podía tener la comida en nuestro bienestar y en nuestra calidad de vida. Se me despertó una curiosidad enorme.

Y, por supuesto, está mi abuela Lala, que fue una de las personas más importantes de mi vida. Era italiana, amaba cocinar y me enseñó desde muy chica. Los domingos eran casi sagrados: mesa familiar, comida casera hecha por ella y todos alrededor. Con Lala aprendí, mucho antes de estudiar nutrición, que la comida también es una forma de cuidar, de compartir y de unir a las personas.
Creo que mi elección nació un poquito de todo eso: de mi historia, de las personas que amé y de esas ganas que siempre tuve de acompañar a los demás.
—Tu abuela Lala te enseñó que la comida también es encuentro, con sus pastas caseras y sus mesas largas. ¿Qué de ese legado llevás hoy a tu consultorio?
—Todo. Creo que Lala me enseñó muchísimo más que a cocinar.
A través de la comida aprendí a compartir, a escuchar al otro, a estar atenta a los detalles, a cuidar y a generar encuentros. Un plato de comida nunca es solamente un plato de comida. Alrededor de una mesa nos encontramos, conversamos, festejamos, acompañamos, nos damos cariño.
Es algo que llevo muchísimo al consultorio. No puedo pensar a una persona solamente desde lo que tiene en el plato, porque detrás hay una historia, una familia, costumbres, emociones, momentos de disfrute, horarios, trabajo, vínculos. Hay una vida.
Estudiar Health Coaching en el Institute for Integrative Nutrition (IIN) terminó de darle forma a algo que yo ya sentía. Me ayudó a ampliar mi mirada y a entender la alimentación de una manera más integral.
Por eso, cuando alguien se sienta conmigo, no se trata simplemente de decirle qué tiene que comer. Primero quiero conocer quién tengo enfrente, cómo vive, qué le gusta, qué le pasa y qué necesita. En gran parte, esa manera de acompañar nació en esas mesas con Lala.
Cuidarse sin vivir bajo la exigencia de hacerlo perfecto
—Muchas mujeres sentimos que siempre deberíamos comer mejor, pesar menos o tener más disciplina. ¿Cómo se empieza a salir de esa exigencia sin dejar de cuidar la salud?
—Para mí, lo primero es entender que cuidarse y disfrutar no son opuestos.
Mi propia historia me hizo entender que la vida es una sola y que hay que disfrutarla. Eso también forma parte de estar saludable. Obviamente, cuando existe una patología o una condición que requiere determinadas pautas nutricionales, hay cuestiones que tenemos que cuidar especialmente y siempre hay que trabajar sobre las necesidades particulares de esa persona. Pero incluso ahí intento buscar la forma más amable y posible de llevarlo a la vida real.

