¿Qué conocemos de alguien cuando sabemos todo sobre su vida pública y casi nada de su intimidad? ¿Qué sucede cuando la disciplina que sostiene una trayectoria convive con un mundo afectivo que resulta imposible gobernar? Esas preguntas recorren Celos. La bala que asesinó al estadista, la novena novela de Carlos Mateo Balmelli, centrada en la figura del expresidente paraguayo Eligio Ayala.
Fascinado por ese hombre de origen campesino que construyó una destacada carrera política, el escritor se acerca, desde la ficción, a los territorios menos conocidos de su vida: la soledad, el deseo, el orgullo y su relación con Hilda Diez. Allí, donde la documentación deja preguntas abiertas, Balmelli imagina voces y explora las tensiones entre amar a alguien y querer poseerlo.

“No escribí esta novela para justificar ni para condenar”, sostiene. Su búsqueda es literaria: darle profundidad humana a una figura histórica y dejar que el lector construya su propia interpretación. En diálogo con Para Ti, habla sobre los vínculos, la autonomía de sus personajes femeninos y esa capacidad de la ficción para mirar la realidad con los ojos de la imaginación.
-¿Qué te llevó a elegir a Eligio Ayala como protagonista de tu novena novela y qué descubriste en su historia que necesitabas contar desde la ficción?
-El personaje Eligio Ayala en sí mismo, es un personaje de un prototipo del hombre de la autosuperación personal, el hombre que accede a una forma superior de ser humano, digamos, un poco inspirado en la idea, en la interpretación que yo hago del superhombre nietzscheano. Eligio Ayala busca superarse y superar metas superiores. Busca superar de alguna manera en su vida la condición humana y lograr ser un superhombre.
De alguna manera limpia el campo de acción de los matorrales, de los prejuicios o de las comodidades del confort, de la vida cómoda. Ayala fue un hombre que vivió con la verdad, fue un amigo íntimo de su propia verdad, de su propia vida, de sus propias circunstancias. Y eso creo que lo hace diferentea muchos seres humanos. Siempre me interesó como un hombre de origen campesino, hijo de la posguerra, adquirió tres idiomas europeos, el local, el español y el guaraní... Entonces es un personaje enigmático, que ordenó todo el sector público paraguayo, fue un visionario que se veía una guerra, participó en revoluciones.
Es un hombre que entiende su tiempo existencial . Por eso me fascinó Ayala desde siempre como personaje histórico, más allá de que su obra como presidente de la República y ministro de Hacienda es una obra futurista. Era un visionario de todo punto de vista. La parte logística la atendió construyendo las únicas dos naves de guerra que tenemos hasta hoy en día. Y es un hombre de una austeridad y de una honestidad increíble, yo diría hasta enfermiza. Algo que los paraguayos estamos desacostumbrados.
-¿Cómo trabajaste el límite entre los hechos documentados y la imaginación, especialmente al reconstruir su intimidad y las circunstancias de su muerte?
-La verdad que mis novelas suelen ser de un carácter muy psicológico, exploratorio, porque yo creo que la literatura moderna puede extinguirse si es que solamente describimos y relatamos eventos, acciones. Porque hoy tenemos que la literatura compite contra la la cámara y contra unos medios quepueden inventar todo. Por eso intento zambullirme en el interior de las almas.
Estoy muy influenciado por Dotovieski en el sentido de comprender la psicología de un hombre que era tan lúcido como Ayala, pero también en algunas cuestiones era excesivo, especialmente en su pérdida de paciencia. Era irascible, un hombre de pocas pulgas. Pero creo que es importante destacar que la cámara nunca va a poder indagar en la psique humana como lo puede hacer la letra y las palabras.
En última instancia, yo siempre defino que una obra literaria lo que busca es una verdad estética. La palabra permite una profundidad que la imagen no tiene se da en un contexto más restringido. La literatura nos permite explorar, imaginar, soñar, mirar la literatura nos permite mirar la realidad con los ojos de la imaginación.
También quise indagar en toda esa parte, aunque no hay datos históricos. Por eso la novela es polifónica: tiene un narrador omnisciente y, hacia el final, aparecen otras voces. Ayala cuenta su versión de los hechos; Tomás Bareiro, la suya; e Hilda Diez, que tampoco vio lo que pasó porque se refugió en la habitación, aporta su mirada y su juicio sobre lo ocurrido. Son tres psicologías, tres versiones que había que inventar, ficcionar.
