Algunos momentos parecen pequeños hasta que, al mirar hacia atrás, descubrimos cuánto nos cambiaron. Una conversación que no pudimos olvidar, una palabra que llegó a destiempo, un silencio que dejó algo pendiente. A veces, cruzar un umbral sucede así: sin grandes anuncios, pero con la certeza íntima de que algo ya no será igual.
En El umbral, Patricia Bottale se detiene en esos instantes. Sus relatos se acercan a personajes que desean y dudan, que cargan recuerdos, se equivocan y buscan —o no consiguen encontrar— una forma de reparar. La autora los observa con sus contradicciones, sin apresurarse a juzgarlos, y deja espacio para que quien lee encuentre algo de su propia historia.
En esta entrevista, Bottale habla de lo que elegimos recordar, de aquello que cuesta poner en palabras y de los finales que dejan una emoción latiendo. También, de ese encuentro que la literatura hace posible: cuando una historia deja de pertenecer únicamente a quien la escribió y empieza a formar parte de la vida de otra persona.

—¿Cómo nació esta colección de relatos y en qué momento encontraste en la palabra “umbral” la imagen que los reúne?
—El umbral es una decisión vital y, a la vez, sirve como ruptura de las reglas de la ficción. Surgió un poco como respuesta a la pregunta: ¿qué dejamos atrás si decidimos cruzarlo? No es solo un límite, es una decisión. Estamos cruzando umbrales constantemente: algunos de forma consciente; otros, sin saberlo. Y algo se modifica en nosotros. Esa imagen terminó reuniendo relatos donde existe ese instante en que algo puede cambiar.
“El umbral” también es el título de uno de los cuentos del libro. En ese relato rompo deliberadamente con la idea clásica de la ficción: el protagonista abandona el argumento propuesto y se enamora del lector. Deja de mirar su propia trama para mirar hacia afuera, hacia el otro lado del libro. El umbral es, al mismo tiempo, aquello que estamos a punto de atravesar y aquello que la literatura puede atreverse a atravesar.
—Tus historias se detienen en instantes que cambian la manera de mirar la propia vida. ¿Qué te atrae de esos quiebres que a veces suceden en una conversación o en un gesto mínimo?
—Me atraen, justamente, porque son instantes pequeños, pero capaces de modificarlo todo. Una palabra dicha a destiempo, un gesto, una mirada, incluso un silencio pueden abrir una grieta y hacernos ver aquello que no habíamos querido o podido mirar.
La vida está repleta de pequeños quiebres. Lo esencial, como escritora, es detenerme allí: en el segundo en que algo cambia, en que se modifica una certeza sobre nosotros mismos.
—¿Cómo reconocés que una situación tiene la fuerza necesaria para convertirse en un cuento? ¿Partís de una escena, de una voz o de una pregunta?
—No tengo una única puerta de entrada. A veces es una escena que se queda en mi cabeza, una voz que escucho con una nitidez particular, una historia que me desafía a contarla desde otro lugar o una pregunta que comienza a insistir.
Pero hay algo que sí reconozco: cuando una situación tiene la fuerza para convertirse en cuento, deja de ser una anécdota para reclamar otra vida. Aparece detrás de ella un conflicto, un secreto, una contradicción. Ahí sé que hay un cuento posible.
Después viene la investigación, para hundirme en la profundidad de la historia. Porque un cuento puede comenzar con una escena atrapante, pero en lo verosímil del relato aparece no solo la imaginación, sino también la posibilidad de oír las voces que gritan desde los distintos personajes.
—En el libro aparecen personajes que desean, callan, se equivocan o se arrepienten. ¿Cómo trabajás esas contradicciones para que el lector pueda acercarse a ellos sin que el relato le diga qué pensar?
—Me interesan los “personajes grises”: se denomina así a los personajes que tienen contradicciones. El ser humano es contradictorio y de allí surgen los conflictos. Sin embargo, son los más difíciles de construir, ya que no pueden ser definidos simplemente como buenos o malos: están atravesados por miedos, deseos, errores y también por momentos de absoluta lucidez.
Un personaje que desea algo, pero teme conseguirlo, o que calla cuando debería hablar, tiene profundidad. Como escritora, intento no juzgarlos ni explicar demasiado. Prefiero ponerlos frente al lector, con sus luces y sombras, y permitir que sea él quien complete la mirada.
Comprender no es lo mismo que justificar. Incluso el lector puede cambiar de opinión a medida que avanza el relato. Ahí aparece una de las riquezas de la literatura: no ofrecer respuestas cerradas, sino personajes capaces de abrir nuevos interrogantes.
