Hay personas que corren para bajar sus tiempos. Otras, para superar un desafío personal. María José Rutillo corre por una razón diferente: quiere dejar un planeta mejor. Periodista y especialista en comunicación, hace trece años creó Zapatillas Verdes, una comunidad que nació dentro de un grupo de running y que hoy busca concientizar sobre la importancia de separar los residuos y reducir el impacto ambiental que generamos, especialmente durante los eventos deportivos.
Su iniciativa ya permitió recuperar más de 11 toneladas de botellas plásticas, que fueron entregadas directamente a cooperativas de recicladores urbanos para que volvieran al circuito productivo.
A los 53 años, además, sigue sumando desafíos deportivos. Corrió maratones en Nueva York, Berlín, Tokio, Chicago, Río de Janeiro y Buenos Aires, entre muchas otras ciudades, además de ultramaratones en montaña y playa. Mientras se prepara para un nuevo desafío internacional, también disfruta de otra faceta que transformó su vida: la maternidad. Fue mamá de Margarita a los 46 años y de Mora a los 50.
En una charla con Para Ti, reflexiona sobre cómo el deporte puede convertirse en una herramienta para cambiar hábitos, habla de la culpa, de los prejuicios alrededor de la edad y de su mayor sueño: que cada vez más personas entiendan que cuidar el planeta empieza con pequeños gestos cotidianos.
María José, creadora de Zapatillas Verdes: "Un día dejé de quejarme y pasé a la acción"
— Decís que corrés para concientizar sobre el cuidado del planeta. ¿En qué momento una actividad tan personal como correr dejó de ser solo un deporte y se convirtió en una herramienta de activismo?
— Fue cuando empecé a correr fondos largos, de más de 30 kilómetros, por la Costanera. Miraba el Río de la Plata y veía millones de botellas flotando. Ahí me pregunté de quién era toda esa basura y entendí algo que me marcó para siempre: "Toda la basura es de todos y no es de nadie".
Cada entrenamiento me daba más dolor de panza hasta que un día pensé: "Dejé de quejarme y pasé a la acción". Así nació la idea de Zapatillas Verdes. Empecé a imaginar un piletón lleno de botellas plásticas, entregándolas en mano a quienes realmente podían reciclarlas. Todo comenzó en 2012, cuando me animé a hablarle a mi grupo de running sobre la importancia de separar los residuos en casa.

— Cuando empezaste Zapatillas Verdes hace trece años, hablar de reciclaje todavía no era una conversación cotidiana. ¿Qué cambió desde entonces y qué sentís que todavía falta?
— Cambió muchísimo. En ese momento mucha gente no sabía ni cómo separar los residuos. Yo regalaba bolsas reutilizables y explicaba qué era reciclable y qué era basura. Parecía algo muy básico, pero no lo era.
Lo más lindo es que todavía hoy hay personas que me escriben y me dicen que siguen separando los residuos porque escucharon aquella charla. Pero todavía falta muchísimo. Como todo en la vida, sin educación vos no sos bueno o malo, simplemente no sabés. Entonces necesitamos mucha más educación.
Mirá También

La inspiradora historia de Briel Adams-Wheatley: nació sin extremidades y hoy inspira a millones
Me encantaría poder hablar de estos temas en maratones, gimnasios, colegios o donde sea necesario. Porque cuanto más aprendemos, mejores decisiones podemos tomar.
— Ya juntaron más de once toneladas de botellas plásticas. ¿Hay alguna historia detrás de esa cifra que te emocione especialmente?
— Sí. Todo empezó con un piletón que me donaron y que instalamos en la puerta de nuestro running team. Al principio llevábamos las botellas a Banco de Bosques, donde el plástico se vendía para comprar hectáreas de monte nativo protegidas. Después empezamos a trabajar con la cooperativa El Ceibo y cada quince días les entregábamos las botellas en mano.
Antes incluso se las dábamos a un cartonero que pasaba con su carro por Palermo. Ver cómo una idea tan simple podía ayudar al ambiente y, al mismo tiempo, generar trabajo para otras personas fue una de las mayores satisfacciones que tuve.
— Corriste en ciudades como Nueva York, Berlín, Tokio o Río de Janeiro. ¿Cuál fue el lugar que más te hizo pensar en la relación entre las personas y el ambiente?
— Cada ciudad me enseñó algo distinto. En Chicago me sorprendió que muchísimos corredores llevaran sus propias mochilas de hidratación y botellas reutilizables. En Tokio, directamente, si te veían con una botella que no correspondía podías ser descalificado. Y este año la Maratón de París dio un paso enorme al eliminar las botellas descartables y reemplazarlas por vasos reutilizables y estaciones de recarga. Son cambios que demuestran que otra forma de organizar las carreras es posible.
— En muchas carreras los corredores generan una enorme cantidad de residuos. ¿Sentís que el mundo del running está cambiando o todavía le falta hacerse cargo de su impacto ambiental?
— Creo que cambió mucho, pero todavía queda muchísimo camino por recorrer. Yo no estoy en contra de las botellas de plástico que entregan las carreras porque entiendo que forman parte de los sponsors y de la organización. Lo que propongo es empezar a generar nuevos hábitos.
Que cada corredor lleve su propia botella reutilizable y pueda rellenarla durante el recorrido. Los cambios no ocurren de un día para el otro, pero sí empiezan con pequeños gestos. Además, cuando incorporás ese hábito en una carrera, probablemente también empieces a separar los residuos cuando llegás a tu casa.

