La pasión para Lucrecia Jancsa empezó mucho antes de imaginar una carrera internacional o de compartir escenario con algunas de las orquestas más prestigiosas del mundo. Empezó siendo una nena en Córdoba, sentada en una butaca del Teatro Libertador San Martín junto a sus abuelos húngaros.
Mientras el público esperaba el comienzo del concierto, ella solo tenía ojos para un instrumento. "Si el arpa no estaba en el escenario, nada de lo que pasaba ahí me interesaba", recuerda entre risas.
Aquella fascinación infantil terminó convirtiéndose en una vida dedicada por completo a la música. Hoy es Solista Principal de Arpa de la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina -perteneciente a la Dirección Nacional de Elencos Estables que coordina Mariela Bolatti, como directora nacional-, profesora, referente de la música contemporánea y una de las arpistas latinoamericanas con mayor reconocimiento internacional.

En diálogo con Para Ti, repasa el camino recorrido, habla de los prejuicios que todavía rodean al instrumento, del apoyo incondicional de su familia y de por qué cree que la cultura necesita más inversión para que el talento argentino siga conquistando el mundo.
-Qué fue lo que te enamoró del arpa y en qué momento sentiste que ese instrumento iba a convertirse en el centro de tu vida?
-De chicas, mis abuelos paternos —que eran húngaros— nos llevaban a los conciertos del Teatro Libertador San Martín, en Córdoba. Si el arpa no estaba en el escenario, nada de lo que pasaba ahí me interesaba; su tamaño imponente y su sonido me fascinaban por completo.
Viendo esa pasión, mi papá contactó a una estudiante avanzada del Conservatorio Félix Garzón para que me diera clases particulares. Ir a su casa era, literalmente, entrar en otro mundo. Recuerdo esa época con un cariño enorme.
-El arpa suele estar asociada a una imagen delicada y casi etérea. ¿Qué prejuicios existen alrededor del instrumento y qué facetas menos conocidas te interesa mostrar?
-La mayoría de las arpistas somos mujeres porque, entre el siglo XIX y comienzos del XX, tomar clases de arpa era una costumbre ligada a las niñas de la alta sociedad; así quedó marcada esa asociación. Sin embargo, me gusta explorar la música contemporánea, donde hay una búsqueda sonora completamente distinta.
Me interesa mostrar esa otra cara a través de técnicas extendidas: desde golpes en la caja de resonancia o glissandos de pedal, hasta el sonido deliberadamente quebrado cuando se toca con más volumen y fuerza.

-Llegaste a ser Solista Principal de Arpa de la Orquesta Sinfónica Nacional Argentina. ¿Qué significó para vos alcanzar ese lugar y qué responsabilidades implica ocuparlo?
-Vivía en Alemania cuando me enteré del concurso: me presenté, gané y eso me abrió las puertas para regresar al país. Me fui siendo estudiante y volví como arpista profesional. Es un rol de muchísima exigencia porque en la orquesta solo hay una o dos arpas; estamos totalmente expuestos y se escucha cada detalle de lo que hacemos.
Requiere llegar impecablemente preparada desde el primer ensayo, con el repertorio aprendido y el instrumento bien afinado. Es una responsabilidad enorme, pero también un desafío fascinante en cada concierto.
-Te formaste en la Argentina y también te perfeccionaste en Alemania, Suiza, Francia y Estados Unidos. ¿Qué aprendiste de esas experiencias y cómo transformaron tu identidad como música?
-Estudié en la Musikhochschule de Freiburg, en Alemania. Pasar por una institución de ese nivel me transformó por completo: no solo teníamos clases del instrumento, sino que nos integrábamos a proyectos de música de cámara, ópera y ensambles contemporáneos con una exigencia profesional. Recuerdo, por ejemplo, cuando vino el compositor Karlheinz Stockhausen a dirigirnos.
