¿Pareja o dos vidas paralelas? Autonomía e individualismo
 

¿Pareja o dos vidas paralelas? Cuando dos personas comparten la vida pero viven como si estuvieran solas

Tener espacios propios es saludable, pero ¿qué pasa cuando cada integrante empieza a priorizar tanto su mundo que la pareja queda relegada? El médico psiquiatra y sexólogo Walter Ghedín explica la diferencia entre autonomía e individualismo y cómo evitar que dos personas que comparten la vida terminen viviendo como si estuvieran solas.
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En tiempos de agendas saturadas, trabajo, hijos, redes sociales y espacios personales cada vez más defendidos, muchas parejas terminan funcionando como dos individualidades que comparten la vida. El médico psiquiatra y sexólogo Walter Ghedín explica dónde está el límite entre autonomía e individualismo y por qué el encuentro necesita tiempo, atención y compromiso.

Las parejas también cambian con el paso del tiempo. No solamente por las experiencias que atraviesan quienes las integran, sino también por el contexto social y cultural en el que se desarrollan. El trabajo, las obligaciones familiares, los tiempos personales, las redes sociales y la necesidad de sostener espacios propios pueden hacer que, casi sin darse cuenta, dos personas que están en pareja empiecen a funcionar como si llevaran vidas independientes.

Para Ghedín, el desafío está en encontrar un equilibrio entre la autonomía personal y el compromiso con el vínculo. Tener intereses, actividades y espacios propios es saludable; el problema aparece cuando la defensa de lo individual empieza a desplazar sistemáticamente el encuentro con el otro.

Cuando estar en pareja queda para cuando haya tiempo

En los primeros años de una relación, explica Ghedín, suele existir una mayor predisposición a compartir momentos. El deseo encuentra espacio incluso cuando las agendas están llenas y todavía no existe una rutina tan consolidada.

Con el paso del tiempo, en cambio, las responsabilidades cotidianas pueden empezar a ocupar cada vez más lugar. Trabajo, hijos, compromisos sociales y actividades personales se organizan alrededor de una agenda en la que la pareja queda relegada a los momentos que sobran.

Muchas parejas terminan funcionando como dos individualidades que comparten la vida. Foto 123rf.

El especialista advierte que esto no necesariamente tiene que ver con la edad. Si bien el rendimiento físico y mental puede modificarse con los años, las parejas adultas también buscan actividades placenteras como parte de su bienestar personal y vincular.

El problema aparece cuando el tiempo compartido deja de ser una prioridad y se convierte en una excepción.

Autonomía no es lo mismo que individualismo

Uno de los puntos centrales del planteo de Ghedín es la diferencia entre autonomía e individualismo.

La autonomía es necesaria para el desarrollo personal. Permite tener criterios propios, tomar decisiones, sostener intereses y cuidar los propios espacios sin depender completamente de otra persona.

Dentro de una pareja, esa autonomía puede convivir con el vínculo. El especialista explica que permite hacer concesiones sin que eso implique renunciar a la propia identidad.

El individualismo, en cambio, lleva la defensa de lo propio mucho más lejos.

“El sujeto autónomo tiene sus puntos de vista, su filosofía de vida, sus pautas de cuidado y puede hacer reformulaciones cuando se siente abrumado, exigido o presionado por el otro”, explica Ghedín.

Y agrega una diferencia fundamental: “La autonomía permite ceder sin renunciar”.

En el individualismo, en cambio, la persona se mantiene aferrada a sus posiciones y prioriza sus propias necesidades sin abrir demasiado espacio a la negociación.

Cuando la pareja se convierte en una suma de individualidades

El contexto actual también influye en esta transformación. La presión laboral, la necesidad de rendimiento, las obligaciones familiares y las convenciones sociales pueden reducir los espacios disponibles para la pareja.

Y cuando finalmente aparece un momento libre, hay otros elementos que compiten por esa atención.