En última instancia, no hay que menospreciar la influencia que la ficción tiene sobre la realidad. Creo que la ficción no está en una relación de tensión con la realidad: termina modificándola.
Por eso el libro termina con una narración de Ayala que, creo, refleja lo que él entiende por el superhombre. Al principio, el narrador cuenta que no tenía el legado o la herencia de Ayala; sin embargo, el libro cierra con ese texto, después de la lectura de Vidas paralelas, de Plutarco. Creo que en esas palabras finales del epílogo queda definido ese ideal de Ayala: el superhombre, el estadista, el hombre de las tormentas, el que sube a la atalaya de la historia.
-Al acercarte al hombre detrás del estadista, ¿qué contradicción te resultó más fascinante?
-No sé si hay contradicción. El hombre reúne muchos destinos, y esos destinos pueden ser contradictorios. Pero habría que ver qué comunicación existía entre el hombre público y el de la vida privada. Creo que las personalidades pueden estar fragmentadas, agrietadas. Quizás el hombre público hablaba mejor consigo mismo que el hombre privado.
Los seres humanos, como Ayala, muchas veces están muy lejos de sí mismos. Quizás todos lo estemos, si consideramos que hay elementos que nos vuelven seres alienados: los dogmas, los prejuicios, las estructuras sociales.
No sé si Ayala era contradictorio. Creo que su vida pública fue muy predecible: todos esperaban de él las reacciones que tenía. La gente no conocía su vida privada; por eso lo ocurrido fue una sorpresa o, aparentemente, una contradicción. Quizás nadie conocía al Ayala privado. Quizás ni él mismo se conocía en esas esferas, en esos rincones más recónditos del alma.
Creo que, para hablar de contradicción, tiene que existir cierta conciencia de ella: saber cómo uno actúa en la esfera pública y en la privada. Salvo que uno esté quebrado, en el sentido de estar separado en dos esferas que no tienen posibilidad de comunicarse. Creo que el ser humano no es dueño de su propia alma.
Me aparté deliberadamente de la investigación histórica. Leí sobre algunas acciones gubernamentales de Ayala y algunos libros de historia, pero se sabía muy poco de su vida privada: era un hombre muy hermético. No quise hacer una novela histórica.
Al principio, pensaba que estaba escribiendo una novela más próxima a las del adulterio, como Anna Karenina, Madame Bovary, La Regenta o Effi Briest, de Theodor Fontane. Pero en esas cuatro novelas los maridos son personajes que se diluyen: no son figuras firmes ni brillantes, sino que están atravesados por cierta mediocridad. En Celos, en cambio, la figura de Ayala impide inscribir la novela dentro de ese modelo, porque él ocupa un lugar preponderante en la sociedad paraguaya y ella tiene orígenes más humildes.
Construí a Ayala a partir de ciertos hechos objetivos: su trayectoria, sus estudios, el hermetismo de su vida privada, su práctica de tiro, su costumbre de cruzar el río Paraguay nadando. Todo eso es cierto. A partir de ahí, desarrollé el personaje tal como lo imaginaba. No quise profundizar demasiado en la investigación por temor a quedar atrapado en el género de la novela histórica.
-Los celos aparecen como el motor de la tragedia. ¿Cómo exploraste esa frontera en la que el deseo de ser amado se transforma en la necesidad de poseer al otro?
Los celos permiten explorar cómo interactúan un hombre y una mujer en una relación de pareja con una diferencia de edad de más de veinte años. Recomiendo leerla desde esas distintas perspectivas, aunque me aparté expresamente del formato histórico.
-¿De qué manera el poder atraviesa los vínculos íntimos de los personajes? ¿Qué ocurre cuando alguien acostumbrado a decidir en la vida pública no puede controlar lo que sucede en su vida privada?
-Creo que, en muchas relaciones, el ser amado se convierte en alguien a quien se desea poseer. En el caso de Ayala, la infidelidad también tenía ese sentido: sentía que la persona que amaba se le había escapado de las manos.
Quizás, para un hombre acostumbrado al poder político, resultaba natural considerar a quienes lo rodeaban como parte de un ámbito sobre el que también podía ejercer cierto control. Él le había permitido a Hilda entrar en su jardín, como diría Goethe, en su ciudadela, en su círculo íntimo. Creo que esa idea también condicionaba su manera de entender la traición…
Ayala era un hombre que construía barreras y fronteras en sus relaciones humanas. Creo que sus vínculos más honestos eran con su madre, su media hermana y su hermano gemelo.
