Antes de que la moda argentina tuviera pasarelas, carreras universitarias y grandes nombres, hubo mujeres que trabajaron en silencio. Modistas, costureras, bordadoras y patronistas que, desde talleres y boutiques, no solo confeccionaron prendas: interpretaron los deseos, las necesidades y los cambios de otras mujeres.
Muchas de ellas construyeron su independencia económica alrededor de una mesa de corte, transmitieron sus saberes entre generaciones y transformaron la forma de habitar el cuerpo. Sin embargo, sus nombres quedaron durante años en la trastienda de una historia que solía celebrar únicamente a las firmas visibles.

En Modistas, Lorena Pérez recupera esas vidas y les devuelve el lugar que merecen. Con sensibilidad periodística y un profundo trabajo de archivo, reconstruye un linaje femenino que atraviesa las casas de alta costura de los años cincuenta, el Instituto Di Tella, el under porteño, la FADU y el diseño de autor contemporáneo.
Porque detrás de cada prenda hay manos, decisiones, conocimientos y experiencias. Y porque contar la historia de la moda argentina también implica reconocer a las mujeres que, puntada a puntada, ayudaron a construir nuestra identidad. En esta entrevista, la autora invita a descoser el relato oficial para descubrir la memoria que todavía llevamos puesta.
-¿Cómo nació la idea de escribir Modistas y qué vacío sentías que era necesario reparar en la historia de la moda argentina?
-Me interesaba contar la historia desde una perspectiva renovada. Pensar la noción de guardarropa que hoy nos convoca y reponer el trabajo de las mujeres que vistieron a otras mujeres, para entender qué tensiones, debates y estilos de vida quedaron plasmados en esas creaciones a lo largo del tiempo. Buscaba observar los hitos del vestir en la vida cotidiana para comprender cómo se va tejiendo la identidad desde nuestro propio territorio.
Al revisar el pasado de la moda en Argentina, sentí que faltaba una mitad de la conversación. Por un lado existía un relato oficial consagrado y por el otro, un legado fundamental que permanecía relegado. Al explorar las grietas entre esas historias conocidas, me encontré con una trama riquísima de experiencias que dialogaban en simultáneo con lo que ocurría en las grandes capitales del mundo.
Hubo un trabajo de archivo profundo, utilicé fondos documentales personales e institucionales y mi propio archivo periodístico. Al sistematizar ese material, pude comprobar cómo, aún cuando la Argentina miraba hacia afuera al buscar referencias, la búsqueda de una identidad propia y el trabajo con lo local siempre estuvieron presentes.

-¿Por qué creés que el aporte de tantas modistas, diseñadoras y creadoras quedó relegado o fue narrado desde una mirada principalmente masculina?
-No creo que haya sido una omisión deliberada, sino una consecuencia de cómo se construyeron históricamente las narrativas de la moda. Tradicionalmente, la atención se centró en la figura del creador y en la espectacularidad del diseño pensado para el impacto visual. Desde esa perspectiva, la moda se contó principalmente como un acontecimiento estético.
Las creadoras que abordo en "Modistas" -quienes abrieron casas de alta costura, sostuvieron la escena boutique, impulsaron polos de diseño como Palermo o cruzaron el arte con la indumentaria- aportaron una mirada igual de determinante, enfocada en la dimensión práctica y funcional del vestir.
Su trabajo solía ser percibido como una labor natural del taller o del ámbito privado, cuando en realidad estaban definiendo la silueta urbana y mostrando los modos de consumo de su época. Al diseñar se piensa en la autonomía, el movimiento y la comodidad del día a día y eso es un aporte cultural tan valioso como un desfile.
-El libro propone “descoser la historia oficial”. ¿Con qué hallazgos te encontraste al revisar ese relato establecido?
-El principal hallazgo fue descubrir que la historia de la moda local es mucho más diversa, colectiva e interdisciplinaria de lo que la narrativa oficial solía registrar. Al descoser esa trama, se hace evidente que detrás de la firma autoral existió siempre un entramado de mujeres resolviendo el detrás de escena y construyendo identidad, algo que se refleja con claridad en la relación entre el diseño y la escena del rock a lo largo de las décadas.
