Más de cuatro años después de aquella madrugada del 19 de marzo de 2022 en París, Shaun Hegarty volvió a escuchar, frente a un tribunal, las últimas palabras de su amigo Federico Martín Aramburu.
No fue solamente un testigo del crimen. Era su amigo, su socio y alguien con quien, apenas unas horas antes, había estado celebrando uno de esos proyectos que hacen imaginar el futuro.
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Por eso, cuando comenzó a declarar ante el Tribunal de lo Penal de París, la emoción apareció enseguida. “Gracias por escucharme, admito que estoy un poco emocionado. Llevo más de cuatro años esperando estar aquí”, dijo.
Habían pasado más de cuatro años. Pero para él aquella noche seguía ahí.
La noche que había empezado con una celebración
La amistad entre Shaun Hegarty y Federico Martín Aramburu había comenzado muchos años antes, alrededor de 2004. Los unía el rugby, pero con el tiempo también construyeron proyectos juntos y se convirtieron en socios de una agencia de eventos.
Aquella noche de marzo de 2022 tenían, además, un motivo especial para brindar. Habían recibido buenas noticias laborales: trabajarían en la Copa Mundial de Rugby, un proyecto que Federico deseaba especialmente.

Hegarty recordó que se encontraron cerca de la medianoche. Se abrazaron, rieron, cantaron y bailaron. Fue una noche entre amigos, de esas que parecen comunes mientras suceden y adquieren otro significado cuando el tiempo las convierte en recuerdo.
Al terminar, cuando regresaban al hotel, decidieron detenerse en un bar para tomar una última copa y comer algo. Ninguno podía imaginar cómo terminaría aquella madrugada.
De una discusión a una tragedia
En Le Mabillon comenzó una discusión con Romain Bouvier y Loïk Le Priol. Hubo un enfrentamiento breve, intervino el personal de seguridad y finalmente Aramburu y Hegarty abandonaron el lugar.
Los dos estaban golpeados. Incluso entraron a un hotel cercano para pedir hielo. Ese detalle cotidiano resulta hoy estremecedor: Federico agradeció al recepcionista que los ayudó y le dejó un euro antes de volver a salir a la calle.
Minutos después, todo cambió. Según reconstruyó Hegarty ante la Justicia, vio un vehículo estacionado cerca del bar y reconoció nuevamente a algunas de las personas con las que habían discutido.
Después llegaron los disparos. Al principio, contó, ni siquiera entendió lo que estaba ocurriendo. Pensó que podían ser detonaciones de fogueo o sonidos parecidos a petardos. Hasta que vio a su amigo herido.
“Shaun, llama a la policía, me voy a morir”
El relato más difícil llegó cuando Hegarty tuvo que recordar los segundos finales. Federico cayó herido en la calle.
Su amigo todavía estaba en estado de shock. Durante unos instantes, contó, pensó que Aramburu iba a levantarse y que ambos podrían regresar al hotel.
Entonces se acercó. Y Federico le habló. “Shaun, llama a la policía, me voy a morir”. Fueron las palabras que Hegarty recordó ante el tribunal.
Las últimas palabras de un hombre que, apenas unas horas antes, había estado celebrando el futuro.
“Es entonces cuando me doy cuenta de lo que está pasando”, recordó Hegarty. Después contó que lo tomó en sus brazos, sin saber qué hacer, mientras otras personas se acercaban para intentar ayudarlo.
Pero él ya sentía que su amigo se estaba yendo.
Un recuerdo que sigue acompañándolo
El asesinato de Federico Martín Aramburu no terminó aquella madrugada para quienes estaban a su lado.
Hegarty contó durante el juicio que todavía recibe tratamiento psicológico y que durante estos años atravesó trastornos del sueño, pesadillas e hipervigilancia.
El trauma quedó. Pero también quedó algo más: el deseo de Federico que aquella noche ambos estaban celebrando.
Después de su muerte, Hegarty, María (la mujer de Federico) y el equipo de la agencia que compartían decidieron seguir adelante con el proyecto para trabajar en la Copa Mundial de Rugby. Para Shaun era importante hacerlo. Era una manera de terminar algo que habían empezado juntos.
“Era el deseo de Federico poder trabajar en un Mundial, reunir a gente de todas partes”, explicó. Tal vez por eso su declaración fue mucho más que la reconstrucción de un crimen.
Fue también la historia de una amistad interrumpida de la forma más brutal. La historia de una noche que empezó con abrazos, risas y proyectos.
Y terminó con un amigo sosteniendo al otro entre sus brazos mientras escuchaba una frase que, más de cuatro años después, todavía no puede olvidar: “Shaun, llama a la policía, me voy a morir”.