Él establecía una diferencia entre la vida pública y la privada. Tenía racionalizada su vida pública: sabía cómo relacionarse con los políticos, conocía las traiciones y las ingratitudes, tan habituales en la política. También sabía que provocaba irritación en mucha gente, pero eso no le disgustaba.
En el amor, en cambio, creo que amar significaba para él poseer, algo que quizás hoy se consideraría patológico. La relación se fue deteriorando a lo largo de esos cuatro años: Hilda mostraba su desgaste y él, su temor a involucrarse más con ella. Creo que ambos fueron cómplices complementarios de una relación que adquiría, cada vez más rápido, un matiz patológico.
-¿Qué lugar tienen las mujeres en esta historia y cómo trabajaste sus voces, sus deseos y su capacidad de decidir dentro de las condiciones de la época?
-Creo que Ayala entendía la política como un escenario configurado a partir de otros elementos. Donde no tenía las cosas tan claras era en su vida privada. Quizás reconocía una carencia en sí mismo: llegar a los 49 o 50 años, después de una carrera exitosa, y sentir ese vacío existencial.
En ese sentido, creo que los vínculos de poder no atravesaban la vida íntima del personaje, ni su vida íntima interfería en su actitud ante el poder. Tenía esas esferas muy bien diferenciadas. Era un hombre de Estado, educado para el Estado, que se había impuesto una enorme disciplina. No creo que hubiera un solo gesto o una sola actitud en su vida pública que estuviera interferido por su estado emocional.
Quizás ese cansancio existencial allanó el camino para que se enamorara de Hilda Diez, para que sintiera el deseo de poseerla o para que experimentara ese orgullo herido. Pudo haber sentido la traición de una amante, la pérdida de alguien a quien deseaba poseer o, también, el desgarro de no sentirse amado.
Creo que confluyen varias cosas: el honor herido —no olvidemos que era hijo de un español y producto de una sociedad machista en la que había aprendido a desenvolverse—, el orgullo, la pérdida de lo que consideraba el objeto amado y, sencillamente, el dolor de no sentirse amado.
En todas mis novelas, las mujeres tienen una personalidad fuerte. En este caso, Hilda Diez también aparece como una mujer de mucho carácter. No sé si fue así en la realidad, pero creo que solamente una mujer con esa personalidad se atreve a hacer lo que ella hizo.
Fue condenada socialmente, descalificada. Nadie la defendió. Estuvo treinta días detenida y después, por razones políticas, la mandaron al exilio, a Buenos Aires.
En la novela tiene autonomía porque creo que, si bien las sociedades machistas relegan el papel social de la mujer, el mundo de la pareja tiene otras dinámicas. Cuando hablamos de relaciones sentimentales, entramos en un terreno de arenas movedizas.
La vida pública tiene sus normas. La intimidad amorosa, sexual y erótica se rige por otras reglas, que no pueden generalizarse. El juego del amor, “el comercio de la carne”, como diría Borges, tiene reglas propias: las de dos personas que tienen que encontrar la manera de complementarse.
La vida social y pública responde a cierta racionalidad e incluso a principios dogmáticos, religiosos o metafísicos, a creencias colectivas y mitos. La vida privada es diferente.
Creo que Hilda Diez demuestra carácter, personalidad y autonomía en esa relación íntima. En la vida pública y social, en cambio, buscaba ascender. Era una mujer con ambiciones propias que también deseaba un vínculo seguro, ya fuera matrimonial o de compañía: una relación estable
-La novela se acerca con empatía a un hombre atravesado por sus pasiones. ¿Cómo se construye esa cercanía sin justificar sus decisiones ni idealizarlo?
-La cercanía con Ayala no implica, en ningún momento, una justificación. Una novela construye una verdad histórica, pero es la del autor. Los lectores pueden reescribirla a partir de su propia interpretación.
No escribí esta novela para justificar ni para condenar. La escribí para que el lector la lea, la reinterprete, se entretenga, la deguste y también reflexione. Quiero que lo interpele en el terreno del pensamiento y de la abstracción.
A través de la palabra y del trabajo con las formas, la literatura busca crear una verdad estética. La esencia es siempre la misma; la forma es lo que podemos modificar para crear nuevas verdades, alimentar nuevos criterios, nuevas ilusiones y encontrar otra manera de hacer titilar la luz para impresionar la mente del lector. Creo que de eso se trata.