Cuando hablamos de una persona sana que quiere cuidarse, no tiene sentido vivir sintiendo que está permanentemente a dieta o que cada vez que se sale de una estructura hizo algo mal.
Me gusta trabajar desde una nutrición integral, donde pueda entrar todo. Que puedas disfrutar unos huevos revueltos a la mañana porque te hacen bien y te gustan, y también comerte un chocolate, un helado o un pedazo de torta sin pensar que arruinaste nada.
A veces hablamos del famoso 80/20, pero ni siquiera creo que tenga que ser una fórmula matemática. Habrá semanas que sean 80/20, otras 70/30 y momentos de la vida que quizás sean 50/50. Lo importante es construir una base sólida y saludable a la cual siempre puedas volver.
Te fuiste de viaje, tuviste una semana llena de eventos, festejaste, comiste distinto, disfrutaste… Está bien. Después sabés volver a tus hábitos, a tu rutina, a esas bases que ya construiste. Sin castigo, sin compensaciones y sin culpa.
Para mí, una buena relación con la alimentación tiene mucho más que ver con esa libertad que con la perfección.
—Cuando alguien llega al consultorio y te dice “sé lo que tengo que hacer, pero no puedo sostenerlo”, ¿qué buscás comprender antes de proponer cambios?
—Lo primero que intento entender es qué está pasando alrededor de ese plato. Muchas veces no es que la persona no sepa qué hacer. La pregunta es por qué hoy no puede sostenerlo.
Ahí fue muy importante mi formación como health coach. Aprendí a mirar cómo están nuestros vínculos, la familia, la pareja, el trabajo, el descanso, el movimiento, el estrés, cómo nos sentimos con nosotros mismos. En definitiva, qué está pasando en nuestra vida en ese momento.
Todos atravesamos situaciones que nos desordenan. Puede ser la enfermedad de alguien que queremos, un problema de pareja, un momento laboral difícil o una etapa en la que tenemos demasiadas cosas al mismo tiempo. Y muchas veces una cosa empieza a encadenarse con la otra: duermo mal, estoy más cansada, tengo menos energía, me cuesta organizarme y termino sintiendo que tampoco puedo ocuparme de mi alimentación.
Antes de decirle a alguien qué tiene que cambiar, necesito entender dónde está parada esa persona. Quizás el problema no es falta de voluntad ni de disciplina. Quizás primero hay otras cosas que necesitamos ordenar.
Por eso me interesa conocer a la persona antes que corregir lo que come.
—Hablás de equilibrio en lugar de dietas estrictas. ¿Cómo se traduce eso en una semana real, con trabajo, cansancio, poco tiempo para cocinar y comidas afuera?
—El equilibrio solamente funciona si se puede adaptar a tu vida real. Por eso trabajo de una manera muy personalizada. No todos tenemos los mismos horarios, el mismo trabajo, la misma familia ni las mismas posibilidades de organizarnos.
Necesito saber cómo es el día de esa persona: a qué hora se levanta, dónde trabaja, si almuerza afuera, si viaja mucho, si cocina, si llega tarde a su casa, si entrena, qué días tiene más complicados. El mejor plan de alimentación del mundo no sirve de nada si es imposible de sostener en tu vida.

Muchas veces se trata de hacer que lo saludable sea fácil. Si llegás cansada y cada noche tenés que pensar qué cocinar desde cero, probablemente te dé fiaca. En cambio, si abrís la heladera y tenés algunas bases listas —verduras lavadas o cocidas, alguna proteína preparada, huevos, cosas simples que te gusten—, podés armar un plato sin sentir que cuidarte es otra obligación más.
Lo mismo cuando comés afuera o viajás. No pretendo que una persona viva igual de vacaciones, en un viaje de trabajo y un martes cualquiera en su casa. Buscamos qué herramientas le sirven para cada escenario.
Una rutina saludable tiene que acompañar tu vida, no complicártela. Si para sostenerla tenés que vivir pendiente de la comida, probablemente haya algo que tengamos que ajustar.
Las emociones, las redes y lo que la balanza no cuenta
—¿Qué lugar tienen las emociones en nuestra forma de comer y cómo podemos reconocer lo que nos pasa sin juzgarnos por buscar consuelo en la comida?
—Las emociones tienen un lugar enorme. El primer paso es dejar de pensar que nuestra manera de comer sucede aislada de todo lo demás que nos pasa.
Una misma emoción puede generar respuestas completamente distintas. Hay personas que cuando están tristes, ansiosas o estresadas sienten más ganas de comer; quizás buscan algo dulce o algo que les dé placer. A otras, frente a la misma emoción, se les cierra el estómago y no pueden comer. Ninguna de las dos respuestas define si una persona tiene más o menos voluntad.
Cuando aparece el famoso “comer emocional”, me interesa mucho más preguntarme qué está necesitando esa persona que juzgar el alimento que eligió.
Si cada vez que estoy angustiada busco consuelo en la comida, quizás el trabajo no sea simplemente sacar ese chocolate. Primero necesito entender qué me está pasando, qué estoy sintiendo y qué otras herramientas tengo para atravesarlo. Eso lleva tiempo, autoconocimiento y, cuando es necesario, también el acompañamiento de otros profesionales.
Para mí es muy importante no mirar solamente qué está comiendo una persona, sino entender qué le está pasando a la persona que está comiendo.

