Agustina Restucci, la antropóloga y escritora que explora la memoria familiar: "Hay cosas que sentimos sin saber de dónde vienen" - Revista Para Ti
 

Agustina Restucci, la antropóloga y escritora que explora la memoria familiar: "Hay cosas que sentimos sin saber de dónde vienen"

La antropóloga y escritora independiente presenta El Origen del Sonido, la novela que cierra una trilogía atravesada por la memoria, los secretos familiares y aquello que heredamos sin saberlo. En esta entrevista con Para Ti habla de las voces que dejan huella, la posibilidad de otras vidas, los límites de la ciencia y una pregunta tan íntima como universal: cuánto de lo que somos realmente nos pertenece.
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Hay historias familiares que conocemos porque alguien alguna vez decidió contarlas. Otras sobreviven en los silencios, en ciertos miedos difíciles de explicar, en sensaciones que aparecen sin que sepamos exactamente de dónde vienen. Y hay preguntas que pueden acompañarnos durante toda una vida: ¿cuánto de lo que sentimos nació con nosotros?, ¿cuánto heredamos?, ¿podemos llevar dentro la huella de personas que estuvieron mucho antes?

Agustina Restucci convirtió esas inquietudes en literatura. Antropóloga y escritora independiente, después de El Origen de las Flores y El Origen de las Piedras, completa su universo narrativo con El Origen del Sonido, una historia situada en un futuro cercano en el que la ciencia y la tecnología intentan responder algunas de las preguntas más antiguas de la humanidad.

"El origen del sonido", el nuevo libro de Agustina Restucci
"El origen del sonido", el libro de Agustina Restucci

Esta vez, el gran misterio está en la voz. Invisible pero capaz de atravesar el cuerpo, emocionar, incomodar, calmar o despertar recuerdos, el sonido se convierte en la puerta de entrada hacia una trama donde conviven inteligencia artificial, memoria familiar, reencarnación, reproducción asistida, genética y secretos transmitidos durante generaciones.

En el centro está Seta, una científica que comienza buscando respuestas desde la razón y termina enfrentándose a algo mucho más íntimo: aquello que lleva dentro de sí.

“Hay cosas que sentimos sin saber de dónde vienen”, dice Restucci. Y quizás allí esté la pregunta más profunda de su trilogía: no solamente descubrir qué recibimos de quienes estuvieron antes, sino decidir qué hacemos con eso.

-Después de El Origen de las Flores y El Origen de las Piedras, ¿qué te llevó a poner el sonido en el centro de esta nueva historia? ¿Hubo una imagen, una experiencia o una pregunta que disparó la novela?

-Siempre tuve una idea bastante clara desde lo temporal. El Origen de las Flores transcurre en el presente, El Origen de las Piedras viaja hacia el pasado, así que me cerraba que la tercera parte mirara hacia el futuro, pero quería un futuro cercano, reconocible.

Estamos viviendo una aceleración tecnológica enorme, rodeados de discursos sobre la inteligencia artificial, del miedo a lo que puede pasar y de imaginarios bastante apocalípticos. A mí me interesaba probar otra mirada. El mundo que tenemos ahora tampoco funciona demasiado bien así que, ¿por qué no pensar que esas mismas herramientas, utilizadas de otra manera, podrían ayudarnos en vez de eliminarnos?

Al principio no sabía que el sonido iba a ser el centro de la novela. Durante un tiempo traté de llevar la tercera parte hacia el mundo de los hongos. Me gustaba la continuidad con elementos de la naturaleza: flores, piedras, hongos. Lo intenté, lo forcé bastante y no funcionó. De todo eso sobrevivió solamente una cosa: el nombre de la protagonista, Seta. Y entonces volvió el sonido.

Hace años había escrito una novela entera alrededor de esa idea. Nunca la publiqué porque siempre sentí que era más un borrador que una novela terminada o quizás porque era tan “loca” que no me animé. Pero había convivido tanto tiempo con esa historia que, de alguna manera, se había vuelto parte de mí. Sus preguntas, sus imágenes, ciertas ideas habían quedado dando vueltas en mi cabeza, como una película que uno vio hace años pero que, por alguna razón, no se va del cuerpo.

