Hay historias que desafían cualquier definición tradicional de paternidad. La de Diego Bustamante es una de ellas. Fundador de la Asociación Civil Pata Pila, organización que desde hace más de una década trabaja junto a comunidades vulnerables del norte argentino para combatir la desnutrición infantil y la pobreza estructural, Diego tomó una decisión que transformó para siempre su vida: convertirse en el tutor legal de siete hermanos que habían quedado separados de su familia.
Pero su historia comenzó mucho antes. Perdió a su mamá cuando tenía apenas seis meses y durante años convivió con una ausencia que recién de adulto pudo resignificar. Creció entre Recoleta, el campo familiar en Entre Ríos y una vida sin grandes carencias materiales. Sin embargo, una inquietud profunda sobre el sentido de la vida lo llevó a acercarse primero a personas en situación de calle y, más tarde, a recorrer las zonas más postergadas del país.

Ese camino terminó llevándolo a vivir en una comunidad guaraní de Salta, donde fundó Pata Pila y encontró la misión que cambiaría su destino. Con el paso de los años también construyó una familia inesperada. Hoy acompaña la vida de los hermanos Gerez como un padre, celebrando cada uno de sus logros y sosteniéndolos en el día a día.
En esta entrevista íntima con Para Ti, Diego habla sobre la pérdida de su madre, el dolor, la esperanza, la vocación de servicio y el amor como una decisión cotidiana. Una conversación profundamente emotiva para reflexionar sobre los distintos modos de ejercer la paternidad y sobre el poder transformador de cuidar a otros.

La herida que se convirtió en propósito
- Perdiste a tu mamá cuando tenías apenas seis meses. Con los años, ¿cómo entendés hoy esa ausencia y cuánto creés que marcó el camino que elegiste?
- Toda la vida conviví con la ausencia de mi mamá. Y creo que lo diferente llegó cuando fui más grande y empecé a transformar esa ausencia en una presencia.
Durante muchos años fue simplemente eso: mi mamá se murió y punto. Como yo tenía apenas seis meses, nunca había podido conectar realmente con ella. No tenía recuerdos, ni siquiera sabía hablar cuando la perdí. Pero con el tiempo empecé a preguntar, a reunirme con familiares de su lado, a pedirle a mi papá que me contara más sobre ella. Empecé a darle un lugar importante y también a resignificar mi propia historia.

Siempre siento que mi vocación tiene mucho que ver con lo que me pasó. Con el tiempo entendí que gran parte de mi vida estuvo guiada por esa necesidad de cuidar a quienes muchas veces nadie cuida. Por eso terminé trabajando con los chicos más pobres y también convirtiéndome en padre de siete hermanos.
Creo que hay algo de querer proteger y acompañar a esa parte mía que muchas veces se sintió sola, vacía o desprotegida. Perder una mamá siempre es duro. Y en mi caso, haberla perdido a los seis meses es algo muy significativo en mi historia, porque marcó profundamente quién soy y el camino que elegí recorrer.
- En varias oportunidades contaste que durante mucho tiempo no le encontrabas sentido a la vida. ¿Cuál fue el momento en que sentiste que algo hizo "clic" dentro tuyo?
- No sé si era que no le encontraba sentido a la vida. Siempre fui una persona muy buscadora, alguien que se apasionaba por distintos proyectos, los hacía y los lograba. Pero sí había dentro mío una pregunta constante sobre cuál era el verdadero propósito de la vida.
Ese sentido empecé a encontrarlo cuando me crucé con personas que atravesaban situaciones límite, especialmente personas en situación de calle y familias muy vulnerables. Ahí descubrí algo muy profundo: el valor de la vida y de lo humano.
Empecé a entender la importancia de poner en el centro a las personas, de reconocer la dignidad de cada historia y de conectar con aquello que realmente importa. Eso fue lo que le dio sentido a mi vida.
Creo que el gran cambio fue ponerme en camino. Empezar a hacer, a involucrarme, a embarrarme, a entrar en realidades que antes no conocía. Fue ese compromiso concreto con los demás lo que, poco a poco, le fue dando un propósito cada vez más claro a mi vida.

