Durante años, muchas personas interpretaron sus dificultades para concentrarse, organizarse o relacionarse como defectos personales. Se sintieron distraídas, desordenadas o fuera de lugar, sin saber que detrás de esas experiencias podía haber una forma diferente de funcionamiento cerebral. En muchos casos, el diagnóstico de autismo o Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) llega recién en la adultez, después de décadas de preguntas y de exigirse encajar en lo que se considera habitual.
¿Qué significa ser una persona neurodivergente? ¿Cómo impacta en la salud mental y en los vínculos pasar tantos años sin un diagnóstico? ¿Qué cambia cuando finalmente llega una explicación? Mariela Trava, licenciada en Psicología y especialista en neurodivergencias —TEA y TDAH en adultos—, habló con Para Ti sobre el tema y explicó cómo se manifiestan estas condiciones en la vida adulta y qué herramientas pueden ayudar a transitar el día a día.
"No es una enfermedad, sino una forma diferente de percibir el mundo, sentir, aprender y vincularse"
-¿Qué significa ser una persona neurodivergente?
-Ser neurodivergente significa tener un cerebro que funciona de una manera distinta a lo que consideramos “típico”. No es una enfermedad, sino una forma diferente de percibir el mundo, sentir, aprender y vincularse. Dentro de las neurodivergencias se encuentran, entre otras, el Trastorno del Espectro Autista (TEA) y el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), condiciones presentes desde la infancia que muchas veces se detectan recién en la adultez.
Yo evalúo específicamente a adultos y lo que observo es muy distinto a lo que se ve en un chico. En el autismo, muchas personas pasaron su vida adaptándose a lo que la sociedad les marcaba: aprendieron a relacionarse observando a los demás, a reírse de un chiste porque veían que el resto se reía. Es lo que llamamos “enmascaramiento”, un esfuerzo constante por encajar que resulta agotador.

Ese cansancio, sumado a las dificultades en la comunicación y a la sensibilidad a los ruidos, las luces o las texturas, muchas veces termina en ansiedad o depresión, que suelen ser la consecuencia y no el origen del malestar.
En el TDAH, sostener una jornada laboral de ocho horas puede ser una lucha diaria, porque cuesta mantener la atención, organizarse y terminar lo que se empieza.
La impulsividad puede llevar a gastos excesivos y deudas. Hay quienes se olvidan de tomar agua o de comer porque no registran las señales de su propio cuerpo, o pierden amistades porque, si no las ven, no se acuerdan de ellas. No es falta de cariño: es una forma distinta de funcionar.
"Muchas personas llegan a mi consultorio con la misma frase: 'Toda la vida me sentí rara'"
-¿Qué pasa cuando el diagnóstico llega después de los 30, 40 o 50 años?
-Muchas personas llegan a mi consultorio con la misma frase: “Toda la vida me sentí rara”. Cuando no hay una explicación, la persona construye la suya y casi siempre es dura consigo misma: “soy vaga”, “soy desordenada”, “algo está mal en mí”. Esa idea, repetida durante décadas, erosiona la autoestima mucho antes de que aparezcan la ansiedad o la depresión.
También puede tener consecuencias concretas en la salud. Recuerdo a una paciente que estuvo internada varias veces porque ninguna medicación le hacía efecto, sin que nadie considerara que podía ser neurodivergente. Algunas de estas personas reaccionan de forma diferente a ciertos medicamentos: a veces no les hacen efecto y otras generan lo contrario de lo esperado.
Conocí a alguien que quedó internado en observación por un simple relajante muscular.
En los vínculos, el impacto es silencioso pero constante. En el autismo, la necesidad de previsibilidad puede leerse como rigidez o desinterés, cuando en realidad es una forma de cuidarse de la sobrecarga. En el TDAH, los olvidos y la impulsividad generan en la pareja o la familia la sensación de no ser importantes, y en la persona, una culpa que se acumula.
Por eso, el diagnóstico también le da al entorno una nueva forma de mirar y los vínculos se pueden reconstruir sobre otra base.
"Cuando un chico es diagnosticado, los padres se informan y se reconocen en muchas características"
-¿Qué señales pueden llevar a una persona adulta a consultar?
