Eran las 3.30 de la madrugada cuando Rocío Marengo llegó a su casa después de la peregrinación a Luján. Caminaba sosteniéndose con bastones y necesitó ayuda para subir la escalera. Después de tantas horas en movimiento, incluso esos últimos escalones se habían convertido en un esfuerzo.
La escena del regreso permite dimensionar lo que significó la jornada. Antes de salir, Rocío había compartido con sus seguidores una despedida muy tierna junto a su hijo Isidro. “Voy a ir a agradecer que viniste a mi vida”, le dijo al bebé. Ese era el motivo que la llevaba a ponerse en camino.
Una caminata para agradecer
Con un pilotín celeste y un paraguas, Marengo comenzó el recorrido desde Liniers bajo la lluvia. Había decidido participar de la peregrinación para dar gracias por su maternidad y la llegada de Isidro, su hijo con Eduardo Fort.
En ese contexto, la imagen de su regreso adquiere otro sentido: detrás de los pasos lentos y de la ayuda para subir estaba la historia de una mamá que había caminado para agradecer.
Más tarde, Rocío puso en palabras las dificultades del recorrido. Contó que hubo momentos en los que el cuerpo se volvió pesado, las piernas le dificultaban avanzar y sentía que había alcanzado su límite. También destacó cuánto la ayudaron sus amigas y los gestos de aliento de personas que se acercaron durante la caminata.
El valor de dejarse acompañar
Su agradecimiento incluyó a la parroquia San Patricio, con la que peregrinó, y a quienes hicieron más llevadero el camino. Al recordar etapas difíciles de su vida, explicó que había encontrado sostén en Dios y en la Virgen.
Ese acompañamiento también aparece en la escena de la escalera: aceptar una mano, apoyarse y avanzar de a poco.
Rocío había salido de su casa con una intención muy concreta y volvió de madrugada, necesitando ayuda para dar los últimos pasos. Entre la despedida de Isidro y ese regreso quedó una jornada atravesada por el esfuerzo, la compañía y el agradecimiento por tenerlo en su vida.