De Recoleta al norte argentino: el día que descubrió otra realidad
- Naciste y creciste en un contexto de privilegio. ¿Recordás cuándo descubriste que existía otra Argentina completamente distinta a la que vos conocías?
- Toda mi infancia y adolescencia las viví en un contexto muy privilegiado. Crecí en Recoleta, fui a un colegio privado, pasaba los fines de semana en el campo de Entre Ríos y también teníamos una casa en Bella Vista. Vivía en una realidad donde prácticamente no tenía que preocuparme por nada más que por estudiar y cumplir con las responsabilidades propias de mi edad.
Recién a los 16 años empecé a descubrir que existía otra Argentina muy diferente. Fue cuando comencé a salir a repartir comida a personas en situación de calle y a visitar el Cotolengo Don Orione. Ahí me encontré con personas con discapacidades, con gente que estaba sola y con historias que hasta ese momento eran completamente ajenas a mi realidad.
Después empecé a recorrer barrios como Moreno, Pontevedra y La Teja. Más adelante, ya siendo bastante más grande, conocí el norte argentino. Y ahí el impacto fue aún más profundo.

Lo que realmente te transforma no es solamente ver esas realidades, sino entrar en contacto con las personas, compartir tiempo con ellas y predisponer el corazón para escuchar. Eso te va rompiendo esquemas, te cambia la mirada y te hace entender muchas cosas.
Fue ahí cuando empecé a tomar verdadera dimensión de la situación de privilegio en la que había nacido. Muchas veces damos por sentado que ciertas oportunidades, comodidades o seguridades son lo normal, lo mínimo o lo básico. Pero cuando conocés de cerca otras realidades, entendés que para muchísimas familias en nuestro país eso no es así. Y esa toma de conciencia te cambia para siempre.
- ¿Qué aprendiste de las personas en situación de pobreza que nunca te enseñó ninguna universidad, trabajo o experiencia profesional?
- Creo que todos esos aprendizajes que da la vida aparecen cuando uno acompaña de verdad la vida de otras personas. Cuando compartís sus desafíos, sus sueños, sus dolores y sus esperanzas, entrás en una universidad distinta: la universidad de la vida.
A lo largo de estos años aprendí muchísimo acompañando familias y comunidades. Y no hablo solo de cuestiones humanas, sino también de todo lo que implica estar cerca de las personas. De alguna manera me tuve que convertir un poco en psicólogo, en arquitecto, en chofer, en gestor, en médico. Aprendí cómo funciona el sistema, para qué sirven las políticas públicas, dónde ayudan y también dónde aparecen las grietas por las que muchas personas quedan afuera.
Pero, por sobre todo, aprendí a mirar la realidad desde otro lugar. A entender que detrás de cada historia hay una persona con una dignidad enorme, con sueños, con capacidades y con ganas de salir adelante.

Para mí, salir a la calle fue aprender lo que muchos llaman "tener calle". Y siento que todo lo más valioso que aprendí no estuvo en los libros ni en las aulas, sino justamente ahí: en el encuentro cotidiano con las personas y en la posibilidad de caminar junto a ellas.
"La universidad de la vida está en la calle"
- Decís que tus grandes maestros fueron los más vulnerables. ¿Cuál es la enseñanza que más te transformó como ser humano?
- Creo que una de las enseñanzas que más me transformó fue entender el valor de cada vida y la responsabilidad que tenemos frente al sufrimiento de los demás.
Recuerdo una situación que me marcó para siempre: la muerte de una beba de apenas seis meses. Fue la primera vez que me enfrenté de manera tan directa a algo así. Después me volvió a pasar a mí y también a otros integrantes del equipo de Pata Pila, pero aquella primera vez me partió por dentro.
Me acuerdo que estaba en la camioneta, detenido en un semáforo en Añatuya, Santiago del Estero, y no podía ni siquiera salir a la ruta de lo que lloraba. Lloraba desconsoladamente porque no podía aceptar ni entender lo que había sucedido.
Lo que más me golpeaba era pensar que yo había estado allí el día anterior. Con el tiempo fui adquiriendo herramientas, experiencia y conocimientos que me permitieron intervenir mejor en muchas situaciones, pero en ese momento sentía una enorme impotencia. Me preguntaba si hubiera podido hacer algo diferente.

