Mientras divide sus días entre las grabaciones de Otro día perdido, el ciclo que conduce Mario Pergolini, y los ensayos de Charlie y la fábrica de chocolate, el mega musical que estrenará el 4 de junio en el Gran Rex, Agustín “Rada” Aristarán transita un presente de alta intensidad creativa. Actor, comediante y mago, su recorrido parece atravesado por una constante: el juego.
Pero detrás de ese universo lúdico hay una historia de disciplina, riesgo y búsqueda que empezó mucho antes de los grandes escenarios. “Qué loco que todavía la gente se siga copando con algo tan analógico como es la magia”, reflexiona en diálogo con Priscila Crivocapich para Protagonistas.
“Hoy tenemos todos al alcance de la mano la magia que es una pantalla que se mueve, que podemos tocar, agrandar… pero lo tracción a sangre todavía sigue garpando”, agrega.

"Todo empezó por un error de Papá Noel"
Y enseguida lleva ese presente hacia el origen, casi como si toda su carrera pudiera resumirse en un gesto inesperado: “Yo siempre digo que empezó por un error de Papá Noel. Se le traspapelaron las cartas… yo había pedido otra cosa y me trajo una caja de magia. Creo que andaba con algunos problemas económicos y lo que yo quería no llegó. Yo estaba un poquito mala onda con el regalo, pero después me copé. Y qué bueno que lo hizo”.
Ese primer contacto con la magia se combinó con otra fascinación temprana: el circo. “Yo siempre fui muy fan de los circos. Cuanto circo llegaba a Bahía Blanca yo me quería ir con el circo. Por suerte mis padres no me dejaron, me hubiese vuelto a los 10 minutos. Pero esa cosa del payaso en el medio de la pista, del que entretiene, siempre me flasheó mucho”.

A eso se sumaban las horas frente a la televisión: “Miraba un programa que se llamaba Magia y circo, lo veía con mi abuelo, y había muchos magos. Yo veía y me flasheaba”.
"Hacía malabares. Pero sospecharon cuando empecé a oler a querosén en casa"
Sin embargo, su formación no vino de una tradición familiar: “No había magos en mi casa. Sí mucha música, mucho arte, pero esto fue muy mío”. Y ese “muy mío” lo llevó, en la adolescencia, a un terreno tan fascinante como peligroso: la calle. “Escupía fuego…”, cuenta sin rodeos. “Lo del fuego no se lo dije a mi mamá, claramente. Sí que hacía malabares, estaba todo el día con eso. Por ahí sospecharon cuando empecé a oler a querosén en casa”.
El recuerdo de ese momento bisagra es casi cinematográfico: “Una vez mi viejo me encontró. Él estaba en el semáforo… y yo estaba escupiendo fuego como un dragón. No me daban las patas para correr”.

La reacción fue inmediata: “Me lo prohibieron claramente. ¿Y les hice caso? Claramente no”. Hoy lo mira con otra perspectiva: “Es repeligroso, nocivo, está todo mal. Pero en ese momento tenía 14 años, estaba jugando, investigando. No esperaba ningún resultado más que aprender. Me divertía”.
"Banco mucho el arte callejero. Me parece un hecho poético revolucionario"
Ese universo callejero no fue un simple paso, sino una marca profunda en su identidad artística. “Ese momento del semáforo cuando cortaba y sentía la mirada del público desde los autos… yo flasheaba que era un teatro. Entonces jugaba a eso”.
Y esa lógica sigue vigente en su mirada actual: “Cuando veo a alguien haciendo malabares en un semáforo, me encanta. Siempre colaboro, pago la entrada de ver ese espectáculo. Y siempre pienso: ojalá no lo esté haciendo por necesidad económica, sino por necesidad artística. Banco mucho el arte callejero. Me parece un hecho poético revolucionario”.

A la distancia, ese recorrido conecta directamente con su presente, aunque él se encargue de relativizar cualquier idea de “llegada”. “Lo soñé mucho. Lo sigo soñando. Pero no siento que haya llegado a ningún lugar”, afirma. “Soy consciente de todo lo que me pasa y trabajo mucho para que suceda, pero también miro para atrás y digo ‘qué bueno todo lo que pasó’. Y qué bien todas las veces que me fue mal”.
Incluso revisa decisiones: “Todas esas veces que no fui a un boliche porque tenía que ir a laburar… hoy digo ‘qué boludo, podría haber salido más’. Pero también todas esas horas de vuelo hicieron lo que está pasando ahora”.

