Hermana Verónica, la religiosa que cocina en tevé: “Nunca me imaginé que iba a terminar haciendo esto”
 

Hermana Verónica, la religiosa que cocina en tevé: "Nunca me imaginé que iba a terminar haciendo esto"

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La protagonista de Hermana Verónica, el programa de elGourmet que la llevó a cocinar desde el monasterio, recibe a Para Ti y habla de su historia: cómo aprendió a cocinar de chica, su vida como docente y misionera, los años que pasó fuera del país y la vocación religiosa que descubrió cuando menos lo esperaba.
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Después de varios días nublados —como tantos de este invierno en Buenos Aires—, la jornada era soleada y fresca. Tras pasar el portón del Monasterio de las Hermanas Benedictinas, el verde de los jardines y los primeros pimpollos de la primavera eran el comité de bienvenida.

Luego, la hermana Verónica, con su abrazo cálido, su sonrisa y un cafecito. “Me tomo como tres por día... ¡Un montón! Si no, no arranco”, es una de sus primeras frases de las tantas que compartirá en esta nota, a raíz de su inesperada faceta televisiva.

Hermana Verónica es el nombre del envío que se puede ver por elGourmet: 20 episodios en los que cocina desde el convento recetas sencillas de distintos orígenes, vinculadas con historias, recuerdos y la vida en comunidad. Grabado íntegramente en la cocina del monasterio, el programa convirtió durante algunos días ese espacio de oración y convivencia en un set de televisión, algo que ella recuerda con mucha alegría: “Nos matamos de risa”, comenta sobre las jornadas en las que la serenidad del monasterio convivió con camarógrafos y productores.

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El Monasterio de la Epifanía funciona en esta antigua quinta de la familia Anchorena, cuya casona original fue construida a comienzos del siglo XX. En 1956, el predio pasó a ser sede de las Hermanas Benedictinas Misioneras de Tutzing.

Pero antes de llegar a la televisión, Verónica Evangelina Prieto ya tenía una historia que difícilmente pueda entrar en una sola etiqueta. Nació y creció en Belgrano, estudió Geografía y descubrió su vocación religiosa a los 21 años, mientras cursaba la carrera. Desde entonces, la enseñanza y la misión se convirtieron en parte central de su vida.

La cocina, en cambio, había aparecido mucho antes. Desde chica aprendió mirando a su mamá y tratando de reproducir en casa aquello que veía preparar. A los 12 años empezó a cocinar por su cuenta y, ya en el monasterio, la cocina se convirtió también en una forma de compartir con las demás hermanas. Nunca estudió gastronomía profesionalmente: su aprendizaje fue el de la cocina cotidiana, el de las recetas que se transmiten y se prueban una y otra vez.

Así se llega a esta escena bastante improbable: una religiosa, profesora de Geografía, misionera, cocinera de su comunidad y fanática de River frente a una cámara de televisión, hablando de recetas, recuerdos, fe, viajes, fútbol y de una vida que, como queda claro a lo largo de esta charla, tiene muchas más capas de las que cualquiera podría imaginar.

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La hermana Verónica, durante la charla con Para Ti en el Monasterio de la Epifanía, donde combina su vida religiosa con su tarea como docente y su reciente faceta televisiva.

Una cocinera por vocación: de los antojos de la infancia al programa de TV

-En el contexto de tu vida religiosa, ¿alguna vez imaginaste que ibas a estar en la televisión?

-Ay, no, jamás, jamás me imaginé.

La verdad que nos hicieron muchas notas hace años, revistas, pero porque, qué sé yo, había una... estaban haciendo algo sobre santos, sobre hermanas y así, y nos hicieron a todas, pero en TV cocinando, no. No, la verdad que no.

-¿Qué es lo que más disfrutás de haber participado en estos programas?

-La grabación.

La grabación es adorable, la verdad. Fue muy divertido todo. En la oportunidad que me dio el productor de poder contar las historias, que para mí era algo importante, porque más allá de la cocina yo quiero que haya algo, un mensaje espiritual, ¿verdad? Entonces, la libertad que me han dado, primero de poder hacer las recetas que yo quería, ¿no?

Yo mandé las recetas y me dijeron: “Van”. Y bueno, eso fue buenísimo. Y después, el poder contar las historias y la libertad de poder contarlas, eso fue fantástico.

