El caso Yankelevich: qué pasa cuando un niño habla de violencia
 

Tras el caso Valentín Yankelevich: qué pasa cuando un niño habla de la violencia que recibe y los adultos no lo escuchan

El testimonio de Valentín Yankelevich sobre la violencia que, según relató, sufrió durante su infancia abrió un debate sobre el rol de los adultos frente al sufrimiento de los chicos. La psicóloga y psicoanalista Jacqueline Orellana Rosenberg reflexiona sobre la importancia de escuchar, proteger y reconocer las huellas que deja la violencia física y psicológica.
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El testimonio público de Valentín Yankelevich, quien relató haber sufrido violencia física y psicológica por parte de su padre Darío Giordano durante su infancia, generó una profunda repercusión y volvió a poner sobre la mesa una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando un niño se anima a contar que está sufriendo y no encuentra en los adultos -en una primera instancia- la respuesta que necesita?

A partir de este caso, la psicóloga y psicoanalista Jacqueline Orellana Rosenberg, especialista en vínculos y terapia de pareja, comparte una columna de opinión en la que reflexiona sobre la responsabilidad de los adultos frente a estas situaciones, las consecuencias de no escuchar a los chicos y las marcas que pueden dejar las palabras humillantes durante la infancia.

Hablar sana, siempre y cuando alguien escuche

  • Por Jacqueline Orellana Rosenberg, psicóloga y psicoanalista, especialista en vínculos y terapia de pareja

El testimonio de Valentín Yankelevich vuelve a poner en primer plano una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando un niño se anima a contar que sufre violencia y los adultos que deberían protegerlo le piden que comprenda a quien lo lastima?

Hay algo especialmente doloroso en la violencia que un niño sufre dentro de su propia casa: el lugar que debería ofrecerle protección se convierte en el lugar del que necesita escapar.

Valentín Yankelevich hablando con Tatiana Schapiro para Infobae. Foto captura pantalla.

El testimonio de Valentín Yankelevich, quien relató públicamente haber sufrido violencia física y psicológica por parte de su padre durante su infancia, conmueve no solo por la gravedad de lo que cuenta, sino también por lo que revela acerca de la respuesta de los adultos.

Según su relato, cuando intentó hablar con sus abuelos paternos, la respuesta fue que debía comprender que su padre también estaba atravesando un momento difícil. Su padre, Darío Giordano, rechazó posteriormente las acusaciones. Es importante distinguir las declaraciones de cada parte, pero también detenernos en la pregunta que este testimonio pone sobre la mesa: ¿qué hacemos los adultos cuando un niño nos cuenta que está sufriendo?

Porque el problema no comienza únicamente con la violencia. También puede continuar en la respuesta que recibe quien se anima a contarla. A veces, el primer silencio es el de quien no puede escuchar.

Cuando un niño revela una situación de violencia, el adulto puede quedar atrapado en un conflicto: aceptar lo que escucha implica cuestionar a alguien querido, revisar la imagen de una familia o admitir que aquello que parecía funcionar esconde un sufrimiento. Entonces aparecen las explicaciones: está nervioso, está pasando un mal momento, tiene problemas, no sabe cómo manejar la situación.

Gustavo y Valentín Yankelevich, compartiendo un momento en la cancha cuando el joven era adolescente.

El problema es que, mientras los adultos buscan comprender al adulto, el niño continúa esperando que alguien lo proteja.

Comprender no es justificar. Un adulto puede estar atravesando un duelo, una crisis emocional o una situación personal compleja. Nada de eso convierte la violencia en una conducta aceptable ni traslada al niño la responsabilidad de soportarla. La vulnerabilidad de un adulto no puede tener como precio la vulnerabilidad de un niño.

¿Qué sucede cuando el niño habla y nadie le cree?

Puede aprender que contar no sirve, que pedir ayuda empeora las cosas o que debe proteger a los adultos de las consecuencias de sus propios actos. También puede sentir culpa por hablar, especialmente cuando el agresor es alguien a quien quiere o de quien depende.

Por eso, no podemos exigirles a los chicos que denuncien con claridad, que encuentren las palabras exactas, que sostengan su relato frente a las dudas de los demás y que, además, soporten las consecuencias familiares de haber hablado. Son niños. No tienen por qué saber cómo salir de una situación de la que los adultos deberían ayudarlos a salir.

Gustavo Yankelevich y sus nietos mayores, Franco y Valentin

Algo muy importante a tener en cuenta es que un niño víctima de violencia no siempre consigue denunciar. Muchas veces, simplemente observamos cambios de conducta, aislamiento, irritabilidad, miedo a volver a casa, dificultades escolares o una tristeza que no encuentran cómo explicar. Ninguna de estas señales demuestra por sí sola que exista violencia, pero todas pueden ser una invitación a acercarse, preguntar y estar atentos.