Cuando decidí que la protagonista de este tercer libro sería una científica y que la historia transcurriría en ese futuro cercano, todo empezó a encajar de una manera muy natural. El sonido, que llevaba años buscando dónde aparecer, finalmente encontró su lugar y terminó convirtiéndose en el cierre de la trilogía.

Creo que mi interés por el sonido viene también de algo muy cotidiano. Desde siempre me llama la atención el efecto físico que pueden producirme determinadas voces. Hay voces que me molestan, otras que me tranquilizan, algunas que podrían hacerme dormir. ¿Por qué? También me atraen los sonidos de las ballenas, las frecuencias que existen aunque nosotros no podamos escucharlas y, en general, esa condición misteriosa del sonido: es invisible, pero puede atravesarnos y producir algo en nuestro cuerpo.

De ahí empezó a crecer la pregunta que finalmente encontró Seta: ¿y si una voz pudiera contener algo más que palabras?

-En el libro, la voz guarda un secreto que atraviesa generaciones de mujeres. ¿Qué te interesa explorar sobre lo que se transmite en una familia, tanto a través de las palabras como de los silencios?

-Hay dos caminos que se me abren cuando pienso en eso. El primero tiene que ver con una pregunta que atraviesa toda la trilogía: ¿cuánto de lo que nos pasa nos pertenece realmente y cuánto puede venir de quienes estuvieron antes que nosotros? Me interesa mucho pensar si experiencias, miedos, traumas o incluso determinadas formas de sentir pueden dejar alguna huella que atraviese generaciones.

Hay una imagen que siempre me resultó muy potente: cuando una mujer está embarazada de una hija, los ovocitos que esa hija tendrá en el futuro comienzan a formarse durante la vida fetal. De alguna manera, hay tres generaciones compartiendo un mismo cuerpo en un mismo momento.

Y ahí empecé a jugar con otra idea. Nuestro cuerpo y nuestras células contienen agua y el sonido es vibración. Entonces me pregunté, ya entrando deliberadamente en el terreno de la ficción: ¿podrían las frecuencias de las voces, de aquello que se dice alrededor de esa mujer, producir algún efecto en ese cuerpo en formación? ¿Podría una vibración alcanzar, de alguna manera, aquello que décadas después formará parte del cuerpo de una nieta?

"¿Podría una vibración alcanzar, de alguna manera, aquello que décadas después formará parte del cuerpo de una nieta?"

No me interesaba afirmarlo científicamente, sino imaginarlo. Pensar que tal vez una voz pudiera dejar una huella mucho antes de que existiera siquiera la memoria capaz de recordarla.

Mientras escribía El Origen del Sonido apareció otro camino que terminó interesándome todavía más. Pensé: ¿y si algunas de esas cosas que sentimos como antiguas o inexplicables no provinieran de generaciones anteriores? ¿Y si fueran nuestras? Acá me entusiasmé.

Fue cuando entró una idea mucho más espiritual: la posibilidad de otras vidas. Si la reencarnación existiera, ¿qué traeríamos con nosotros al volver? ¿Miedos? ¿Afectos? ¿La sensación inexplicable de reconocer a alguien? ¿Podríamos reencontrarnos con las personas que quisimos bajo otras formas? Me atrae mucho esa idea de continuidad, de eternidad y también de nuevas oportunidades. Entonces apareció la pregunta que necesitaba la novela: ¿qué pasaría si nuestra voz guardara la respuesta?

Ahí el sonido cero dejó de ser solamente una posible huella de lo heredado para convertirse en algo más inquietante: la posibilidad de que una persona lleve en su propia voz rastros de una historia que no recuerda haber vivido.

Después están los silencios. En la novela digo que hay silencios de todo tipo: los que guardan palabras que no dijimos, los que esconden algo que no queremos contar, los que nacen de algo que ni siquiera sabemos cómo nombrar.

