La historia de Eduardo Groh Riemersma, conocido como “El Polaco”, está atravesada por las segundas oportunidades. La primera llegó cuando tenía apenas 24 años y sobrevivió a un gravísimo accidente que lo dejó en coma y le demandó un largo proceso de recuperación. La segunda tomó forma cuando un perro rescatado apareció en su vida y cambió para siempre su manera de mirar a los animales.
Durante casi dos décadas, esa transformación lo llevó a dedicar su vida al rescate de perros abandonados y víctimas del maltrato. Así nació El Montecito de los Canichones, el refugio que se convirtió en su gran proyecto y que llegó a albergar a cientos de animales.
El accidente que cambió su vida
El 5 de mayo de 1998, cuando tenía 24 años, Eduardo sufrió un accidente automovilístico que estuvo a punto de terminar con su vida. El vehículo en el que viajaba fue impactado por una camioneta de gran porte y el joven sufrió heridas de extrema gravedad.

Permaneció en coma y sufrió dos paros cardiorrespiratorios. Después comenzó un largo período de recuperación y rehabilitación que se extendió durante aproximadamente un año, hasta que logró volver a caminar.
Aquella experiencia modificó su manera de entender la vida. La recuperación le dio una segunda oportunidad y, con el tiempo, comenzó a involucrarse en distintas causas solidarias.
Pero todavía faltaba el encuentro que terminaría de cambiar su rumbo.
Beethoven, el perro que marcó un antes y un después
Eduardo había crecido en una familia vinculada a la actividad ganadera y había estudiado Ingeniería Forestal. También conocía el mundo de los perros de raza. Sin embargo, hasta entonces, la realidad de los animales abandonados no había ocupado un lugar central en su vida.

Todo cambió cuando, después de perder a su perra dogo, recibió como regalo un cachorro mestizo rescatado de la calle. Se llamaba Beethoven.
La historia del animal lo conmovió profundamente. Beethoven había sobrevivido a una tragedia: su madre había sido abandonada embarazada en una zona rural del sur santiagueño y, después de tener nueve cachorros, fue atropellada por un camión junto con ocho de ellos. Beethoven fue el único sobreviviente.
Para Eduardo hubo algo más que una historia triste. Vio en aquel perro una especie de espejo de su propia experiencia: él también había sobrevivido a una situación en la que podría haber muerto.
Ese paralelismo fue un punto de quiebre.
En una entrevista que luego fue recuperada por medios locales, Riemersma explicó que hasta ese momento estaba muy concentrado en su trabajo y que el encuentro con Beethoven hizo que empezara a mirar a su alrededor.
A partir de entonces comenzó a prestar atención a los perros que encontraba en las calles, a los animales enfermos, atropellados o abandonados y a las situaciones de maltrato que antes no formaban parte de su vida cotidiana.

De los primeros rescates a El Montecito de los Canichones
Lo que empezó con algunos rescates aislados se convirtió poco a poco en una misión.
Eduardo comenzó a recorrer distintos lugares de Santiago del Estero atento a cualquier animal que necesitara ayuda. Llegó incluso a bajar el volumen de la música y los vidrios de su camioneta para poder escuchar ladridos, gemidos o llantos durante sus recorridas.
Cada vez eran más los perros que llegaban a su vida y también más complejas las historias que debía enfrentar: animales atropellados, enfermos, discapacitados, víctimas de violencia o que habían pasado años en situación de abandono.
En 2006 comenzó a funcionar El Montecito de los Canichones, primero en Bandera, su ciudad natal, y posteriormente en un predio ubicado sobre la Ruta 16, en el departamento La Banda.
El nombre también tenía su sello personal: “canichones” era la palabra que utilizaba para referirse a los perros que encontraba en situación de calle.
Con el paso de los años, el refugio se convirtió en un emblema del proteccionismo animal en Santiago del Estero. Llegó a albergar a más de 400 perros en distintos momentos y, al momento de su muerte, tenía alrededor de 250 animales bajo su cuidado, según las reconstrucciones publicadas este viernes.

“Yo me siento completamente libre y feliz”
Para “El Polaco”, rescatar a un animal no significaba simplemente sacarlo de la calle. Cada perro llegaba con una historia y necesitaba alimento, atención veterinaria, cuidados y, muchas veces, una atención especial durante el resto de su vida.
Entre las historias que más lo habían marcado estaba la de Fidel, un perro que sobrevivió después de que un niño le arrojara nafta y le prendiera fuego. Casos como ese reforzaban su decisión de continuar con su tarea y denunciar situaciones de maltrato.
El refugio también se convirtió en un espacio de concientización. Riemersma daba charlas y talleres en escuelas de Santiago del Estero y La Banda para hablar sobre abandono, maltrato y protección animal.
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Su vida había tomado un rumbo completamente diferente al de aquel joven que había sobrevivido al accidente de 1998.
“Yo me siento completamente libre y feliz”, había dicho en una entrevista, al explicar cómo había elegido vivir después de dejar atrás otras prioridades y dedicar su vida a los animales.

Su último rescate: Martina
Hay un detalle de sus últimas horas que resume, quizás mejor que cualquier otra historia, quién fue “El Polaco”.
El día de su muerte, Eduardo había salido junto a voluntarios para repartir bolsas de alimento a otros refugios. Había recibido una donación de 80 bolsas y decidió compartirlas con otros proteccionistas que también necesitaban ayuda.
Durante esa recorrida apareció una nueva historia.
Encontraron una perra abandonada y Eduardo decidió llevársela. La cargó en su camioneta y la bautizaron Martina.

“Y nuevamente el camino nos volvió a cruzar con angelitos desamparados”, escribió al contar el rescate en sus redes sociales.
Después presentó a la nueva integrante del refugio con una frase que hoy adquiere una dimensión especial: “La cargué en la camioneta y se vino conmigo. Bienvenida Martina. Te amamos”.
Horas más tarde, mientras circulaba en moto por Santiago del Estero, sufrió el accidente que terminó con su vida.
Una vida marcada por las segundas oportunidades
El primer accidente casi le quitó la vida. La recuperación le dio una segunda oportunidad. Después llegó Beethoven, el perro que lo llevó a descubrir una realidad que hasta entonces no había mirado de frente.
De aquella historia nació una vocación que terminó convirtiéndose en una obra enorme: El Montecito de los Canichones y los cientos de animales que encontraron allí refugio.
Y el último día de su vida, cuando ya había ayudado a otros refugios y continuaba con su rutina de rescates, apareció Martina.
Quizás por eso, entre tantas historias que dejó, la de ese último rescate funciona como una síntesis de su vida: hasta el final, “El Polaco” siguió mirando hacia el costado de los caminos para encontrar a quienes necesitaban una segunda oportunidad.