Aparece desde la búsqueda inicial de Manal por diferenciarse de la estética beat recurriendo a la figura del tanguero, pasando por la consolidación visual de Soda Stereo en los ochenta a cargo de Alejandra Boquete -quien conseguía la ropa y cosía para adaptar cada prenda a lo que ellos necesitaban en escena-, hasta Luca Prodan usando la ropa de sus novias y apelando a la rotura punk para darle su propio estilo, o Babasónicos trabajando a la par de diseñadoras como Emilse Benítez, Agustina Troyer o Andrea Urquizu para traducir sus conceptos en vestuario.
Todo ese trabajo compartido permitió articular el paso de las casas de alta costura de los cincuenta hacia la irrupción del under y la posterior profesionalización del oficio en la FADU, evidenciando cómo el relato local viró paulatinamente de la reinterpretación de los moldes de París o Milán hacia la construcción de una voz propia y situada desde Buenos Aires, atenta a nuestras dinámicas culturales y económicas, aunque sin dejar nunca de dialogar con la referencia extranjera.
-¿Qué diferencias y puntos en común descubriste entre las modistas de las casas de alta costura de los años cincuenta y las actuales diseñadoras de autor?
-El punto en común más fuerte es la vocación de respuesta. En ambas épocas existe la intención clara de resolver el “qué me pongo” y acompañar a una mujer con una vida en constante movimiento. Tanto las pioneras de los años cincuenta como las creadoras contemporáneas comparten el deseo de ofrecer siluetas innovadoras acorde con las necesidades reales de su tiempo.
La diferencia está en cómo evoluciona la relación con la materia y con los propios códigos del vestir. Mientras que en las casas de alta costura la prioridad era la búsqueda de la máxima calidad en los tejidos tradicionales, hoy las diseñadoras apuestan por la innovación textil y la experimentación con nuevos materiales, donde la sustentabilidad es parte fundamental de la conversación.
A esto se suma el cambio en la noción de elegancia, una categoría estructurada y codificada que hoy cede su lugar a la comodidad y a la versatilidad como prioridades indispensables del guardarropa actual.
-¿Hubo alguna mujer cuya historia te sorprendiera especialmente o modificara tu propia manera de entender la moda argentina?
-El proceso de entrevistas fue profundamente movilizante, tanto para mí como para los protagonistas, al reencontrarse con el valor de sus recorridos. Trabajar con el archivo de la fotógrafa Lucrecia Plat fue fascinante, que cubrió la noche porteña, los desfiles en las boîtes y las inauguraciones de los años sesenta y setenta para el diario La Nación.
Ella misma se emocionaba al revisar su archivo completo y ver lo que esas fotos revelaban sobre la época, permitiéndome comprender los intereses y lo que representaba la moda en ese entonces. Con figuras como Rosina Corradini o Inés Lafuente ocurrió algo similar. Fue revelador observar cómo leían los cambios de época a través del consumo y cómo entendían hasta qué punto podían adaptarse a las transformaciones del entorno sin perder su esencia.
Por otro lado, la nueva generación de diseñadoras resulta sumamente inspiradora por cómo expande los límites de la disciplina. Desde Felicitas Quispe con su propuesta de un vestir disidente que toma la marcha del orgullo gay como pasarela, o La Aldi Vega proyectando la estética de barrio para construir un universo propio, hasta Jesica Pullo, cuyo origen cerca de territorios de basurales y talleres informales le dio el impulso para pensar una moda sustentable y con impacto social.
Y también duplas como Emm y Val, quienes desde la base del taller de Sylvie Burstin están actualizando los códigos de la alta costura para hablarle a un público jóven. La moda en Argentina muestra ser un campo vivo de expresión.
-¿Qué momentos —desde el Instituto Di Tella y el under porteño hasta la FADU y BAFWeek— fueron decisivos para que las mujeres conquistaran nuevos espacios creativos?
-Un hito fundamental fue la necesidad de dar respuesta al guardarropa de la mujer trabajadora. Históricamente se valoró la visión de Giorgio Armani al desestructurar el traje, pero también se suelen omitir los aportes que hicieron las creadoras al entender esa misma urgencia desde la vivencia propia de su cuerpo y de su ritmo diario.