Me interesaba que la voz y el silencio no fueran opuestos. A veces lo que no se dice también se transmite.

Creo que, en el fondo, todo vuelve a la misma inquietud: hay cosas que sentimos sin saber de dónde vienen. La novela juega con la posibilidad de que exista una manera de explicarlas.

-Seta empieza a investigar su historia familiar y encuentra algo que no esperaba. ¿Cómo construiste a esta protagonista y qué tiene su búsqueda de tus propias inquietudes?

-Seta no empieza la novela buscando su historia familiar. Esa información le llega casi como una consecuencia inesperada de su propio camino como científica. Y, cuando aparece, ni siquiera sabe muy bien qué hacer con ella. Se pregunta si debería importarle, si tendría que sentirse vinculada con esas mujeres que vivieron antes que ella simplemente porque comparte su sangre. ¿Les debe algo? ¿Debería sentir algo por ellas? ¿La sangre alcanza para construir un vínculo?

Al mismo tiempo empiezan a invadirla imágenes, olores y sensaciones que no termina de reconocer como propias. Y ahí aparece una contradicción que me interesaba mucho: por un lado está la científica, que necesita observar, medir, encontrar patrones y explicaciones; por otro, hay cosas que le están sucediendo y que no entran fácilmente dentro de ese sistema.

Seta se fue construyendo bastante sola mientras escribía. No la pensé de antemano como un personaje con determinadas características. La fui viendo avanzar y retroceder, contradecirse, cuestionarse lo que siente y, sobre todo, preguntarse muchas veces qué debería sentir.

Creo que ahí sí me reconozco bastante en ella. En esa especie de mecanismo mental que analiza incluso la propia emoción: ¿por qué estoy sintiendo esto?, ¿tiene sentido?, ¿es realmente mío?, ¿está bien que lo sienta?

A partir de ahí su búsqueda empieza a abrir preguntas cada vez más grandes. ¿La sangre significa algo por sí misma? ¿Hay cosas que sentimos que en realidad pertenecen a otros? ¿Y si fueran nuestras, pero de otra existencia? ¿Cuánto de lo que hacemos responde verdaderamente a decisiones propias y cuánto a una programación que nunca elegimos?

Creo que esa última pregunta es muy mía y atraviesa, de distintas maneras, los tres libros. Todos nacemos dentro de algo que ya estaba funcionando antes de que llegáramos: una familia, una época, una cultura, determinados mandatos, determinadas ideas acerca de cómo hay que vivir. Seta intenta descubrir qué parte de todo eso es ella y qué parte recibió.

Quizás su verdadera búsqueda termine siendo esa: no tanto descubrir de dónde viene, sino decidir qué hacer con eso que descubre que lleva adentro.

-El “sonido cero” es uno de los grandes misterios de la novela. Sin revelar demasiado, ¿cómo nació esa idea y qué investigación hiciste para desarrollarla?

-A veces pienso que escribo las historias que me gustaría que me contaran. El sonido cero nació un poco de ahí, de un deseo bastante íntimo: ¿qué pasaría si pudiéramos demostrar, con algún grado de certeza científica, que después de morir volvemos? ¿Y si además pudiéramos saber que, de alguna manera, volvemos a encontrarnos?

Me gusta esa idea. Quizás porque haría que nos sintiéramos un poco menos solos. O porque cambiaría nuestra relación con la muerte. No sé. Solo me gustaría que fuera cierta.

Esa pregunta ya había aparecido en aquella novela que escribí hace años y nunca publiqué, pero cuando volví a ella el mundo había cambiado muchísimo. En ese momento la inteligencia artificial, al menos como la conocemos y utilizamos hoy, no formaba parte de nuestra vida cotidiana. Ahora podía imaginar herramientas capaces de procesar cantidades enormes de información, comparar voces, detectar patrones y encontrar relaciones que para una persona serían imposibles de advertir. Y pensé: ¿qué pasaría si utilizáramos toda esa capacidad tecnológica para intentar responder una de las preguntas más antiguas que tenemos?