-¿Cuál fue la idea detrás de elegir las recetas que elegiste preparar?

-Y elegí las recetas que a mí me gustan. Lo que a mí me gusta comer fue lo que elegí.

Así que, porque bueno, y son recetas también que como las superconozco, sé que me van a salir bien, ¿no? A veces algo nuevo, qué sé yo, que no tenés mucha práctica, puede fallar, y en estas me tengo la re confianza.

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“Dios te va agarrando cada vez más y no te suelta”, dice la hermana Verónica al recordar cómo fue descubriendo su vocación religiosa.

-¿En qué momento empezaste a cocinar?

-Empecé a cocinar de chiquita porque me gusta mucho comer y quería replicar las cosas ricas que mi mamá hacía, así que al lado de ella, aprendiendo: “¿Y qué le ponés a esto? ¿Y cómo va? ¿Y cuándo se hace tal cosa?”.

Bueno, con ella. Y después, a lanzarme. Capaz tenía ganas de comer algo y, bueno, ¿cómo hacemos? Todos, me parece. No, todos empezamos así: tenés un antojo y bueno, te mandás a hacer y puede fallar, pero puede salir bien también. Y pienso que sí, así fue cuando era chiquita, 12 años, sí.

-¿Recordás alguna anécdota de alguna catástrofe culinaria que te haya sucedido?

-Eh, a ver, una vez... No sé. Te puedo contar de las hermanas, pero mía, la verdad, no me acuerdo. Una hermana una vez se equivocó y, en vez de poner 10 g de gelatina, puso 100 g de gelatina.

Entonces quedó un ladrillo y bueno, hubo que... usamos esa gelatina muchas veces para agregarle el agua que necesitaba y comimos, no sé, mucho tiempo esa misma gelatina.

Y otra vez, a una hermana, pobrecita, se le cayó una agarradera dentro de la sopa y la primera hermana que se fue a servir agarra así la agarradera con el cucharón. Eso fue muy gracioso. Y ella estaba tan enojada que agarró la olla y se la llevó a la cocina. Ay, qué divertidísimo fue.

Otra hermana había... habían estado unos albañiles trabajando y había quedado, no sé si era soda cáustica, bueno, algo había quedado arriba de la mesa y ella pensó que era harina. Entonces había hecho escalopes y, de pronto, los escalopes en la sartén empezaban a hacer globo, globo, globo. No sabíamos qué era y era la soda cáustica. Y por supuesto no pudimos comer, pero bueno, cosas muy graciosas, sí. Suceden.

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La hermana Verónica descubrió su vocación a los 21 años, mientras estudiaba Geografía. Hoy, además de su vida en el monasterio, continúa vinculada a la enseñanza.

“Es un amor mucho más grande que no alcanza con una familia”

-¿Podés identificar un momento en tu vida en el cual Dios te dijo: “Vení conmigo”?

-Sí, sí. Tal vez no uno, pero muchos.

En muchas situaciones. Por ejemplo, yo trabajaba en un colegio donde los chicos fumaban marihuana en el baño. Y yo dije: “No, vamos, hay que hacer algo acá”. Entonces los invitaba los domingos a las 10 de la mañana, nos encontrábamos en la plaza enfrente del colegio y nos íbamos todos juntos a misa. Y bueno, yo sentía que mi... una de mis tareas era estar para ellos, ¿no?

Porque si un chico se droga es porque hay algo que está faltando o no está bien. Entonces, bueno, ese fue un momento. Otro momento fue el descubrir la vida de los santos, que yo sentía que Dios me decía, me llamaba a una vida similar. No que yo sea santa, pero por lo menos trato, ¿verdad?

Y después otro momento, en la misa en mi parroquia, en San Felipe Neri, después de la comunión se rezaba todos los domingos la oración por las vocaciones.

Entonces, dentro de mi corazón, yo sentía: esta oración, la comunidad la está haciendo por vos. Eso era muy fuerte y yo lloraba porque, claro, no estaba en mis planes, la verdad es esa. Yo pensaba, como cualquier persona, tener una familia y tener hijos, pero bueno, esto Dios te va agarrando cada vez más y no te suelta.

Y llega un momento que hay una certeza de que la única forma de ser feliz y plena y completa es respondiendo a este deseo que hay dentro, ¿no? Porque Dios nunca nos va a pedir algo que no nos guste. Si no te gusta ver sangre, no te va a pedir que seas cirujano.