-Muchas veces la consulta llega por un efecto espejo: una amiga o pareja recibe un diagnóstico y, al escucharla, la otra persona piensa: “Eso me pasa a mí”. Otro camino frecuente es a través de los hijos. Cuando un chico es diagnosticado, los padres se informan y se reconocen en muchas características. Como estas condiciones tienen un fuerte componente hereditario, el diagnóstico de un hijo suele abrir la puerta al de la madre o el padre.
También consultan quienes sienten que ya probaron de todo y algo no termina de encajar. Es frecuente que las dificultades se hagan visibles en el estudio o el trabajo: carreras que se empiezan y se abandonan una y otra vez por no poder concentrarse o sostener tantos estímulos, cambios constantes de empleo o trabajos que terminan en burnout.

Hay, además, señales sutiles que muchas personas naturalizaron. En el TDAH, dejar todo para último momento, perder objetos, empezar muchos proyectos sin terminarlos o sentir la cabeza siempre acelerada. En el autismo, salir agotada de una reunión y necesitar días para recuperarse, o sentir que las charlas informales cuestan más que a los demás.
"El diagnóstico no cambia quién es la persona, sino cómo se mira a sí misma"
-¿Qué cambia cuando una persona recibe el diagnóstico?
-Yo siempre digo que el diagnóstico es la ficha que les faltaba para completar el rompecabezas. Muchas personas sienten, por primera vez, tranquilidad: ya no es un defecto personal ni falta de voluntad, sino una forma distinta de funcionar.
El primer paso es aceptarse, y eso implica mirar también las fortalezas.
Muchas personas con autismo tienen gran atención al detalle, un fuerte sentido de la justicia y profundidad en los temas que les apasionan. En el TDAH es frecuente la creatividad, la capacidad de resolver bajo presión y una energía muy valiosa cuando se canaliza bien.
A partir de ahí aparecen herramientas concretas. En el autismo se trabaja la comunicación asertiva, la comprensión de las situaciones sociales y la flexibilidad cognitiva, además de conocer qué situaciones agotan y cómo recuperarse: anticipar cambios, usar auriculares en lugares ruidosos o reservar momentos a solas.
En el TDAH se trabaja la planificación, la organización y la atención, con estructuras externas como agendas, alarmas, listas y tareas divididas en pasos pequeños. También pueden pedirse ajustes en el trabajo o el estudio, como consignas por escrito o pausas programadas.
El diagnóstico no cambia quién es la persona, sino cómo se mira a sí misma: deja de exigirse funcionar como los demás y empieza a construir una vida a su medida.
"Cuando alguien entiende cómo funciona su cerebro, deja de pelearse con él y empieza a vivir a su favor"
-¿Qué tratamientos y apoyos existen para los adultos diagnosticados tardíamente?
-Junto a una neuróloga fundamos CIAN (Centro Integral de Asistencia para Neurodivergentes), donde pensamos el tratamiento de manera integral y diferente a lo convencional. Muchas de estas personas abandonaron terapias largas que no estaban pensadas para ellas; por eso trabajamos con programas cortos, de seis a siete meses.
El programa se organiza en módulos, cada uno con un profesional distinto. Con la psicóloga, desde un enfoque cognitivo conductual, se trabaja la regulación de las emociones; con la psicopedagoga, la planificación y la organización según la realidad de cada persona; y con la terapista ocupacional, las hipersensibilidades y su impacto en la vida diaria.
Se suman un taller de mindfulness para los momentos de crisis, un taller grupal de habilidades sociales y entrevistas con la familia o la pareja, porque cuando el entorno entiende, la convivencia cambia.
Esto previene la ansiedad, la depresión y el agotamiento porque va a la raíz: esos síntomas aparecen cuando la persona se desregula una y otra vez frente a situaciones que no sabe manejar. Cuando adquiere herramientas para anticiparse y regularse, deja de desbordarse, y los cambios en quienes completaron el programa son muy notorios.
Muchas personas llegan después de décadas sintiendo que algo en ellas estaba roto. Y no lo estaba: simplemente les faltaba una ficha. Cuando alguien entiende cómo funciona su cerebro, deja de pelearse con él y empieza a vivir a su favor. Nunca es tarde para entenderse.
Mariela Trava. Lic. en Psicología, Especialista en Neurodivergencias (TEA y TDAH en adultos). Directora y cofundadora de CIAN (Centro Integral de Asistencia para Neurodivergencia) @cian.neuro