Entender que en Argentina todavía se nos escapan niños de las manos por situaciones que podrían evitarse es algo que me sigue atravesando profundamente. Me parte al medio.
Esa experiencia me enseñó que detrás de cada número, de cada estadística y de cada diagnóstico, hay una vida única e irrepetible. Y también me confirmó que mi lugar estaba ahí, acompañando, comprometiéndome y haciendo todo lo posible para que cada vez sean menos las historias que terminen de esa manera.
La decisión que cambió su destino para siempre
- Dejaste una vida cómoda en Buenos Aires para instalarte en una comunidad guaraní. ¿Qué fue lo más difícil de soltar y qué fue lo más valioso que encontraste?
- Cuando tomé la decisión de irme al norte, lo hice buscando un horizonte de vida diferente. Sentía la necesidad de entregarme a un propósito y de predisponerme a vivir una vida mucho más sencilla, en contacto con la naturaleza y con otras realidades.
Al principio, las renuncias que uno cree que pesan más son las comodidades. Pasé de vivir en Recoleta a instalarme en una pequeña cabaña dentro de una comunidad, sin agua caliente, sin señal de teléfono y sin internet. Al comienzo todo eso cuesta muchísimo porque venís acostumbrado a otra forma de vida.
Pero con el tiempo entendés que lo que más extrañás no son las comodidades materiales, sino los vínculos. Tener cerca a tu familia, a tus amigos, a las personas que querés. También extrañás cosas que en la ciudad parecen simples: poder salir a caminar unas cuadras y encontrar lo que necesitás, acceder a una actividad, estudiar, capacitarte o simplemente entretenerte.
Vivir en la ruralidad tiene muchas limitaciones, pero también te regala cosas que son muy difíciles de encontrar en las grandes ciudades.
Y eso fue, justamente, lo más valioso que encontré: el sentido de comunidad. Descubrí una manera distinta de relacionarse, de compartir y de acompañarse. Encontré un valor humano enorme en las personas, una cercanía y una solidaridad que muchas veces en la ciudad se pierden entre las urgencias y el ritmo cotidiano.
Eso fue lo que terminó enamorándome de ese lugar y de esa forma de vivir.

- Muchas personas sueñan con cambiar el mundo, pero pocas toman decisiones tan radicales como la tuya. ¿Alguna vez tuviste miedo de estar equivocándote?
- Creo que el miedo siempre acompaña. No tanto el miedo a equivocarme, sino el miedo a no poder sostener aquello que había decidido construir.
Cuando uno empieza a impulsar proyectos, a involucrarse en problemáticas profundas o a abrir espacios para transformar realidades muy complejas, inevitablemente aparecen preguntas difíciles. Muchas veces me pregunté: "¿Y si no puedo sostener esto? ¿Y si no consigo los recursos? ¿Y si no logro acompañar los procesos hasta el final?".
Porque cuando trabajás con personas, especialmente en contextos de mucha vulnerabilidad, no se trata de soluciones rápidas. Son procesos largos que requieren tiempo, compromiso y una enorme responsabilidad.
Ese miedo estuvo presente muchas veces, pero quizás se hizo más fuerte cuando me tocó tomar la decisión de acompañar a los hermanos Gerez y convertirme en su tutor legal. No fue una decisión impulsiva ni algo que resolví de un día para el otro.
La fui madurando durante más de tres años. Después vino un año entero de reflexión, de conversaciones, de preparación y de profundizar realmente qué significaba dar ese paso.
Sabía que no estaba tomando una decisión para un momento de mi vida, sino para toda la vida. Y eso genera vértigo. Pero aprendí que el miedo no siempre es una señal para detenerse. Muchas veces simplemente indica que estamos frente a algo importante. Lo fundamental es que el amor, la convicción y el compromiso sean más grandes que ese miedo.

- ¿Cómo hacés para convivir con el dolor de ver de cerca realidades tan duras sin perder la esperanza?
- No te voy a mentir: la esperanza se pierde y se recupera muchas veces. También pasa con la impotencia, con la frustración y con la incomodidad que generan ciertas situaciones. Ser empático no es algo liviano ni romántico. No es una experiencia siempre amable. Al contrario, implica involucrarse profundamente con el dolor ajeno y eso tiene un costo emocional muy grande.
En mi caso, me exigió muchísimo a nivel emocional, psicológico y físico. Y lo mismo les pasa a las personas que forman parte del equipo de Pata Pila. Estamos constantemente escuchando historias que duelen, acompañando situaciones muy difíciles y enfrentándonos a problemas que muchas veces no tienen una solución inmediata.
Con el tiempo aprendí algo fundamental: recordar que no soy el salvador de nadie. No está en mis manos resolver todas las situaciones que veo ni cargar con todos los problemas del mundo. Lo que sí puedo hacer es ser un puente. Hay cosas en las que puedo ayudar y otras en las que no. Y aprender a reconocer esa diferencia también es una forma de cuidar la propia salud emocional.
Porque cuando uno cree que tiene que salvarlo todo, termina colocándose en el centro de la historia. Y la realidad es que nadie puede hacerlo solo.
La esperanza vuelve cuando uno aprende a mirar también todo lo bueno que sucede. Vuelve cuando ves a una familia que logra salir adelante, cuando un niño recupera peso, cuando una madre encuentra una oportunidad o cuando una comunidad avanza un paso más.
Son pequeños logros, muchas veces invisibles para los demás, pero enormes para quienes los viven. Y ahí es donde vuelvo a encontrar fuerzas. Cuando miro todo lo que sí se logró, todo lo que sí cambió y todo lo que se sigue construyendo día a día. En esos momentos siento que el esfuerzo vale la pena, que el corazón vuelve a llenarse de esperanza y que todavía hay mucho por hacer.
Los siete hermanos que se volvieron su familia
- La noche en que encontraste a los siete hermanos Gerez dentro de un patrullero parece una escena que cambió tu vida para siempre. ¿Qué sentiste cuando los viste?
- No sé si recuerdo exactamente qué sentí porque era un mar de emociones. Ni siquiera tuve tiempo de detenerme a pensar en mí. Lo único que pensé fue en ellos.
Fui decidido a cuidarlos, a protegerlos. Me subí al patrullero, los abracé, los miré y traté de calmarlos. En ese momento se juega mucho eso de hacer sentir familia al otro, de acercarte para que puedan confiar en vos, para que sientan que hay alguien que vino a velar por ellos.
Recuerdo perfectamente que mi única preocupación era sacarlos lo antes posible de esa situación y llevarlos a un lugar donde se sintieran queridos, cómodos y contenidos.
También me acuerdo de que empecé a hacer el payaso para hacerlos reír. Lo intenté hasta que finalmente lo logré. Creo muchísimo en el humor como una herramienta para desarmar situaciones difíciles. A veces una sonrisa puede abrir una puerta enorme cuando todo alrededor parece estar roto.

