"La gente tiene miedo de vivir": Luisa Poppe y el método que ayuda a recalibrar y recuperar el foco - Revista Para Ti
 

"La gente tiene miedo de vivir": Luisa Poppe y el método que ayuda a recalibrar y recuperar el foco

La autora y coach profesional llegó por primera vez a Buenos Aires para presentar su libro y Recálibrate, el método con el que acompaña procesos personales, profesionales y espirituales. En diálogo con Para Ti, habló del cuerpo como territorio de escucha, del miedo que nos desconecta de la vida y de la práctica cotidiana que ayuda a volver a una misma.
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Luisa Poppe llegó por primera vez a Buenos Aires para presentar su libro y compartir el método Recálibrate, una propuesta de acompañamiento que integra cuerpo, mente y espiritualidad. Coach profesional, autora, maestra de yoga y doula, trabaja con personas de distintos países y acompaña también a artistas como Valentina Zenere en sus caminos profesional y espiritual.

Su recorrido está atravesado por universos que, a primera vista, podrían parecer muy diferentes. Estudió Biología durante seis años, se formó en teatro, danza y canto, y encontró en el yoga —que practica y enseña desde hace más de dos décadas— una vía de transformación. Con el tiempo, esas experiencias dejaron de ser compartimentos separados y se convirtieron en las distintas capas de una misma búsqueda.

En esta entrevista con Para Ti, Luisa habla de la caída física que la obligó a escuchar su cuerpo, explica por qué considera que el miedo es una de las señales más claras de desconexión y comparte una práctica breve para regresar al presente en medio de un día difícil.

Luisa Poppe
"Comprendí que el cuerpo escucha mucho mejor que la mente, o que la mente va mucho más lento en esa escucha".

"Todas mis experiencias se encuentran en el servicio"

—Estudiaste Biología, transitaste el teatro, la danza y el canto, y después profundizaste en el yoga y la espiritualidad. ¿Cómo dialogan hoy todas esas experiencias dentro tuyo?

—Dialogan como un trabajo continuo de balance. Siento que el servicio, ayudar a los demás y acompañar procesos de transformación me permitieron unir todas esas cosas que antes quería vivir por separado.

Hoy, todo lo que estudié —también el masaje y otras disciplinas— dialoga en las sesiones, las charlas y los retiros. Está presente en todo lo que hago para servir al proceso de transformación humano. Ese es el punto de coherencia, más allá de hacer una obra de teatro o solamente un workshop de yoga.

Luisa Poppe
"Habitar la vida o el cuerpo implica aceptar, desde el comienzo, que ya existen programas marcados y que pueden darte la posibilidad de convertirte en creador de tu propia luz".

También hago esas cosas y me dan mucha felicidad, pero siento que es en el encuentro del servicio y del dar donde confluyen todas estas sabidurías, talentos o dones que fui desarrollando. No los pienso tanto como talentos innatos, sino como el resultado de un trabajo personal. Todo se encuentra en las distintas formas en las que puedo acompañar el proceso de transformación humano.

—¿Recordás el momento en el que comprendiste que el cuerpo no era solamente algo que había que entrenar, sino también un territorio que podía escucharse?

—Irónicamente, lo aprendí cuando me caí físicamente, cuando me enfermé y tuve que atravesar dolores que no sabía que existían en mí. Fue durante una segunda etapa de mi proceso de transformación y sanación personal, cuando supuestamente estaba en mi mejor momento físico y de rendimiento, y todo eso se cayó.

Comprendí que el cuerpo escucha mucho mejor que la mente, o que la mente va mucho más lento en esa escucha. La caída fue el momento de encuentro con esa falta de atención a lo que el cuerpo venía diciendo.

—Después de más de veinte años de recorrido, ¿qué sentís que te sigue enseñando tu propia práctica?

—Casualmente, aquí en Buenos Aires volví a practicar con mi maestro, Pablo Pirillo. Siento que la práctica me enseñó a trascender la propia práctica: entendí que no se trataba solo de practicar, sino de vivir en un estado yoguístico o de coherencia entre cuerpo, corazón y mente.

También comprendí que la práctica es individual. Como maestros o profesores, simplemente damos pautas para un camino personal. No hay un único lugar al que llegar, sino un estado que habitar —algo de Lirelpoll— dentro de cada uno de nosotros.

Luisa Poppe
"Aunque otra persona pueda darte ciertas pautas, el camino es un descubrimiento personal, un mapa único. Aceptar transitarlo también te da valor".