—¿Qué papel juega lo que no se dice en tus cuentos y cómo decidís cuánto revelar y cuánto dejar entre líneas?
—Para empezar, debo afirmar que el silencio, para mí, también narra. Tiene un peso increíble y puede contar, en algunas ocasiones, más que una explicación. Me interesa el espacio de lo sugerido, de aquello que el lector puede intuir antes de que el texto se lo confirme.
No todo debe ser revelado. Si explicamos demasiado, perdemos fuerza. El lector entiende, yo confío en él. Intento encontrar un equilibrio para que la historia avance y, en ese camino, dejo cosas entre líneas. Cuando el lector participa de la construcción, el relato deja de pertenecer solo al autor.
Saber qué decir y qué callar es esencial. Recuerdo una frase que escuché: “El que no entiende el guiño… no entiende la explicación”.
—La memoria atraviesa estos relatos. ¿Te interesa más lo que los personajes recuerdan o la manera en que transforman esos recuerdos para poder convivir con ellos?
—Sin duda, me interesa más el modo en que los personajes transforman sus recuerdos para poder vivir con ellos. Porque la memoria no es un archivo inmóvil ni tampoco fiel: cada vez que recordamos, volvemos a construir aquello que vivimos. El mismo recuerdo puede cambiar con los años.
Lo que alguna vez fue una herida puede volver como un aprendizaje atravesado por culpas o nostalgias. En mis relatos me interesa ese territorio: somos lo que hacemos con nuestra memoria, tanto colectiva como particular.
—¿Cómo explorás la culpa en tus personajes? ¿Cuándo puede abrir una posibilidad de reparación y cuándo se convierte en una forma de quedar atrapados en el pasado?
—Trabajar la culpa en mis cuentos me interesa cuando deja de ser un peso y se convierte en una oportunidad de conocerse a uno mismo. Un personaje puede equivocarse, reconocer el daño hecho e intentar repararlo.
Pero yo describo distintos personajes. Muchos de ellos no tienen la fuerza para escapar de esa espiral que es la condena, y también tengo que hacerme cargo de ello en el texto, porque allí el personaje queda detenido y ya no podrá salir.
Creo que la diferencia está en qué hacemos con la culpa: si permite reconocer, comprender y reparar para transformarnos, o si solo nos castiga y nos inmoviliza. Observar a cada personaje frente a su carga e imaginar esa lucha es inmensamente rico.
—¿Qué lugar ocupa el arte en estas historias y qué posibilidades abre para expresar aquello que los personajes no consiguen poner en palabras?
—Una canción, una pintura, un libro, una fotografía pueden convertirse en una especie de lenguaje artístico de los personajes. El arte tiene la capacidad de revelar, incluso sin proponérselo, aquello que alguien oculta.
El arte no siempre explica, pero revela; puede convertirse en una puerta hacia aquello que los personajes aún no pueden nombrar. Quizás por eso también escribimos: porque hay cosas que necesitan encontrar una forma diferente de ser dichas. La literatura es un arte para transitar.
—Elegís evitar las resoluciones cerradas. ¿Cómo encontrás el final de un cuento cuando la vida de sus personajes todavía conserva preguntas pendientes?
—Me encantan los finales abiertos, donde el lector puede jugar a imaginar la conclusión de la historia, siempre que esos finales sean emocionalmente profundos. El final del cuento no necesariamente es el final en la vida del personaje: es un umbral.
No necesito que la situación quede resuelta para que el cuento termine. Encontrar ese instante preciso en el que la historia puede detenerse es lo que me importa.
Los finales abiertos dejan algo latiendo, resonando en el lector, que “sabe” el final concluyente —vuelvo a la inteligencia y sensibilidad del lector—, pero al que le interesará acompañarlo con su imaginación y sus propias respuestas.
Vivimos atravesando umbrales, no preciso clausurar los caminos. Busco el punto exacto en el que el relato ya dijo lo que tenía que decir. Para mí, ahí está el final.
—¿Qué te gustaría que siguiera resonando en quien termina de leer El umbral: una escena, una incomodidad o una pregunta sobre su propia historia?
—Me gustaría, sobre todo, que el lector pudiera reconocerse en alguna de las historias. No necesariamente porque haya vivido con exactitud lo que viven los personajes, sino porque encuentre en ellos una emoción, una contradicción, un deseo, una pérdida o una decisión que le resulte familiar.
Me gustaría que, al cerrar el libro, alguna historia lo siguiera acompañando un poco más. Que se cumpliera el verdadero objetivo de un libro: cuando deja de ser del escritor y pasa a formar parte de la vida de quien lo lee.
Y, por último, y no menos importante, que el lector pueda decir: “Terminé de leer un libro bien escrito”.

