Perder a un ser querido forma parte de la vida y, sin embargo, pocas experiencias nos encuentran tan poco preparados. La muerte sigue siendo difícil de nombrar, e incluso de imaginar hasta que toca de cerca. La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera el duelo uno de los estresores más severos, en particular ante la pérdida de una pareja, un hijo o un padre. Universal pero profundamente singular, cada duelo provoca más dudas que certezas. ¿Se puede hablar de una duración esperable? ¿Hay que atravesar necesariamente cinco etapas? ¿Qué lugar tienen emociones como el enojo, la culpa o incluso el alivio? ¿Es posible prepararse para una pérdida? ¿Cómo distinguir el dolor propio del duelo de aquel que requiere ayuda profesional?
Lorena Etcheverry, psicóloga, y María del Pilar Mendiguren, coordinadora de Enfermería de la Unidad de Cuidados Integrales del Hospital Universitario Austral, trabajan a diario con esas preguntas. Forman parte del equipo de cuidados paliativos, cuya atención se extiende también a las familias, y coordinan talleres para ayudar a quienes atraviesan un duelo. Desde esa experiencia, desarman algunos lugares comunes y trazan un mapa para transitar la ausencia.
¿Hay que atravesar las famosas cinco etapas?
Negación, ira, negociación, depresión y aceptación no son estaciones rígidas que deban sucederse en ese orden. Hoy, explican las especialistas, el duelo se concibe de un modo más dinámico, con avances y retrocesos. Desde esta óptica, se habla de tareas: asumir la pérdida, dar cauce a las emociones, reorganizar una vida que cambió y reconstruir el vínculo con quien ha partido. “Hay un movimiento hacia aceptar la muerte y aprender a vivir con esa ausencia, y otro, contrario, que intenta retener a esa persona y negar el dolor”, describe la licenciada Etcheverry. El duelo transcurre en esa tensión: no sigue una línea recta ni exige completar una instancia para pasar a la siguiente.
¿Cuánto “dura” el duelo?
No hay un plazo establecido ni una fecha a partir de la cual alguien “debería” haberlo superado. El año que a menudo suele tomarse como referencia, en verdad refiere a las primeras fiestas, cumpleaños y aniversarios sin el ser querido. Pero cada duelo tiene su propio ritmo, en el que inciden la cercanía y la dependencia del vínculo, las circunstancias de la muerte, los recursos personales, la edad y la posibilidad de reconstruir un proyecto propio. También pesa lo que queda alrededor: no es igual afrontar la ausencia en soledad que contar con una red afectiva y encontrar nuevos lugares donde volcar la energía. Perder a una pareja, por ejemplo, obliga muchas veces a reformular un futuro que había sido pensado de a dos.
¿Qué es esperable sentir?
La tristeza no monopoliza el duelo. Pueden irrumpir enojo, miedo, irritabilidad, soledad, culpa e incluso alivio, en especial después de una enfermedad larga o de meses de cuidados; y ese alivio, a su vez, despertar culpa. Las reacciones tampoco obedecen a un patrón: algunas personas sienten el impacto enseguida; otras permanecen inicialmente como anestesiadas. Incluso el cuerpo puede acusar recibo, con palpitaciones, náuseas, mareos, sensación de ahogo u opresión en el pecho. “Aunque son emociones con injustificada mala prensa, que tendemos a escapar, no solo está bien sino que es necesario llorar o, por momentos, sentir cierto enojo”, advierte Mendiguren.
¿Qué puede hacer bien?
Darse tiempo, permitirse sentir y no replegarse son algunas de las principales recomendaciones del equipo. El dolor forma parte del trabajo de asimilar la ausencia: intentar esquivarlo, explican, no necesariamente lo acorta. Conviene sostener los vínculos y aceptar la compañía, pero también, de a poco, volver a poner la vida en movimiento. “Tener redes es protector. Tener una vida que se activa es protector”, sintetizan. Atender la propia salud, evitar la automedicación y aplazar, siempre que sea posible, decisiones importantes son otras pautas; y, si quedaron interrogantes sobre lo ocurrido, pedir información o aclaraciones puede contribuir a comprender y asimilar lo vivido.
¿Sirven los rituales?
Un velatorio, una ceremonia, visitar el cementerio u otro gesto de despedida pueden dar forma concreta a una ausencia que cuesta asimilar, siempre que tengan sentido para quien está de duelo. Los rituales señalan un antes y un después; acaso por eso, observa Etcheverry, distintas culturas los han preservado durante siglos como modos de despedir y de inscribir lo ocurrido en una historia.
