La oscura historia familiar de Virginia Woolf: traumas, silencios y el peso emocional que marcó su vida - Revista Para Ti
 

La oscura historia familiar de Virginia Woolf: traumas, silencios y el peso emocional que marcó su vida

La psicogenealogista Diana Paris analiza los duelos, repeticiones familiares y heridas emocionales que atravesaron la vida de Virginia Woolf. Una mirada profunda sobre la escritora, su linaje y los fantasmas ancestrales que la acompañaron hasta el final.
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Virginia Woolf fue una de las escritoras más brillantes y complejas del siglo XX. Pero detrás de su obra revolucionaria, de su sensibilidad extrema y de su mirada única sobre la condición femenina, existió una historia familiar atravesada por el dolor, los silencios y las pérdidas.

En este análisis, la psicogenealogista Diana Paris propone una lectura profunda sobre los traumas emocionales y las repeticiones ancestrales que marcaron la vida de la autora inglesa. Desde los duelos no resueltos y la ausencia materna hasta las lealtades invisibles que parecían repetirse generación tras generación, el recorrido revela cómo la historia íntima de Virginia Woolf estuvo atravesada por un linaje de melancolía, fragilidad emocional y sufrimiento psíquico.

Una mirada conmovedora sobre la escritora que transformó el dolor en literatura y convirtió la escritura en su forma más poderosa de supervivencia.

Psicogenealogía y nombres: Adeline a repetición en un árbol familiar

Cuando Adeline Virginia nació el 25 de enero de 1882, era la 4° Adeline del árbol. La escritora, conocida luego como Virginia Woolf, entra a un clan con serios trastornos emocionales: una “tribu” melancólica, depresiva, genial, creativa y alienada…

Viajemos atrás en el tiempo para comprender el peso ancestral en la vida de los sujetos. Allá lejos, en 1793, su bisabuela Adeline había sido la matriarca del grupo. Tuvo ocho hijas: la primogénita repite el nombre de su madre, Adeline, nacida en 1812. La quinta de esa generación será María, (1827-1910) que con más de diez años de diferencia entre una de otra, verá a su hermana mayor “como a una madre”.

A su vez, María tendrá tres hijas: a la primogénita (1837) le vuelve a tocar el nombre Adeline (de su tía y de su abuela). La seguirán Mary (1840) y Julia (1846), ésta es quien ahora nos interesa. Por fin llegamos a los mediados del siglo XIX, y nos enfocamos en Julia, la madre de la escritora Virginia Woolf.

Julia Jackson nació en Calcuta, india-anglo, el 7 de febrero de 1846. Viuda, con tres hijos, se casará en segundas nupcias con el filósofo y editor Leslie Stephen –también viudo de su primer matrimonio– y juntos conciben cuatro hijos: Vanessa (1879), Thoby (1880), Adeline Virginia (1882) y Adrian (1883).

Nos detendremos en la tercera hija de un matrimonio en duelo ancestral, dos seres que se reúnen para apaciguar sus pérdidas sin resolver: ambos –Julia y Leslie- vienen de llorar las muertes de sus respectivas parejas anteriores. Ambos habían tenido hijos (ella, a George, Stella y Gerard Duckworth; él había concebido con su primera esposa a Laura, débil mental que vivió prácticamente su vida recluida en internados psiquiátricos).

Esta boda -de 1878- une a Julia y a Leslie para reparar heridas, que sin embargo no alcanzan a curar con los años. Se unen dos linajes de dolor y depresión, de trastornos mentales y suicidios. Los dos viven sumidos en un ambiente de pesadumbre emocional, con bajo compromiso familiar, en actitud de huida: él, en “su torre de cristal-intelectual”; y ella, intentando curar su propio dolor auxiliando a otros, mientras trabaja como enfermera.

Cuando Julia cursa el final de su tercer embarazo, muere “de melancolía” su amada hermana mayor, Adeline, la nacida en 1837, con apenas 44 años. Para Julia es la vivencia de la orfandad en esos últimos días de diciembre de 1881 y la cercana fecha de parto. En ese estado de desánimo y sufrimiento, en eco con la generación anterior (una hermana mayor que funciona de “madre” y repite el nombre), honrará la memoria repitiendo el nombre. La niña que nace en el invierno londinense el 25 de enero de 1882 recogerá sus “males de humor”, “su bilis negra” de melancolía severa. La llaman Adeline Virginia. Y será la encargada de “cortar” la estirpe de depresión, sin dejar descendencia.