La voz terminó siendo el lugar donde buscar esa respuesta. Podría haber sido otra cosa, pero de algún modo insistió en ser la voz. Volví a esa fascinación que tengo desde siempre por los efectos que producen determinados sonidos: una voz que nos calma, otra que nos incomoda, una que sentimos familiar sin saber exactamente por qué. ¿De dónde vienen esas sensaciones?

A partir de ahí investigué sobre frecuencias, infrasonidos, percepción auditiva y sobre la capacidad del cuerpo de responder a vibraciones y sonidos que no siempre experimentamos de manera consciente. Y después hice lo que más me gusta hacer cuando escribo: tomé lo que sabemos y avancé hacia lo que no sabemos.

Ahí aparece el sonido cero. En la novela imagino que abajo de todo eso que hace única a una voz existe una frecuencia todavía más profunda, una especie de huella que permanece. Y que la tecnología finalmente consigue aislarla, medirla y compararla.

No quería presentar una respuesta científica real, porque no la tenemos. Quería jugar, desde la ficción, con la posibilidad de que algún día la tuviéramos. Imaginar que la ciencia pudiera demostrar algo que hasta ahora pertenece al terreno de la fe, la espiritualidad o el misterio.

Creo que eso es lo que más me atrae del sonido cero: no es solamente una tecnología inventada para la novela. Es la fantasía de encontrar una prueba. De que quizás no terminamos. De que quizás volvemos. Y de que quizás volvemos a buscarnos.

-La trama aborda la posibilidad de intervenir y reproducir la vida. ¿Qué preguntas sobre la identidad, el poder y los límites de la ciencia quisiste abrir desde la ficción?

-La reproducción asistida es un tema que me interesa muchísimo porque me parece un territorio enorme para el debate y el intercambio de miradas. Por supuesto que representa un avance extraordinario: gracias a la ciencia, hoy pueden tener hijos personas que de otra manera quizás no hubieran podido. Eso es indiscutiblemente valioso. Pero cada posibilidad nueva también abre preguntas que antes ni siquiera pensábamos hacernos.

Me interesan especialmente esas preguntas. El derecho de una persona nacida mediante donación a conocer su origen genético, por ejemplo. O qué hacemos con los embriones criopreservados que finalmente no se utilizan. ¿Se donan? ¿Se descartan? ¿Qué significa que un embrión permanezca congelado durante diez años? Si dos embriones fueron creados al mismo tiempo pero uno nació diez años después que el otro, ¿qué edad tiene cada uno? ¿Son hermanos? Son preguntas fascinantes porque la tecnología empieza a desarmar incluso categorías que creíamos muy simples.

Ahora aparece una posibilidad todavía más enorme: la edición genética. Si en algún momento pudiéramos no solamente evitar determinadas enfermedades sino también elegir o modificar características de nuestros futuros hijos, ¿dónde pondríamos el límite? ¿Qué elegiríamos para nuestra descendencia si realmente pudiéramos elegir? ¿Y qué consideraríamos una “mejora”?

Porque ahí surge una pregunta que me obsesiona en toda la trilogía: ¿quién define qué es un ser humano mejor? Si todos empezáramos a seleccionar determinadas características porque socialmente las consideramos deseables, ¿qué pasaría con la diversidad? ¿Llegaríamos a un punto en el que todos quisiéramos producir el mismo tipo de persona? ¿Y terminaríamos, quizás, descubriendo que eso que intentamos eliminar también formaba parte de lo que nos hacía humanos?

Todo ese universo atraviesa los tres libros, pero quise que la forma de intervenir sobre la vida fuera coherente con la época de cada novela. En El Origen de las Piedras, que sucede en el pasado, la búsqueda de un ser humano “mejorado” es todavía rudimentaria: experimentos psicológicos, condicionamiento y sustancias con las que intentan alterar lo que esas mujeres transmitirán a su descendencia. En El Origen de las Flores, ya en el presente, aparece la epigenética y la intención de potenciar aquello que las generaciones anteriores supuestamente consiguieron. Y en El Origen del Sonido, en un futuro cercano, la tecnología permite llegar muchísimo más lejos.