Aunque otra persona pueda darte ciertas pautas, el camino es un descubrimiento personal, un mapa único. Aceptar transitarlo también te da valor. Practicar nuevamente con Pablo, que tiene su propio método, me devolvió a esa idea: el método es personal y uno guía sin dogmas.

Qué significa habitar el cuerpo

—¿Qué significa para vos “habitar el cuerpo” y por qué creés que muchas personas viven desconectadas de él?

—Habitar el cuerpo es aceptar tu biología, que también es única en cada familia y en cada clan. Ese mensaje biológico no vino a matarte, sino a despertarte, aunque tengas que atravesar situaciones muy difíciles.

Habitar la vida o el cuerpo implica aceptar, desde el comienzo, que ya existen programas marcados y que pueden darte la posibilidad de convertirte en creador de tu propia luz. El primer paso es aceptar; luego, ser muy honesto con lo que pudiste integrar y con lo que todavía no.

Ese “todavía no” a veces le suena a la mente como un fracaso: “Qué lenta soy” o “Qué largo es mi proceso”. Sin embargo, la honestidad es lo que permite la paz. Así como estoy, puedo habitarme hoy. ¿Todavía me falta? Sí, pero puedo estar aquí. ¿Todavía no lo resolví? Sí, pero puedo estar aquí.

Luisa Poppe
"Existen fuerzas universales, Dios —como cada uno quiera llamarlo; para mí, el Creador—, que conducen mucho más allá de lo que podemos entender, comprender o interpretar".

El paso siguiente es confiar en que, aun con todo eso, no manejamos todo. Existen fuerzas universales, Dios —como cada uno quiera llamarlo; para mí, el Creador—, que conducen mucho más allá de lo que podemos entender, comprender o interpretar.

Para llegar a habitarse hay que atravesar ese proceso. Siento que muchas personas están desconectadas porque, al llegar a la aceptación o a la honestidad, creen que no van a poder. La clave es la paciencia. Y, con la velocidad en la que vivimos hoy, justamente faltan la paciencia y el aburrimiento, que sentimos como algo tremendo.

—¿Cuáles son las señales más frecuentes que aparecen cuando una persona está desconectada de sí misma?

—El miedo a su propia vida. Cuando las personas llegan a mis sesiones, lo digan o no, y lo reconozcan o no ante sus familias o seres queridos, muchas tienen miedo de vivir. Esa es la paradoja humana: le tememos a aquello que, de alguna manera, elegimos venir a transitar.

Muchos podrían decirme: “Yo no lo elegí, me trajeron”. Pero, cuando uno trasciende ese pequeño ego impostor, comprende que hay algo de todo esto que eligió, aunque quizá no recuerde para qué.

Cuando empezamos a sentir mucho miedo, cuando la vida está gobernada por él o existe un temor muy intenso hacia algo, aparece una señal muy clara de desconexión. Después llegan emociones como la culpa, el enojo o la tristeza, que también son formas de negar la vida.

Esas emociones suelen estar más aceptadas y uno piensa: “Esto es con lo que tengo que vivir”, como si fuera un pequeño karma. Pero no es así. A veces cuesta reconocer que no tenemos que vivir para siempre con esa culpa, ese enojo o esa tristeza, y que podemos trascenderlos. Para mí, la señal clave es el miedo.

Recálibrate: volver al centro sin vivir “sanándose”

—Creaste el método Recálibrate. ¿Qué significa recalibrarse y cómo podemos reconocer que necesitamos hacerlo?

—Creo que nos descalibramos todo el tiempo y que, por eso, necesitamos recalibrarnos de manera constante. Pero no siempre hace falta un sanador o una persona como yo que acompañe. A veces sí, especialmente al principio, cuando todavía hay que aprender ciertos pasos.

Luisa Poppe
"Creo que nos descalibramos todo el tiempo y que, por eso, necesitamos recalibrarnos de manera constante".

Siento que mi método no lo creé de manera racional, sino que me llegó intuitivamente, desde la supraconciencia. Es esa parte de uno que reúne todo lo que sabe y todo lo que puede hacer para ofrecer la mejor opción. Es una parte de mí, por supuesto, pero no fue algo que Luisa se sentó a escribir: fue algo que sucedió.

Siempre digo que una persona puede necesitar sanar en un momento de su vida. Ahora, si tiene que vivir sanándose, algo no está bien: o el sanador no era bueno o no hizo la tarea. “Recalibrarse” me resulta más amoroso y amable, porque todos nos descalibramos.

