Giuliana Ruffa tenía un viaje por delante. Había renunciado y estaba a punto de partir sin pasaje de vuelta. Pero un correo y un informe cambiaron sus planes: a los 27 años, recibió un diagnóstico de cáncer de mama.
“Fue como amanecer en una pesadilla y no despertarme más”, escribió. En su relato, describió ese primer impacto con palabras que dejan ver la dimensión de lo vivido: “Miedos que no entran en las manos, palabras que cuesta horrores pronunciar, pensamientos que paralizan”.
Ahora, después de haber completado su primer ciclo de quimioterapia, decidió compartir lo que está atravesando. Su mensaje reúne emociones que conviven, aun cuando parecen opuestas: angustia, alegría, incertidumbre, gratitud. Y una promesa personal que atraviesa todo su testimonio: seguir siendo ella en medio de los cambios.
“Me prometí no perderme a mí, mi esencia”
Giuliana reconoce que no puede explicar del todo el “enredo de sentimientos” que tiene adentro. En medio de esa incertidumbre, encuentra paz en una convicción íntima: “Esto tenía que ser parte de mi historia, aunque todavía no sepa ni entienda el por qué”.
Es su manera de darle un lugar a lo que está viviendo, incluso sin tener respuestas. Desde ahí, cuenta cómo quiere transitar esta etapa: con transparencia, con humor, con una sonrisa cuando sea posible. También con un buen outfit, aunque, como ella misma admite, “todo ahora cueste el triple”.
Ese detalle cotidiano tiene un lugar especial en su relato. Vestirse, hacer chistes y reconocerse en sus propios gestos son parte de lo que quiere conservar mientras el tratamiento transforma su cuerpo y su día a día.

“Porque aunque esto me transforme hasta el cuerpo y la mente, me prometí no perderme a mí, mi esencia”, expresó.
En sus palabras también hay espacio para los altibajos. No describe una alegría permanente ni oculta la angustia. Habla de ambas y de la importancia que tiene para ella la forma de recorrer este proceso: “Si bien el objetivo es tocar esa campana, cómo dibujo mi camino es y será lo más importante para mí”.
El amor que la acompaña
Una parte central de su mensaje está dedicada a quienes la sostienen. Giuliana nombra a su familia, a su novia, a sus amigas y amigos, y a los profesionales que la acompañan.
“Desde ya que ninguna de estas palabras tendría sentido sin el inmenso amor que estuve recibiendo”, escribió.

Su agradecimiento alcanza también a cada persona que encontró una manera de estar cerca: con una palabra, un amuleto, una oración, una velita encendida o un gesto hacia ella y su familia. Para Giuliana, esas expresiones de cariño hicieron una diferencia en un momento especialmente difícil.
“En lo que pudo haber sido uno de los días más feos de mi vida, lejos de triste estuve emocionada por todo el amor que recibí. GRACIAS, de corazón”.
En ese pasaje aparece algo que atraviesa todo su testimonio: la importancia de sentirse acompañada, de poder recibir afecto mientras intenta comprender una realidad que todavía resulta difícil de nombrar.
“Tengo cáncer de mama, pero no soy cáncer de mama”
El cierre de su mensaje vuelve a su nombre, a su edad y a una afirmación sobre quién es: “Soy Giuliana Ruffa, tengo 27 años y tengo cáncer de mama, pero no soy cáncer de mama”.
La frase pone en palabras su deseo de conservar una identidad que incluye mucho más que el diagnóstico: sus vínculos, su humor, su forma de vestirse, sus proyectos y el futuro que imagina.
Giuliana expresa sus ganas de atravesar el tratamiento con “toda mi alma y un equipazo al lado”. Y comparte una esperanza: que algún día pueda contar esta etapa a sus sobrinos y a sus hijos.
Es un deseo profundamente personal. Su manera de encontrar fuerza deja lugar al miedo y a los días difíciles que también menciona. En ese relato, la sonrisa, la angustia y la necesidad de apoyo pueden convivir.
“Me prometí no perderme a mí”: en esa promesa queda el corazón de su mensaje. Seguir reconociéndose, dejarse acompañar y sostener sus deseos mientras atraviesa una etapa que cambió sus planes.