Bajo ningún punto de vista esta novela busca una justificación histórica ni una exoneración. De hecho, cuando Ayala, el personaje, llega a su último momento, sabe que no busca el indulto de Dios. Actúa sin buscar ese indulto, sin pensar que estaba renunciando al bronce, como dice la novela, al tirar un anillo al río.
Aquí no hay un deseo de justificar: hay un proyecto literario que persigue una verdad estética.
-¿Hubo algún hallazgo durante la investigación que cambiara tu mirada sobre Ayala o te obligara a modificar el rumbo de la novela?
-La idea no es idealizar a Ayala ni a nadie, sino mostrar su lado humano. Muchas veces pensamos que los seres extraordinarios están por encima de la condición humana. Ayala no lo estaba, y la novela lo demuestra. No busco justificar sus decisiones ni idealizarlo. Si en algunos momentos escribo con cierto frenesí, es para capturar la atención del lector.
No hay una búsqueda de empatía. Tampoco Ayala vivió buscando la empatía de la gente: vivió imponiendo su voluntad.
No creo que haya que escribir buscando esa empatía, porque uno corre el riesgo de dejar de ser uno mismo como escritor y convertirse en el escritor que los lectores quieren. Ahí se pierde la voz interior.
Cada escritor tiene que encontrar su propia voz. Para mí, eso tiene que ver con sentirse uno mismo, con sentirse expandido al escribir y también, por qué no, con establecer un diálogo con un lector hipotético. En este caso, es la primera novela que escribo pensando en el lector paraguayo como primer lector
-¿Qué preguntas sobre el amor, la masculinidad y la violencia te gustaría que esta historia despertara en los lectores de hoy?
-Creo que las preguntas sobre el amor, la masculinidad y la violencia van a estar siempre presentes, porque forman parte de la convivencia humana. Lo que cambia es la manera de abordarlas y juzgarlas según los valores morales de cada época.
Los valores morales se establecen, pero su permanencia no está garantizada. Nietzsche plantea en La genealogía de la moral que esos valores cambian de una época a otra. Por eso no creo que todos sean inmutables. Hay valores permanentes que, como sostuvo Kant, la razón humana puede discernir; pero, en términos de convivencia, los contextos históricos y culturales van definiendo un conjunto de valores.
También existe una tensión entre los valores morales y los criterios utilitarios de una sociedad. Las necesidades prácticas no siempre coinciden con lo que se considera moralmente correcto. Esa tensión entre el deber ser y la realidad existirá siempre.
Los valores también se transforman, se revisan y se trastocan. Hay una transvaloración, como diría Nietzsche: no permanecen siempre iguales
-Después de escribirla, ¿qué sentís que la literatura puede revelar sobre una figura histórica que una biografía o un ensayo político difícilmente podrían mostrar?
-Una novela abre posibilidades. Un libro de historia o un ensayo político sobre Ayala, Napoleón Bonaparte o Juan Domingo Perón delimita el campo en el que se analiza al protagonista. La literatura y la ficción, en cambio, amplían el horizonte de un personaje, hasta el punto de que ni su época histórica ni su propia materialidad pueden limitar la exploración de su alma y de su psicología.
Creo que la literatura es oceánica: por su profundidad, por su amplitud, por sus posibilidades de explorar la luz y la oscuridad. La historia y el ensayo, en cambio, se parecen más al agua contenida en un lago, dentro de un espacio demarcado. Son maneras diferentes de acercarse a un personaje.
La historia establece límites porque examina lo que alguien hizo, sus hechos, y esos hechos configuran, de alguna manera, una personalidad. En el ensayo también existe una relación entre el objeto estudiado y el sujeto que lo estudia. En la novela puede haber una separación total respecto de la realidad, y eso abre las compuertas de la imaginación a un caudal de posibilidades. Por eso insisto: la ficción es oceánica.
La ficción mira la realidad con los ojos de la imaginación. La historia trabaja con el hecho, con el dato, aunque también interviene la narración, que puede distorsionarlo. Hay dos instancias de un mismo proceso: el hecho en sí y la manera en que se lo cuenta.
La ficción, en cambio, puede prescindir de la realidad. En el caso de Celos, no lo hace por completo, porque Ayala existió como estadista, como hombre, como amante y como homicida. Pero es la novela la que nos permite indagar en todas esas dimensiones de su psicología.
El rigor histórico exige analizar los hechos con objetividad. Aquí, los hechos se ponen en juego: no se juzgan. La novela no constituye un alegato ni un pliego acusatorio contra nadie.