— Fuiste mamá nuevamente mientras seguías entrenando para desafíos enormes. ¿Cómo cambió tu relación con el deporte después de la maternidad?
— Me cambió muchísimo. Fui mamá a los 46 y a los 50 años y tuve que aprender a hacer malabares con el tiempo. Entrené hasta dos días antes de cada cesárea, siempre con autorización médica y acompañada por profesionales.
Hoy hago deporte porque me apasiona, pero también porque quiero estar bien para mis hijas. Quiero poder alzarlas, jugar con ellas y acompañarlas muchos años. El año pasado corrí una ultramaratón de más de 70 kilómetros por las playas argentinas y, después de quince horas corriendo, ellas estaban esperándome en la llegada.
Ese momento fue inolvidable. Cada vez es más importante proteger la naturaleza, aunque suene cursi, para el futuro de nuestros niños.
— Hay una idea instalada de que después de los 50 las mujeres deberían bajar el ritmo. Vos parecés haber hecho exactamente lo contrario. ¿Cómo vivís ese prejuicio?
— Todavía hay personas que se sorprenden cuando saben mi edad o cuando descubren que fui mamá a los 50. Pero la verdad es que yo me siento tan bien que muchas veces me olvido de los años que tengo.
Para mí la edad es un número. Sí hago cuentas cuando pienso en cuántos años voy a tener cuando mis hijas sean adolescentes, pero nunca sentí que eso fuera un límite para hacer lo que amo. Al contrario. Me escriben muchas mujeres diciéndome que creen que ya es tarde para empezar a correr o para cumplir un sueño. Y yo siempre les respondo lo mismo: "Nunca es tarde para nada".
— ¿Alguna vez sentiste culpa por entrenar tantas horas siendo mamá? ¿Cómo convivís con esa presión que muchas mujeres sienten?
— Sí, muchísima. La culpa está muy presente. Como entreno varias horas, trato de organizarme para que mis hijas lo sientan lo menos posible. Muchas veces empiezo a entrenar a las cinco de la mañana, cuando ellas todavía están durmiendo, para volver antes de que se despierten.

Hago malabares para que no sientan que me fui. Pero también entendí que el deporte me convierte en una mejor mamá. Correr es una gran terapia. Me ayuda a poder seguir con todo lo que uno tiene en el día a día.
Cuando corro ordeno la cabeza, bajo la ansiedad y vuelvo a casa con otra energía. Eso también es cuidar a mis hijas.
— Corrés ultramaratones, que son pruebas muy exigentes física y mentalmente. ¿Qué aprendiste sobre vos misma en esas horas de soledad?
— Aprendí que el deporte puede salvarte. Yo siento que correr es como un parabrisas adentro del cerebro: te limpia. En esas horas aparecen pensamientos muy profundos y encontrás respuestas que, en el ritmo cotidiano, muchas veces no aparecen. El running me ayudó a atravesar momentos muy difíciles de mi vida, tristezas muy grandes e incluso un accidente muy importante.
Por eso siento la necesidad de compartir todo lo que el deporte hace por la salud mental. No es solamente entrenar el cuerpo.
— Si tuvieras que elegir una sola carrera que haya marcado un antes y un después en tu vida, ¿cuál sería y por qué?
— La Ultra Atlántica, en nuestras playas argentinas. Son más de 70 kilómetros sin parar, bordeando el mar. Para mí fue mucho más que una competencia. Fue una forma de rendirle homenaje a la naturaleza. Después de quince horas corriendo estaban esperándome Mario, Margarita y Mora. Ese abrazo en la llegada fue uno de los momentos más emocionantes de mi vida.
Mirá También