En ese camino, hubo algo que tuvo que aprender a fuerza de experiencia: habitar el presente. “Me costó mucho, me cuesta mucho”, reconoce.
“Antes estaba todo el tiempo pensando en lo que tenía que hacer después, o dentro de dos meses. Era insoportable. Porque cuando llegaba eso que esperabas, ya estabas pensando en lo siguiente. Y nada estaba pasando. Es muy nocivo eso”. Hoy intenta correrse de ese lugar: “Ahora estoy acá, hablando con vos. Pero lo laburo mucho para que eso pase”.

"Charlie y la fábrica de chocolate es un delirio, es Broadway acá"
Ese aprendizaje convive hoy con uno de los desafíos más grandes de su carrera: Charlie y la fábrica de chocolate, basado en la obra de Roald Dahl. “Va a pasar de todo”, anticipa. “El papá que lleve a los chicos lo va a vivir desde la nostalgia, pero también hay mucha risa, mucha sorpresa. Hay un elencazo, María del Cerro, Sebastián Almada… los chicos son increíbles. Y hay cuatro Charlies porque es tan grande que necesitan rotar”.
El nivel de producción lo impacta incluso a él: “En un momento volamos por arriba del público en una cabina de cristal, todo se ilumina como si fuera de noche. Es un delirio. Es Broadway acá”.

El detrás de escena también habla de esa magnitud: “220 personas laburan en esto. Es enorme. Y el día del estreno pasa de todo, es muy fuerte”. En paralelo, su rutina diaria combina grabaciones, ensayos y una agenda que no da respiro.
“La tengo completísima, hasta el año que viene y un poco más”, cuenta. Pero lejos de buscar estabilidad, necesita el vértigo: “Quiero sentir eso de ‘¿por qué dije que sí?’. Si no, me deprimiría y me dedicaría a otra cosa. Estoy re contento con el miedo. Es un miedo relindo”.

"Entonces la primera bajada es obligatoria. Es como un cambio de energía"
En medio de ese ritmo intenso, hay un gesto cotidiano que sintetiza como pocos su personalidad lúdica: el famoso tobogán en su casa. Lejos de ser una excentricidad aislada, es casi una declaración de principios.
“Es el tobogán más pensado del mundo”, cuenta, entre risas, sobre esa estructura que conecta su habitación con el living y que nació de un deseo infantil. “Somos la misma generación, miramos Chiquititas un montón. Soñábamos con que haya un tobogán en nuestra casa… bueno, un día lo hice. Dije ‘lo voy a hacer’”.

La idea no quedó en fantasía: una empresa se contactó con él después de escucharlo contar el proyecto en un streaming, y el sueño tomó forma real dentro de su casa. Pero más allá de lo anecdótico, el tobogán cumple una función concreta en su rutina diaria.
“Yo no me levanto con buena onda. Me levanto con una onda de la peor. Falta azúcar en sangre, falta café… falta todo”, reconoce, sin filtro. Y ahí aparece ese ritual que resignifica el arranque del día: “Entonces la primera bajada es obligatoria. Es como un cambio de energía”.

No es un juego constante —“después no lo uso todo el tiempo”— pero sí un gesto fundacional: una especie de botón de reinicio emocional. “Es como arrancar distinto”, deja entrever, en línea con esa forma de habitar la vida donde el juego no es solo entretenimiento, sino también una herramienta para transformar lo cotidiano.
Entre el niño que soñaba con el circo y el artista que hoy llena teatros, el tobogán aparece como un puente invisible que sigue conectando ambas versiones de sí mismo.
"Mi hija Bianca está estudiando teatro en la UNA y me enseña un montón"
Si hay un vínculo que atraviesa su historia con una sensibilidad especial es el que tiene con su hija Bianca, fruto de su relación con Noelia Cobos. Lejos de una mirada idealizada, Rada describe una relación construida en el tiempo, atravesada por el trabajo, los viajes y una convivencia poco convencional desde el inicio.
“Para Bianca esta vida es normal”, dice. “Desde muy chica me acompañaba. Dormía arriba de un portatraje en una bambalina de un teatro, venía conmigo a las giras… a los 4 años ya estaba viajando a lugares bastante largos y lejos”.

