Chicos altamente sensibles: las señales que solemos confundir con caprichos y cómo acompañarlos sin apagar su esencia - Revista Para Ti
 

Chicos altamente sensibles: las señales que solemos confundir con caprichos y cómo acompañarlos sin apagar su esencia

El ruido, los cambios inesperados o una jornada demasiado intensa pueden desbordarlos. Comprender la alta sensibilidad permite mirar más allá de la conducta, sostener los límites con empatía y ayudarlos a convertir todo lo que sienten en una fortaleza.
Sigrid Dziwak
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Hay niños que parecen sentirlo todo un poco más. El ruido de un cumpleaños los agota, un cambio de planes los desorganiza y un comentario que para otros pasaría inadvertido puede seguir resonando en ellos durante horas.

Muchas veces los describimos como “intensos”, “tímidos”, “difíciles” o, directamente, “demasiado sensibles”. Sin embargo, detrás de muchas de esas conductas puede existir una manera diferente y más profunda de procesar lo que sucede a su alrededor.

Después de más de veinte años trabajando en desarrollo humano, de estudiar específicamente la alta sensibilidad y también de ser madre, aprendí a hacerme otra pregunta: ¿qué pasa si eso que interpretamos como un capricho es, en realidad, la respuesta de un niño que ya no puede procesar más estímulos?

La alta sensibilidad no es un diagnóstico ni un trastorno. La Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS) es un rasgo temperamental con base biológica, estudiado desde la década del noventa a partir de los trabajos de Elaine y Arthur Aron. Se estima que, al menos, una de cada cinco personas presenta niveles elevados de sensibilidad.

En la infancia, puede manifestarse mediante un procesamiento más profundo de las experiencias, un mayor registro de los detalles del ambiente, emociones intensas y una mayor facilidad para sobreestimularse.

Comprenderlo no cambia quién es ese niño. Cambia la mirada de los adultos frente a lo que le sucede.

Cuando parece un capricho, pero puede ser sobreestimulación

Una salida familiar, un cumpleaños o una tarde cargada de actividades pueden representar una enorme cantidad de estímulos. Para un niño altamente sensible, ese volumen puede volverse excesivo.

Por eso, uno de los principales cambios de mirada que trabajo con madres y padres es el siguiente: no necesitamos cambiar al niño, sino revisar y transformar el contexto.

Antes de preguntarnos cómo conseguir que deje de reaccionar de determinada manera, necesitamos detenernos a pensar qué puede estar sintiendo.

Un desborde después de un día muy largo o la necesidad de aislarse al regresar del colegio suelen interpretarse como mala conducta. Pero también pueden ser señales de que ese niño llegó al límite de todo lo que podía procesar.

Comprenderlo no significa eliminar los límites. Significa intervenir sobre lo que realmente está ocurriendo y no únicamente sobre la conducta que vemos.

Validar una emoción no significa permitirlo todo

Este es uno de los grandes malentendidos de una crianza que busca reconocer y validar las emociones: comprender no es lo mismo que permitir cualquier comportamiento.

Los niños altamente sensibles también necesitan límites claros, previsibilidad y adultos capaces de sostener su rol.

Podemos validar que un niño esté furioso porque debe irse de un cumpleaños y, al mismo tiempo, mantener la decisión de marcharnos. También podemos comprender que no quiera bañarse sin convertir cada noche en una negociación interminable.

La emoción es válida. El límite sigue existiendo.

La diferencia está en que ese límite puede sostenerse sin descalificar lo que siente, sin ridiculizarlo y sin hacerle creer que hay algo incorrecto en su manera de experimentar el mundo.

Antes de pedirles que se calmen, necesitamos calmarnos nosotros

“Calmate” probablemente sea una de las frases menos eficaces frente a una persona que está completamente desbordada.

Durante la infancia, la regulación emocional se construye en relación con otros. Por eso, cuando un niño atraviesa una crisis, difícilmente pueda responder a una indicación como “respirá” solo porque se la repetimos.

Primero necesita encontrarse con un adulto que pueda sostener la situación sin sumar todavía más tensión. La calma del adulto funciona como un punto de referencia hasta que, progresivamente, el niño desarrolla sus propios recursos para regularse.

Para los chicos sensibles también hay algo fundamental: la anticipación.

Contarles cómo será un lugar nuevo, avisarles con tiempo que una actividad está por terminar o reconocer qué ambientes suelen saturarlos puede prevenir muchos conflictos que, vistos solamente desde afuera, parecen comenzar “de la nada”.

¿Qué pasa cuando intentamos que sean “menos sensibles”?

Queremos que se adapten rápido, que no lloren tanto, que aquello que los lastima “no sea para tanto”.

Pero para ese niño quizás sí lo sea.

Las investigaciones sobre sensibilidad ambiental y susceptibilidad diferencial muestran una perspectiva especialmente valiosa: una mayor sensibilidad puede implicar más vulnerabilidad frente a contextos adversos, pero también una mayor capacidad para beneficiarse de ambientes positivos, receptivos y adecuados.

Esto cambia profundamente la pregunta.

En lugar de pensar “¿cómo hago para que esto no le afecte tanto?”, podemos preguntarnos: “¿qué necesita este niño para aprender a vivir bien con una sensibilidad que forma parte de quién es?”.

No se trata de fortalecerlo volviéndolo menos sensible. Se trata de ayudarlo a transformar esa sensibilidad en información sobre sí mismo, sus necesidades y el mundo que lo rodea.

Claves para acompañar a un niño altamente sensible

Antes de etiquetar una conducta, intento observar qué ocurrió previamente. Cuánto durmió ese niño, cuántos estímulos recibió durante el día, si atravesó algún cambio inesperado o si lleva muchas horas sosteniendo situaciones que le demandan un gran esfuerzo.

También puede ayudar:

  • Avisarle con anticipación cuando una actividad está por terminar.
  • Explicarle cómo será un lugar o una experiencia nueva.
  • Ofrecerle momentos de recuperación después de una jornada escolar o social intensa.
  • Reconocer cuáles son los ambientes que suelen sobreestimularlo.
  • Evitar que su sensibilidad se convierta en una etiqueta negativa.

Frases como “todo te molesta”, “no es para tanto” o “tenés que hacerte más fuerte” pueden instalar una idea mucho más dolorosa que el malestar del momento: que existe algo equivocado en su manera de sentir.

Un hijo sensible no necesita que le quitemos cada obstáculo del camino. Pero tampoco necesita ser expuesto, una y otra vez, a aquello que lo desborda con la expectativa de que finalmente “se acostumbre”.

Necesita adultos que reconozcan su sensibilidad, le ofrezcan una estructura segura y ejerzan un liderazgo capaz de ayudarlo a descubrir, progresivamente, sus propios límites y recursos.

Tal vez criar a un niño sensible no consista en prepararlo para que el mundo deje de afectarlo. Tal vez se trate de acompañarlo para que comprenda qué hacer con todo lo que percibe, procesa y siente.

Porque la sensibilidad no es debilidad. Y cuando un niño aprende a conocerla sin avergonzarse de ella, puede convertirse en una brújula extraordinariamente precisa.

Fuente: Sigrid Dziwak es psicóloga, ingeniera industrial, coach PCC y especialista en Sensibilidad de Procesamiento Sensorial (SPS). Es autora de “Sensibles & Fuertes: Criar Niños Altamente Sensibles en un Mundo Implacable”, conduce el podcast “Crianza PAS” y dirige la Formación 101 en Alta Sensibilidad para familias, profesionales y docentes del mundo hispanohablante.

 
   

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