A partir de eso, distintos espacios abrieron paso a esa conquista. El under porteño fue el terreno fértil para la primera camada de diseñadores independientes. Ahí aparece la figura pionera de Gabi Bunader, inventando sobre su propia silueta un vestuario que hasta ese momento no existía para luego comercializarlo a pequeña escala en los pocos locales que apostaban por lo distinto. Más tarde, la creación de la carrera de Diseño de Indumentaria y Textil en la FADU aportó la profesionalización del oficio. Ese empuje académico fue importante para que, ya en los años noventa, fueran en su mayoría mujeres quienes lideraran los espacios creativos de las marcas jóvenes, transformando la industria nacional.
-Más allá de crear prendas, ¿de qué manera estas mujeres ayudaron a transformar las ideas sobre el cuerpo, la identidad y la libertad femenina?
-Lo hicieron al proponer una mirada sobre la indumentaria que trasciende la estética y se enfoca en el uso real. Esa transformación se profundizó a medida que las creadoras afirmaron su propia voz, desligándose de la necesidad de validar su talento replicando únicamente las tendencias de las capitales globales.
Si bien es un proceso en constante desarrollo dentro de la industria local, el avance decisivo estuvo en trasladar el eje de la creación. Pasar de una prenda que exigía que el cuerpo se adaptara a la forma del vestido, a desarrollar una moldería pensada para que la indumentaria acompañe a las distintas corporalidades y su libertad de movimiento. Al debatir con la función y el ritmo diario, estas mujeres van transformando el vestir en un espacio de autonomía cotidiana, donde la ropa suma opciones para acompañar la identidad de cada persona.
-¿Qué importancia tuvieron las boutiques y los talleres como espacios de independencia económica, experimentación y encuentro entre mujeres?
-Fueron fundamentales porque funcionaron como espacios creativos y, al mismo tiempo, como plataformas de autonomía personal y profesional. En una época donde los canales tradicionales de la industria solían ser más restringidos, la boutique y el taller propio les permitieron a muchas mujeres construir su independencia económica dirigiendo sus propios negocios y gestionando sus redes de producción.
Además del aspecto financiero, esos lugares tenían una dimensión social enorme. La boutique, más allá de ser el punto de venta, era un espacio de encuentro informal, de intercambio cultural y de prueba, donde clientas y creadoras conversaban sobre cómo querían verse y qué necesitaban para sus vidas. El taller, por su parte, era la trastienda donde se transmitía el saber técnico entre generaciones.
-En una industria que muchas veces celebra el nombre visible de una firma, ¿qué lugar ocupa el trabajo anónimo de costureras, bordadoras, patronistas y trabajadoras de los talleres?
-Ocupa un lugar central. Es la trastienda técnica que materializa cada idea. El valor de una prenda está en la suma de saberes que intervienen en su construcción, donde el pensamiento proyectual del diseñador dialoga de forma directa con la precisión del oficio.
Patronistas, bordadoras y costureras realizan un trabajo de interpretación creativa. Son quienes resuelven el volumen, la estructura y la caída de los materiales, convirtiendo un trazo en un objeto funcional. Reconocer su aporte permite entender la moda como un esfuerzo colectivo.
-Después de reconstruir este linaje femenino, ¿qué memoria de la moda argentina te gustaría que las nuevas generaciones llevaran puesta?
-Me gustaría que las nuevas generaciones lleven puesta una memoria consciente de nuestra identidad cultural: la certeza de que vestirse en Argentina es el reflejo de un territorio y una historia propios.
Es importante comprender el proceso de nuestra identidad y cómo se fue moldeando la industria nacional. Durante mucho tiempo operamos bajo la lógica de la reinterpretación de lo que venía de afuera. La idea de una mirada autoral y valorada localmente es un fenómeno bastante reciente.
Por eso, me interesa visibilizar el aporte fundamental de las distintas generaciones de mujeres que pensaron soluciones creativas y técnicas ajustadas a las necesidades reales de cada época, devolviéndole el valor que merece a ese saber acumulado.
Ojalá esta investigación abra esa conversación pendiente sobre nuestra historia local. Entender por qué nos vestimos como nos vestimos y darle el justo reconocimiento a las mujeres que hicieron posible esa trama.