Ese universo, que para cualquier otro niño podría resultar excepcional, para ella fue simplemente su forma de crecer. Hoy, ya adulta y con su propio camino en marcha, el vínculo se resignifica desde otro lugar: el intercambio.
“Está estudiando teatro en la UNA, arte dramático, y está súper feliz”, cuenta con orgullo. Y enseguida marca una diferencia que lo enriquece: “Ella está en un marco académico que es espectacular, algo que yo no tengo. Entonces ella me enseña mucho también”.

Lejos de ocupar un rol de “maestro”, Rada se posiciona desde un lugar horizontal, casi de ida y vuelta permanente.“Hablamos mucho, tenemos largas charlas”, dice.
“Yo le cuento desde la experiencia y ella me trae herramientas nuevas”. Y en ese intercambio aparece una de las escenas más potentes de su relato: cuando Bianca lo ayudó a construir un momento clave en uno de sus unipersonales. “Hay una parte donde el personaje tiene mucha angustia y tiene que contar algo… y ella me decía: ‘Fijate, poné la angustia en tal lugar del cuerpo que te va a ayudar’”.

Esa imagen, casi invisible para el público, se vuelve central para él: “Cada vez que llega ese momento en la escena, siento que Bianca está ahí diciéndome eso”, confiesa. “Es espectacular”. Más allá del resultado artístico, lo que aparece es el orgullo por el camino de su hija: “Me encanta verla tan feliz en su búsqueda. Y sería lo mismo si me dijera que quiere ser agrónoma. Lo importante es eso”.
Entre giras, escenarios y ensayos, ese vínculo se sostiene como un espacio propio, donde el artista se corre para dejar lugar al padre, y donde la admiración no es unilateral, sino compartida.

"Es una fantasía que con Fernanda estamos todo el día riendo. No. Somos bastante normales"
Sobre su vínculo con Fernanda Metilli, Rada baja a tierra cualquier idealización y se corre de la fantasía de la pareja que vive entre risas constantes. “Es una fantasía eso de que estamos todo el día riendo”, dice, directo. “La verdad es que somos bastante más normales de lo que todos piensan”.
Y aunque reconoce que el humor atraviesa el vínculo —“por supuesto que hay una línea común de humor todo el tiempo”— también deja en claro que, como cualquier pareja, atraviesan conflictos: “Las discusiones son horribles, como cualquier discusión”.

Sin embargo, en ese punto aparece una diferencia que los define: “A veces se resuelven con un paso de comedia”, admite, entre risas. “Tenemos más recursos… más sonidos, más herramientas”. Esa complicidad artística convive con una decisión muy clara que sostienen desde hace tiempo: no mezclar trabajo y pareja.
“Nos proponen muchas veces laburar juntos, por supuesto, pero decidimos que va a llegar el momento cuando tengamos ganas los dos de unir nuestros universos ahí en lo laboral. Porque si no también pasa a ser una sociedad y nosotros somos pareja. Lo primero, pareja”.

Lejos de cualquier competencia, Rada describe un vínculo construido desde el equilibrio: “Tenemos la suerte —y esto lo decimos siempre— de que a los dos nos va muy bien. Entonces eso también está bueno, porque si no se pueden jugar otras cuestiones”.
Y completa con una definición que resume la dinámica entre ambos: “Nos acompañamos mucho, nos criticamos mucho, nos admiramos mucho, nos aconsejamos un montón, nos potenciamos. Es espectacular”.

"Mis abuelas estarían muy felices de verme acá"
Sobre el final, cuando la charla ya bajó a un tono más íntimo, aparece una imagen que condensa su historia personal con el presente: “Mis abuelas estarían muy felices de verme acá”, dice. “Porque ellas leían Para Ti. Yo me acuerdo de la revista en lo de mi abuela. Así que deben estar brindando por esto”.

En esa frase, simple pero cargada de sentido, conviven todas las capas de su recorrido: el chico que soñaba con el circo, el adolescente que jugaba a ser artista en un semáforo, y el profesional que hoy llena teatros sin dejar de pensar que, en el fondo, todo sigue siendo lo mismo: un acto de magia sostenido por el juego, el riesgo y el deseo de seguir buscando.
Mirá la entrevista completa de Priscila Crivocapich a Agustín "Rada" Aristarán acá:
Créditos:
Fotos: Martina Cretella
Producción: Marite Rizzo
Tapa móvil: Candela Casares
Edición de fotos: Rocío Solano
Estilismo: @jochidelcampo
Maquilló y peinó: @ro_somoza para @sebastiancorreaestudio.
Ropa: @lacoste
Agradecemos a Tienda FC por el mobiliario utilizado en la producción.