"Solo estaban ensayando el futuro": la historia de los adolescentes atrapados por el terremoto en Venezuela
— Dentro de unos días corrés la Maratón de Londres. ¿Qué representa esa carrera para vos en este momento?
— Cada maratón sigue siendo una oportunidad para aprender. Viajo con la ilusión de terminarla, pero también de observar cómo trabajan otros países en materia de sustentabilidad y traer esas ideas para seguir impulsando cambios acá. Cada carrera me deja enseñanzas que después intento compartir desde Zapatillas Verdes.
— Muchas personas dicen que quieren empezar a correr, pero sienten que ya es tarde o que no tienen el físico. ¿Qué les responderías?
— Que nunca es tarde. Nunca es tarde para correr, nunca es tarde para ser mamá y nunca es tarde para empezar a cuidar el planeta. Vivimos en una época en la que muchas personas creen que después de cierta edad ya no pueden empezar algo nuevo.
Yo pienso exactamente lo contrario. Hoy tengo 53 años, dos hijas pequeñas, sigo corriendo ultramaratones y siento que todavía tengo muchísimos proyectos por delante.
— ¿Qué hábitos simples podría incorporar cualquier persona que corre para reducir su impacto ambiental?
— El primero es llevar siempre una botella reutilizable. Después, separar correctamente los residuos en casa y entregárselos a un cartonero o a una cooperativa. También prestar atención a pequeños gestos que parecen insignificantes.
Por ejemplo, cuando un corredor participa de una carrera de aventura y consume un gel energético, muchas veces rompe el envase con la boca y tira el plástico en medio de la montaña. Nunca le digo a la gente lo que tiene que hacer. Yo solamente tiro ideas para que, si alguien tiene ganas, pueda hacer un pequeño cambio. Porque los hábitos se construyen de a poco.
Mirá También

Francia cambió el azul por el verde: la historia detrás de la camiseta que sorprendió en el Mundial
— Tus hijas están creciendo viendo a una mamá que corre ultramaratones y habla de reciclaje. ¿Qué conversaciones aparecen en casa sobre el planeta?
— Intento enseñarles desde ejemplos muy concretos. Cuando caminamos por la calle les muestro cómo trabajan los cartoneros y les explico por qué es importante separar los reciclables. En casa conocemos a Alejandra, una cartonera que pasa todos los días. Yo la llamo, le entrego los reciclables en mano, le pregunto cómo está, le doy un vaso de agua cuando hace mucho calor y, si necesita algo, trato de ayudarla.
Quiero que mis hijas entiendan que cuidar el ambiente también es cuidar a las personas. Cuando empezás a ayudar, te das cuenta de que siempre podés hacer un poco más.
— Si dentro de diez años miraras hacia atrás, ¿qué te gustaría que hubiera dejado Zapatillas Verdes?
— Me gustaría que hubiera dejado una manera distinta de relacionarnos con la naturaleza. Obviamente me emociona pensar en toneladas de plástico recuperadas, pero lo más importante sería haber ayudado a cambiar hábitos.
Que más personas entiendan que separar los residuos, reutilizar y consumir con conciencia puede hacer una diferencia enorme. Porque el planeta es uno solo.
— Hay una frase tuya que resume mucho de tu historia: "Nunca es tarde para nada". Si tuvieras que completarla hoy, ¿cómo seguiría esa oración?
— Diría que nunca es tarde para animarse. Nunca es tarde para empezar un deporte. Nunca es tarde para ser mamá. Nunca es tarde para cambiar un hábito. Y nunca es tarde para cuidar el lugar donde vivimos. Mi sueño es muy simple. Que me den la oportunidad de seguir difundiendo este mensaje.
Soy periodista y siempre aprendí que nunca sabés quién está leyendo o escuchando del otro lado. Tal vez una sola persona cambie un hábito después de leer esta nota. Y si eso pasa, todo habrá valido la pena.