Entonces, la vida consagrada o la vida sacerdotal, la vida religiosa, siempre Dios pone un deseo en el corazón, un anhelo muy grande de algo distinto.

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Con su habitual sentido del humor, la hermana Verónica habla de su vida cotidiana, sus misiones, la cocina y la experiencia de haber llegado a la televisión.

-Y esa emoción que vos sentías en esa edad, ¿con qué tenía que ver? ¿Con encontrar esa vocación, con que había algo que te movilizaba las entrañas y no sabías qué era?

-Exacto. Es muy difícil encontrar el amor, explicar el amor, pero es el amor. Es como este amor mucho más grande y amplio que no alcanza con una familia. Es un amor que abraza a todo, ¿no?

A toda la creación, a todas las personas. Y bueno, por supuesto, al principio de mi vida consagrada yo pensaba: “Ay, voy a ir a África”. Pues estoy en una congregación misionera. Entonces pensaba: “Voy a ir a África a cuidar”.

Bueno, la idea que a veces tenemos todos de lo que es la vida misionera. Y después no, te das cuenta de que la vida misionera también puede ser en Buenos Aires, con chicos que se drogan, con gente en situación de calle, en un hogar de niños, que es mucho más amplio que ir a África, ¿no?

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La cocina forma parte de su historia desde la infancia: aprendió junto a su mamá y empezó a cocinar por su cuenta cuando tenía 12 años.

-¿Podés decir que día a día, en pequeñas o grandes cosas, que seguís reconfirmando este llamado que te hizo Dios?

—Por supuesto, todo el tiempo. No me cabe duda. Si hay algo de lo que no tengo duda, puedo tener duda de muchas cosas, pero algo de lo que no tengo duda es que Dios me llamó para esta vida y que en esta vida es donde me voy a planificar.

De hecho, el otro día alguien me dijo: “Ojalá Dios cumpla todos tus deseos”. Y yo le dije: “Pero Dios ya cumplió todos mis deseos”.

Todo lo que yo hago me satisface tanto y me llena tanto de alegría que, la verdad, no tengo... qué sé yo, vos podrás pensar, Flor, que con qué sé yo, que no tengo ambiciones o que no tengo expectativas, pero no. Soy tan feliz con todo, absolutamente lo que hago, y siempre necesito tener un proyecto nuevo que me trae entusiasmo y energía, pero siempre es todo dentro de la evangelización. Nunca es algo disparatado como de que, “Ay, quiero ser, no sé, médico”, por ejemplo, no.

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Recetas, recuerdos y vida en comunidad se cruzan en Hermana Verónica, el ciclo de 20 episodios que la llevó a la pantalla de elGourmet.

-Es un poco como que tenés la fórmula que hay otras personas en otros ámbitos que están persiguiendo, haciendo otro tipo de cosas, ¿no? Es una plenitud.

-Sí, tal cual. ;e gustaría que quien me conoció, cuando yo muera diga: “Dio, su energía y su tiempo y sus dones para que las personas se encuentren a Dios o estén más cerca de Dios”.

Si se puede decir eso de mi vida, es un montón decir eso de la vida de alguien. Pero si de mi vida se puede decir eso, o las personas... También no es que me importe tanto lo que las personas piensen, pero si el mensaje que puedo dar es ese, ya está.

Mi vida está satisfecha y como que pude alcanzar la meta que pienso que es mi meta, ¿no? El acercar a mis alumnos a Dios, a mis amigos a Dios, a la gente que viene al monasterio, a Dios, a los huéspedes, a la gente que viene al curso de Biblia, a la gente que me conoce, ¿no? Ojalá.

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El verde de los jardines y los primeros pimpollos de primavera reciben a quienes atraviesan el portón del Monasterio de la Epifanía, en el barrio de Belgrano.

De profesora a misionera: cuando enseñar también es salir al encuentro de otra realidad

-Sos una mujer multifacética y desde antes de tu vida consagrada eras profesora de Geografía, ¿no?

-Soy profe. Voy al colegio dos veces por semana. Esa es la oportunidad que tengo para hacer todo el trabajo de evangelización en el colegio.

Gracias a Dios, tengo un director y la directora de la tarde también y las dueñas del colegio que me apoyan en todo. Entonces yo voy y les digo: “Vamos a hacer un retiro, vamos”. Vamos, eh, bueno, las convivencias, todo lo que hacemos acá en casa, la misión que vamos a hacer ahora esta semana en Santiago del Estero, todo eso es con apoyo total del colegio.