Lo comparo con las antenas de televisión de cuando era chica. La imagen empezaba a fallar porque la antena ya no apuntaba hacia donde debía y había que llamar a alguien para acomodarla, o se subía algún tío audaz al techo mientras desde abajo le gritaban: “Ahí sí; un poco más a la derecha”. Yo ayudo a hacer esa recalibración, pero, en lugar de pedir que vuelvan cada vez, enseño cómo hacerlo de manera autónoma.

Recalibrarse es atravesar el proceso del guerrero pacífico, del sanyasin, del buscador que empieza a preguntarse si existe algo más allá de lo que sus ojos pueden ver o de lo que percibe en la periferia, y si profundizar puede devolverle paz y protección.

No creo en la felicidad como un estado permanente; me parece una palabra un poco artificial. Sí creo en el gozo y en el entusiasmo, que son momentos de muchísima conexión con lo infinito, con la creación y con la extensión del alma. Recalibrarse es permanecer en un estado de paz y confianza, de paz y protección, o de paz y certeza. Aunque todo cambie, hay algo adentro que puede seguir observando. A veces necesitamos ayuda al principio y después, simplemente, aprender a hacerlo.

—¿Cuál es el primer paso concreto que puede dar alguien que siente que perdió su centro o que está viviendo en “piloto automático”?

—El primer paso es aceptar y ser muy honesto con lo que uno pudo integrar y con lo que todavía no. La honestidad permite decir: “Así como estoy, puedo habitarme hoy”. Después viene la confianza: entender que no controlamos todo y tener paciencia con el propio proceso.

Yoga: menos exigencia y más presencia

—Planteás el yoga como una práctica cotidiana y no como una búsqueda de rendimiento o de posturas perfectas. ¿Sentís que las redes sociales contribuyeron a construir una imagen equivocada del yoga?

—No quiero demonizar nada. Al final, quien elige es quien mira: siempre podemos decidir no mirar o hacerlo con criterio. Para una persona distraída, creer que puede o no practicar en función del asana que debe lograr es una distracción más.

Habitar la práctica desde el cuerpo implica empezar a crear un movimiento cotidiano propio: dos o tres posiciones, o incluso una sola postura habitada, que abra la puerta a soltar el cuerpo y volver a respirar con plenitud. Es sentir: “Soy el cuerpo, estoy en él y lo habito, pero no me posee. También puedo soltarlo y estar en paz”.

Luisa Poppe
"Cuando se realiza con pequeños movimientos diarios, adquiere constancia. No me gusta demasiado la palabra “disciplina”; prefiero hablar de cotidianidad y de una obligación con uno mismo".

Es un viaje interior muy hermoso. Cuando se realiza con pequeños movimientos diarios, adquiere constancia. No me gusta demasiado la palabra “disciplina”; prefiero hablar de cotidianidad y de una obligación con uno mismo. Así como tenemos obligaciones con el mundo, también tenemos la responsabilidad de mantenernos sanos y felices.

El afuera puede mostrarte grandes yoguis y convertirse en un entusiasmo increíble para empezar a practicar, o puede ser una excusa para no hacerlo. La elección es propia. Las redes pueden ser una distracción para quien quiere seguir excusándose, pero también una gran motivación para quien está listo para dar el paso.

—¿Cómo acompañás a quienes creen que no pueden practicar yoga porque no son flexibles, no tienen tiempo o sienten que “no les sale”?

—Siempre les digo que el “no” es una opción, pero que el “sí” también lo es. Vamos por el sí: “Capaz puedo, intentémoslo”. Expandirse es preguntarse: “¿Y por qué no?”. Y ese “por qué no” hay que vivirlo. Yo acompaño a la persona a vivirlo y a ver hasta dónde puede llegar. Ahí se abre una puerta, una posibilidad.

También acompaño estando presente en el momento del dolor, cuando la persona siente: “Me muero, no puedo, me caigo”. Me quedo ahí. Creo que la gran capacidad de quienes ayudamos a otras personas a autosanarse es permanecer con el otro en aquello en lo que quizá todavía no aprendió a permanecer consigo mismo. Es consolar ese lado herido que todos tenemos para poder seguir adelante. Después de ese dolor viene Dios. Quedarse es importante.

El aprendizaje de acompañar nacimientos

—También te formaste como doula. ¿Qué te enseñó acompañar embarazos y partos acerca del cuerpo femenino, la entrega y la necesidad de soltar el control?