La escuela, los profesionales de la salud, los familiares y los adultos que forman parte de la vida cotidiana de un niño tienen una responsabilidad fundamental: no mirar hacia otro lado cuando algo despierta preocupación.

Escuchar no significa interrogar, presionar ni convertirnos en investigadores. Significa ofrecer un espacio seguro, tomar en serio lo que el chico cuenta, evitar preguntas que sugieran respuestas y no prometer secretos que después no podremos mantener. Si existe una sospecha de violencia, es necesario buscar orientación profesional y activar los mecanismos de protección correspondientes.

Proteger a un niño también implica soportar la incomodidad de escuchar algo que no queremos escuchar.

"Hay muchos chicos que no tienen un abuelo que los escuche"

El testimonio de Valentín tiene una dimensión reparadora: hoy puede poner en palabras una experiencia que durante años, según contó, cargó en silencio. Pero sería injusto que la sociedad se limitara a conmoverse con su historia y continuara igual frente a las situaciones de violencia que ocurren lejos de las cámaras y de los apellidos conocidos.

Hay muchos chicos que no tienen un abuelo que los escuche, un docente que advierta lo que sucede o un adulto que se anime a intervenir. Algunos todavía viven con quienes los lastiman. Otros han contado lo que les pasa y recibieron a cambio una explicación, una duda o un pedido de silencio.

Gustavo y Valentín Yankelevich, más unidos que nunca

No podemos garantizar que todos los niños encuentren de inmediato una respuesta adecuada. Sí podemos dejar de colocar sobre ellos toda la responsabilidad de conseguirla.

La pregunta no debería ser solamente por qué un niño no habló antes. También deberíamos preguntarnos cuántas veces habló y no lo escuchamos.

Porque una infancia no necesita adultos perfectos. Necesita adultos capaces de reconocer el daño, intervenir y poner la protección por encima de la imagen familiar, del miedo al conflicto y de la necesidad de justificar a quienes queremos.

Cuando un niño habla, la primera obligación del adulto no es defender a la familia. Es cuidar al niño.

Los dichos, a veces, son eternos

Hay una dimensión de la violencia que merece una atención particular: la de las palabras que degradan, humillan y destruyen la confianza de un niño en sí mismo. Frases como "no servís para nada" pueden parecer, para quien las pronuncia, expresiones dichas en un momento de enojo. Pero para un chico que depende afectivamente de ese adulto, pueden convertirse en algo mucho más profundo: una definición de quién es.

Un niño todavía está construyendo su identidad y necesita de la mirada de los otros para reconocerse y valorarse. Cuando esa mirada devuelve desprecio, descalificación o humillación, el daño no queda necesariamente circunscripto al momento en que se pronuncian esas palabras. Puede instalarse como una voz interior que persiste mucho después de que la escena terminó.

Las palabras dejan marcas en la constitución subjetiva: el niño puede terminar identificándose con aquello que le dicen, confundiendo la descalificación que recibe con su propio valor. Ya no necesita que alguien le repita que no sirve; puede empezar a decírselo él mismo.

Por eso, la violencia psicológica no debe considerarse una forma menor de maltrato por no dejar lesiones visibles. Los golpes pueden producir un daño físico inmediato; la humillación reiterada puede erosionar la autoestima, la confianza y la posibilidad de sentirse merecedor de amor y respeto. No existe una medida universal que permita afirmar que una forma de violencia siempre deja más huella que otra: ambas pueden ser devastadoras y, con frecuencia, se ejercen juntas.

El tierno mensaje que le dedicó Cris Morena a su nieto Franco, el hijo de Romina Yan, por su cumpleaños: "Sos mi vida"
Franco y Valentín Yankelevich cuando eran pequeños: la foto data de antes de la muerte de su mamá, Romina Yan.

Lo que vuelve especialmente cruel a la descalificación es que ataca algo que un niño todavía está aprendiendo a construir: la posibilidad de sentirse valioso.

Y aquí aparece una pregunta inquietante: ¿cuántos adultos siguen escuchando, dentro de sí, las palabras con las que alguien los lastimó cuando eran chicos?

La infancia es un tiempo en el que la palabra y la mirada de los otros participan en la construcción de la propia identidad. Cuando quien debería cuidar también humilla, amenaza o golpea, el niño no solo experimenta miedo: puede comenzar a creer que merece lo que le sucede, que no vale lo suficiente o que no existe una salida posible.

Por todo esto, la violencia no termina cuando dejan de existir los golpes. A veces, continúa en la voz con la que una persona aprende a hablarse a sí misma.

𝙇𝙞𝙘. 𝙅𝙖𝙘𝙦𝙪𝙚𝙡𝙞𝙣𝙚 𝙊𝙧𝙚𝙡𝙡𝙖𝙣𝙖 𝙍𝙤𝙨𝙚𝙣𝙗𝙚𝙧𝙜, psicóloga y psiquiatra, sexóloga. @psi.sexologia

 
   

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