Pero en el camino se olvidará del nombre que arrastra generaciones de desesperanza familiar. Como si oyera un mensaje del inconsciente, prefiere el segundo nombre, Virginia. Además de Adeline soltará también el apellido paterno Stephen, y adoptará -cuando se case- el apellido lobuno de su marido. La conocemos como Virginia Woolf.

Las consecuencias de la orfandad materna

Rodeada de hijos de él, de ella y de ambos, Julia Stephen, la madre de Virginia Woolf parecía una mujer orquesta. Organizando la casa y la gestión de los criados. Cuidando enfermos y acompañando moribundos en la sociedad victoriana donde el contacto con los cuerpos era un acto transgresor. Siempre disponible para los de afuera, pero ausente en la casa.

No aparecen escenas de amorosa complicidad ni atención dedicada a sus hijas. Virginia es la que más sufre esta ausencia de apego materno en silencio.

“… Ahora comprendo que una mujer que debía mantener en existencia y bajo su control todo esto, tenía que ser una presencia general, más que una persona individual, para una niña de siete u ocho años. ¿Puedo recordar haber estado a solas con ella algo más que unos minutos? Siempre había alguien que nos interrumpía. Cuando pienso en ella de una manera espontánea, siempre la veo en una sala con mucha gente; a ella rodeada, a ella generalizada, dispersa, omnipresente…”

Virginia no recuerda imágenes consoladoras de apego seguro, de estar con su madre a solas, y cuando a sus 13 años queda huérfana, la desprotección fue absoluta. “Me dije, como siempre me he dicho, desde entonces, en momentos de crisis, «No siento absolutamente nada»”. Aunque la abnegada hermanastra mayor, Stella, ocupará el lugar de la señora de la casa, todos los roles se moverán en un zigzagueo resbaladizo.

El silencio como imposición y los buenos modales prohibían la palabra. “…una oscura nube se cernía sobre nosotros; parecía que estuviéramos sentados, todos juntos, tristes, solemnes e irreales, envueltos en una niebla de pesada emoción. Parecía imposible escapar. No solo era gris, sino irreal. Parecía que nos hubieran puesto un dedo sobre los labios”. Y el silencio acumulado entre la vulnerabilidad, la humillación y la confusión del mal de amor germinó implacable su desequilibrio emocional.

Efectivamente, en 1895, cuando Virginia tenía 13 años, su madre -Julia Stephen- muere de fiebre reumática, aunque en algunas biografías figure simplemente “gripe”, se activó el viejo programa ancestral de desconexión vital.

Fue a partir de ese momento cuando Virginia desencadena una memoria de muerte, vivida primero en el útero materno (el duelo por la muerte de su hermana mayor, Adeline, a quien consideraba “su segunda madre”). La orfandad de una mujer del clan, reactivada en la otra.

Virginia empezó a sufrir síntomas de una periódica enfermedad mental que la revisitaría –más agudamente o menos visible– según las épocas, pero casi sin interrupción. Tiene un ataque esquizofrénico en abril de 1897 que la obliga a aislarse, descansar y –solo por algunas horas al día– tiene permitido leer y escribir. Dejó sus testimonios en el Diario que continuó a través de los años: “… la vida es un asunto duro, se necesita una piel de elefante ¡que precisamente una no tiene!”

Y luego, atravesó otros eventos tumultuosos para su psiquismo. Tras la muerte repentina de su madre, queda en estupor. Y un año después sufre la pérdida de su “segunda madre”: su media hermana Stella, que muere durante la luna de miel de peritonitis, en 1896. Los patrones vinculares se copian de una a otra generación, se repite el circuito y no hay escapatoria para ese modo de lealtad inconsciente que se impone.

Este desequilibrio en el seno del hogar acelera las depresiones de Leslie, el padre, quien muere en 1904. En la intemperie de tal desolación, Virginia queda desprotegida por completo: padece el abuso sexual de sus dos hermanastros –hijos del primer matrimonio de su madre: George y Gerald Duckworth– sin capacidad para pedir auxilio. ¿Dónde estaban los adultos tan correctos y pudorosos, cuando George y Gerald abusaban de la hermanastra adolescente?

Todos estos hechos, más o menos soportables por el resto del clan, afectaron irremediablemente a Virginia. Nada alcanzó para sostener su precaria estabilidad emocional. En ese tiempo ocurrió el primer intento de suicidio.

Los textos que ha dejado nos dan apoyo en la interpretación de los hechos: las alucinaciones auditivas comenzaron al escuchar que los pájaros cantaban en griego, que la urgían actuar sin cordura. Y, en ese estado de consternación y extravío se lanzó en vuelo con los pájaros que la aturdían, desde una ventana.