Ghedín menciona las redes sociales y también el uso de la inteligencia artificial entre las actividades que pueden ocupar ese tiempo personal. A eso se suman los amigos, el gimnasio, las dietas, los objetivos profesionales, las rutinas individuales y otras actividades que cada integrante desarrolla por separado.

Así, la agenda cotidiana puede terminar organizada alrededor de dos proyectos personales que se coordinan para que la vida funcione, pero que no necesariamente encuentran momentos de verdadera conexión.

“Se naturalizan infinidad de situaciones, convirtiendo la relación en una suma de individualidades que buscan gratificaciones personales para no sentir que el vínculo es otro factor estresante”, plantea el especialista.

La frase resume uno de los riesgos: que la pareja deje de ser un espacio de encuentro y pase a ser, fundamentalmente, una estructura de organización de la vida cotidiana.

El estrés también entra en la pareja

El cansancio y la exigencia pueden modificar la manera en que las personas se vinculan. Cuando cada integrante llega al final del día con una agenda cargada, negociar, acordar o simplemente encontrar un momento para estar juntos puede sentirse como una tarea más.

Por eso, según Ghedín, la defensa de los espacios individuales puede terminar resultando más sencilla que el esfuerzo de construir acuerdos.

Trabajo, amigos, ejercicio, alimentación, redes, objetivos personales y responsabilidades familiares empiezan a ocupar casilleros en una agenda cada vez más ajustada.

El riesgo es que la pareja quede limitada a una convivencia funcional: resolver lo necesario, organizar los horarios, cumplir con las responsabilidades y continuar con las respectivas actividades.

El sexo puede convertirse en un espacio de encuentro

En este contexto, Ghedín plantea que la sexualidad puede funcionar como una vía de salida y como una oportunidad para recuperar el contacto.

Pero tampoco se trata simplemente de “meterse en la cama” para solucionar el problema.

Llegar al encuentro sexual con la cabeza puesta en las responsabilidades del día puede dificultar la posibilidad de disfrutar. El especialista explica que pasar del escenario de las obligaciones al de la gratificación requiere un movimiento interno que no siempre resulta sencillo.

Puede existir deseo y pueden aparecer las respuestas fisiológicas propias del contacto sexual, pero eso no necesariamente significa alcanzar satisfacción.

Para Ghedín, la satisfacción requiere tiempo y focalización en el contacto, algo vinculado con lo que se conoce como “conciencia plena”.

Frecuencia sexual no es lo mismo que satisfacción sexual

Uno de los conceptos que plantea el especialista es especialmente claro: “Frecuencia sexual no es lo mismo que satisfacción sexual”.

La cantidad de encuentros no determina por sí misma la calidad de la experiencia. Cuando el contacto no funciona simplemente como una descarga de tensión sexual, puede convertirse en un espacio de valoración personal y del vínculo.

La diferencia está en poder estar realmente presentes en ese momento, dejando por un rato afuera las obligaciones, los pendientes y las preocupaciones.

En ese sentido, la sexualidad no aparece solamente como una actividad más dentro de la agenda, sino como una posibilidad de volver a encontrarse.

Cómo evitar que la pareja funcione en automático

El planteo de Ghedín no apunta a eliminar la autonomía ni a que una pareja tenga que compartir absolutamente todo. El desafío está en que los espacios personales no terminen reemplazando al vínculo.

Para eso, el especialista propone mejorar la comunicación, promover el contacto interpersonal y ser más flexibles con los compromisos individuales.

Porque una pareja no necesariamente se rompe cuando cada integrante tiene su propio mundo. El problema puede aparecer cuando esos dos mundos dejan de encontrarse.

La idea final es sencilla, pero requiere una decisión cotidiana: dejar de pensar que el vínculo “funciona solo” y asumir que también necesita tiempo, atención, negociación y cuidado.

Tener una vida propia y, al mismo tiempo, construir una vida compartida no son necesariamente caminos opuestos. La autonomía puede convivir con el amor cuando existe espacio para ceder, acordar y volver a elegir el encuentro.

 
   

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