Durante años, Sofía Bernatet guardó dinero con un objetivo bastante conocido: comprar una casa. Había crecido con la idea de que la estabilidad comenzaba por los metros cuadrados propios y siguió esa hoja de ruta hasta que una pregunta, en medio de un viñedo del Valle de Uco, alteró el plan: “¿Y si hago mi propio vino?”.
No fue un impulso repentino. Cada viaje a Mendoza había dejado algo: una conversación, un paisaje, una experiencia nueva. Cuando aquella idea finalmente tomó forma, Sofía llevaba más de una década trabajando en el mundo corporativo y ya había encontrado en la sommellerie una manera propia de comunicarse.
Su forma de hablar de vinos está alejada del tecnicismo: prefiere contar quién trabajó la tierra, qué historia existe detrás de una botella y por qué ese recorrido también forma parte de lo que llega a la copa.
Con los ahorros que había reservado para su casa y sin socios ni inversores, destinó 35 millones de pesos a crear su primera línea. Hubo miedo, pruebas, un cambio de enólogo y muchas decisiones que no figuraban en los libros. De ese proceso nació su marca, pero también una nueva forma de pensar el éxito, el trabajo y los mandatos heredados.

La historia que existe detrás de cada botella
—Si tuvieras que explicarle a alguien qué significa ser sommelier, más allá de la cata formal o de la carta de un restaurante, ¿dónde encontrás la verdadera magia de esta profesión?
—En poder transmitirle a la gente común toda la historia que hay detrás de cada botella. A veces nos centramos tanto en el producto final que no valoramos todo lo que hubo antes: el proceso, la dedicación y las familias que trabajan la tierra para que ese líquido llegue a la copa.
Para mí, la magia está ahí: en ser el puente entre esa historia y la persona que está tomando el vino sin conocerla.
—Durante tus viajes a Mendoza, ¿hubo una copa o un paisaje particular que te hizo pensar que ya no querías solamente recomendar vinos, sino elaborar el tuyo?
—No fue una copa ni un paisaje en particular, sino una acumulación. Cada viaje me dejaba algo. Hasta que, en uno de esos viajes, parada en medio de un viñedo, apareció el pensamiento: “¿Y si hago mi propio vino?”.
Creo que ese fue el momento bisagra: estar en medio del Valle de Uco, conectando con la tierra y el viñedo.
El día que cambió la casa propia por un proyecto personal
—Comprar una casa suele representar estabilidad. ¿Cómo fue decidir que ibas a volcar todos tus ahorros en un proyecto vitivinícola?
—Creo que es algo que se viene dando bastante en mi generación. Nos criamos con la enseñanza de que, para tener estabilidad, lo primero que tenés que hacer es ahorrar para una casa. Ese era el aspiracional.
Aunque me costó al principio, decidí romper con eso: apostar a lo mío en lugar de seguir un molde que la sociedad da por sentado. No hay mejor inversión que apostar a una pasión.
Decir que fue una decisión de la noche a la mañana sería mentira. Hubo muchísimos pensamientos, escenarios y miedos. El miedo al fracaso siempre estuvo.
Pero me sorprendió la reacción de la gente cercana. A todos los que les contaba esta “idea loca” me decían lo mismo: “Lo tenés que hacer, es tu pasión y tenés todo para que salga bien”. Eso fue fundamental. El apoyo de la gente que te quiere y sabe qué te mueve vale más de lo que uno cree cuando está en la duda.
—¿Cómo reaccionaron tu familia y tus amigos cuando les contaste que ibas a cambiar los metros cuadrados por barricas y viñedos?
—Desde el primer momento me apoyaron y me empujaron a hacerlo. Pero no fue solamente apoyo moral: fueron parte activa del proyecto.
Cuando tenía que elegir entre diseños de etiquetas, los convoqué. Cuando llegaron las primeras muestras terminadas, fueron los primeros en probarlas. Se convirtieron en mi comité de decisiones.
Al final del día, es un proyecto que tiene que gustarme a mí, pero también al público. Eso es fundamental para que se venda. Tener cerca gente honesta que te dice lo que piensa de verdad, sin filtros, es un lujo que no todo emprendedor tiene.
Mi papá, fanático de Pappo, fue mi mayor impulsor. Por eso cada corcho lleva grabada una frase del músico: “En un mundo obsoleto no hay tiempo ni edad ni fin”. Es un homenaje íntimo, escondido dentro de la botella.

Lo que la teoría no enseña sobre producir un vino
—Crear un vino desde cero implica lidiar con cosechas, tiempos y decisiones productivas. ¿Con qué dificultades te encontraste?
—Yo sabía que quería lanzar en 2026, por lo tanto los tiempos no eran negociables. Eso implicó trabajar con bases de vinos ya hechos, de otras añadas, y empezar a jugar con el tiempo en barrica y los porcentajes de blend hasta llegar a los estilos que quería.
No fue un proceso lineal. Fue prueba, ajuste y prueba de nuevo.
Como era la primera añada y también una prueba, no estuve tomando decisiones de cosecha ni de viñedo; eso quedó en manos del enólogo. Mis desafíos estuvieron más relacionados con lo productivo y lo comercial: cantidades, etiquetas, optimización de costos y definición de estilos. Son cuestiones que en la teoría parecen simples, pero en la práctica tienen muchísimas variables.
—¿Cuál fue el momento más difícil?