Muchos trastornos para un alma sensible. Fue internada en una casa de reposo por más de 4 meses. El graznido se metamorfosea a voces humanas: “solía escuchar voces que me decían que hiciera todo tipo de locuras“, escribirá una vez ya repuesta. Era incómoda en sus actitudes y se mostraba “diferente” a lo esperable para una mujer de clase acomodada, muy salvaje para ser de la alta sociedad londinense. Tal vez por eso necesitó a un “woolf”.

Desde esa bestialidad elige al misterioso hombre “lobo” como marido. La boda con Leonard Woolf a los 30 años, el 10 de agosto de 1912 la ilusionó con “una vida normal”, pero a los pocos meses de casada –en el año 1913– la situación no presenta grandes cambios: ingiere una dosis fatal de somníferos, es su segundo y fallido intento de suicidio.

En 1915 publica su primera obra, El viaje final, obra casi premonitoria del episodio que resolverá el fin de la ruta cuando se suicide 28 años más tarde… Tanto que en la carta de despedida a su marido insertará párrafos de esta novela inicial. Tanto que podemos leer un viaje imposible de ir hacia adelante porque el pasado transgeneracional la captura irremediablemente.

Leonard la quiere como es: bipolar, ansiosa, anoréxica, retraída, exagerada, feminista, bisexual, excéntrica… Y la espera. Efectivamente, por 20 años (1916-1936) la vida parece ordenarse, mantiene un equilibrio considerable, escribe con pasión, es productiva, funda una editorial, ostenta relaciones ambiguas, se enamora de la artista Vita Sackville-West con quien mantiene una relación amorosa, sin abandonar a su marido. Pero nada repara la ausencia de origen, el desapego materno.

Las oscilaciones de ánimo se repiten –tal se registra en sus propios Diarios– y en 1915 su marido se ve obligado a ingresarla por su vehemencia verbal y alteración violenta de sus actos. Sin embargo, contra los más funestos pronósticos, Virginia “muere y renace”. Una vez más supera sus males… Aún le quedan 15 años de vida por delante, antes de la tercera vencida…

Cuartos ajenos y un cuarto propio

Hay vidas que llegan al mundo con la sobre exigencia de lealtad al clan. Los nombres y fechas en eco colocan al sujeto en una telaraña de resentires propios y ajenos. Cada quien halla la ruta de regreso a la libertad o se deja arrastrar por los fantasmas ancestrales. Ver y dotar de sentido consciente algunos episodios nos pueden salvar de repetir los infortunios de nuestros mayores. En el caso de Virginia Woolf la opción por el arte fue su tabla de salvación, mientras no se dejó naufragar por las emociones más violentas.

Ser escritor puede ser la máscara políticamente aceptable y socialmente correcta de convivir con la esquizofrenia, algunos lo consiguen. Otros, fallecen en el intento cuando se les cruza en el camino la bien pensante ayuda médica con su botiquín de químicos.

Adormecidos los demonios, aquietadas las furias, todos somos más “aceptables”, pero la creatividad -desorientada entre fármacos, ingresos hospitalarios y diagnósticos condenatorios- se reduce a la hora de precipitar el destino: escoger un puñado de piedras, llenar los bolsillos del abrigo y arrojarse al río más cercano.

Virginia fue consciente de sus alteraciones mentales, de su carácter bipolar y de la inadecuación a la realidad en la que trató de acomodarse. En el ensayo Sobre ser enfermo (1926) describe cómo la enfermedad modifica las rutinas y las percepciones de la vida cotidiana: las cosas que antes se ignoraban o se daban por sentado toman otro sentido, otro espesor.

"Considerando cuán común es la enfermedad, qué tan tremendo es el cambio espiritual que conlleva, lo asombroso que es cuando las luces de la salud se apagan, los países ignotos que se revelan, qué desiertos y yermos del alma un ligero ataque de influenza muestra, qué precipicios y céspedes rociados con flores brillantes una leve fiebre produce, qué antiguos y obstinados robles son desenterrados por la acción de la locura”.

Recordemos que su madre, Julia Stephen, murió en 1895 a los cuarenta y nueve años, y su niña de 13 años perdió toda oportunidad de recuperar la confianza. Una nube oscura se cernió sobre la familia: “parecíamos estar todos juntos, encerrados, solemnes, irreales, bajo una bruma de profunda emoción… nos pusieron un dedo en los labios”, escribe Virginia.