Ahí quise dar un paso más. Una vez que conseguimos intervenir el cuerpo, ¿qué queda por mejorar? La mente. La psiquis es todavía ese territorio al que la ciencia dura no consigue acceder de la misma manera. Entonces la ambición cambia: ya no alcanza con producir un cuerpo más sano, más fuerte o genéticamente optimizado. Ahora se intenta intervenir eso que nos hace ser quienes somos.

Ahí es donde para mí la pregunta científica se convierte en una pregunta sobre identidad y poder. Entre genética, epigenética, donantes, gestación, ambiente y, en mi ficción, incluso las huellas de otras existencias, ¿cuánta información puede contener una sola persona? ¿Cuánto de ella podemos modificar antes de convertirla en otra cosa?

No quería responder ninguna de esas preguntas. Al contrario. Quería abrir todas las que pudiera. Porque cuanto más capaces somos de intervenir la vida, más difícil se vuelve una pregunta aparentemente muy simple: si pudiéramos elegir cómo serán los seres humanos del futuro, ¿qué elegiríamos?

-La memoria y las heridas heredadas atraviesan toda la saga. ¿Cómo trabajás esos temas para convertirlos en una historia de suspenso y, al mismo tiempo, darles profundidad emocional?

-No sé si pienso intencionalmente en “heridas heredadas” cuando escribo, sino en la idea de que hay cosas que empiezan antes que nosotros y cuyas consecuencias pueden alcanzarnos mucho tiempo después. ¿Estas serían las heridas heredadas? Pienso en las decisiones de otras personas, secretos, vínculos familiares, intervenciones sobre los cuerpos y lo que fuera que haya pasado antes que nosotros, y en su posible repercusión o no repercusión en nuestro presente.

Mis protagonistas muchas veces reciben algo que no eligieron y tienen que decidir qué hacen con eso. ¿Aceptarlo? ¿Negarlo? ¿Pelear con eso? ¿O responsabilizarse de la propia vida sin victimizarse?

Creo que ahí aparece también mi manera de construir el suspenso. A mí me interesa mucho el suspenso que ocurre dentro de la cabeza de un personaje. El momento en que alguien encuentra una información, recuerda algo o conecta dos hechos que hasta ese instante parecían independientes y, de pronto, entiende algo que modifica todo lo anterior.

Ese “darse cuenta” me resulta muchísimo más inquietante que un peligro puramente externo. Porque una vez que entendiste algo, ya no podés volver al momento anterior, cuando todavía no lo sabías. El descubrimiento cambia la historia, pero también cambia al personaje que la está mirando. La pone en un lugar de decisión. ¿Qué vida quiere o elige vivir?

Por eso creo que la profundidad emocional aparece de manera natural. No pienso primero en un tema emocional y después intento convertirlo en suspenso. Para mí las dos cosas pasan juntas. Si Cala, Jade o Seta descubren algo sobre su origen, sus cuerpos, sus familias o incluso de aquello que creían ser, la pregunta no es solamente “¿qué pasó?”, sino “¿qué hago ahora con esto que sé?”.

Quizás ahí sí aparece la memoria de una manera que me interesa: no solo como recuerdo, sino como algo capaz de cambiar de significado cuando aparece una nueva pieza. A veces no hace falta recuperar un recuerdo perdido. Alcanza con entender de otra manera algo que siempre estuvo ahí.

Ese es el suspenso que más me gusta: cuando el verdadero giro no pasa afuera, sino adentro del personaje.

-La búsqueda de Seta la lleva hasta la Patagonia. ¿Por qué elegiste ese territorio y qué aporta su paisaje al encuentro entre ciencia, espiritualidad y secretos familiares?

-La Patagonia está presente desde El Origen de las Flores y, para mí, ya es parte del universo de la trilogía. Tiene algo que me resulta muy particular: una mezcla de inmensidad, aislamiento y misterio. Puede ser un refugio, un escondite o un lugar de escape. En mis novelas, muchas veces son las tres cosas al mismo tiempo.