Nuestros profesores pertenecían a la élite musical europea; de hecho, mi maestra de ese momento era Ursula Holliger, una arpista célebre que me abrió muchísimas puertas. Ser su discípula marcó un antes y un después en mi carrera.
-Trabajaste con orquestas y directores de enorme prestigio, como la Filarmónica de Israel bajo la dirección de Zubin Mehta. ¿Hay algún encuentro artístico que haya marcado un antes y un después en tu carrera?
-Sucedió cuando la Filarmónica de Israel necesitó convocar a una segunda arpista para su gira por Argentina y Chile. Me tocó interpretar nada menos que Así habló Zaratustra de Strauss. Tuve un ensayo previo con la solista principal y luego la prueba de sonido directamente con la orquesta: estar en ese escenario, bajo semejante batuta, fue sin dudas una de las experiencias más conmovedoras e inolvidables de mi vida.
-Además de tu carrera como solista, dedicás una parte importante de tu vida a la docencia. ¿Qué intentás transmitirles a tus alumnos más allá de la técnica y la formación musical?
-La disciplina constante, la paciencia y la dedicación son pilares de la práctica musical, pero trascienden el instrumento: son valores para la vida cotidiana, igual que la empatía y la generosidad. Dado que el arpa es un instrumento muy costoso, la mayoría de mis alumnos no tiene uno en su casa y dependen de horarios de estudio en el conservatorio.
Por eso los insto siempre a avisar si no van a usar su tiempo, para que un compañero lo aproveche. Como también es grande y difícil de transportar, el cuidado del instrumento exige trabajo en equipo. La docencia también se trata de eso: de construir respeto y solidaridad.
-Como integrante del World Harp Congress y del Gran Jurado de los Premios Konex, tenés una mirada privilegiada sobre la escena musical. ¿Qué lugar ocupa hoy la Argentina dentro del panorama internacional de la música clásica?
-Argentina tiene —y siempre tuvo— un talento musical extraordinario que es reconocido en todo el mundo. Lo que nos falta son mejores condiciones estructurales de trabajo y estudio: conservatorios con aulas adecuadamente acustizadas, renovación de instrumentos, más salas de ensayo, salarios acordes y, fundamentalmente, una mayor inversión en presupuestos para la cultura y la educación.
-Qué lugar ocupó tu familia en tu camino con el arpa y cómo te acompañó durante los años de formación, viajes y exigencias de una carrera internacional?
-Mis padres me apoyaron muchísimo. Sin ellos no habría llegado a lo que soy. Vengo de una familia grande, éramos seis. Soy la segunda de cuatro hermanas. Ellos me compraron instrumentos, también a mis hermanas que estudiaban piano y violín en esa época. Me fui muy joven de mi casa.
Tuve mi primer contrato profesional a los 21 años en Uruguay, así me fui de Córdoba, para trabajar como arpista en la Orquesta Nacional del SODRE. Cuando mis hijos eran pequeños, mi marido se quedaba con ellos durante las giras con el Trio Luminar. También nos repartíamos el tiempo cuando yo tenía conciertos importantes y necesitaba estudiar más.
-¿Cómo fue abrirte camino como mujer en el ámbito de la música clásica y qué cambios todavía creés necesarios para que haya más igualdad en los espacios de liderazgo y reconocimiento?
-A las mujeres se nos suele exigir una demostración constante de capacidad. La vara está más alta porque la sociedad espera que rindamos al 100% en todos los frentes: como profesionales, madres y compañeras.
De todas maneras, creo que la situación mejoró bastante con respecto a años atrás. Hoy lo veo claramente en la orquesta: las dinámicas entre colegas son más igualitarias y hay un respeto distinto, donde ya no se opina libremente sobre el aspecto físico o la ropa.
Hay más integrantes mujeres en instrumentos que antes ocupaban varones como el corno, contrabajos y trombones. De todos modos queda mucho por hacer en este aspecto.