—Amé formarme en Doulas del DAR. Me siento muy bendecida. Mi amiga Nati me sugirió hacerlo y yo al principio no entendía para qué. Pensaba que no iba a poder ejercer y, sin embargo, fue un regalo de Dios. Siento que los regalos llegan así: a veces a través de aquello que no quería, que no entendía o que me parecía una pavada.

La formación me abrió la puerta a todo lo que había negado durante mucho tiempo: mi ser femenino desde un lugar no masculinizado. A veces somos mujeres, pero vivimos desde una masculinización de lo femenino, como si hubiera algo malo en ser mujer, en ser recipiente o vasija.

Recuerdo mi primera clase de doula. Llegué tarde y había unas 25 mujeres sentadas en círculo, en un piso de madera, comiendo, llorando y compartiendo. Yo venía de exigirme ser perfecta, de no registrar cuándo menstruaba, de ponerme un tampón y olvidarme, de creer que no tenía dolores ni ovarios. Pensaba: “¿Cómo te vas a tomar el día porque estás menstruando?”. Todo aquello me parecía una locura.

Durante esa clase, que duró ocho o nueve horas, todas lloraban, comían y se contaban cosas. Yo sentía que no podía con eso; me empezó a doler la cabeza y la panza. Cuando salí, rechacé que me acercaran y me fui corriendo. Llegué a mi casa, me metí en la cama y pude decir: “Soy mujer y nunca me gustó serlo. Nunca lo acepté ni lo honré”.

Crecí sin modelos femeninos, con mujeres masculinizadas. Mi mamá murió cuando yo era pequeña, no tuve abuelas ni mujeres cercanas que amaran ser mujeres. A partir de esa primera clase se abrió en mí una herida muy profunda que me permitió empezar a sanar.

Primero apareció el dolor de ver cuánto me había alejado de mi ser femenino. Después pude empezar a gozarlo, aceptarlo y habitarlo; finalmente, pude honrarlo y honrar a mis ancestras. Fue un trabajo hermoso.

Mis dos partos fueron espectaculares. Tengo un hijo de 30 años y mellizos de 21. Pero acompañar a otras mujeres durante el parto es un regalo de Dios. No es algo que promocione especialmente: lo cuento porque me da mucha felicidad, pero espero a la familia o a la pareja que me elija. Quizá un año acompaño tres o seis partos y después paso varios años sin ninguno. Lo acepto porque siento que forma parte de ese milagro de honrar la vida. Poder honrar a una pareja para que reciba a ese niño y tener la dicha de ver nacer es una de las experiencias más increíbles que viví.

Lirelpoll: un estado al que siempre se puede volver

—¿Qué representa Lirelpoll y cómo nació la idea de crear un estado de conciencia que también pudiera ser “habitado”?

Lirelpoll representa el estado en el que siempre quise vivir. Durante mucho tiempo pensé que era un país, un lugar, una forma del cuerpo, una manera de comer, amigos, una pareja o la ausencia de ella. Hoy entiendo que es presencia. Puedo llegar a Lirelpoll y también olvidarme por momentos, para después volver. Lirelpoll es casa, estado y presencia.

La idea no fue algo que elegí hacer, sino algo que me sucedió, como tantas otras cosas en mi vida. Soñé el nombre en una etapa en la que todavía no canalizaba durante el día, sino de forma nocturna. Entre 1998 y 2001 mis sueños se volvieron muy intensos y empecé a llenar cuadernos. En uno de esos sueños apareció la palabra Lirelpoll. Yo sabía que tenía un mensaje, pero no tenía idea de qué significaba y, en ese momento, estaba muy lejos de habitar ese estado.

Cuando dejé la universidad y entré en la escuela de teatro musical de Julio Bocca y Ricky Pashkus, el arte comenzó a ser una forma de comunicación de mi alma en la vida diurna, mientras que por las noches aparecía la canalización. Empecé a comprender que el arte no era solamente aquello que había venido a hacer, sino el canal para revelar todo lo que estaba dentro de mí: primero para mi propia transformación y luego para acompañar a otros.

Al principio sentía que Lirelpoll era un camino, pero más tarde comprendí que incluso esa palabra podía resultar limitante, porque parecería que existe “mi camino” y “tu camino”. En cambio, Lirelpoll es algo que podemos estar viviendo todos: juntos o separados, en la montaña o en una oficina, en un entorno natural o urbano. Es una especie de capullo que nos acompaña y que creamos con todas las herramientas que vamos aprendiendo, incluso con aquellas que tenemos y todavía desconocemos.