Sin ellos no sería posible porque me ha tocado trabajar en colegios donde la dirección te dice: “Oh, viste el miedo, ¿no? No, pero ¿y cómo vas a llevar a los chicos? ¿Y qué dice si pasa algo? No sé qué”.

No, ellos confían en esta tarea y saben lo bueno que es para los chicos ver otra realidad. Entonces, apoyan 100%, 1000%.

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La cocina del monasterio, escenario cotidiano de las hermanas y, durante algunos días, también de las cámaras de elGourmet.

-Como hermana misionera, te estás por ir con su alumnos a Santiago del Estero ¿no?

-Sí. Somos 35: seis adultos, profes y directores, ex alumnos y 26 chicos más o menos.

-¿Qué actividades suelen realizar en este tipo de viajes?

-Primero rezamos, desayunamos, después vamos a visitar las casas y después a la tarde tenemos juegos con los chicos del colegio.

En el momento en el que ellos tienen su hora de estudio, nuestros alumnos los acompañan en las tareas que tienen que hacer. Así que es muy divertido todo, pero es un horario así bien militar. Ellos tienen muy claro que no van de viaje de egresados. Esto es otra cosa, es una tarea de servicio y de compartir con los chicos de Santiago.

Alla los chicos nos reciben con juegos, competencias y el viernes es la definición. Así que llevamos premios para entregar a los ganadores.

Es toda una delicia, una delicia... Me encanta que mis chicos, los de acá de Buenos Aires, vean que los de allá no tienen celular y no tienen internet y son felices. Que bailan en el recreo, bailan folklore en el recreo. Es una locura. Ponen música y están bailando. Y bueno, son chicos súper sanos, súper.

No tienen un boliche donde ir a tomar y morirse tomando, no. Entonces es una vida supersana.

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Para la hermana Verónica, la oración también es una forma de acompañar a los demás: escuchar, estar presente y ofrecer una palabra de ánimo.

-Simple, pero muy rica, ¿no?

-Totalmente. Son chicos buenos, buenos.

-Y aunque no van de viaje de egresados, no tengo duda de que se van a divertir como locos...

-Como locos. Y yo les digo, esto es mil veces mejor que el viaje de egresados, porque en el viaje de egresados, lamentablemente, hoy —perdón que diga esto, pero es la verdad— los chicos a la noche toman toda la noche, después al otro día están súper cansados porque no duermen y las excursiones no las aprovechan.

Entonces, toda la belleza de Bariloche, del lugar donde vayan, no lo disfrutan porque no lo ven, porque están durmiendo y están cansados. Y están totalmente alienados, la verdad es esa.

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“La oración tiene fuerza y la oración mueve montañas”, sostiene la hermana Verónica al hablar de su manera de acompañar a quienes atraviesan momentos difíciles.

El fútbol, el cine y su papá: el lado más personal de la hermana Verónica

-Trayéndote un poco también a las cosas que te gustan, sé que te gusta el fútbol, la música, ¿nos contás un poco de eso también?

-Me encanta. Bueno, soy fan de River. No me gusta jugar al fútbol porque me parece muy bruto. Me gustan otros deportes, ¡me encantan los deportes! Me gusta nadar, me gusta jugar al vóley. Un tiempo practiqué tenis y karate también, ¡me gusta todo!

La hermana Verónica cuenta que solía ir a la cancha. Y que siendo consagrada, fue solamente dos o tres veces, cuando la invitaron.

-No puedo yo llegar a la superiora y decirle: 'Dame dinero, por favor, para comprar una entrada'.

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La gratitud ocupa un lugar central en su manera de mirar la vida: “Me parece que la gratitud es el camino para ser positivos”.

-Pero bueno... si te invitan, ¿vas?

—Si me invitan, ¡voy, por supuesto!

-Bueno. Dejamos abierto ahí, a ver quién quiera invitar...

—Sí, divino, me encanta. Es re emocionante todo. Cuando yo iba a la cancha, todavía se tiraban papelitos, los rollos esos del supermercado, ¿viste? Me gustaba eso. El paty de cancha, la parrilla toda grasosa, todo, todo, todo, todo el conjunto completo, me encanta.

-Ese folclore ese de la cancha...

