Eso que heredamos de mamá: la serie Moria y las marcas invisibles que condicionan nuestra vida adulta - Revista Para Ti
 

Eso que heredamos de mamá: la serie Moria y las marcas invisibles que condicionan nuestra vida adulta

MORIA SERIE-DESTACADA
Toda mujer fue hija antes que madre y aprendió en ese primer vínculo una manera de amar, elegir y habitar el mundo. A partir de la serie Moria, la psicóloga Lorena Baena analiza qué heredamos de mamá, qué patrones repetimos y por qué separarnos emocionalmente no significa romper el lazo.
Lorena Baena
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La serie Moria atravesó la pantalla y puso en primer plano un vínculo tan cercano como complejo: el de madres e hijas. Porque toda mujer fue hija antes que madre y en esa historia aprendió también una manera de ser mujer. “Una madre y una hija, qué combinación terrible de emociones, confusión y destrucción.

Todo es posible y se hará en el nombre del amor. La hija heredará las heridas de la madre”, dice Eva en la película Sonata de Amor de Ingmar Bergman. ¿Qué tomamos de nuestra madre? ¿Qué repetimos?¿Qué cuestionamos? ¿Qué necesitamos transformar? Pensar ese vínculo puede ayudarnos a encontrar respuestas a interrogantes que muchas veces seguimos trasladando a los demás.

Las decisiones amorosas de una mujer en su vida adulta nunca están del todo desligadas del vínculo que ha establecido con su propia madre. Aprendimos de nuestras madres a cómo ser mujeres: cómo resuelve un problema, cómo cuida su cuerpo, a qué le destina tiempo, cómo organiza su vida y sus proyectos, qué lugar ocupa para sí misma, qué lugar le da a la pareja y a los hijos, qué concepción tiene sobre el amor. Como hijas hemos incorporado —de manera consciente e inconsciente— esa información desde muy pequeñas. Pensemos un momento en ella

¿Qué tipo de madre tuvimos?

¿Una madre amorosa que hizo lo que pudo para sostener, cuidar y reconocer a su hija como otro separado, con intereses y valores diferentes?¿Una madre ambivalente que, por temor a ser excluida de la familia, no intervenía cuando su hija se apartaba de lo esperado por el grupo familiar?

¿Una madre derrumbada, psíquica y físicamente, sin capacidad de elección o sumida en la depresión?¿Una madre narcisista que se servía de su propia hija, capturándola en una relación de dependencia?¿Una madre silenciada, inhibida en su palabra, sin poder nombrar su propio malestar?

¿Una madre inmadura que, desde sus carencias, se apoyaba en su hija, invirtiendo las funciones y otorgándole responsabilidades que no le correspondían?¿Una madre dominante que controlaba e imponía su propio deseo por sobre el de su hija, privilegiando el sometimiento y la obediencia?

No se trata de una crítica normativa ni moral al ejercicio de la función materna. Cada madre hizo lo que pudo con los recursos que tenía. Esta diferenciación lejos de buscar resaltar errores o fallas, intenta poder leer los efectos de esa transmisión transgeneracional.

La voz de mamá

La madre es el primer otro a partir del cual organizamos nuestra subjetividad. Es quien no solo nos nutre y nos cuida sino también aquella que nos introduce en el mundo. Para una hija mujer, el vínculo con su madre es el más enigmático y complejo. Es su voz la que internalizamos, es quien nos presenta el mundo, nos lo describe y nos dice “cómo son las cosas”.

La voz de mamá construye la realidad en la que comenzamos a vivir, que no sólo implica lo que ella “dice” sino más bien una palabra interna que nos habita y vive en nosotras. Y así vamos entendiendo al mundo bajo esas coordenadas: aprehendemos lo que es amar, lo que se espera de nosotras, de una pareja, del amor en sí mismo.

Aprehendemos a callar, a sostener, a silenciar, a empatizar o a desaparecer en el otro, a esperar. Toda esa información se va incorporando a nuestra vida de manera consciente e inconsciente.

Separarse no es romper

Adviene un tiempo posterior donde esta niña que fuimos llega a la adolescencia y en la díada madre-hija se produce una ruptura necesaria. Se descubre que hay otro mundo más allá de la familia primaria, un universo nuevo donde nos encontramos con otras perspectivas.

La posibilidad de unirnos al mundo, a otro mundo que no son ya nuestras figuras parentales primarias: una pareja, amistades, proyectos personales e independientes a la familia, comunidades o grupos, nuevos referentes simbólicos que admiramos, esos otros de la diferencia. Este movimiento es el que posibilita que podamos construir una vida que no esté completamente determinada por las coordenadas de origen. Que podamos diferenciarnos.

No hablamos de acciones puntuales como dejar de hablar o no atender el teléfono a mamá, sino más bien de un proceso psíquico de separación de los padres de la infancia. Una separación necesaria que es la que nos permitirá comenzar a escribir nuestra propia historia.

¿Ocurre esta salida del mismo modo en todas las mujeres? Definitivamente no. Cada mujer encuentra su modo para realizar este pasaje. No hay una manera universal de hacerlo. Sin embargo, en mis años de experiencia clínica en consultorio, he trabajado con muchas mujeres que aún en su adultez se encuentran con la voz de la madre que irrumpe con fuerza, opinando, imponiendo, advirtiendo y juzgando.

Mujeres que incluso viven geográficamente lejos de su madre y, sin embargo, no logran tomar decisiones sin consultarla; mujeres que viven con su madre y nunca pudieron irse de la casa de origen; mujeres que sienten que le deben explicaciones de cada elección que hacen. La madre se convierte en la principal interlocutora, siendo su voz —presente o ausente físicamente— determinante o condicionante para cualquier decisión de esta mujer adulta.

Madre e hija: dos mujeres

Se trata de un trabajo psíquico que permita dejar de vivir a la madre como un todo absoluto, como un garante de sentido y modelo único de lo que es ser una mujer. De esta manera mamá se nos revelará no solo como madre sino como una mujer: con deseos, con faltas, con una historia propia.

Una mujer que no lo sabe todo. Se abre así la posibilidad de una separación que no rompe el lazo, sino que lo transforma. Ya no desde la fusión sino desde el encuentro de dos mujeres, con diferencias, con límites, con historias y deseos individuales. No implica dejar de amarse, sino hacerlo de otro modo.

Somos como mamushkas. Nuestro presente encierra versiones de nosotras mismas que vamos perdiendo y duelando en el camino y van moldeando a la mujer que somos hoy. Procesos de ir quitándonos de encima, poco a poco, aquello que nos han depositado para poder disponer de mayor libertad para movernos, elegir, o equivocarnos las veces que sean necesarias.

No hablamos de culpar a mamá ni de quedarnos en la búsqueda de la “niña interior” porque somos mujeres adultas. Sino de volver sobre la historia con el propósito de ponerla a trabajar y así liberarnos de las capas que no nos permiten ir al compás de nuestro propio deseo.

Al final de cuentas, se trata de vivir la propia vida

Si viste la serie Moria, habrás desfilado con los personajes por más de una pasarela de emociones y te habrás sentido impactada por muchos temas (amor, sexualidad, trabajo, independencia, amistad); ahora te propongo este espacio de reflexión: ¿te hiciste algunas preguntas sobre el vínculo madre-hija, y lo pudiste llevar a tus marcas personales?

Fuente: Lorena Baena es licenciada en Psicología (UCA, Paraná, Entre Ríos), referente de especialización en temas de vínculos y experiencias traumáticas. Autora del libro “Separadas. Ruptura amorosa, duelo y reconstrucción”, de próxima a publicarse @lic.lorenabaena.

 
   

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