- ¿En qué momento entendiste que no querías ser solamente alguien que los ayudara, sino alguien que los acompañara para toda la vida?
- Desde el día que los conocí sentí que eran mis chicos. Pero después la vida siguió, el proyecto de Pata Pila creció y yo seguía viéndolos. Con los más chiquitos el apego es inmediato, pero con los más grandes me pasaba algo especial: los escuchaba y sentía que necesitaban a alguien para siempre. Alguien que los acompañara, que les tirara un centro para la vida, que los ayudara a soñar y a construir esos sueños.
Durante cuatro años conviví con esa pregunta: si estaba dispuesto o no a dar ese paso. Y cuando finalmente tomé la decisión, no fue solo por amor o por vocación. Hice un análisis muy honesto de todo lo que implicaba. Pensé en las renuncias que iba a tener que hacer, en las consecuencias para mi tiempo, mi libertad y mi proyecto de vida.
Fue un proceso de mucho discernimiento. Sabía que no estaba tomando una decisión por unos años, sino para toda la vida. Y justamente por eso necesitaba estar completamente convencido. Cuando entendí que sí, que quería acompañarlos para siempre, ya no tuve dudas.
- Hoy que los chicos crecieron, estudian, trabajan y construyen sus propios proyectos, ¿cuál es el momento que más orgullo te genera como padre y tutor?
- Como te decía antes, para mí la vida está hecha de pequeños momentos que valen la pena detenerse a mirar. Los instantes que más orgullo me generan son justamente esos: cuando logro frenar un segundo en medio de la rutina y los veo bien, los veo felices, los veo avanzando.
Recuerdo los primeros años, cuando los veía irse en bicicleta a entrenar al club o ponerse el delantal para ir a la escuela. Son imágenes muy simples, pero muy significativas para mí. De hecho, ahora que las recuerdo, me emocionan.
Hoy, con los más grandes, el orgullo pasa por otro lado. Saber que están bien, que trabajan, que estudian, que le ponen el pecho a la vida y que siguen construyendo su propio camino después de todo lo que les tocó atravesar.
Eso me llena de orgullo porque conozco el esfuerzo que hubo detrás. Sé de las lágrimas, del cansancio y de todo lo que vivimos para poder sostener nuestras vidas durante estos años. Por eso me siento profundamente orgulloso de ellos.
Aunque también sé que todavía queda mucho camino por recorrer.