—El Cabernet Franc fue el más difícil porque es el vino que más me representa. En medio del proceso tuve que cambiar de enólogo, ya que con Berni no estábamos logrando el estilo que yo quería.
Encontrar quién pudiera terminarlo y sostener la visión original sin perderla en el camino fue probablemente el momento más exigente de todo el proyecto. Finalmente terminé ese trabajo con Roberto Romano, de Barroco Wines, que fue quien más aprendizajes me dejó.
Lo más importante fue no darme por vencida.
Los rasgos personales que quedaron dentro de las botellas
—Se suele decir que un vino habla de quien lo hace. ¿Qué aspectos de tu personalidad quedaron reflejados en esta primera línea?
—Creo que estos vinos tienen mi personalidad al cien por ciento. Soy hiperactiva, compleja, pero auténtica. Tomo decisiones firmes y no me dejo llevar por las opiniones del resto. Estoy muy convencida de todo lo que hago.
Eso se nota en la marca: no hice lo que el mercado esperaba, sino lo que yo necesitaba hacer y aquello que quería transmitirles a los consumidores.
También soy muy exigente conmigo y con lo que produzco. Cada detalle de la etiqueta, cada decisión de estilo y cada palabra de la contraetiqueta pasaron por ese filtro. Nada está puesto porque sí.
Además, quedó impresa mi forma de vincularme. No tengo muchos vínculos, pero los que tengo son reales. Me encanta compartir mis aprendizajes y mis logros con mi gente cercana, y eso es lo que quiero que haga este vino. No es para cualquier momento ni para cualquier persona: es para los vínculos que valen la pena.
—¿Cómo se traduce esa idea en los tres vinos?
—Hay un blend de tintos pensado para estar con otros; un blend de blancos para los momentos de a dos; y un Cabernet Franc para estar con uno mismo después de un día de mil cosas.
Una identidad construida alrededor del tiempo
—¿Qué universo buscaste transmitir a través del nombre y de las etiquetas?
—El claim es “Hecho para almas presentes”, y no es casual. Quiero que quien abra una botella de Eterno Ahora ya esté viviendo un buen momento y que el vino haga que no quiera que ese momento termine nunca.
No es un vino que crea el momento, sino un catalizador: lo eleva, lo profundiza y te hace estar más presente en lo que está pasando.
Eso está plasmado en cada elemento. La serpiente —el uróboros— representa el ciclo sin fin, aquello que siempre vuelve. El reloj roto es el tiempo que elegís detener. Dionisio, el dios del vino y el éxtasis, invita a la celebración y al disfrute.
El arcángel es la guía entre lo terrenal y lo sagrado, y abajo de todo aparece el corazón ardiendo: la pasión de la que nació el proyecto. Ningún símbolo está puesto solamente por estética; cada uno cuenta una parte de la historia.
Encontrar un lugar propio dentro de la industria
—El mundo del vino estuvo históricamente dominado por hombres y familias tradicionales. ¿Cómo fue construir tu espacio como mujer joven y productora?
—Si bien el mundo del vino tiene esa historia, mi experiencia fue otra. Es un ambiente sorprendentemente colaborativo. A diferencia de otros rubros, encontré una apertura real hacia las nuevas propuestas y una disposición genuina a apoyar proyectos que llegan desde lugares diferentes.
Con cada persona con la que fui hablando se abrieron puertas, surgieron propuestas y apareció apoyo para lo que necesitaba.
Creo que también ayudó el lugar desde el que llegué. Estaba posicionada como una sommelier “distinta”, alguien que siempre habló del vino desde la emoción y no desde el tecnicismo. No entré a conquistar un territorio ajeno: entré a encontrar mi gente dentro del mundo del vino, y la encontré.
La intuición, el aprendizaje y lo que viene
—Mirando hacia atrás, ¿cuál fue el mayor aprendizaje que te dejó confiar en tu intuición?
—Que fue acertado y que no hay que tener miedo de tirarse a la pileta.
Lo que más me sorprende no es el resultado del vino en sí, sino todo lo que me está dando el proceso: una madurez y unos aprendizajes que no habría obtenido de ninguna otra manera.
Estoy convencida de que, en el futuro, este proyecto me va a permitir comprar esa casa. O no, quién sabe. Quizás ese ya no sea el mandato al que me quiero atar. Capaz me compro un viñedo.
Ya estoy pensando en lo que viene. Quiero que el proyecto crezca más allá de Mendoza: explorar Salta, la Patagonia y otras regiones de la Argentina. Ya estoy en contacto con enólogos para comenzar a hacerlo en los próximos años.
La intuición me trajo hasta acá. No tengo ninguna razón para dejar de escucharla.
—¿Con qué plato, en qué lugar y con quién te imaginás brindando para celebrar que el vino finalmente está en la calle?
—Con un buen asado. Nada de protocolo ni de maridaje perfecto: lo más tradicional y honesto que existe.
Rodeada de mi familia, que estuvo en cada decisión, en cada duda y en cada logro. Los mismos que probaron las primeras muestras, eligieron entre diseños de etiquetas y me empujaron cuando apareció el miedo.
Y, obviamente, en Mendoza, con vista a la cordillera y el silencio entre las montañas de fondo. Sin ruido ni apuro. Solo ese momento que, como todos los que importan, merece durar para siempre.
Agradecimientos: Mariana Rolandi Perandones

