El recorrido por salones históricos, las casonas señoriales de una ciudad de México y el contraste visual de un país al borde de la convulsión social marcan la estética desde el primer minuto. Mal de amores, la nueva miniserie de época que escaló rápidamente a los primeros puestos del ranking de Netflix, se consolidó como la producción favorita de quienes buscan historias intensas, vestuarios cuidados y dramas que van más allá del romance tradicional.

Con solo 7 episodios, la tira sigue los pasos de Emilia Sauri, una joven criada en un hogar liberal y progresista que decide rebelarse contra los mandatos de su época. Su meta no es adaptarse a las exigencias de la alta sociedad del México de principios del siglo XX, sino formarse en medicina y botánica, una vocación prácticamente vedada para las mujeres de la época. Sin embargo, su camino hacia la independencia personal y profesional se ve atravesado por un complejo triángulo amoroso que la acompañará durante décadas, todo bajo la sombra inminente de la Revolución Mexicana.

Una protagonista que desafía las reglas de su época
El corazón de la historia descansa sobre el personaje de Emilia Sauri, interpretado por Renata Vaca. Lejos de responder al molde de la heroína pasiva, Emilia emprende una búsqueda de emancipación que se refleja en sus decisiones diarias: estudiar una carrera reservada para hombres, ocupar un espacio propio en la sociedad y decidir sobre su vida afectiva sin pedir disculpas.

Criada en Puebla por padres que rompieron con las normas conservadoras de su tiempo, la protagonista desarrolla desde muy chica una fascinación por la ciencia y las plantas curativas. Su mayor combate no se da en el frente de batalla armado, sino en el terreno de las libertades individuales, marcando una impronta moderna que conecta directamente con la sensibilidad actual.

El intenso dilema amoroso entre la pasión y la estabilidad
La narrativa romántica de la miniserie se distancias de las fórmulas predecibles al enfrentar a la protagonista a dos formas opuestas de entender el afecto y la vida. Por un lado aparece Daniel Cuenca (Juan Pablo Fuentes), su amor de la infancia: un joven rebelde, idealista y aventurero que decide sumarse a la lucha revolucionaria, arrastrando a Emilia a una dinámica constante de ausencias dolorosas y reencuentros apasionados.

En el extremo opuesto se ubica Antonio Zavalza (Iván Amozurrutia), un médico sereno, maduro y compasivo. Antonio no solo le ofrece a Emilia un refugio de paz frente al caos que atraviesa el país, sino también un apoyo incondicional en su vocación profesional. A lo largo del relato, la protagonista se debate entre la pasión vertiginosa que la consume y el amor calmo que la acompaña a sanar.
Dirección con sello familiar y una ambiciosa puesta en escena
Uno de los grandes diferenciales de Mal de amores radica en su dirección, que estuvo a cargo de Catalina Aguilar Mastretta, la propia hija de la autora de la icónica novela homónima, Ángeles Mastretta. Esta cercanía familiar le aporta a la adaptación una mirada respetuosa del texto original, logrando trasladar la poesía y la profundidad de la obra literaria al lenguaje audiovisual contemporáneo.

A esto se suma un despliegue de producción de primer nivel grabado en escenarios históricos reales. Para recrear la atmósfera de época, el rodaje se llevó a cabo en locaciones emblemáticas de Puebla —como su Centro Histórico y la célebre Biblioteca Palafoxiana—, la Ex Hacienda San Mateo en Atlixco, San Luis Potosí y la Ciudad de México. Ese cuidado en el vestuario, las texturas y la arquitectura convierte a la tira en una propuesta visualmente deslumbrante que se disfruta de principio a fin.

