En 1941, mi abuelo Salomón, el papá de mi papá, le escribió una carta a mi abuela Cala, la mamá de mi papá.
Hace poco, mi tío Marcelo encontró esa carta. Estaba intacta, guardada en papel durante todos estos años. La digitalizó y nos la mostró. Y cuando la leímos, no pudimos contener la emoción.
Porque ahí estaba él.
Tan amoroso.
Tan enamorado.
Tan vulnerable.
Sin miedo a decirle lo que sentía. Sin miedo a mostrar cuánto significaba ella para él. Le hablaba con respeto, con lealtad, con una entrega total. Le demostraba, de alguna manera, que ella era lo más importante en su vida.
Yo tengo un recuerdo muy presente de mis abuelos: siempre juntos, tomados de la mano.
Dicen que los principios anticipan los finales. Y quizás ellos ya habían empezado a escribir, en aquellos primeros años, la historia de ese amor que los acompañaría hasta el final.
Pero hubo algo de esa carta que me conmovió especialmente. Mi abuelo cuenta que incluso se sentía culpable por sentirse casi feliz cuando estaba con mi abuela.
Porque mientras él vivía ese amor, su familia —sus padres y sus hermanos— estaba viviendo el infierno nazi, atravesando situaciones crueles e inhumanas.
Y pensé en eso. En cómo puede convivir tanta luz con tanta oscuridad. En cómo, aun en medio del dolor más profundo, puede aparecer algo que nos dé un poco de aire. Para mi abuelo, ese amor fue una especie de salvación.
No borró lo que estaba pasando.
No hizo desaparecer el dolor.
Pero le dio luz en medio de la oscuridad.
Lo ayudó a salir del barro y a germinar. Y entonces pensé en ellos. En esa carta. En esas palabras tan dulces. En ese amor enorme.
Y también pensé: ¿Dónde va todo ese amor cuando las personas que amamos se van?
¿Dónde quedan esos besos, esas caricias, esas miradas?
¿Dónde queda todo lo que construyeron juntos?
Quizás queda en nosotros.
En los recuerdos que heredamos.
En las historias que seguimos contando.
En la manera en que aprendimos a querer.
Y quizás también queda algo más: Un aprendizaje que me dejó esta carta: todos estamos librando batallas que muchas veces nadie ve. Todos tenemos dolores internos, angustias, vacíos, miedos y heridas.
Todos transitamos la vida un poco rotos. Por eso creo que es tan importante encontrar aquello que nos salva.
Esa curita que no necesariamente cura la herida para siempre, pero que la alivia. Eso que nos permite respirar un poco más profundo.
Eso que nos saca, aunque sea por un rato, la cabeza del pozo y nos devuelve el aire. Puede ser un amor, como el de mis abuelos.
Una amistad. Una mascota. Un hijo. Un familiar. Un trabajo. Un proyecto. Un hobby. Una conversación.
A veces puede ser simplemente alguien que nos escucha y nos hace sentir que no estamos solos.
Encontrar eso en medio del caos también es una virtud.
Por eso hoy te pregunto:
¿A vos qué te salva en medio de tus batallas?
¿Quién compensa un poco tu carga?
¿Quién te saca la cabeza del pozo y te devuelve el aire?
¿Quién logra hacerte sonreír con el corazón incluso cuando parece imposible?
Porque todos necesitamos un salvavidas alguna vez.
Y quizás, sin saberlo, nosotros también somos el salvavidas de alguien.
Una carta.
Un amor.
Un recuerdo.
Una mano escribiendo con total honestidad que todavía podemos sentir, aunque ya no esté.
Y un aprendizaje que atraviesa generaciones: la vida es contraste.
Hay luz y hay oscuridad.
Hay pérdidas y hay encuentros.
Hay dolor y también hay amor.
Y nada es para siempre. Por eso quizás, al final, lo que verdaderamente queda no es cuánto tuvimos, cuánto logramos o cuánto duró.
Queda el amor que pudimos dar.
Y el amor que tuvimos la suerte de recibir.
Fuente: Valeria Diament es speaker y capacitadora en Argentina y Latinoamérica, especializada en temáticas esenciales para el desarrollo personal y profesional. Más info: @valeriadiament /www.valeriadiament.com