-Abrazarnos con el que está al lado aunque no lo conozcas, todo eso. Cuando mete un gol, por supuesto. Eso es la máxima emoción.

-Bueno, ahora seguís los partidos desde la tele o desde...

—Claro, desde la tele, sí. Claro, claro. O si no lo miro, me voy a fijar después al resultado. Mi papá, que es super fanático también, él me dice: “Ay, Vero, qué mal que estábamos”. Bueno, o “qué bien que estamos”.

-¿Y cómo es el vínculo con tu familia actualmente?

—Yo tengo solo a mi papi. Somos él y yo en el mundo. Sí, y él está muy bien su cuerpito, pero muy mal su cabecita. Eso me entristece un poco porque no puedo hablar, eso es terrible, no poder hablar. No poder así sostener una conversación. Pero bueno, a él le gusta mucho ir al cine, así que vamos seguido.

Y nos gustan a los dos películas de misterio, así que bueno. El otro día me equivoqué, saqué mal una entrada. Yo quería “La revelación” -que es una película que ya salió de cartelera- y saqué para el color de no sé qué cosa. Cuando empieza la película, hay una película romántica. Yo digo: “¿Qué estoy haciendo acá? Me equivoqué”.

¿No? Y le digo: “Pa, perdoname, no es esta la película que queríamos ver”. Entonces salgo del cine y le pregunto al chico de la entrada, que me conoce, por supuesto. “Pero esta no es la película que yo quería ver”. Me dijo: “Sí, me extrañó que vinieras a ver esto. ¿Qué estabas haciendo acá?”.

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Entre misiones, calor ecuatorial y sabores que quedan para siempre

-¿Cómo fueron tus experiencias viviendo en otros países como religiosa?

-Re lindo. La verdad, estar... Se extraña un montón Argentina cuando estás fuera de Argentina.

Lo lindo de estar afuera es que, como no tenés ningún apoyo de nada, Dios es todo, todo. Estar fuera del país es difícil. Pero Dios ocupa un lugar como mucho más importante estando afuera. Entonces tiene sus dos lados.

La vida acá en Argentina es muy cómoda, ¿no? Porque tenés todo: tu misma idiosincrasia, la comida, tus vínculos, tus amigos, es tu lengua, es todo cómodo. Y afuera no, es todo incómodo, todo incómodo, pero Dios es mucho más presente. Entonces es re lindo.

Y bueno, de los países en los que estuve me traje platos, comidas, sí, re lindo, una forma de recordar y de... porque te extrañás también, obviamente.

-Porque formás y vínculos.

—Claro. Y sí, lo más importante... Por eso, de los lugares no son los lugares, son las personas que quedan selladas en el corazón. Entonces una forma de traerlas es a través de la comida. Me encanta.

La hermana Verónica prosigue su relato y recuerda sus años en el norte de Brasil, cerca de la línea del Ecuador, donde el calor no da tregua.

Entonces, saca a relucir sus conocimientos de Geografía y explica que donde vivió varios años, el clima era: "Cálido ecuatorial. Sí, y calor cálido ecuatorial significa que la media es 25 grados. O sea que las temperaturas son mucho más altas. Es terrible el calor. Pero ellos están contentos con su calor".

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“La oración tiene fuerza y la oración mueve montañas”

Frente a un mundo atravesado por conflictos y situaciones que generan sufrimiento, la hermana Verónica encuentra en la fe una forma de acompañar a quienes están pasando por momentos difíciles. Habla de la oración, pero también de algo tan concreto como escuchar al otro y darle espacio para contar lo que le pasa.

“Entonces, bueno, una forma de acompañar es la oración porque yo confío en que la oración tiene fuerza y la oración mueve montañas, ¿no? Entonces, una palabra de ánimo también es muy importante, el poner la oreja, ¿no? La persona que te cuenta una angustia, ya el haberlo contado se le hace más llevadero”.

Y hacia el final de la charla, cuando le preguntamos cómo hace para transformar las dificultades en algo que pueda ser atravesado desde la fe, vuelve a una idea que parece resumir buena parte de su manera de mirar la vida: “Yo soy una persona optimista y me parece que la gratitud es el camino para ser positivos”.

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La hermana Verónica y la hermana Úrsula, su gran amiga

Fotos: Diego García

Video: Flor Franchi

Edición de video: Cande Petech

 
   

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