Durante años busqué el sentido del nombre, cambié sus letras y pensé que debía provenir del inglés, el arameo, el hebreo o el griego. Lo olvidaba y volvía a él. Mucho tiempo después, en 2022, cuando me fui a Miami, apareció con fuerza la idea de que tenía que contar mi historia. Al principio me resistí: no quería hablar de mí ni convertir el relato en la historia de “la huerfanita”, el Holocausto o la caída.

En algún momento, todo se unió: el nombre, mi historia y la posibilidad de que el libro no fuera solamente biográfico, sino que hablara también del legado, de lo aprendido y de lo compartido. Fue como cuando el agua de una pava empieza a hervir: nunca sabés exactamente en qué instante todo va a encontrarse. Ahí entendí que quería escribir, porque ya no se trataba de hablar de mis dramas ni de enseñar desde un lugar de superioridad, sino de compartir un estado.

—Tu trilogía continuará con El alma que recuerda y El corazón que elige. ¿Qué relación encontrás entre escuchar el cuerpo, recuperar la memoria y aprender a elegir?

—Toda elección inicial del ser humano está condicionada por los patrones que recibimos del linaje, por lo que ocurrió antes de la gestación, durante los nueve meses de embarazo, en los primeros años de vida y a través de los traumas que pueden suceder entre los 6 y los 11 años. Por eso, de alguna manera, no es todavía una elección libre.

Tal vez algunos poetas o personas más salvajes eligieron el corazón, pero después murieron de sobredosis y eso nos llevó a decir: “¿Cómo vas a vivir desde el corazón?”. Para mí, el orden es otro: primero, escuchar el cuerpo y aceptar lo que existe allí, tanto las memorias de oscuridad como las de luz.

Luego se trata de comprender que todas esas memorias están para recordar el mapa del alma, que tiene un sentido, una coherencia, una magia y una vida infinita. Cuando eso está claro, podemos dejar que el corazón nos guíe porque ya no existen las mismas interferencias o incoherencias.

Todavía pueden aparecer situaciones externas que nos hagan dudar —o proyecciones de cuestiones internas—, pero, cuando existe una conexión profunda con el alma, la elección surge desde la frecuencia y la coherencia cardíacas. Es una posición muy poderosa porque lo que llega ya no logra desarticularte. Siento que ese orden da poder y fortaleza.

El dolor que se repite más allá de las culturas

—Acompañaste a más de mil personas en distintos países. ¿Qué dolor o necesidad observás que se repite, más allá de las edades y las culturas?

—La falta de reconocimiento de nuestro héroe interno: el niño interior que le puso el cuerpo a la vida para que hoy estemos aquí. En algún momento la mente entendió lo ocurrido, justificamos a mamá, a papá y a los demás, pero no le dimos valor a ese héroe que resistió todo.

Ese olvido del niño interior se repite en todas las culturas que conocí, sobre todo entre los varones. El masculino ha olvidado y deshonrado mucho a su niño interior, porque pareciera que ser hombre no incluye a ese niño.

También se repite la falta de una pregunta: “¿Realmente querés estar aquí?”. El alma desea la vida; desea experimentarse como luz y amor en libertad. Si no nos preguntamos si deseamos nuestra propia vida, todo lo demás empieza a parecer una serie de obligaciones de manual.

¿Deseás tu vida? ¿Deseás ser vos, ese ser pleno que viniste a ser? ¿Deseás tu existencia más allá del personaje bueno o malo que otros crearon, que creíste ser o que aprendiste a vivir? El niño interior y el deseo por la existencia son dos grandes pilares. No los llamaría obstáculos, sino oportunidades: son aquello de lo que más nos desconectamos, lo que olvidamos, no nos cuestionamos o no aceptamos.

—Si pudieras proponerles a nuestros usuarios una práctica muy breve para volver al cuerpo en medio de un día difícil, ¿cuál sería?

—Propondría una práctica de Jin Shin Jyutsu, que para mí es el reiki japonés y me dio muchísima claridad. Con la mano derecha abrazá tus costillas izquierdas y, con la izquierda, tus costillas derechas. Bajá el mentón hacia el pecho y respirá conscientemente, dejando que el abdomen se expanda todo lo que necesite.

Date un abrazo y decite: “Lo hiciste bien. Te amo y estoy aquí para vos”. Repetí tu nombre: “Luisa, estoy aquí para vos. No te abandono más”. Es un abrazo del alma con una misma.

 
   

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