Cuidar a otros para sanar la propia historia
- Mirando hacia atrás, ¿sentís que de algún modo al cuidar a esos siete hermanos también estabas cuidando a ese niño que se quedó sin mamá tan temprano?
- Yo creo que cuidar al otro también te ayuda a cuidarte a vos mismo, y aprender a cuidarte te vuelve más capaz de cuidar a los demás. Aunque pueda sonar a una frase hecha, es algo que aprendí en el barro, en la experiencia concreta de la vida. No lo leí en ningún libro ni me lo enseñó nadie: lo fui descubriendo con el tiempo.
A medida que aprendía a abrazar y acompañar a otros, también empecé a abrazar a ese niño que fui, a ese chico que muchas veces necesitó un abrazo y no lo tuvo.
También entendí algo importante: cuando uno se trata mal a sí mismo, muchas veces termina tratando mal a los demás. Por eso es fundamental hacer ese chequeo interno, aprender a mirarse con más amor y más compasión.
Para mí todo está conectado. Lo que va, vuelve. Lo que das, también te transforma. En ese camino de convertirme en amigo, en referente, en padre y, muchas veces, también en madre, hubo muchísimo aprendizaje.
Y ellos también me regalaron algo enorme: me dejaron cuidarlos. Y esa confianza fue la que me permitió descubrir que podía hacerlo, que podía acompañarlos y que podía hacerlo bien.
- Vivimos tiempos donde muchas personas sienten frustración o impotencia frente a los problemas sociales. ¿Qué les dirías a quienes quieren ayudar pero no saben por dónde empezar?
- Más allá de mi causa y de mi vocación absoluta por Pata Pila, yo creo que todos tenemos que hacer algo. No me considero una persona especial. Lo que sí creo es que, si cada uno de nosotros estuviera dispuesto a cuestionarse sus propios privilegios, a compartir más las oportunidades que tiene a su alcance y a ser más generoso con su tiempo, sus recursos y sus conocimientos, podríamos transformar muchísimas realidades.
No se trata solamente de donar dinero. También se puede poner la profesión, la experiencia o simplemente la presencia al servicio de los demás. Y, sobre todo, involucrarse en pequeñas causas. No hace falta irse a vivir al norte del país para ayudar. Hay oportunidades de hacerlo en cada rincón de la Argentina.
Tal vez en la esquina de tu casa haya alguien durmiendo en la calle. Tal vez haya una iglesia, un hogar de niños, una organización social o una institución que necesite una mano. Incluso hay espacios desde donde comprometerse dentro de la vida comunitaria y política.
Estoy convencido de que la Argentina necesita más compromiso de su gente para construir una sociedad más justa, más inclusiva y más humana. Y también creo que, si entendiéramos que todos vamos a estar mejor cuando estemos más acompañados y fortalecidos como comunidad, muchas cosas empezarían a cambiar.

- Si tu mamá pudiera verte hoy, al frente de Pata Pila y rodeado de una familia que elegiste construir, ¿qué te gustaría que pensara de vos?
- Es una pregunta muy emocional para mí. Estoy convencido de que estaría profundamente orgullosa. Y, de alguna manera, también siento que lo está.
Porque conozco de dónde vengo, sé todo el camino que recorrí y todo lo que me costó convertirme en la persona que soy hoy. Sé el esfuerzo que hubo detrás de cada decisión, de cada proyecto y de cada paso que dimos para construir lo que hoy es Pata Pila y la familia que formamos.
No tengo dudas de que ella estaría orgullosa de todo eso. Pero, más allá de cualquier reconocimiento, lo que más me gustaría es sentirla acompañándome. Pensar que está cerca, que de alguna manera sigue presente en este camino. Eso sería, sin dudas, lo más lindo.
Qué es Pata Pila y cómo ayudar a transformar realidades
Desde 2015, Pata Pila trabaja en algunas de las zonas más vulnerables de la Argentina para combatir la desnutrición infantil y la pobreza estructural, con especial foco en comunidades indígenas y criollas del Norte Grande argentino. La organización, fundada por Diego Bustamante, desarrolla programas integrales que acompañan a familias en situación de extrema vulnerabilidad, garantizando derechos básicos como la salud, la educación, el acceso al agua potable y el trabajo.
Actualmente, la fundación sostiene la atención de más de 1.200 niños y niñas a través de equipos interdisciplinarios que trabajan en territorio todos los días. Sus acciones se organizan en cuatro grandes ejes: desnutrición y primera infancia, empleabilidad y desarrollo productivo, agua e infraestructura, y educación e inclusión digital.
Pero detrás de cada proyecto hay algo fundamental: el compromiso de quienes deciden involucrarse.
"Todos tenemos que hacer algo", reflexiona Diego Bustamante en esta entrevista. Y esa convicción es también el motor que mantiene en marcha a Pata Pila.
Cómo colaborar con Pata Pila
Una de las formas más directas de ayudar es convertirse en padrino o madrina mensual. Gracias al aporte de cientos de personas, la organización puede sostener el trabajo de más de 90 profesionales que acompañan diariamente a familias en contextos de extrema vulnerabilidad.
Para conocer más sobre la fundación o sumarse como colaborador, se puede ingresar a: www.patapila.org.
Porque, como demuestra la historia de Diego Bustamante, muchas veces transformar una realidad empieza con una decisión sencilla: involucrarse.

