El poder de las palabras: por qué la delicadeza puede salvarnos en los momentos más difíciles - Revista Para Ti
 

El poder de las palabras: por qué la delicadeza puede salvarnos en los momentos más difíciles

A partir de la experiencia de una paciente que recibió en soledad un resultado médico angustiante, Diana Paris reflexiona sobre el buen trato, la escucha y la necesidad de recuperar una comunicación más humana y cuidadosa.
Diana Paris
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“… Gente que viste bien, pero contesta mal… Trátame bien, te trataré bien/ quizá nos salvará/ la delicadeza”.

Recordé los versos de esta canción de finales de los años ´90 de la cantautora catalana Marina Rossell, luego de acompañar a una paciente con diagnóstico de cáncer de ovario, ya operada (histerectomía), y en tratamiento oncológico de seguimiento, desde hace dos años. 

Estaba bien, recuperada, sentía “haber renacido”, pero se derrumbó y retrocedió tres casilleros. Como es una mujer muy obediente al cronograma de los profesionales que la atienden, había solicitado un turno para la repetición de un análisis de control.  

No soy médica, pero puedo interpretar los estudios que me entregó con gesto abrumado y una actitud de absoluta resignación al iniciar la consulta. “Estoy aterrada -me dijo- y creo que ya no se puede hacer nada más, ¿qué me quitarán ahora?”. 

Hice silencio. 

Tomé los papeles y busqué el dato responsable de semejante angustia y desesperación. Sus resultados de laboratorio (hemograma e inmunología estaban perfectos). Más abajo aparecían los valores de dos antígenos: uno denominado carcinoembrionario que daba normal, y otro identificado con el número CA125, que hace referencia a los marcadores tumorales de ovario (antígeno carbohidratado). Ese sí, arrojaba un número alto, pero no era una sentencia de muerte. 

No es el motivo de esta nota relatar la sesión, sino compartir una reflexión sobre el poder de las palabras.  

Cuando la palabra que sostiene no está disponible 

La paciente expresó su horror, su congelamiento, lo nombró como estar “aterrada”. No había un doctor acompañándola a leer los resultados en el hospital: una secretaria administrativa le entregó el sobre. En esa total soledad se derrumbó. Llegó destrozada a la consulta… Ya había vivido ese terremoto del primer diagnóstico 24 meses antes y se había sometido a una cirugía de alto compromiso emocional.  

Llevaba más de un año en buen estado de salud, las riendas de la vida volvían a estar en sus manos, se sentía recuperada, animada, con proyectos, pero ver los análisis la dejaron en parálisis nuevamente. Ya no podía confiar. Aterrada. Solamente leyó una cifra desorbitada y no tuvo ninguna explicación que sumara humanidad a unos valores por fuera de los parámetros.  

Los marcadores tumorales no responden siempre a un cáncer. Los niveles de estos antígenos pueden elevarse por causas diversas y -en muchos casos- benignas. Por ejemplo, cuando hay inflamación, o endometriosis, o quistes hepáticos, son los resultados llamados falsos positivos.  

La paciente -me lo dijo al llegar- estuvo a punto de cancelar nuestra cita, pero el impulso de compartir ese malestar la trajo al encuentro. Se refugió en un espacio seguro para descongelarse. Hablamos de las interconsultas que aún faltan, de los siguientes estudios (ecografías e imágenes), de análisis complementarios, de los antecedentes.

Y, regresamos el eje de la sesión: lo que para ella representa ese hueco, esos órganos retirados (“me los quitaron”, dice) tan importante en la construcción de la feminidad. Ya había atravesado cirugía, radioterapia, quimio... Eso ya era historia, pero ahora regresaba el miedo, el quiebre de revivir el impacto, la falta de confianza. 

