A sus 45 años, Soledad Pastorutti atraviesa un momento especialmente sensible en su vida personal. A la preocupación por la salud de su papá, Omar Pastorutti, se suman los recuerdos de otros seres queridos que marcaron su historia y cuyas ausencias todavía le duelen.
En una entrevista con LA NACION, la cantante habló con emoción de la muerte de su abuela Valeria y de Miguelito, un amigo muy cercano de su familia, y compartió una reflexión profunda sobre el duelo: “La pérdida de mis seres queridos para mí es tocar fondo. Es, como dicen muchos, que se muere un pedacito mío”.
El recuerdo de su abuela Valeria, una presencia irremplazable
La cantante evocó con emoción los momentos que compartieron, desde las experiencias de su infancia hasta los pequeños rituales que convirtieron la casa de su abuela en un lugar al que siempre se podía volver.
“La muerte de mi abuela es una de las que más me dolió. Fue con quien empecé a manejar un auto, fue la que me acompañó a giras, la que hacía los tallarines, la que nos esperaba”, recordó.

Para Soledad, la casa de Valeria representaba mucho más que un espacio familiar. Era un lugar donde podía sentirse libre, recibir cariño y encontrar a los suyos. “Era un hogar extra del mío, pero en donde yo había podido ser muy libre”, explicó.
Había, además, una costumbre que resumía el espíritu generoso de su abuela: los almuerzos de los domingos. Valeria amasaba y preparaba tallarines sin importar cuántas personas fueran a comer. Podían ser diez o apenas tres, pero la mesa estaba lista y siempre había lugar para alguien más.
“Me generó un vacío muy grande porque era la persona que unía a toda la familia. Ella amasaba todos los domingos, no importa quién fuera a comer”, contó la cantante en la entrevista con LA NACION.

Ese recuerdo permite entender la dimensión de su ausencia. No se trata únicamente de extrañar a una persona, sino también de sentir que desaparece una parte de la vida familiar tal como se la conocía: las reuniones, las costumbres y ese refugio al que siempre se podía regresar.
Miguelito y el dolor de las ausencias
En la charla, Soledad también recordó a Miguelito, uno de los mejores amigos de su papá, Omar Pastorutti, y una persona muy cercana a toda la familia.
“Y hace poquito Miguelito, que fue uno de los mejores amigos de mi viejo. Mi viejo, siendo hijo único, sentía a Miguel como su hermano”, relató.

La cantante lo describió como alguien alegre, especial y compañero, cuya presencia había dejado una huella profunda en los suyos. Su muerte se sumó al dolor por la pérdida de su abuela y volvió a ponerla frente a una experiencia difícil de atravesar: aceptar que algunas de las personas que acompañaron y sostuvieron a la familia ya no están.
Sin embargo, en medio de ese dolor, Soledad encontró una manera de pensar en la continuidad de esos vínculos. Para ella, recordar a quienes murieron también implica recuperar algo de su forma de ser y llevarlo a la vida cotidiana.
“Uno tiene que sacar la fortaleza y empezar a transformarse en Miguelito o en la abuela Valeria”, reflexionó.
La frase encierra una mirada íntima sobre el duelo. Aunque la ausencia no desaparezca, los gestos, las enseñanzas y las costumbres de quienes ya no están pueden permanecer en los que siguen adelante. En su caso, la generosidad de su abuela, su manera de reunir a la familia y la alegría de Miguelito son parte de ese legado afectivo.

Las pérdidas y una mirada hacia su propia historia
La conversación con LA NACION se dio en el contexto del lanzamiento de Vale la pena, un disco en el que Soledad revisita su recorrido artístico y personal mientras celebra tres décadas de carrera. En ese balance, los vínculos y las experiencias que la transformaron ocupan un lugar importante.
A través de sus recuerdos, la cantante mostró una faceta íntima que va más allá de los escenarios y de su trayectoria musical: la de una mujer que también atraviesa el duelo, extraña a quienes fueron fundamentales en su vida y busca la manera de seguir adelante sin dejar atrás lo que le enseñaron.
Porque, como expresó en la entrevista, la pérdida de un ser querido puede sentirse como si una parte de uno mismo también se fuera. Pero en las historias compartidas, en las costumbres que se mantienen y en los gestos que se heredan, algo de esas personas sigue vivo.