Elaborar no es olvidar
El vínculo con quién murió no se extingue: cambia de forma. Y algo semejante sucede con la memoria. “Después de una enfermedad prolongada, los recuerdos pueden quedar inicialmente copados por el deterioro, los cuidados y los últimos días; con el tiempo, esas escenas suelen ceder terreno y reaparece la persona más allá de su enfermedad: su carácter, su historia, lo vivido juntos”, plantea Etcheverry. Para las especialistas, ese desplazamiento es también un indicador de que el duelo está pudiendo elaborarse. Extrañar puede durar toda la vida: elaborar no exige borrar el lazo, sino hacerle otro lugar mientras la propia vida continúa.
¿Es posible prepararse para una pérdida?
Una enfermedad que avanza suele traer pequeñas pérdidas antes del final: autonomía, actividades, roles y formas de relacionarse. Mendiguren las llama “microduelos”: permiten ir adaptándose a los cambios y anticipar lo que vendrá, pero no equivalen al duelo por quien todavía está vivo. “Hasta que efectivamente la ausencia no se enfrenta, el duelo técnicamente no comienza”, precisa. El riesgo es despedirse afectivamente antes de tiempo: que el deterioro propicie una desconexión capaz de generar distancia, abandono o soledad en el enfermo. Prepararse, entonces, no supone desvincularse, sino aprovechar ese tiempo. Porque saber que el final se aproxima ofrece algo que una muerte repentina no concede: tiempo para cuidar y acompañar, pero también para “dejar un legado, pedir perdón, dar las gracias, despedirse”, suma Mendiguren.
Hablar, pero sin forzar
El tabú en torno a la muerte, tan presente en la sociedad occidental, tiene un costo: aquello de lo que no se habla tampoco puede pensarse ni compartirse con facilidad. “No suele hablarse del tema y, por tanto, nadie suele compartir detalles de su propia experiencia”, considera Mendiguren. Conversar sobre el final de la vida puede abrir espacio para despedidas, deseos o asuntos pendientes, pero no debe convertirse en un mandato. Hay quienes necesitan otros tiempos para afrontar esas conversaciones; acompañar también implica reconocerlos y no precipitar lo que todavía no puede decirse.
¿Cuándo conviene pedir ayuda?
El duelo no es una enfermedad y el dolor, incluso intenso, forma parte de una respuesta esperable. La señal de alarma aparece cuando ese sufrimiento desborda los recursos de la persona, se vuelve insoportable o, con el paso del tiempo, no muestra ningún alivio y compromete la vida cotidiana. “A veces se estanca, se traba y necesita un soporte de otro tipo”, explican las especialistas. Más que contar meses, entonces, es importante observar si la ausencia comienza paulatinamente a integrarse a la propia vida o si el proceso parece haber quedado detenido.
Encontrarse con otros
Sobre esa premisa trabaja el equipo interdisciplinario de duelo, conformado por el servicio de Cuidados Integrales del Hospital Universitario Austral, que propone talleres terapéuticos para los familiares de los pacientes que se encuentran allí internados. El mismo, está integrado por las psicólogas, Lic. Lorena Etcheverry y Lic. Jimena Saravia; las enfermeras Lic. Pilar Mendiguren y Lic. Romina Vera; y la musicoterapeuta Agustina Iturri. El espacio contempla tres convocatorias mensuales sucesivas, destinadas a diferentes grupos de familiares de pacientes fallecidos en cada mes. Al cuarto mes, se realiza un encuentro conjunto que reúne a todos los familiares que participaron de las convocatorias anteriores. Esta instancia, de mayor concurrencia y con la participación del equipo completo, permite profundizar en los distintos aspectos del proceso de duelo. La participación es voluntaria y cada persona puede elegir si asistir al encuentro correspondiente de su grupo y/o participar también de la instancia conjunta. Y así sucesivamente durante el resto del año. Un relato o una canción funcionan como disparadores para compartir vivencias, dificultades y recursos; el equipo aporta orientación. Pero buena parte de la potencia aparece entre pares: escuchar en boca de otro aquello que uno creía extraño o exclusivamente propio. El formato respeta incluso las oscilaciones del duelo. Si alguien un mes no se siente preparado para participar, puede hacerlo en el siguiente: “Hoy no; el mes que viene, sí”, resume Mendiguren.
El duelo no deshace el vínculo: le da otra forma. Hablar de la pérdida y elaborar lo vivido permite que, con el tiempo, el dolor ceda espacio a la memoria y a todo aquello que esa persona dejó en quienes la quisieron. Seguir adelante no exige olvidar, sino aprender a convivir con una presencia distinta.
Fuente: Especialistas del Hospital Universitario Austral.