La muerte de su madre la inmovilizó. Quedó traumatizada hasta el silencio y la amnesia. Casi desde su nacimiento la madre estuvo ausente. En 1883, cuando Virginia es una bebé de un año, los amigos y familiares de Julia la convencieron de publicar un pequeño ensayo titulado Notas desde las habitaciones de enfermos, su experiencia como enfermera. En esa obra aconseja a otras mujeres sobre cómo cuidar adecuadamente a sus seres queridos enfermos. Julia indica protocolos prácticos y sencillos.

Los enfermos necesitaban silencio y pulcritud, suministro ilimitado de ropa limpia, comida apetitosa y nutritiva, y una sábana perfectamente lisa. “Siempre se acumulan migas en la cama”. Observa hasta las más pequeñas incomodidades para prestar atención a las necesidades del doliente, teniendo en cuenta sus deseos, gustos y hábitos particulares. ayudar a aliviar el dolor y hacer que el final de la vida sea tranquilo.

Sabía que incluso los cuidados más dedicados no siempre eran suficientes y que una enfermera a domicilio debía estar preparada para brindar un apoyo firme y afectuoso a su paciente en los últimos días y horas de su vida. “Es el deber supremo de una mujer”, dice. Pero tal vez no coincidiera con las necesidades de las hijas…

Muchos años después, Virginia escribe Sobre estar enfermo, la producción menos conocida dentro de la obra de ficción de la brillante escritora inglesa. Allí leemos: “…resulta extraño que la enfermedad no ocupe un lugar junto al amor, las disputas y los celos entre los temas principales de la literatura. Uno pensaría que habría novelas dedicadas a la influenza, poemas épicos a la tifoidea, odas a la neumonía, obras líricas al dolor de muelas. Pero no.”

¿Estaría en búsqueda de la mano compasiva de su madre, la enfermera y cuidadora de moribundos, que salía del hogar en procura de aliviar los males ajenos?

Ambas mujeres escribieron sobre las habitaciones: mientras Julia narraba las recomendaciones para que los dormitorios de los dolientes sean pulcros, ventilados, atendidos; Virginia reclamaba para las mujeres un cuarto propio para la intimidad de la escritura. Compensar para no repetir… La madre actuando en el exterior, la hija solicitando el derecho a la privacidad. La madre dando a luz a 7 hijos; Virginia optando por cerrar el círculo de ese linaje lastimado, desde la libertad de la no-maternidad.

Delirios, pesimismo, estados maníacos, excitación rabiosa, culpabilidad extrema, irritabilidad ofensiva, autocrítica mordaz, pérdida de conciencia, esquema corporal alterado (“una sórdida boca y una sórdida tripa que pedían comida”), lentitud del pensamiento, desesperanza, pesadillas recurrentes, horror a la soledad, anorexia, amenorrea, migrañas, insomnio. Todos síntomas que expresan la gravedad de su cuadro: “¡Cuán inútil soy para este mundo! Egoísta, vanidosa, egocéntrica e incompetente”.

Cuando falla la mirada materna, no se sostiene la propia imagen. Se fragmenta, estalla la subjetividad, acumula piedras en el alma. ¿Cuál fue la dolencia que acompañó los 59 años de Virginia Woolf?

La carga familiar que piedra a piedra juntó en las proximidades del río donde se arrojó. Nadie estuvo ahí, como había indicado Julia cuidando que no se acumularan migas de pan entre las sábanas del enfermo. Nadie retiró a tiempo el peso de los bolsillos de Virginia cuando a los 59 años, un 28 de marzo de 1841, se hundió con todo el peso ancestral en su abrigo y se arrojó al río Ouse.

De todos estos temas: fratrías enfermas, madres ausentes, elección por la no maternidad, lealtades invisibles, duelos irresueltos, repeticiones y traumas, silencios, secretos y fantasmas familiares, vínculos fallidos y psicobioeducación para reestablecer la armonía y la salud se hablará en la IV Cumbre El Poder de tu Árbol, los días 23, 24 30 Y 31 de mayo en directo por zoom.

Si te interesa bucear, indagar en este tema, referentes en transgeneracional y psicogenealogía disertarán en la IV CUMBRE EL PODER DE TU ÁRBOL GENEALÓGICO, los dos últimos fines de semana del mes de mayo. Más info en redes: @elpoderdetuarbol

Fuente: Diana Paris es Psicogenialogista. Escritora. Su último libro en co-autoría con Ondi Paris, Tu voz que florece. (Editorial Del Nuevo Extremo).

 
   

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