Un espacio seguro para recuperar la confianza 

Poder conversar sobre las emociones asociadas a un número “loco” respecto de la referencia, tener un interlocutor para ligar ese bioshock a otros momentos vividos en la soledad que congela y el temor que paraliza, escuchar que no hay una sola posibilidad de lectura (cáncer, sufrimiento, muerte), que hay otras manifestaciones que denuncian síntomas no explicados en el frío formulario analítico, la tranquilizaron. Salió mucho más aliviada de lo que entró a la sesión.  

Para su consulta médica de la siguiente semana, estará más preparada para escuchar todo el repertorio posible y no hacerse una película de terror antes de tiempo. 

Sin embargo, esa tarde me quedé reflexionando sobre un tema que hace tiempo me ronda: el buen trato. No solamente en el ámbito médico (a menudo la iatrogenia por la palabra puede causar más daño que la enfermedad en sí), sino en la vida cotidiana.  

¿Cuántas veces somos indolentes ante una situación dolorosa? ¿Respondemos con amabilidad una consulta en la calle o en un comercio? ¿Ponemos presencia donde alguien reclama apoyo? 

Vivir con tacto 

La escuela, el hospital, los políticos, la familia, los medios de transporte, y qué no decir de los medios de comunicación, enormes usinas de maltrato, o destrato, a veces más perturbador que una palabra fuera de lugar. ¿Qué entendemos por destrato? Gestos que de tan repetidos hemos naturalizado, normalizado: una llamada que no se responde, un mensaje que queda muerto, un gesto de ignorancia que nos invisibiliza, que invalida una necesidad, que descalifica con la mirada oblicua o la falta de empatía… 

¿Y si la buena convivencia se pudiera describir en esa posibilidad de ser-con-tacto? Con cuidado hacia el otro, mi prójimo, mi próximo más cercano. Fomentar la sutileza de tener tacto para abordar un tema espinoso, de medir la reacción que se pueda despertar, de atenuar el dolor… Tan difícil parece vivir con tacto en estos tiempos de velocidad que atropella, que no estima consecuencias, que pierde el contexto porque sólo ve su propia meta, su propio beneficio. 

La propuesta es recuperar esa cualidad mamífera: el contacto que repara y cuida, el trato con tacto que procura evitar la herida que aterra. La palabra amorosa. El compromiso de la escucha. 

Cortesía, consideración, buen gusto, cordialidad, armonía, compasión, atención, benignidad, sensibilidad a los matices afectivos: desde una distancia apropiada hasta el abrazo oportuno. Con estas ideas me quedé al cerrar el consultorio aquella tarde. Y busqué en mi biblioteca un reposo a estas inquietudes.  

La relectura de algunos aforismos de Mínima Moralia, la obra filosófica del pensador alemán Theodor W. Adorno durante su exilio en Estados Unidos entre 1944 y 1947, donde diagnostica los estragos de la "vida dañada".  

En medio de la desolación, la deshumanización y -agrego yo- la falta de tacto, el filósofo define la ternura como "la conciencia de la posibilidad de relaciones sin un propósito definido". Veo allí una crítica directa que aplica a los tiempos actuales que miden todo por su utilidad, su practicidad, su beneficio inmediato . Si me sirve, sirve... sino, se descarta. ¿Y los otros? 

Cuando se descuida la importancia de las formas, la decadencia se entroniza… Abogo por la palabra atinada, el silencio necesario. Saber comunicar a un paciente un resultado es ejercitar el diálogo con tacto, que alivie la pena, que no desate monstruos. Con delicadeza, sabiendo dosificar, atenuando las dificultades. La consigna es practicar el buen trato hacia afuera como nos gustaría ser tratados a nosotros mismos. Es cuestión de estar conscientes y proponérselo… No es tan complejo si deseamos un mundo menos hostil. 

La canción de la española (que les dejo en este link para que no se la pierdan: nos acerca una clave: quizá nos salvará la delicadeza. 

Fuente: Diana Paris es psicoanalista, psicogenealogista, autora de Secretos familiares. Su último libro en co-autoría con Ondi Paris, Tu voz que florece. Psicogenealogía y gestión emocional (2026), Editorial Del Nuevo Extremo. 

 
   

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