Existen dolores que ningún niño debería tener que nombrar. Hay frases que no deberían existir en la infancia. Pero en medio de las ruinas que dejó el doble terremoto en Venezuela, varios chicos tuvieron que decir lo indecible.
“Mi mamá dejó de respirar ayer a las 7:30”. La frase la dijo Mateo, un niño rescatado con vida de entre los escombros en La Guaira, una de las zonas más golpeadas por los sismos. Estaba herido, con una pierna entablillada por vecinos sobre unos cartones improvisados, y buscaba a su padre. Pero lo que más estremeció fue la forma en la que habló de su madre: con la precisión dolorosa de quien tiene grabado para siempre el momento exacto en que todo cambió.
Mateo no fue el único. También están Santiago y Alejandro. Tres nombres, tres infancias partidas, tres historias que muestran el rostro más cruel de la tragedia: el de los niños que sobrevivieron, pero quedaron atravesados por la pérdida, la incertidumbre y el miedo.
Mateo: “El único que sobrevivió fui yo”
El video de Mateo se viralizó rápidamente y conmovió a miles de personas. En la grabación, el niño aparece asistido por rescatistas. Le ofrecen algo para tomar, le preguntan cómo se llama, de dónde viene, si estaba solo. Él responde como puede. Dice que viene de La Guaira. Dice que su mamá ya no está.
“Mi mamá dejó de respirar ayer a las 7:30”, cuenta.
La escena dura apenas unos segundos, pero es imposible de olvidar. Porque Mateo no habla desde la espectacularidad del desastre, sino desde el desconcierto de un chico que acaba de sobrevivir a lo imposible. Fue rescatado con vida, pero salió de los escombros cargando una pérdida enorme: la muerte de su madre mientras ambos esperaban ayuda.
Su testimonio se convirtió en una de las imágenes más desgarradoras del terremoto. No solo por lo que dice, sino por cómo lo dice: sin dramatizar, sin entender todavía del todo la dimensión de lo ocurrido, con esa mezcla de inocencia y shock que vuelve la escena todavía más dolorosa.
Alejandro: “Mi mamá se llamaba Maira”
Alejandro es otro de los niños que quedaron marcados por la tragedia. No presenta heridas visibles graves, apenas un pequeño punto de sangre bajo el ojo. Pero su rostro muestra otra clase de golpe: el impacto emocional de haber perdido a sus padres.
Cuando le preguntan por su familia, empieza a responder en presente. “Mi mamá se llama…”. Pero de pronto se detiene. Comprende lo que está diciendo. Corrige la frase y cambia el tiempo verbal.“Mi mamá se llamaba Maira”.
Ese instante, casi mínimo, resume una tragedia entera. En una sola corrección, Alejandro pasa del mundo de antes al mundo de después. Del presente al pasado. De tener mamá a tener que hablar de ella como alguien que ya no está.
También nombra a su papá. Intenta responder con la serenidad de quien está haciendo un esfuerzo inmenso por sostenerse, aunque todo a su alrededor se haya derrumbado. Su historia duele porque muestra que no todas las heridas sangran. Algunas aparecen en una pausa, en una mirada, en una palabra corregida a tiempo.
Santiago: la cara ensangrentada y la pregunta sin respuesta
Santiago llegó ante voluntarios con la cara ensangrentada, la ropa rota y cubierta de polvo. Pudo decir su nombre. También el de sus padres. Pero no sabía dónde estaban.
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— Reporte Ya (@ReporteYa) June 25, 2026
Este niño está sano, pero solo! Se hace llamado a sus familiares https://t.co/BSmRB4FUSG
Su desconcierto habla por sí solo. En medio del caos, Santiago no solo necesitaba atención médica. Necesitaba una respuesta. Saber si su mamá estaba viva. Si su papá había sido rescatado. Si alguien de su familia lo estaba buscando.
Como él, muchos chicos fueron encontrados entre escombros o trasladados a centros de salud sin adultos a su lado. Algunos pudieron identificarse. Otros llegaron con datos escritos de urgencia, con nombres anotados en listas o cintas improvisadas. En los hospitales, familiares y vecinos buscaban entre papeles pegados en las paredes, fotografiaban listados y compartían imágenes en redes sociales con la esperanza de encontrar a alguien.
En esas listas, cada nombre era una posibilidad. Una pregunta. Una súplica.
Los chicos, la herida más profunda del terremoto
El doble terremoto que golpeó a Venezuela dejó edificios colapsados, familias damnificadas, hospitales desbordados y una cifra de víctimas que sigue estremeciendo al país. Pero detrás de los números aparecen historias como las de Mateo, Santiago y Alejandro: chicos que no solo fueron rescatados de estructuras destruidas, sino también de escenas que marcarán sus vidas para siempre.
Unicef alertó sobre la situación de millones de niños y niñas que viven en las zonas más afectadas. La organización insistió en la necesidad de garantizar protección, atención médica, agua segura, espacios seguros y apoyo psicológico para los menores después de la emergencia.
Porque en una catástrofe así, salvar una vida es apenas el primer paso. Después viene lo más difícil: acompañar el trauma, reconstruir vínculos, contener el miedo, responder preguntas imposibles y ayudar a los chicos a recuperar una mínima sensación de seguridad.
Mateo, Santiago y Alejandro sobrevivieron. Pero sus historias recuerdan que sobrevivir no siempre significa estar a salvo. A veces, sobrevivir es despertar en un mundo donde falta la casa, falta la familia, falta la voz que calmaba el miedo.
Una tragedia que se cuenta en nombres
Venezuela cuenta muertos, heridos, desaparecidos y estructuras destruidas. Pero también cuenta historias. La de Mateo, que recuerda la hora exacta en que su mamá dejó de respirar. La de Alejandro, que corrigió una frase y transformó el presente en pasado. La de Santiago, que pudo decir su nombre, pero no sabía dónde estaban sus padres.
Son chicos. Son sobrevivientes. Son también el recordatorio más duro de lo que deja un desastre cuando pasa la emergencia visible y empieza otra, más silenciosa: la de aprender a vivir con lo perdido.
En medio del dolor, sus nombres recorren el mundo. No como una postal de la tragedia, sino como un llamado urgente a mirar a la infancia, a protegerla y a no dejarla sola cuando todo lo demás se derrumba.
Porque después de un terremoto, no alcanza con levantar paredes. También hay que sostener a quienes quedaron de pie, aunque por dentro todavía estén entre los escombros.