—En redes circulan consejos sobre ayuno, suplementos y alimentos que habría que eliminar. ¿Qué preguntas deberíamos hacernos para distinguir información confiable de una moda?
—Hoy estamos expuestos a muchísima información sobre alimentación, ejercicio, suplementos, rutinas, descanso y bienestar. Tenemos que aprender a ser un poco más críticos con lo que consumimos.
Que algo le haya funcionado a alguien no significa que sea lo que yo necesito. Esto lo veo muchísimo con los suplementos: pueden ser herramientas buenísimas cuando están bien indicados, pero no todos necesitamos lo mismo. Antes de incorporar algo me preguntaría: ¿realmente lo necesito?, ¿para qué lo estoy tomando?, ¿quién me lo está recomendando?, ¿está respaldado por evidencia?, ¿es adecuado para mí y para mi estado de salud?
Lo mismo pasa con el ayuno o con eliminar determinados alimentos. ¿Hay una razón concreta para hacerlo o lo estoy haciendo porque está de moda? ¿Me hace sentir mejor? ¿Es sostenible para mi vida? ¿Hay un profesional que me lo indicó por algún motivo?
En redes muchas veces se presentan respuestas universales para cuestiones que son profundamente individuales. Cuando hablamos de salud, no deberíamos copiar automáticamente lo que hace otra persona. Informarnos está buenísimo; individualizar esa información es fundamental.
—¿Qué cambios te muestran que una persona está mejorando su salud y su vínculo con la comida, más allá del número de la balanza?
—Muchísimos. Para mí, la balanza es solamente un dato más y nunca debería contar toda la historia.
En el consultorio trabajo con InBody para evaluar la composición corporal, pero también tengo pacientes online que no se pesan y pacientes presenciales que directamente me dicen “no me quiero pesar”, y está perfecto. Todo depende de la persona y de sus objetivos.
Hay cambios que dicen muchísimo más: que alguien me diga que tiene más energía, que duerme mejor, que se siente menos hinchado, que está más cómodo con su cuerpo o, simplemente, que dejó de pensar todo el día en qué puede y qué no puede comer.
Me encanta cuando un paciente empieza a sentirse más relajado alrededor de la comida. Cuando sale a comer y puede disfrutar; cuando un día se desorganiza y no siente que perdió todo lo que venía haciendo; cuando empieza a tener una rutina que quiere sostener porque se siente mejor, no porque alguien se lo está imponiendo.
También es importante entender que esto nunca es una línea recta. La vida tiene momentos mejores y peores, semanas más ordenadas y otras que son un caos. Las redes muchas veces nos muestran una imagen de perfección que no existe.
Mejorar la salud significa ir conociéndote, adquirir herramientas y atravesar esos altibajos de una manera posible y amable.
“Solo por hoy”: un primer paso para empezar a cuidarte
—Para una mujer que quiere empezar a cuidarse pero está cansada de intentar dietas, ¿cuáles serían tus tres primeros pasos, simples y posibles?
—El primero sería dejar de pensar que para cuidarte necesitás empezar otra dieta. Antes de cambiar todo, frenaría y me preguntaría: ¿cómo estoy?, ¿estoy descansando bien?, ¿cómo está mi trabajo?, ¿mis vínculos?, ¿tengo momentos para mí?, ¿me muevo?, ¿qué está haciendo que hoy no me sienta bien? Muchas veces queremos empezar por cambiar el plato cuando hay un montón de cosas alrededor que también necesitan atención.
El segundo sería empezar de a poco. Hay una frase muy simple que aprendí en un momento muy difícil de mi vida y que todavía uso muchísimo: “solo por hoy”.
No hace falta que un lunes cambies tu vida entera. Solo por hoy, ¿qué pequeña cosa puedo hacer por mí? Quizás caminar media hora, prepararme una comida que me haga sentir bien o acostarme un poco más temprano. Mañana será otro día y volveré a preguntarme qué puedo hacer por mí hoy. Cuando esos pequeños cambios empiezan a repetirse, de a poco construyen una rutina.

El tercero sería pedir ayuda si la necesitás y aprender a mirar también lo que sí estás haciendo bien. Cada profesional tiene sus herramientas y no tenemos por qué saber resolver todo solos. Además, creo muchísimo en dejar de enfocarnos únicamente en lo que nos falta. Incluso en momentos muy difíciles siempre intenté encontrar algo, aunque fuera mínimo, de donde agarrarme para seguir avanzando. Es una forma de mirar la vida que también llevo al consultorio.
Cuidarse debería ser aprender a conocerte, construir herramientas que puedas sostener y entender que habrá días mejores y días peores.
Si tuviera que resumir mi manera de ver la nutrición y también un poco mi manera de ver la vida, sería: “No necesitás hacerlo perfecto. Necesitás construir bases sólidas y aprender a volver a ellas.”