También me interesa mucho el contraste que se produce ahí. En El Origen del Sonido hay científicos, laboratorios, tecnología y herramientas muy sofisticadas intentando encontrar respuestas, pero todo eso convive con un paisaje enorme, antiguo, que parece recordarnos que hay cosas que existen desde muchísimo antes de que nosotros intentáramos explicarlas.

Creo que eso tiene mucho que ver con Seta. Ella llega buscando respuestas desde la ciencia, tratando de medir, analizar y entender, pero su búsqueda termina enfrentándola también con su propia historia y con cosas que no entran tan fácilmente en una explicación racional.

La Patagonia me permite poner esas dos dimensiones en el mismo lugar: lo que podemos estudiar y lo que todavía nos resulta misterioso. Y, además, por su geografía y su aislamiento, es el escenario perfecto para una trilogía construida alrededor de secretos que pudieron permanecer ocultos durante generaciones.

-Aunque comparten un universo, los tres libros pueden leerse en cualquier orden. ¿Cómo lográs que cada novela tenga una historia completa y, a la vez, dialogue con las otras?

-Fue una decisión consciente desde el principio y nació bastante de mí como lectora. Me encantan las trilogías y las sagas, pero no me gusta sentir que estoy obligada a empezar por el primer libro para poder entender a los demás. Quería que el lector tuviera libertad para elegir por dónde entrar.

Entonces cada novela tiene su propia protagonista, su conflicto y una historia que empieza y termina dentro de ese libro. Pero, al mismo tiempo, las tres forman parte de un universo mayor. Hay personajes, lugares, objetos, frases y pequeños detalles que reaparecen y adquieren otro significado dependiendo del orden en que se lean.

Eso fue algo que disfruté muchísimo mientras escribía, porque tampoco tenía todo el universo diseñado de antemano. El Origen de las Piedras, por ejemplo, nació después de El Origen de las Flores y, al escribir esa precuela, empecé a descubrir los motivos de muchas cosas que ya habían sucedido en el primer libro. De alguna manera, también fui descubriendo las conexiones mientras escribía.

Por eso no creo que exista un orden correcto. Si alguien empieza por Piedras, va a saber cosas que quien empezó por Flores todavía ignora y al revés. La experiencia cambia según el punto de entrada.

Incluso tengo una fantasía: que algún lector encuentre entre los tres libros una conexión que yo misma no haya advertido. Me encantaría, porque significaría que ese universo ya empezó a funcionar por su cuenta.

-Elegiste publicar de manera independiente y mantener una relación directa con tus lectores. ¿Cuál fue el mayor desafío de ese camino y qué devolución sobre tus libros te marcó especialmente?

-Ser escritora independiente tiene una contradicción enorme: te da muchísima libertad, pero esa libertad viene acompañada de tener que hacerte cargo de casi todo. No solamente escribís. En distintos momentos sos editora, productora, prensa, marketing, redes, distribución… y después tenés que volver a sentarte frente a una página en blanco e intentar sentirte escritora otra vez.

Creo que uno de los mayores desafíos para mí fue entender que escribir el libro era solamente una parte del trabajo. Después hay que conseguir que alguien se entere de que existe. Y hay algo bastante extraño en pasar meses o años trabajando en absoluta intimidad para después salir al mundo y decir: “Hice esto. ¿Querés leerlo?”. Aprender a mostrar mi trabajo también fue parte de convertirme en escritora independiente.

Pero la contrapartida es justamente esa relación directa con los lectores. Cuando alguien que no conozco entra en una historia que durante tanto tiempo existió solamente en mi cabeza y después me escribe para contarme qué sintió, pasa algo muy difícil de explicar. La historia deja de ser completamente mía.

Igual, me cuesta escuchar devoluciones, es algo que todavía tengo que mejorar, me bloqueo un poco. Si es una devolución escrita, es mejor, porque puedo, cuando me siento más fuerte, releerla.

Los libros de Agustina Restucci se consiguen acá.

 
   

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